Estupenda

Pues Pablo dice que estoy estupenda, que decía un anuncio de televisión. Lo malo de las mujeres es eso: que no creemos estar estupendas hasta que alguien, preferiblemente hombre, nos lo dice así.

Pero es distinto creerlo, pensarlo, y sentirlo. Sentirlo es lo más, es lo último, y es como estar enamorado: si te preguntas acerca de ello, la respuesta es “No”. Si te preguntas si estás estupenda, si eres magnífica y maravillosa, si estás perfecta tal y como estás, entonces es que no lo estás. Y no lo estás porque no lo sientes, y nada más que por eso.

Y malditas seamos las mujeres, porque somos las mayores machistas del mundo, las más crueles con las mujeres.

Nos hemos constreñido dentro de fajas imposibles, nos hemos moldeado en maniquíes hechos de fideos y decalitros de agua, nada más. Figuritas de cera a las que sólo nos faltaba clavarles agujas en los ojos para completar la viva imagen de la tortura y el maleficio. Así de malas somos. Y tan malas que, cuando vemos pasar a otra mujer en la que vemos las cualidades que nosotros no sentimos como propias -lo cual quiere decir que no nos sentimos ni nos vemos estupendas, porque previamente nos hemos lavado el cerebro con que no lo somos ni lo seremos jamás, porque somos todo lo contrario y siempre lo seremos y por ello nadie nos querrá porque no nos lo merecemos-, la destripamos. No pensemos ni digamos por un momento que los hombres, pobres de ellos, son los culpables de todo este desastre, ni que al criticar a otra mujer estamos reproduciendo nada más cosas que ellos dicen en sus pequeñas y morbosas conversaciones de cuarto de baño o vestuario post-partido de fútbol masculino. Nada de eso. Estamos reproduciendo únicamente lo que nosotras pensamos. Esos comentarios sarcásticos sólo pueden producirlos seres con hormonas femeninas por todos los poros. Porque me tienen harta los ataques a la apariencia física de las mujeres, de cualquier mujer (o las alabanzas, que son cosa distinta de los elogios, puesto que no son más que ataques disfrazados de parabienes). Harta me tienen los que, en un evento social, se fijan en la mejor y peor vestida, en la mejor y peor maquillada, en la que más juventud aparenta, en la que peor ha envejecido… Pero igualmente harta estoy del pensamiento colectivo que obliga a esas mujeres, y a las mujeres anónimas de todos los días, a creer que deben ser y parecer perfectas sólo para salir del mismo punto de partida que los hombres. Odio que me inocularan ese virus cuando no podía defenderme de él, y odio el caldo de cultivo que hizo que ese virus exista hoy.

Hace unos veinte años, la moda canonizó lo que era enfermedad. ¿Se puede concebir algo más perverso? De repente, las chicas teníamos que estar enfermas y parecerlo para ser consideradas guapas y deseables. Niñas en edad de crecer, niñas que estaban dejando de serlo, afrontando el paso crucial a la primera adultez, de repente se encontraban con la negación global y así, a lo bestia, de todo lo que ellas eran, de todo lo que habían visto a su alrededor y consideraban normal, hermoso, saludable. De repente, había que cambiarlo todo; había que abortar ese proceso. Eliminar lo que estaba a punto de nacer, mejor si se hacía antes de que naciera: lo dicho, abortarlo. Ser una niña-mujer. Una niña amujerada, o una mujer infantilizada. A poder ser, alta; alta y espigada, muy espigada. Huesuda, agarrable, maleable; enteca y así, magra, muy magra. Lánguida y estirada como un chicle, disimulando con una sonrisa la cara de hambre, demasiado débil no sólo para protestar, sino también, incluso, para decir algo, cualquier cosa; por ejemplo, “No”. Demasiado débil para pensar.

Así nos hicieron, así nos hemos hecho. Y, según me cuentan, según veo, así parece que seguimos haciéndonos.

Haciéndonos daño.

La cosa seguramente no tiene un remedio total una vez que lo has probado, pero, si uno se hace consciente de ello, ya lo tiene al 99%. Lo cual quiere decir que ése es el gran remedio a la enfermedad que sufre nuestra cabeza, nuestra mente colectiva.

El otro 1% viene de reconocer, de ver la verdadera belleza.

De recuperar nuestro propio espacio. Y no es una metáfora: esta vez estoy hablando del espacio puramente físico. Recuperar el espacio perdido en nuestra ropa, en el autobús, en el trabajo, en las miradas de la gente, en sus cabezas, en nuestra cabeza.

Recuperar el placer (mejor ahora que cuando estemos muertas), recuperar el tiempo perdido, descubrir que hay vida más allá de lo imposible, más allá de todos los Pablos del mundo.

Florecer, quizá de forma tardía, pero, por eso mismo, milagrosa, doblemente maravillosa.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s