Desesperanza

“Eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios.”

Proverbio

Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos , porque ellos posseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegráos y regocijáos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

-Mateo 5, 1-12

Implícita en las Bienaventuranzas veo también la que se refiere a la beatitud de los que callan, porque ellos tendrán la voz que se han visto obligados a suprimir.

Porque me he dado cuenta de una cosa: las malas lenguas, las malas acciones campan a sus anchas en este mundo, mientras que la honradez, las buenas intenciones, las palabras sosegadas, los testimonios sinceros y ecuánimes y la verdad, sea ésta dolorosa o no y pese a quien pese, deben censurarse.

El mal es ruidoso, el bien es silencioso. Pero ¿lo son así por naturaleza, porque Dios los ha hecho así, o porque el hombre es tan malvado que impone su ley allá adonde va?

A nadie nos gusta oír determinadas cosas. Procuramos desoírlas, o, yendo más allá, hacer callar a quienes nos las dicen. Cuando eso llega a unas cotas concretas, cuando se trata de verdades, digámoslo así, peligrosas o incómodas, las coacciones, las censuras pueden resultar tanto más expeditivas.

Pero, a pesar de que ahora puede haberse exacerbado -señal de que vivimos tiempos de absoluta decadencia moral y de valores-, no es cosa nueva: el silencio siempre ha sido más fidedigna señal de virtud que las palabras, porque de ellas hacemos muy mal uso. No sólo por necedad, que sería más disculpable, sino, sobre todo, por maldad.

Me lo han dicho hoy: la huella de un golpe se va, pero las heridas propinadas con palabras cargadas de pólvora no desaparecen nunca.

Hay cuatro cosas que no vuelven: la flecha arrojada, la palabra ya dicha, la oportunidad desperdiciada y la vida pasada.

Proverbio.

Con la palabra, alguien puede elevarte a lo más alto -el Reino de los Cielos- o hundirte en el infierno. Puede ser una palabra sincera, dicha desde el corazón; pero la palabra misma jamás nos revelará su procedencia y su autenticidad, sólo a través del corazón podremos saberlo.

¡Y qué goloso es unirse a un círculo donde se murmura! Pero, una vez devorado el dulce de la maledicencia, ¡qué amargo rastro deja en la boca! Es dulce sólo al principio; después, su resquemor nos recuerda que es mal alimento para nosotros, que debemos rechazarlo la próxima vez que se nos presente la tentación. Utilizar la palabra para hacer el mal o para participar de él, para chismorrear o para alimentar especulaciones es una mala acción. No conozco ningún sistema de creencias, laico o teísta, que no lo condene.

Pero, en cambio, la mentira está bien vista; quien es locuaz y tiene un pico de oro, aunque sea un simple charlatán que vende humo, tiene todas las de ganar. No hay más que mirar a nuestro alrededor, a los círculos sociales en que nos movemos, para comprobarlo; no hay más que encender la tele un día cualquiera para ver quiénes son los personajes más valorados en las cadenas. Vivimos en la era de la verborrea, sepultados por chácharas, por hijas bastardas de nuestro don de la palabra.

Y afín a esa glorificación del ruido es la obligación implícita de ocultar lo hermoso, lo bueno. Pensemos: se aplaude la mediocridad, mientras que lo valioso debe apagarse, no vaya a incomodar a quienes no lo tienen. Se insta a ocultar las cosas bellas, puras, simples, porque normalmente no producen beneficios a nadie, y nadie puede aprovecharse de ellas para su gloria personal. Los valores están trastocados: la trampa, la picaresca, la mentira son valores cada vez mejor cotizados; el listillo, el tramposo, el aprovechado, es el nuevo héroe de nuestros tiempos, no la persona honrada ni la que dice la verdad o vive de acuerdo con sus valores.

Veo cada día cómo la sociedad nos empuja a avergonzarnos de todo lo único verdadero y bueno que tenemos: el amor, la generosidad, la nobleza.

Una vez, hace algunos años, leí una entrevista a un grupo musical (ahora afortunadamente extinto y olvidado) en el que uno de los miembros decía algo así -cito de memoria-: “No me gustaría de mí que dijeran que soy buena persona”.

Son cosas así las que hacen que uno desee que, efectivamente, el año 2012 sea el que todo se vaya a tomar viento y tengamos que rendir cuentas. Así, cada uno de nosotros recibirá lo que en justicia le corresponde y tendremos que pagar por lo que hemos hecho mal, pero eso ya será mejor que tener que cargar con tanto carro y carreta.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s