Tengo fe porque no tengo más remedio, porque mi corazón es así, porque soy así. Tengo fe, muchas veces, a pesar de mí misma, de mi mente superanalítica y brutalmente introspectiva. Tengo fe y creo en Ti, Dios mío, gracias a que mi mente ultraanalítica, obsesivamente desmenuzadora, implacable conmigo misma y con todo lo que cae en su tupidas redes (que es todo  lo que llega a mi conocimiento o entra en contacto con mis tentáculos-sentidos), no deja títere con cabeza, lo descuajeringa todo, lo machaca, lo aplasta, lo desmenuza, lo tritura, lo abrasa y luego inspecciona con microscopio las cenizas que quedan y vuelve a empezar por el principio, y al final se deshace de los restos mortales de todo ese neurótico pero mecánico escrutinio y se queda sin nada; sin nada salvo Tú, es decir.

Creo en Ti a pesar de mí y de mi concienzuda y nihilista manía de llegar hasta las últimas consecuencias, porque, después de llegar hasta la última frontera que puedo alcanzar, veo que tampoco allí hay nada, pero Tú sigues estando ahí, porque no queda nada que Te explique, no hay nada que Te roce. Todos los argumentos, los datos, las pistas que sugerían la imposibilidad de que Tú existieras también han desaparecido, barridas junto con el ideal de justicia, la esperanza en la nobleza humana o la ilusión por ese final feliz que vi por última vez antes de aprender a andar.

Ahora mis ojos han visto mucho más y han olvidado aquello, pero no se han olvidado de Ti. Mi corazón no Te ha olvidado. Por eso, a pesar de que yo nunca vuelvo a Ti, a pesar de que me voy alejando, a sabiendas de que el patio está como está (hecho unos zorros) y de que, como todo el mundo sabe, también yo pienso a veces que si Tú existieras, no habría tanta injusticia en el mundo… a pesar de todo eso, Tú sigues a mi lado, Tú insistes en no soltarme de la mano.

Vuelvo entonces al principio, al dos más dos, cuatro; vuelvo a la tábula rasa, a los miles de millones de años, a Adán y Eva, al hombre-mono, al último vestigio y al eslabón perdido y después bienhallado; vuelvo a encender la luz, a buscar su seguro refugio para capear la noche que tan eterna sigue pareciéndome; vuelvo a buscar, también, el consuelo barato de las lágrimas que deshacen nudos gordianos, y me paseo otra vez por el filo de la navaja de Occam, buscando cortar todos mis lazos contigo, primigenios como aquel caldo del que, es un suponer, venimos todos -de aquellos polvos estelares vinieron estos lodos postrimeros-; hago un repaso de todo lo poco que sé, y vuelvo otra vez mis viejos ojos al testamento de los que han sabido mucho más y han pensado durante mucho más tiempo y con mucha más fuerza; y entonces, una vez más, me digo, “Nada de esto tiene sentido; no puede ser…”, Pero entonces, algo sucede; algo, a pesar de mí. Ese algo sólo puedes ser Tú. Es Tu mano, es Tu caricia, es una presencia como la brisa, como el aire cálido que borra la tristeza de la habitación condenada durante años, haciéndola otra vez habitable.

Estoy decidida a no creer más en Ti, puesto que me has demostrado tan poco; quiero enfadarme conTigo, porque no me has hecho caso, no me has dado esto y lo otro, porque me haces llorar, porque permites tanta maldad. Pero Tú Te niegas a marcharte, sigues ahí, como si nada. Y miro a mi alrededor: no queda nada, he destruido todo, hemos destruido todo, entre todos… y entonces, me parece ver, una vez más, algo conocido. No puedo jurar que estuvieras ahí, y sin embargo, creo que Te recuerdo.

Sí, eso es: creo que Te recuerdo como recuerdo a alguien que conocí el día que nací, a alguien que sólo vi una vez y luego desapareció; Te recuerdo como se recuerda el primer sueño de nuestro primer sueño; como una fotografía de una vida pasada; como el aroma del primer aire que respiré, como el primer copo de nieve que vi jamás.

Estabas en todas esas cosas, cuando yo aún no podía pensar; cuando no tenía cerebro, cuando no tenía mente, cuando yo aún era yo, cuando yo era plenamente Tú, y Tú estabas plenamente en mí.

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