Los libros

Hay al menos un aspecto en el que los libros malos aventajan a los buenos: no te estropean.

Leer es como ingerir veneno, que es otro nombre de la medicina: en dosis pequeñas, en dosis medidas, cura, mejora nuestra salud o nuestras habilidades físicas y mentales; nos hace sentir mejor, en suma, e incluso no sería tontería decir que nos hace mejores. Ahora bien, si se sobrepasa esa dosis mágica, la mediocridad dorada de los griegos, es insidiosa, ejerce justamente el efecto contrario. Un veneno (que no es otra cosa que una medicina de la que hemos abusado) nos va destruyendo poco a poco. Y eso es lo que pueden llegar a hacer los libros.

Los libros son mi amor, fueron mi primer amor y, seguramente, serán también el último. Amo los libros, amo estar entre libros, amo mirarlos, sabiendo que la mayoría de ellos no voy a leerlos jamás, ni sabré nunca nada de ellos más que el aspecto que tenían en aquel momento, en aquella estantería, formando una cadena con decenas, cientos de otros de los cuales lo ignoraré asimismo todo siempre. Tampoco leeré la inmensa mayoría de los clásicos, nunca (y añado que muchos probablemente me aburrirían, si los leyera; no los comprendería), ni sabré nada más que un par de ideas mínimas sobre quiénes fueron sus autores, cuáles fueron sus vidas, qué los llevó a lanzar sus mensajes al mundo, qué quisieron decirnos y, mucho menos, en qué cambiaron el curso de la vida de los demás, si es que hicieron tal cosa. Sin embargo, amo también esos libros, siempre los amaré. Y, como sucede con todos los tipos de amor verdadero, no hay ninguna explicación para ello; es así, y ésa es la única razón que necesito.

También, sin embargo, algunas veces, muchas veces odio los libros que leo, los que reconozco como buenos libros; odio muchos de ellos tras haberlos leído, porque ya no puedo deshacer su lectura, no puedo deshacerme del efecto que me han causado; no puedo volver a ser la misma que era antes de ellos. Los odio por haberme cambiado, por hacerme querer ser como ellos, como sus autores; los odio por haberme hecho olvidarme a mí misma, quién era yo, qué pensaba de todos estos asuntos tan importantes; qué sentía yo acerca de la vida, el amor, la muerte; qué me inspiraban todos los pequeños y grandes dilemas de la vida; cómo se habría manifestado mi naturaleza misma sobre ellos, de no ser por este libro que se cruzó en mi vida, imponiéndome su propia visión, su ser; el libro que se cruzó en mi vida, que me propuso un mensaje que yo abracé, acepté y quizá hasta asumí como buen sustituto del mío, tal vez no tan inteligente, no tan erudito, no tan formado, no tan hermosamente expresado, pero mío.

Por eso los libros buenos son tan peligrosos; son tan odiosos, sí. Porque nos van estropeando poco a poco. Porque son una droga, y porque se empieza probando, por curiosidad, con algo casi inofensivo, casi divertido, y el cuerpo y la mente se van habituando y piden más, cada vez más duro, más puro; porque te dan mucho placer, pero también te van arrancando trocitos de ti.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s