“¿Qué esperabas?”

Hoy siento la urgencia de hablar, aquí, acerca de un libro que me ha llegado al corazón. Y digo esto con toda la intención. Hace años que olvido más libros de los que recuerdo, y creo que lo hago de forma deliberada.  Pero éste que me ocupa la mente no podré olvidarlo, ni tampoco quiero hacerlo, porque me he enamorado de él. En serio, si alguien está leyendo esto y está preocupado por la pérdida de valores, por el desastre de mundo que estamos dejando, por el sentido de la vida, por los muchos e incesantes dilemas que nos asaltan todos los días, por la constante disyuntiva y desafío que se nos plantea entre la salida placentera y la salida tortuosa, pero más acorde con esa persona que nosotros verdaderamente somos y nunca hemos dejado de ser… si eres ese alguien, te recomiendo que leas “Stoner”, de John Williams.

“Stoner” es capaz de reconciliar a cualquiera con la naturalidad y la sencillez que hoy día se han perdido, en nombre de cierta idea de sofisticación, de erudición, de calidad y de superioridad intelectual y quizá también moral. Como si una verdad necesitara de determinadas arquitecturas para  manifestarse mejor. Lo siento, no me gustan los experimentalismos, las cosas forzadas. Son, como el sarcasmo, una impostura que sólo oculta o dificulta la verdad, o bien trata de disimular la ausencia de ella.

“Stoner” es un manantial de agua pura. La historia no puede ser más simple: se trata de la vida de un hombre, William Stoner. Narrada en orden cronológico, la historia de Stoner comienza con su nacimiento y termina con su muerte. Lo que hay en medio no es más que una serie de tragedias inequívocamente cotidianas con las que todos podemos sentirnos identificados.

Parecen ser mayoría los críticos que ven aquí una obra sobre la futilidad de la vida, algo que parecen refrendar las palabras del personaje principal en su lecho de muerte, su reflexión dedicada a sí mismo: “¿Qué esperabas?” Quizá al hacer el repaso de sus muchos aparentes fracasos, de su incapacidad de haber logrado la aprobación social y académica que merecía, del desastre que ha sido su vida amorosa (un matrimonio desastroso, casi tragicómico, y un amor verdadero que dejó escapar por imperativo social), de la familia desestructurada y la hija echada a perder que deja a su muerte, de su único libro ya olvidado por todos excepto por él mismo… quizá, si nosotros estuviéramos en nuestro lecho de muerte y viéramos a nuestras espaldas semejante páramo, también nos preguntaríamos, como él, “¿Qué esperabas?”

Humildemente, sin embargo, yo quiero, me atrevo a disentir y quiero decir que veo en “Stoner” justamente lo contrario: un canto a la vida, a la integridad, a la esencia de lo que somos.

Es por eso mismo por lo que ese moribundo William Stoner, al disponerse a repasar su vida, la mira “como debía parecerle a los otros”, y lo hace “sin piedad”. Y ve, en efecto, un desierto sembrado de napalm en el que nunca creció nada, y lo poco que creció murió al poco de nacer.

Y, después de ver y constatar con serenidad todo ese tiempo, todos esos esfuerzos, todas esas traiciones que sufrió, deja que se marchen.

“Recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… como si importara. Ahora le parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida”.

Y, casi en sus últimos momentos:

“Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido”.

Me habría bastado ese párrafo para amar este libro y todo lo que lo sustenta. Es la victoria de la autenticidad lo que esta obra proclama (ignoro si de forma deliberada por parte de su autor o a pesar de él; ya sabemos que los personajes que uno crea adquieren vida propia y hacen lo que quieren, por eso la literatura es pura magia).

Iré más allá: “Stoner” me ha hablado de la invencibilidad del espíritu. De cómo da igual lo que nos pase, lo que hagan con nosotros, lo que nos digan, las cosas que nos llamen, quién nos odie o quién deje repentinamente de amarnos. Da igual adónde quieran llevarnos y que quieran esclavizarnos. Todos moriremos, y en ese momento tendremos que darnos cita con nuestra propia soledad, con la consciencia de ser quien somos y nada más.

Últimamente voy constatando que no merece la pena hacer esfuerzos intelectuales, no merece la pena intentar elevarse por encima de la mediocridad; no merece la pena bregar por hacernos un hueco en la sociedad, en el mundo, a ojos de los hombres; porque las manos que tiran de los hilos apuntan más alto, y los hilos son tirados hacia arriba por mor de motivos que quizá nada tienen que ver con nuestra inocencia. Al final cada uno trata de sobrevivir como mejor puede; eso, en el mejor de los casos. Pero quizá llega el momento de estar agradecidos por todo ello, ya que así no tenemos ninguna excusa para no enfrentarnos a nuestra verdad individual: no tenemos razón alguna para no dejar caer todos nuestros adornos y ropajes mundanos y mirarnos al espejo sin máscaras. Ese es el mensaje que nos trae William Stoner.

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