Sobre el miedo (2)

Yo lo ignoro todo y la mitad, pero quizá sea cierto que todas nuestras emociones negativas provienen del miedo.

Y tal vez sea cierto, además, que el miedo y, con él, todas las emociones negativas, son reflejos en un espejo; son sensaciones ilusorias, engaños, pañuelos de colores que se suceden unos a otros, un espectáculo pirotécnico que alumbra la noche y oculta las estrellas, pero sólo por un momento, antes de apagarse para siempre y dejar paso a la serena belleza de verdad.

Tal vez sea cierto, porque es el miedo lo que más frustra nuestra vida. Todo lo que podíamos, querríamos haber hecho y no hemos hecho lo hemos evitado por miedo, o por su ojito derecho, su hija más poderosa: la ira.

En mi ignorancia, en la limitada potestad para opinar que me da una sola experiencia vital, diría que sí es cierto: que el miedo es un Hombre del Saco que hemos inventado nosotros, y luego de investirlo de un poder absoluto, lo hemos olvidado todo, hemos olvidado nuestra primacía, como esos viejos actores que, dicen, enloquecidos, cayeron presas de sus propios personajes.

¿Tan aburrida era la vida en el Jardín del Edén, tan vacíos nos sentíamos, que tuvimos que inventarnos a la serpiente?

Ahora nos cuesta deshacernos de nuestro propio mito. Es comprensible: nos ha ayudado, como especie, a librar batallas, una tras otra, durante siglos. Hemos jugado a golosos juegos de poder, olvidando que nadie iba a salir vivo de ésta, que en realidad todas las victorias humanas son tan pasajeras como un suspiro.

“Al terminar el juego , el rey y el peón vuelven a la misma caja”

El medio (miedo) se ha acabado convirtiendo en el fin, y el fin, en el nuestro propio. El arma creada por el hombre se ha vuelto en su contra, y ahora ya nos viene (casi) de fábrica, desde que nacemos. El casi marca una diferencia esencial: no nos viene de fábrica, todavía no la hemos incorporado a nuestra naturaleza, y, si es verdad que hay Dios y somos Sus hijos, no formará jamás parte de ella. Porque el ser humano y el miedo, aunque conviven desde la cuna -que no desde el útero-, son, no obstante, opuestos polares. Nadie nace teniendo miedo, es luego cuando se adquiere, igual que el idioma, igual que el llanto. El primer miedo surge, quizá, cuando comprendemos que ya no estamos en el vientre materno, y nos aterroriza la separación, vernos sumidos en un entorno radicalmente distinto, alejados de nuestra fuente de alimento, calor, refugio, salud y amor. ¿Acaso hay algo más horrible y más temible que esa sensación de pérdida del amor, de no ser ya más amados? ¿Acaso es posible recuperarse de ese trauma alguna vez?

Sin embargo, si supiéramos -y no sólo a título informativo, como quien aprende una lección de memoria, sino si lo interiorizáramos, si lo sintiéramos de veras- que somos amados siempre, incondicionalmente, y que ese amor nos asegurará el alimento, el cobijo, el calor, el bienestar y la invulnerabilidad a todo, para siempre, ¿acaso conoceríamos alguna vez lo que es el miedo? Éste se extinguiría de inmediato, no existiría ni como noción.

La mente pensante es la que hilvana una idea tras otra, la que nos bombardea con recuerdos propios y postizos de horribles experiencias, con fobias e histerias colectivas, con pesadillas enfermizas y peliculeras, con pensamientos autodestructivos que, en realidad, son inoculaciones de los sucesivos sistemas sociales en que hemos vivido. Esa mente pensante que es también ajena a nosotros, porque no está cuando nacemos; sólo estamos nosotros, puros, limpios, inocentes y… sí, plenamente valientes y dispuestos a vivir, felices de estar vivos. La mente se va formando después.

Tan sólo pensemos: ¿qué haríamos si no tuviéramos miedo [de las consecuencias, de resultar heridos, de hacer daño a alguien a quien queremos, de posibles represalias, de caer enfermos, de perder hacienda o empleo, del qué dirán, de deshonor, de hacer el ridículo, de que se rían de nosotros, de morir, de que alguien que creemos que nos quiere deje de querernos, de añádase lo que corresponda]?

¿Habríamos tenido todos esos miedos, o el que toque esta vez, de haber estado en esa misma situación cuando éramos niños?

Y, cuando éramos niños, ¿cómo habríamos respondido a esa situación?

Nunca es demasiado tarde. Mientras estamos aquí, seguimos teniendo cuantas segundas oportunidades necesitemos.

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