Desprogramación

Reconoce la perfección de la belleza, no la belleza de la perfección.

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No le toques ya más, que así es la rosa.

Juan Ramón Jiménez

“Porque por gracia sois salvos, por la fe; y esto no de vosotros, es el regalo de Dios. No por obras, para que nadie se glorie.”

Efesios 2:8-9

Tenemos la manía, el hábito mental, ¿que no?, de bregar con las cosas hasta que las hacemos lo mejor que podemos hacerlas; de corregirlas, revisarlas, mirarlas desde mil ángulos, torturarlas, agobiarlas con nuestra cabezonería y nuestra rigidez de mente y de espíritu. Porque sabemos bien sabido que debemos hacer siempre lo mejor posible; que debemos darlo todo; que debemos seguir intentándolo; que debemos continuar siempre aprendiendo; que hemos de estar abiertos a los fracasos, y agradecidos, cuando se produzcan; que hemos de ofrecer lo mejor de nosotros mismos… ¿cuántas expresiones sinónimas se os ocurren?

¡Pobres de nosotros! Somos unas víctimas de nuestra educación, de toda una cultura secular de sacrificio… baldío. Porque, al mismo tiempo, somos seres profundamente defectuosos, imperfectos, incapaces, falibles a la mínima. Si hemos sido escolarizados, y cuanto más hayamos sobrellevado el yugo de esa uniformización, tendremos bien interiorizado que cada una de nuestras expresiones personales, cada creación nuestra, es susceptible y debe ser evaluada por otros, incluso comparada y, si hace falta, vapuleada públicamente, y todo eso para nuestro provecho, para que aprendamos, para que nos superemos. Pero todos hemos seguido siendo quienes éramos (los más afortunados habrán salido con pocos traumas y con una autoestima más o menos saludable) y no hemos adquirido ni un solo don más de los que teníamos al nacer. De hecho, seguramente nos habrán malogrado más de uno por el camino, como esos desdichados jovencitos que entraban en cierta academia cantora de televisión creyendo que iban camino de la gloria, de ser mejores cantantes, de tener mayores habilidades, y salían tocados, pero no por la gloria, sino tocados en todo lo que antes hacían naturalmente, y bien.

Eso es una cosa; pero es que luego, andando la vida, ella misma nos lo corrobora: no por mucho retocar aparece más lozano. Si algo, menos. Los artículos, historias, escritos de todo tipo que mejor me han salido, con los que más a gusto me he quedado, han sido siempre las versiones más frescas, las más espontáneas… las menos pensadas. Por eso, Spielberg lo hizo mejor -en mi opinión- en “El diablo sobre ruedas” o “Tiburón” que en “La lista de Schindler”, por ejemplo: estaba siendo él mismo en la primera, cuando aún no era Steven  Spielberg, mientras que estaba intentando ganar un Óscar -ergo estaba haciendo algo de una manera concreta para agradar a alguien en concreto- cuando hizo la segunda. A lo mejor es mucho aventurar, pero apostaría a que trabajó con una alegría diferente, auténtica, cuando hizo la primera película mencionada que cuando elaboró (y escojo este verbo con toda la intención) la segunda.

Nosotros no somos Spielberg, ni falta que nos hace; bastante tenemos con avanzar por nuestra propia vida con nuestra carga diaria de tareas y objetivos de perfección que cumplir.

Claro que ello entronca marcadamente con esa tradición católica del esfuerzo, pero es que nuestros catequistas y nuestras maestras monjas nunca dijeron que ese esfuerzo se fuera a ver recompensado de ninguna manera o, por decirlo con más propiedad (pues no es de católicos hacer algo por algo), que fuera a servir para nada más que para penar un poco más por este valle de lágrimas, así, gratuitamente. Ahora que soy un poco menos inocentona y tonta de lo que era entonces, pienso que ése no es el verdadero mensaje de Dios o, en cualquier caso, que no estamos aquí para eso.

Somos lo que somos y ya estamos completos cuando llegamos. No nos hace falta superarnos -la expresión misma ya es un sinsentido- ni tampoco ser cada día mejores; al contrario, lo que nos hace falta es olvidar, desprogramar todo el software vírico que nos han ido inoculando con los años. Volver a ser más nosotros mismos y aprender a no tocar las cosas que ya están bien hechas, porque ya sabemos hacerlas bien. Así como no se nos ocurre volver a aprender a andar, a hablar o a usar los cubiertos, tampoco tenemos que reaprender lo que ya de fábrica venimos sabiendo hacer. Sólo tenemos que pensar en el tiempo que perdemos toqueteando las cosas que ya están hechas, nuestras propias obras, nuestras criaturas, grandes o pequeñas, todas valiosas y merecedoras de que estemos agradecidos por ellas, porque hemos sido capaces de hacerlas; tiempo perdido afeándolas, malqueriéndolas, estropeándolas, quizá de forma irreversible, como los rostros de las estrellas que se desfiguran con bótox; hasta que ya no queda en esas creaciones rastro de nosotros. Tiempo perdido, que habríamos podido utilizar, en cambio, en avanzar, sí, pero sólo hacia dentro de nosotros mismos, estando más en nuestra propia compañía, ofreciéndonos a nosotros mismos lo que en ese momento necesitábamos: quizá descanso, quizá momentos de no hacer nada, quizá hacer nada importante, sólo eso, respirar, estar vivos, oler las flores; nada más, pero tanto como eso.

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