Casi aleatorio

Llamémosle B: la persona B es un espécimen típico, por todos conocido y por muchos encarnado. B se desloma prácticamente toda su vida, cumple con las normas establecidas, incluso cuando éstas no merezcan más que una rebelión a hoz y martillo; sigue los patrones sociales de comportamiento y aclimatación al uso; vive una vida sin sobresaltos ni generadora de grandes o pequeñas historias desmenuzables y disfrutables para sus congéneres. Puede que alcance la satisfacción de muchas maneras y en muchos momentos de su vida; sin embargo, usualmente sentirá que algo le falta/falla; dependiendo de su curiosidad, idiosincrasia y capacidad o ganas de profundizar, alguna vez se cuestionará sobre esa falta/falla; indagará fuera y dentro de sí mismo; puede que sufra por ello, incluso de forma refractaria, provocándole ello surcos que cambiarán o desviarán el curso de su existencia. Jamás sabrá, sin embargo, qué es lo que le faltó o dónde falló (porque se adjudicará la responsabilidad, digamos la culpa de lo que calificará como fracaso vital), y eso le acarreará, a su vez, morbosas y masocas fantasías sobre lo que pudo haber sido y no fue, si se hubiera hecho rico, si no hubiera aceptado aquella propuesta, si se hubiera mudado a tal o cual sitio cuando tuvo la ocasión, si en vez de con X se hubiera casado con Z…

La persona C es, por el contrario, alguien que no ha tenido que hacer ningún esfuerzo intelectual, físico, laboral o humano alguno para avanzar en la vida; y, sin embargo, ha llegado lo que comúnmente se diría lejos, alcanzando metas que gente como B sólo pudo soñar, y eso, con timidez. C puede que no tenga ningunos estudios, cualificación meritoria alguna, nada que enseñar, nada que compartir, ninguna aportación significativa que hacer, no ya a la Humanidad, sino a la persona que se le sienta al lado un día cualquiera. C no dejará huella de su paso por el mundo, pero aun así tendrá una vida regalada y, dependiendo de su área de actividad o de influencia, es probable que goce de la admiración de miles, incluso millones de personas.

Y es que la vida no es justa ni injusta; simplemente, es. Sucede, nos sucede, las cosas son así porque son así. No está reconocido de esta manera, porque admitirlo así de forma general desacreditaría inmediatamente décadas de construcción de mensajes, de instituciones, de puestos de trabajo, de campañas, de fondos… destinados a hacernos creer lo contrario: que medrar depende de cada uno, que cada uno obtiene lo que se merece, etcétera. No digo que sea una descreída de todo eso; antes bien, si alguna creencia me queda es que existe la justicia, que cada uno tiene lo que se merece… pero con una segunda parte muy importante: tarde o temprano, en esta vida o en lo que haya después. Muchas veces, lo segundo.

Lo único que tengo claro, a estas alturas, es que la vida, a efectos prácticos y cotidianos, es un ejercicio de aleatoriedad.

(Y no, no lo es, no para mí; no creo en las casualidades, no porque haya leído demasiados libros de autoayuda, sino porque mi experiencia me lo dice así. No estoy aquí, no soy quien soy, no he conocido a todas las personas de mi vida ni he vivido mis vivencias por casualidad, sino por algo que está más allá de mí, no ya comprender, sino siquiera ver en su totalidad; aspirar a ello sería igual que pretender ver la Tierra en su totalidad con una sola mirada. Por eso mismo, a efectos prácticos, impera la ley de la aleatoriedad).

Y, a veces, también es un ejercicio de ironía. Precisamente esa ironía, ese sentido burlón, elegante, sutilmente chistoso de la vida (el chiste es a nuestra costa, se entiende, pero también, quizá, y si somos lo bastante inteligentes, es con nosotros) es otro de los indicios que, si yo fuera atea, quizá me harían sospechar que existe una mente suprema escribiendo derecho con nosotros, los renglones torcidos. Hace algunos años, para reírme de mí misma, y también para distanciarme un poco de tanta intensidad como la que sufría a veces, me imaginaba que mi vida, la vida, era en realidad una sitcom tipo Friends que arrasaba en audiencia en Marte o en Raticulín -aun hoy, no creo que sea una mala base para una meditación-, porque la verdad es que algunos guiones le salían bordados al escritor.

Porque, algunas cosas, si no fueran humor, serían claramente crueldad y ganas de joder. No entendería, si no, por qué a veces la recompensa al esfuerzo y a la ilusión es más esfuerzo, en el mejor de los casos, o ingratitud y vacío, en el peor. O por qué simplemente las cosas muchas veces no salen, no salen, no acaban de salir, por más maneras diferentes en que las abordes. O por qué una y otra vez acaba uno teniendo que enfrentarse a la misma situación, cuando ya la creía resuelta. Y ¿no os ha pasado que a veces, en diferentes etapas de la vida, se os aparecen como duplicados de personas del pasado? Personas exactamente análogas a aquellas otras fantasmagorizadas, exorcizadas ya, que de alguna manera misteriosa se aparecen, de repente, y acaban desempeñando algún papel, trayendo algún mensaje, dejando algún regalito, bueno o malo.

Y luego está la tristeza, claro. Esa tristeza que no es ni buena, ni muy mala; una de la cual hasta te puedes enamorar, o, por lo menos, considerar amiga, porque no es nada empalagosa, ni pesa tanto como una depresión o un bajón, y hasta hace que la música, alguna música suene mejor, más profunda; que la lluvia tenga una belleza y un aroma que hace que, por momentos, quieras que no se acabe nunca y no te importe que la primavera quede tan, pero tan lejos; y que las habitaciones que solo tú ocupas parezcan abarrotadas e incómodas si entra alguien más.

Por increíble que parezca, algunas personas nunca experimentan esa tristeza sin nombre ni causa atribuible a elementos inmediatos, físicos o prácticos.

Aviva ni siquiera quería excitación, aunque él la excitaba por tres. Sólo anhelaba un poco de paz (“Yo también”, decía, con cara de póquer, y ella no podía evitar reírse otra vez), silencio y tranquilidad; ansiaba un pequeño nido sin discusiones, sin estrés, sin preocupaciones. ¿Era demasiado pedir? ¿Era posible en este mundo? ¿Acaso el mismo Dios que le había enviado a Guido también determinaba que jamás hallaría la felicidad en este mundo?

“Diario de una mujer adúltera” –Curt Leviant

Todo lo escribible está escrito: la vida, la muerte y esa pausa entre las dos que es el amor (¿hay algo más en la vida aparte del amor? ¿hay vida que merezca llamarse así, si no hay en ella amor?). Jorge Guillén ya cantó, en sus poemas de aire zen, al gozo esencial de estar vivo, y Shakespeare nos dijo lo que era el amor con sus sonetos, y lo seguirá diciendo, no importa quién o cuántos escriban sobre él después. Y, sin embargo, a todos nos parece sumamente único, irrepetible, lo que nosotros vivimos. Por eso nos sorprendemos, nos enamoramos de nuestras propias vivencias y sentimientos, y queremos inmortalizarlos. Por eso, por ese asombro, necesitamos crear algo que evoque la belleza de ese momento. Digo la belleza, que no la perfección. La perfección existe, pero sólo en el estadio anterior, cuando soñamos con las cosas que anhelamos. La gran excepción es el amor: el amor es perfecto, pero su realización, en la práctica, sólo es perfecta cuando estamos solos y desamorados, incluso amargados; cuando soñamos con el amor. Porque los cuentos y las películas nos han engañado: que nos suceda el amor, descubrir que podemos amar y cuánto podemos amar, no es el colofón de nada; es el principio de todo. Eso no es aleatorio; es un regalo divino. Un desafío, aunque maravilloso, muy arduo, en la práctica. Sin embargo, probablemente nada, ni las reglas del Universo en su realización, ni las de la naturaleza, ni la elegante ironía de la vida, ni siquiera el éxito de nuestro personaje C, tendrían ningún sentido si no fuera por el amor. Es el quinto elemento, la rosa mística, el aura que todo lo abarca y sin la cual nada se puede entender.

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