Archivo mensual: mayo 2012

Dos cínicas

Yo era una cínica, y la crisis me ha hecho dos cínicas. O más aún, si contamos el IVA al 18%, el dinero público que se va a utilizar para salvar bancos privados, el menú del día que ahora me cobran a 16 euros, la autosubida de sueldo que se ha marcado cualquier electo de cualquier pueblo de mala muerte, el canto a la vulgaridad, a la propaganda mal que bien encubierta y a la información superficial, poco o nada elaborada y peor contada que nos ofrece la televisión, la hipocresía, la incompetencia generalizada, el pasotismo militante como reacción… Vamos, que me bastaba yo solita pero, aun así, entre todos me mataron.

Somos muchos los nuevos cínicos, o los cínicos redoblados y convencidos hijos de la crisis. No somos la generación perdida, sino la ganada, porque a esta crisis general -financiera, moral, pero también intelectual, social y, en fin, de dimensiones cósmicas nunca vistas; y todavía hay gente que se mofa del calendario maya que pronosticaba el fin del mundo para este año: pues sí, señores, el mundo, tal como lo conocíamos, ya terminó, quod erat demonstrandum- debemos agradecerle una cosa sobre todas las demás, y es la limpieza que ha hecho. La depuración que se reclamaba para tantas instituciones y empresas tipo agujero negro, de las que no pocos cargos se han jubilado con indemnizaciones, entre ellos el caso más flagrante, el presidente que ahora cobra una suculenta pensión vitalicia y, encima, da conferencias en calidad de experto económico; en fin, esa depuración la está haciendo la propia crisis, como si fuera una bendición divina disfrazada de plaga. Porque no hay mal que por bien no venga.

Y a eso me refería yo cuando hablaba del nuevo cinismo. No hay ninguna negatividad en esto, por lo cual tal vez debería utilizar otro término para llamar brevemente a esta sensación de… limpieza, de liviandad generalizada, pero, sobre todo, mental.

Los que somos genética y socialmente proclives al pajeo mental vamos dejando de practicarlo tanto. Es fácil ver el porqué: no nos sobra energía, ni tampoco motivos para ello. Hemos visto derrumbarse nuestros ídolos, nuestras referencias. Los ideales y aquellos que los encarnaban han ido desapareciendo ante la apisonadora del mundo real. Un mundo hecho de objetos, pero, sobre todo, hecho de dinero y de quienes viven por y para él, quienes lo tienen erigido en los altares y le profesan idolatría. La marea del dinero, de la codicia, del hedonismo, del afán de posesión y del amor por el mundo y la gloria del mundo lo ha barrido todo, se ha llevado por delante toda otra consideración. Como nosotros, la mayoría de la gente, somos los damnificados, las víctimas de todos los nuevos reyes paganos con sus nuevos becerros de oro, y cada vez tenemos menos recursos para vivir y, además, permitirnos nuestra pequeña cuota diaria de holganza, jolgorio, filosofía de andar por casa y dar rienda suelta a nuestra pequeña idiosincrasia personal, ahora nos limitamos cada vez más a sobrevivir y a dejar las florituras y las acrobacias mentales para otro momento.

Pero, sobre todo, creo que hemos perdido el respeto a todo aquello a lo que aspirábamos una vez. No a todos nos ha tocado de lleno la crisis en el momento en que terminábamos los estudios y nos lanzábamos a buscar nuestro primer trabajo, pero tanto a unos como a otros, creo -al menos es mi caso-, se nos ha caído el velo de los ojos. Porque la crisis ha dejado el mundo hecho un páramo, y ya no queda nada en pie. ¿Para qué sirve estudiar? Más aún: ¿para qué sirve aplicarse, sacar buenas notas, ser buen estudiante? ¿De qué nos sirve haber leído más que otros, o haber sido de los primeros en llegar a este o a aquel lugar? ¿Qué nos aporta ahora, e, incluso, qué recuerdos, ni buenos ni malos, tenemos ahora de haber visto naves de ataque arder más allá de Orión o rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, si todos esos momentos se han perdido en el tiempo, si la realidad y los sueños que los hicieron posibles son como lágrimas en la lluvia?

Yo no sé vosotros, pero, para mí, el mundo sí se terminó en algún momento indefinido, hace poco, y pasó sin que nos diéramos cuenta, y sin que nos importara. Ya nada será como era antes, porque antes había aún cosas inmateriales que valían algo, que se respetaban, que suponían un bien no sólo individual, sino común, colectivo. Ahora he visto que a nadie le importan el talento, el esfuerzo, el arte, la belleza, la bondad; todos estamos demasiado ocupados en tratar de sobrevivir y en tratar de esquivar a quienes quieren impedírnoslo.

Y, sinceramente, tal vez sea mejor así. Por lo pronto, más fácil; porque menos, no podría serlo.

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Morir por

Fue una sensación rarísima. Supongo que fue hace dos años, porque en 2010 se cumplieron 65 años del final de la 2ª Guerra Mundial, y las televisiones serias hicieron algo bien y lo conmemoraron con varias decenas de programas.

Pues esto sucedió una noche en que salí con unas amigas a tomar el aire. Estábamos en un bar donde el televisor estaba puesto. (No sé ahora, pero, entonces, siempre estaba puesto, aunque no se oyera nada; supongo que para crear más ambiente, a pesar de que la música sonaba a todo trapo para animar a la gente a bailar o, por lo menos, a moverse un poco.) Era bien de noche, pero no tan tarde como para que no hubiera programas regulares en la tele, y debía de ser “La noche temática” o algún espacio similar, de calidad. Estaban hablando del frente germano-soviético y de cómo terminó allí la contienda, con la derrota del ejército nazi. Y estaban entrevistando a algunos supervivientes: hombres y mujeres que desempeñaron varios roles, y que, cada uno a su manera -luchando, salvando vidas, curando a otros, protegiendo a alguien más débil que ellos aunque ello los pusiera en peligro a ellos mismos…-, fueron héroes, demostraron su nobleza. Eso es algo que, aunque la historia escrita, la de los historiadores que cogen hechos en masa, fechas, topónimos, nombres de mandatarios y de oficiales, deje escapar de entre los muchos recovecos de su red, la Historia de verdad, la que escribe la vida, la que se escribe más allá y por encima de nosotros porque ya está escrita antes de que nosotros lo veamos, nunca olvidará. En esas páginas preciosas, sus nombres están grabados en caligrafía de ángeles, con tinta de oro.

Pero fue una escena un poco rara, y me hizo sentir ídem, porque lo que se contaba desde aquella pantalla no tenía público allí donde estábamos. No sólo eso: además, era algo completamente ajeno a la gente allí congregada, a la música que sonaba, a lo que allí se hacía, a toda aquella frivolidad e intrascendencia típicas de un sábado por la noche. La media de edad era baja, allí había mayoría de veinteañeros -menores de 25- y parecía que nada tenían que ver con aquellos sufridos, ajados y exhaustos ancianos que se emocionaban recordando su participación en la mayor tragedia que ha vivido Europa y una de las mayores de la historia de la humanidad; los viejecitos, un día heroicos jóvenes, no mayores que los más jóvenes de entre los que saltaban, botaban y bebían en aquel bar, que narraban para todo el mundo la historia que ellos nunca habían podido olvidar. ¿Cómo se puede olvidar algo así?

Pero aquellas entrevistas no tenían nada que ver con los jóvenes que yo veía allí, y la desconexión era recíproca, lo cual era la parte más grave de todo el asunto.

Porque si en aquella noche cualquiera de sábado nosotros podíamos pasar el rato en aquel bar era, en parte, gracias al sacrificio de quienes nos hablaban a través de aquel documental de televisión. El sacrificio de ellos y de muchos otros, millones de personas que nunca llegaron a viejos, que murieron de maneras horribles que no se pueden imaginar, tras haber visto y vivido cosas que no se pueden decir.

Ellos fueron héroes, y gracias a ellos, el aire que nosotros respirábamos era más ligero, era más gratuito, era más grato.

De esto no nos daremos nunca cabal cuenta, porque todo esto nos ha sido dado desde que nacimos, y nunca hemos tenido que vivir sin tanta dicha, sin tantos dones. Ellos, sí. Ellos sí se vieron privados de esas cosas; o bien, por la amenaza de verse privados de ellas, dieron su vida y se desangraron en territorios cuyo nombre ignoraban, sin saber qué sería de sus cuerpos, de sus familias.

Seguramente, muchos de ellos no tendrían otra elección y fueron empujados a la guerra, pero, seguramente, otros muchos sí la tuvieron e hicieron su elección.

Por eso, ahora mismo, todos nosotros podemos decir que sí hay alguien -de hecho, mucha gente- que ha muerto por nosotros; hay gente que dio su vida por nosotros, para que ahora podamos estar sentados delante de este ordenador, preguntándonos qué queremos hacer con nuestra vida; nos lo estamos preguntando porque tenemos esa opción, porque somos casi completamente libres.

No está mal acordarnos de ellos alguna vez, sobre todo porque a casi nadie parecen importarles ya.

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Nosotros y ellos

En realidad, el mundo siempre se podrá dividir entre Nosotros y Ellos. Aun cuando el Ellos haya sido aniquilado, siempre podremos crear otro Ellos dentro del Nosotros que había antes y que habrá desaparecido junto con el Ellos anterior, los dos ahora innecesarios. El Nosotros de antes no nos sirve, pero menos aún nos sirve el Todos que tenemos ahora. Es necesaria la tensión, hace falta cierto malestar, necesitamos la belicosidad. Si no, ¿cómo vamos a distraernos de darnos cuenta de lo valiosos que somos, y de la estupidez de todos esos enfrentamientos? ¿Cómo vamos a servirle al Ellos de verdad, el de siempre, el que se mantiene fuera de la dicotomía por ser el autor de ésta, porque es su única forma de seguir vivo? Hace falta estar enfrentados.

Y, de todos modos, cada vez somos más pobres, vivimos peor y cada vez estamos más cabreados, pero, por otro lado, cada vez estamos más embrutecidos, lo cual quiere decir que estamos también más aborregados y cretinizados, y somos cada vez más vagos para pensar, así que nos envalentonamos y, a la que nos agitan el trapo rojo delante, ya vamos allá bufando como locos, a emprenderla contra el nuevo Ellos de turno. ¡Los culpables de Nuestra situación! Los destruimos, y, por un segundo, mientras miramos, algo estupefactos pero eufóricos (¿no! hemos ganado, ¡NO?) los despojos del falso enemigo, del enemigo que no era tal, quizá hay un segundo en el que la impresión es demasiado fuerte, el vacío nos absorbe, aspira toda la basura que hemos dejado que nos acumularan dentro… y, tal vez…

Pero luego, es hora de dividirnos otra vez, de que nos dividan y nos partan, de que nos enfrenten otra vez a su juego de espejos. En él nos veremos a nosotros mismos, y creeremos estar viendo a nuestro enemigo.

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Dolorosa

“Espero alegre la salida, y espero no volver jamás”.

Frida Kahlo

Y dijo Jehová: Raeré los hombres que he criado de sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo: porque me arrepiento de haberlos hecho. Empero Noé halló gracia en los ojos de Jehová.

Génesis 6:7-8

Mientras nosotros estamos aquí, encontrándonos alrededor de este ordenador, millones de personas, en todo el mundo, están causando a otros millones sufrimiento y daño por el mero placer de verlos sufrir. Es decir, que están ejerciendo actos de sadismo, sevicia y tortura.

Y esto viene a cuento de que hoy, otra vez, algo que he visto, leído o algo que ha llegado a mí porque tengo la manía y el defecto de exponerme a todo tipo de contenidos informativos, seguramente más que cualquier persona normal (pero no entremos ahora en eso); algo que estaba ahí, una historia, una foto, un trozo de realidad, me ha impresionado mucho.

En realidad, no es mucho peor que muchas historias, noticias, todas ellas parte del mundo real, que se publican o que simplemente suceden todos los días, pero, por alguna razón, esta imagen, esta historia, hoy, me han llegado.

Pego a continuación el enlace a esta historia, publicada en el blog de Kurioso. Absténganse personas fácilmente impresionables, como yo.

http://kurioso.es/2012/05/22/por-favor-que-alguien-explique-esta-fotografia/

Uno de los argumentos más recurrentes entre los que no creen en Dios es que cómo puede haber Dios si permite que en el mundo pasen tantas cosas como las que describe ese artículo, por poner un ejemplo infinitesimal de la enorme variedad de formas que idea el ser humano para hacer sufrir a sus semejantes. Ese debate está viciado de antemano, y ese argumento no se puede refutar, porque es como intentar que dos personas que hablan idiomas completamente diferentes debatan y se entiendan sobre algo: también aquí, hablamos de fe contra lógica o, mejor dicho, contra hechos o realidades materiales. Cualquier creyente verdadero le dará la razón a quien argumente algo así: en efecto, el mundo invita a no creer en nada más que en lo que presenciamos, que es, mayoritariamente, la maldad humana que ha sembrado su semilla por el mundo, y de la que aún podemos esperar generaciones infinitas de fruto. Y le dirá que si él cree es, precisamente, a pesar de ello; si el mundo invitara a creer en Dios, ya no sería necesaria la fe.

Pero me estoy desviando, aunque sólo un poco.

Tenemos un mundo asqueroso. Y el ser humano no es esencialmente bueno. Ni malo. Algunos seres humanos son mejores que otros. Muchos son malvados. Muchísimos. Quizá hasta la mayoría; no lo sé. Espero no sea así. Pero la cosa es así porque nosotros somos los reyes de la creación. Somos capaces de lo mejor y de lo peor, y nadie nos lo impide, no hay nadie (en el sentido práctico y cotidiano) que nos pueda frenar. Hemos dominado toda la creación y a todas las criaturas. El ser humano, hasta el más estúpido, es un genio: es capaz de sojuzgar cualquier otra criatura, cualquier otra especie. Pero se esmera especialmente en sojuzgar la suya propia.

Y no hay nada que podamos hacer. No podemos hacer nada para ayudar a El Ser Humano, a La Víctima universal. No podemos eliminar lo que no nos gusta. Tampoco rezando se va a arreglar el mundo de la noche a la mañana. Somos los reyes de la creación, el mundo es nuestro para que hagamos con él lo que nos plazca. Es así.

Lo único que podemos hacer es aceptar la maldad, el Mal, como parte del mundo. El Mal nos acompañará mientras vivamos, mientras estemos en este mundo, mientras exista nuestra especie. Y creo que lo único que se pide de nosotros es, no que demos de comer a un millón de seres humanos o, paralelamente, que rescatemos del sufrimiento o de la maldad a un millón de nuestros semejantes. Pero tal vez sí se nos brinda la oportunidad, aunque sólo sea una vez en nuestra vida, de ayudar a una sola persona. Con que hagamos eso ya habremos disminuido un poco el dominio del mal.

Hasta Jehová abjuró en un momento de su propia obra, nos dice la Biblia. No sé lo suficiente, ni mucho menos, para tomarme eso al pie de la letra. Pero sí creo en el misterio infinito de la vida y de la creación. Y creo en la maldad gratuita, aunque no me haga falta creer en ella, porque es algo real. Así como hay una Virgen María que da vida, hay una que llora por el mundo. Una Madre Dolorosa que llora lágrimas preciosas por el puñal que lleva clavado en el corazón.

La madre que llora por la desgracia, la decadencia, la fealdad que existen en el mundo. Esas lágrimas son parte de nuestra vida. Sólo nos queda aceptarlas.

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Estupenda

Pues Pablo dice que estoy estupenda, que decía un anuncio de televisión. Lo malo de las mujeres es eso: que no creemos estar estupendas hasta que alguien, preferiblemente hombre, nos lo dice así.

Pero es distinto creerlo, pensarlo, y sentirlo. Sentirlo es lo más, es lo último, y es como estar enamorado: si te preguntas acerca de ello, la respuesta es “No”. Si te preguntas si estás estupenda, si eres magnífica y maravillosa, si estás perfecta tal y como estás, entonces es que no lo estás. Y no lo estás porque no lo sientes, y nada más que por eso.

Y malditas seamos las mujeres, porque somos las mayores machistas del mundo, las más crueles con las mujeres.

Nos hemos constreñido dentro de fajas imposibles, nos hemos moldeado en maniquíes hechos de fideos y decalitros de agua, nada más. Figuritas de cera a las que sólo nos faltaba clavarles agujas en los ojos para completar la viva imagen de la tortura y el maleficio. Así de malas somos. Y tan malas que, cuando vemos pasar a otra mujer en la que vemos las cualidades que nosotros no sentimos como propias -lo cual quiere decir que no nos sentimos ni nos vemos estupendas, porque previamente nos hemos lavado el cerebro con que no lo somos ni lo seremos jamás, porque somos todo lo contrario y siempre lo seremos y por ello nadie nos querrá porque no nos lo merecemos-, la destripamos. No pensemos ni digamos por un momento que los hombres, pobres de ellos, son los culpables de todo este desastre, ni que al criticar a otra mujer estamos reproduciendo nada más cosas que ellos dicen en sus pequeñas y morbosas conversaciones de cuarto de baño o vestuario post-partido de fútbol masculino. Nada de eso. Estamos reproduciendo únicamente lo que nosotras pensamos. Esos comentarios sarcásticos sólo pueden producirlos seres con hormonas femeninas por todos los poros. Porque me tienen harta los ataques a la apariencia física de las mujeres, de cualquier mujer (o las alabanzas, que son cosa distinta de los elogios, puesto que no son más que ataques disfrazados de parabienes). Harta me tienen los que, en un evento social, se fijan en la mejor y peor vestida, en la mejor y peor maquillada, en la que más juventud aparenta, en la que peor ha envejecido… Pero igualmente harta estoy del pensamiento colectivo que obliga a esas mujeres, y a las mujeres anónimas de todos los días, a creer que deben ser y parecer perfectas sólo para salir del mismo punto de partida que los hombres. Odio que me inocularan ese virus cuando no podía defenderme de él, y odio el caldo de cultivo que hizo que ese virus exista hoy.

Hace unos veinte años, la moda canonizó lo que era enfermedad. ¿Se puede concebir algo más perverso? De repente, las chicas teníamos que estar enfermas y parecerlo para ser consideradas guapas y deseables. Niñas en edad de crecer, niñas que estaban dejando de serlo, afrontando el paso crucial a la primera adultez, de repente se encontraban con la negación global y así, a lo bestia, de todo lo que ellas eran, de todo lo que habían visto a su alrededor y consideraban normal, hermoso, saludable. De repente, había que cambiarlo todo; había que abortar ese proceso. Eliminar lo que estaba a punto de nacer, mejor si se hacía antes de que naciera: lo dicho, abortarlo. Ser una niña-mujer. Una niña amujerada, o una mujer infantilizada. A poder ser, alta; alta y espigada, muy espigada. Huesuda, agarrable, maleable; enteca y así, magra, muy magra. Lánguida y estirada como un chicle, disimulando con una sonrisa la cara de hambre, demasiado débil no sólo para protestar, sino también, incluso, para decir algo, cualquier cosa; por ejemplo, “No”. Demasiado débil para pensar.

Así nos hicieron, así nos hemos hecho. Y, según me cuentan, según veo, así parece que seguimos haciéndonos.

Haciéndonos daño.

La cosa seguramente no tiene un remedio total una vez que lo has probado, pero, si uno se hace consciente de ello, ya lo tiene al 99%. Lo cual quiere decir que ése es el gran remedio a la enfermedad que sufre nuestra cabeza, nuestra mente colectiva.

El otro 1% viene de reconocer, de ver la verdadera belleza.

De recuperar nuestro propio espacio. Y no es una metáfora: esta vez estoy hablando del espacio puramente físico. Recuperar el espacio perdido en nuestra ropa, en el autobús, en el trabajo, en las miradas de la gente, en sus cabezas, en nuestra cabeza.

Recuperar el placer (mejor ahora que cuando estemos muertas), recuperar el tiempo perdido, descubrir que hay vida más allá de lo imposible, más allá de todos los Pablos del mundo.

Florecer, quizá de forma tardía, pero, por eso mismo, milagrosa, doblemente maravillosa.

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Tengo fe porque no tengo más remedio, porque mi corazón es así, porque soy así. Tengo fe, muchas veces, a pesar de mí misma, de mi mente superanalítica y brutalmente introspectiva. Tengo fe y creo en Ti, Dios mío, gracias a que mi mente ultraanalítica, obsesivamente desmenuzadora, implacable conmigo misma y con todo lo que cae en su tupidas redes (que es todo  lo que llega a mi conocimiento o entra en contacto con mis tentáculos-sentidos), no deja títere con cabeza, lo descuajeringa todo, lo machaca, lo aplasta, lo desmenuza, lo tritura, lo abrasa y luego inspecciona con microscopio las cenizas que quedan y vuelve a empezar por el principio, y al final se deshace de los restos mortales de todo ese neurótico pero mecánico escrutinio y se queda sin nada; sin nada salvo Tú, es decir.

Creo en Ti a pesar de mí y de mi concienzuda y nihilista manía de llegar hasta las últimas consecuencias, porque, después de llegar hasta la última frontera que puedo alcanzar, veo que tampoco allí hay nada, pero Tú sigues estando ahí, porque no queda nada que Te explique, no hay nada que Te roce. Todos los argumentos, los datos, las pistas que sugerían la imposibilidad de que Tú existieras también han desaparecido, barridas junto con el ideal de justicia, la esperanza en la nobleza humana o la ilusión por ese final feliz que vi por última vez antes de aprender a andar.

Ahora mis ojos han visto mucho más y han olvidado aquello, pero no se han olvidado de Ti. Mi corazón no Te ha olvidado. Por eso, a pesar de que yo nunca vuelvo a Ti, a pesar de que me voy alejando, a sabiendas de que el patio está como está (hecho unos zorros) y de que, como todo el mundo sabe, también yo pienso a veces que si Tú existieras, no habría tanta injusticia en el mundo… a pesar de todo eso, Tú sigues a mi lado, Tú insistes en no soltarme de la mano.

Vuelvo entonces al principio, al dos más dos, cuatro; vuelvo a la tábula rasa, a los miles de millones de años, a Adán y Eva, al hombre-mono, al último vestigio y al eslabón perdido y después bienhallado; vuelvo a encender la luz, a buscar su seguro refugio para capear la noche que tan eterna sigue pareciéndome; vuelvo a buscar, también, el consuelo barato de las lágrimas que deshacen nudos gordianos, y me paseo otra vez por el filo de la navaja de Occam, buscando cortar todos mis lazos contigo, primigenios como aquel caldo del que, es un suponer, venimos todos -de aquellos polvos estelares vinieron estos lodos postrimeros-; hago un repaso de todo lo poco que sé, y vuelvo otra vez mis viejos ojos al testamento de los que han sabido mucho más y han pensado durante mucho más tiempo y con mucha más fuerza; y entonces, una vez más, me digo, “Nada de esto tiene sentido; no puede ser…”, Pero entonces, algo sucede; algo, a pesar de mí. Ese algo sólo puedes ser Tú. Es Tu mano, es Tu caricia, es una presencia como la brisa, como el aire cálido que borra la tristeza de la habitación condenada durante años, haciéndola otra vez habitable.

Estoy decidida a no creer más en Ti, puesto que me has demostrado tan poco; quiero enfadarme conTigo, porque no me has hecho caso, no me has dado esto y lo otro, porque me haces llorar, porque permites tanta maldad. Pero Tú Te niegas a marcharte, sigues ahí, como si nada. Y miro a mi alrededor: no queda nada, he destruido todo, hemos destruido todo, entre todos… y entonces, me parece ver, una vez más, algo conocido. No puedo jurar que estuvieras ahí, y sin embargo, creo que Te recuerdo.

Sí, eso es: creo que Te recuerdo como recuerdo a alguien que conocí el día que nací, a alguien que sólo vi una vez y luego desapareció; Te recuerdo como se recuerda el primer sueño de nuestro primer sueño; como una fotografía de una vida pasada; como el aroma del primer aire que respiré, como el primer copo de nieve que vi jamás.

Estabas en todas esas cosas, cuando yo aún no podía pensar; cuando no tenía cerebro, cuando no tenía mente, cuando yo aún era yo, cuando yo era plenamente Tú, y Tú estabas plenamente en mí.

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“¿Qué esperabas?”

Hoy siento la urgencia de hablar, aquí, acerca de un libro que me ha llegado al corazón. Y digo esto con toda la intención. Hace años que olvido más libros de los que recuerdo, y creo que lo hago de forma deliberada.  Pero éste que me ocupa la mente no podré olvidarlo, ni tampoco quiero hacerlo, porque me he enamorado de él. En serio, si alguien está leyendo esto y está preocupado por la pérdida de valores, por el desastre de mundo que estamos dejando, por el sentido de la vida, por los muchos e incesantes dilemas que nos asaltan todos los días, por la constante disyuntiva y desafío que se nos plantea entre la salida placentera y la salida tortuosa, pero más acorde con esa persona que nosotros verdaderamente somos y nunca hemos dejado de ser… si eres ese alguien, te recomiendo que leas “Stoner”, de John Williams.

“Stoner” es capaz de reconciliar a cualquiera con la naturalidad y la sencillez que hoy día se han perdido, en nombre de cierta idea de sofisticación, de erudición, de calidad y de superioridad intelectual y quizá también moral. Como si una verdad necesitara de determinadas arquitecturas para  manifestarse mejor. Lo siento, no me gustan los experimentalismos, las cosas forzadas. Son, como el sarcasmo, una impostura que sólo oculta o dificulta la verdad, o bien trata de disimular la ausencia de ella.

“Stoner” es un manantial de agua pura. La historia no puede ser más simple: se trata de la vida de un hombre, William Stoner. Narrada en orden cronológico, la historia de Stoner comienza con su nacimiento y termina con su muerte. Lo que hay en medio no es más que una serie de tragedias inequívocamente cotidianas con las que todos podemos sentirnos identificados.

Parecen ser mayoría los críticos que ven aquí una obra sobre la futilidad de la vida, algo que parecen refrendar las palabras del personaje principal en su lecho de muerte, su reflexión dedicada a sí mismo: “¿Qué esperabas?” Quizá al hacer el repaso de sus muchos aparentes fracasos, de su incapacidad de haber logrado la aprobación social y académica que merecía, del desastre que ha sido su vida amorosa (un matrimonio desastroso, casi tragicómico, y un amor verdadero que dejó escapar por imperativo social), de la familia desestructurada y la hija echada a perder que deja a su muerte, de su único libro ya olvidado por todos excepto por él mismo… quizá, si nosotros estuviéramos en nuestro lecho de muerte y viéramos a nuestras espaldas semejante páramo, también nos preguntaríamos, como él, “¿Qué esperabas?”

Humildemente, sin embargo, yo quiero, me atrevo a disentir y quiero decir que veo en “Stoner” justamente lo contrario: un canto a la vida, a la integridad, a la esencia de lo que somos.

Es por eso mismo por lo que ese moribundo William Stoner, al disponerse a repasar su vida, la mira “como debía parecerle a los otros”, y lo hace “sin piedad”. Y ve, en efecto, un desierto sembrado de napalm en el que nunca creció nada, y lo poco que creció murió al poco de nacer.

Y, después de ver y constatar con serenidad todo ese tiempo, todos esos esfuerzos, todas esas traiciones que sufrió, deja que se marchen.

“Recordó vagamente que había estado pensando en el fracaso… como si importara. Ahora le parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida”.

Y, casi en sus últimos momentos:

“Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y sabía lo que había sido”.

Me habría bastado ese párrafo para amar este libro y todo lo que lo sustenta. Es la victoria de la autenticidad lo que esta obra proclama (ignoro si de forma deliberada por parte de su autor o a pesar de él; ya sabemos que los personajes que uno crea adquieren vida propia y hacen lo que quieren, por eso la literatura es pura magia).

Iré más allá: “Stoner” me ha hablado de la invencibilidad del espíritu. De cómo da igual lo que nos pase, lo que hagan con nosotros, lo que nos digan, las cosas que nos llamen, quién nos odie o quién deje repentinamente de amarnos. Da igual adónde quieran llevarnos y que quieran esclavizarnos. Todos moriremos, y en ese momento tendremos que darnos cita con nuestra propia soledad, con la consciencia de ser quien somos y nada más.

Últimamente voy constatando que no merece la pena hacer esfuerzos intelectuales, no merece la pena intentar elevarse por encima de la mediocridad; no merece la pena bregar por hacernos un hueco en la sociedad, en el mundo, a ojos de los hombres; porque las manos que tiran de los hilos apuntan más alto, y los hilos son tirados hacia arriba por mor de motivos que quizá nada tienen que ver con nuestra inocencia. Al final cada uno trata de sobrevivir como mejor puede; eso, en el mejor de los casos. Pero quizá llega el momento de estar agradecidos por todo ello, ya que así no tenemos ninguna excusa para no enfrentarnos a nuestra verdad individual: no tenemos razón alguna para no dejar caer todos nuestros adornos y ropajes mundanos y mirarnos al espejo sin máscaras. Ese es el mensaje que nos trae William Stoner.

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El otro final feliz

Recientemente he visto la película “El exótico hotel Marigold”. Menciono el título para que los que quieran verla puedan, si así lo desean, pararse en esta coma, porque voy a destripar todo su intríngulis. Gracias.

La vi y me gustó, en un sentido fáctico y algo superficial. En realidad, muy superficial. Me gustó de esa forma en que, nada más poner el pie fuera de la sala de cine, en una encuesta a pie de puerta, te preguntan, “¿Te ha gustado esta película?”, y respondes, “Sí”, sabiendo que se acerca más a la verdad que el “No” y que se te pide una respuesta sencilla y no un análisis más detenido.

Pero no tuve que detenerme mucho a pensar. En realidad, es una película de muy buena factura, muy colorista y muy, muy bien interpretada. No me suelo fijar nada en quiénes son los actores de un filme, y menos aún en su forma de actuar. A duras penas distingo una buena interpretación de una pasable. Y, claramente, no me podría importar menos el nivel de los actores. Me da igual, si la película me entretiene o me aporta lo que en ese caso concreto he ido a buscar. Pero, bueno, en “El hotel Marigold”, hay que reconocer que los actores eran (supongo) de primera categoría; algunos de los mejores actores ingleses (o eso dicen, y como yo no sé ni media palabra de arte dramático, lo creo). Sí; la película tenía mucha emoción, mucho amor de todo tipo (correspondido, no correspondido, platónico, erótico, picarón, sereno, juvenil, maduro, romántico, prosaico, filial, fraternal, amical… de todo). Tenía también mucha humanidad, digo: emociones, trances, crisis, dilemas, alegrías, nostalgias, encuentros y reencuentros, reivindicaciones, minúsculas vendettas, tristezas, rencores… muy humanos. Situaciones -magnificadas, claro está, porque es una película- en las que todos nos podemos reconocer. Además, había muchas frases de ésas que te hacen sentir bien al momento, de las que te hacen creer con los ojos cerrados y el cerebro apagado, creer con el corazón, que es la única manera de creer y de atreverse a hacer nada que merezca la pena: al final, todo termina bien, y si no ha terminado bien, es que no es el final; ese tipo de frases que cualquier manual de autoayuda sin duda ha de reproducir.

No lo estoy despreciando, no desprecio en absoluto el buen rollito que desprendía toda la película en sí y desde su inicio hasta su final (que, lo han adivinado, es feliz y todo en él, efectivamente, está bien). Yo necesito de vez en cuando que me digan que la vida puede ser así; es más, que todos podemos ser así, y que, en efecto, los malos van a perder al final y que Dios pagará a cada uno como se merece, otorgándole el cumplimiento de sus sueños -no sin arduo trabajo previo, porque sabido es que Dios sólo ayuda a los que se ayudan, y digo esto no sólo porque sea creencia popular, sino también mía personal. Todos necesitamos que nos recuerden esto de vez en cuando; tanto da que sea uno de los maestros que nos encontramos en nuestra vida como que sea John Madden a través de su película.

Pero, pero, pero… a pesar de que yo valore las películas principalmente en función de su capacidad de entretenerme o no, tras ver “El exótico hotel Marigold” no pude evitar sentirme algo decepcionada, quizá porque veía en esta película potencialidad suficiente para ser, a su manera, íntimamente revolucionaria, hablando al espectador de tú a tú, intentando remover su conciencia, y haciéndolo mediante una mayor audacia, un mayor descaro a la hora de plantear y resolver las historias de sus personajes.

Así, me habría encantado, eché de menos otro devenir de los acontecimientos y otros posibles desenlaces que, a vuelapluma, se me ocurren: me habría gustado, por ejemplo, que el maduro homosexual que fue a la India en pos del recuerdo de su primer amante (a quien, naturalmente, nunca ha dejado de amar platónicamente y en la distancia) no lo hubiera encontrado, o que sí, pero que éste lo hubiera olvidado o, desde luego, no le hubiera reconocido que tampoco él había dejado de amarlo; que el hombre en un matrimonio-infeliz-pero-de-toda-la-vida, súbitamente enamorado de su compañera de viaje, no hubiera acabado encontrando una salida fácil con el abandono de su mujer, terreno abonado para -como al final sucede- emparejarse con su nuevo amor; que la madre del muchacho indio no hubiera cambiado de opinión sobre la joven elegida por él como novia y hubiera seguido desaprobando ese casamiento, como efectivamente no sucede, y todo en el medio minuto que tarda el viejo sirviente de la familia en recordarle que también ella fue desaprobada por los padres de quien luego fue su marido; que la anciana de hondas convicciones racistas no se hubiera transformado de pronto en viejecita progre y de mente abierta sólo porque resulta tener una criada india la mar de servicial; o, en fin, que el hotel hubiera sido derribado por los malvados especuladores y no rescatado in extremis por las habilidades de la susodicha ancianita inglesa.

Me habría conformado con que sólo una de las historias que se nos plantean en la película hubiera seguido por alguno de esos cauces; con que sólo una no hubiera terminado de la forma tan convencional, tan de cuento de hadas, tan fácil, con tantas concesiones. Porque, en la realidad, es así como suelen desarrollarse la mayoría de situaciones análogas a ésas en las que alguien ama a otro alguien, alguien tiene un sueño de difícil consecución práctica o alguien se enfrenta a un sistema o a una forma de pensar socialmente refrendado.

Ojo; con esto no quiero decir que abogo por que las historias terminen mal, con personajes infelices o sueños frustrados. No. Lo que digo es que me gustaría ver historias en las que la felicidad, o la vía hacia ella, se nos presente de forma más realista, menos cómoda, menos dada. Porque la felicidad no consiste en que nos den lo que queremos de buenas a primeras, en que queden barridos de un plumazo todos los obstáculos que se nos presentan, en que la solución provenga de manos de otras personas, de la Providencia, de una casualidad, de algo inverosímil o muy poco probable. Puede suceder todo eso, pero mi experiencia me dice que es así las menos veces. En la mayoría de los casos, la felicidad llega por caminos más intrincados, menos obvios; y, desde luego, por caminos que exigen algo más que un bonito discurso lacrimógeno o un cúmulo de afortunadas circunstancias. Es ese final feliz el que echo de menos ver reflejado en la sociedad, en los mensajes que nos llegan de todas partes. Porque es ése el final feliz en el que creo.

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