¿Por qué mueren los poetas?

Cae el cuerpo, como una hoja de otoño,
de un poeta en Brooklyn.
¿Por qué mueren los poetas?
¿Lo saben acaso ellos,
de entre todos, los menos ignorantes?
¿Por qué quisiste morir tú? Quizá porque el mundo ya era más que demasiado,
era insostenible sobre tus hombros, inabarcable ya en tu cabeza,
e hizo reventar tu corazón privilegiado.
O quizá porque, cuando se sublima el dolor en belleza, se agota antes la belleza que el dolor.
O puede que, simplemente, te cansaras un día de tanto desatino,
de tan no entender con la cabeza lo que tu alma sabía desde que naciste.
¡Nuestra pobre alma confusa!
Como un niño, te fuiste, quizá encogido de hombros,
con tu gorra tal vez calada.
Yo no te conozco, pero te vislumbro,
conozco tus ojos profundos, tu mirada oscurecida.
Ya no podías más.
Y, sin duda, no bastó para retenerte
toda esta gloria futura,
palabras fastuosas que, aun, se quedan cortas,
como cortas son las miradas que acarician aquellas tuyas que nos dejaste:
escribías tu testamento cada día de tu vida,
ignorando, y no importándote nunca
si alguien nunca te podría empezar a entender.
¡Tanto dolor, tanto dolor! ¿Qué sabrían ellos, los de entonces y los de ahora
de todo ese dolor?
¿Y qué sabrá mi voz, mi voz tan sola ahora?
Un coro de cacofonías perdidas,
música de fondo para tiempos sin poetas.

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