No son sólo vacaciones

Cuando hacen algo bien, es de justicia reconocérselo. Así pues, viendo el canal 24 horas de TVE, según tengo por costumbre en las mañanas de páramo televisivo (de lo que me inspira la TDT ya hablaré otro día, si es menester), me han gustado mucho los minirreportajes sobre las celebraciones de Semana Santa, pues, aparte de las obligadas imágenes de las procesiones y fieles, han intentado hacer algo original -que ya de por sí tiene mérito, como sabemos los periodistas cuando tratamos con acontecimientos periódicos que casi nunca ofrecen novedades- y han tratado de ilustrar y explicar algunos términos técnicos sobre las procesiones, normalmente desconocidos para el público general. Además, se han acercado a un convento de monjas para mostrar un dulce típico de Semana Santa elaborado por ellas. Por otro lado, sin extenderse demasiado, han hecho un repaso exhaustivo de las celebraciones más importantes.

Habrá quien encuentre aburridas o anacrónicas esas noticias. Habrá incluso quien tomará ofensa en ellas. Porque ahora, la tendencia es a meter en un mismo saco creencia personal, iglesia como comunidad y ente social, Iglesia Católica como institución, costumbres de arraigo social… en fin, todo ello. Cosas que nada esencial y sine qua non tienen que ver entre sí. Mezclarlas puede ser un ejercicio de ignorancia, cuando mejor, y de tendenciosidad, cuando peor.

Sobre lo segundo, poco se puede hacer; pero la ignorancia siempre tiene cura. Por eso creo importante seguir informando y divulgando sobre los orígenes de la Semana Santa (o de la Navidad, o de cualquier otro rito arraigado, ya sea de origen cristiano o de cualquier otro), sobre por qué se celebra, por qué son fechas señaladas para los cristianos; que la gente sepa, al menos, que la Semana Santa no es una mera fecha vacacional que viene muy bien entre el asueto de Navidades y el de verano.

Más allá de eso, me gustaría que los europeos tuvieran, tuviéramos una mejor y más rigurosa educación sobre nuestra propia historia. Y la historia de Europa es una historia marcada por el cristianismo y, también, por la Iglesia Católica -insisto, dos cosas diferentes-, nos guste o no. Y la religión como institución humana, como empresa -y lo digo como quien no simpatiza ni comulga precisamente con ninguna forma de religión organizada y dirigida- no es sólo Inquisición, quema de científicos revolucionarios, pederastia o incomprensibles tesoros acumulados a despecho de la miseria existente.

La historia del cristianismo es la historia de Europa, nuestra historia. Es la historia de la unificación y organización territoriales, de los Estados-nación, del arte y de gran parte de la cultura que es hoy patrimonio y orgullo de toda la humanidad, de la civilización que hoy conocemos y de un compendio de valores éticos que luego, con mayor o menor fortuna, han cristalizado en leyes y en una cierta manera de ver las cosas, de comprender el mundo y de responder ante desafíos y dudas morales.

Yo, por lo menos, considero que es un legado que se debe preservar y en el cual se debe profundizar, para poder mejorar nuestras sociedades y nuestros sistemas políticos y jurídicos.  Y, sí, son todas ellas herencias que me hacen sentir orgullosa y afortunada de ser europea.

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