¿De qué tienes miedo?

La alternativa, en vez de la tragedia, o al menos en vez del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único lugar fuera del cielo donde se puede estar perfectamente a salvo de los peligros y perturbaciones del amor es el infierno.

-C.S. Lewis

El paso de la juventud a la madurez también se puede resumir en términos de terror: pasar del miedo a la presencia, al miedo a la ausencia. De los otros, se entiende; pero quizá también de uno mismo.

Es lo que me ha pasado a mí. Cuando tenía terrores nocturnos, tenía miedo de lo que podía estar, sin que yo lo supiera; las presencias a mi alrededor, los animales, los objetos, los seres tanto reales como imaginarios, podían cobrar una cualidad amenazante. Todo podía convertirse en otra cosa, y esa cosa, para mí, casi siempre era algo malo.

Ahora, a estas alturas, creo que nada de lo que pueda materializarse en mi vida, lo haya yo pedido o no, puede espantarme. Ahora es más frecuente que me sobren cosas y que busque el bálsamo en un poco de soledad, de compañía de mí misma. Por eso me gusta tanto vaciar mis armarios de cosas que ya no me sirven, por eso me obsesiono tanto con la limpieza y el vacío. No tengo horror vacui; tengo horror pleni. Al quitar cosas y vaciarlo todo, limpio mi territorio de posibles escondrijos para monstruos; en lo vacío, nada malo puede agazaparse.

Sin embargo, tengo miedo a ausencias, a pérdidas; futuras, pero también con efectos retardados.

Como cualquiera, tengo miedo de perder a las personas que quiero, mis medios de supervivencia o de bienestar, mis referencias materiales o prácticas. Pero ese miedo, aunque me entristece, no me angustia, no influye en mis actos de manera notable. Lo tomo como parte de la vida y del caos que esencialmente ésta es.

Tengo más miedo a llegar al futuro con un saldo negativo por mi propia acción u omisión. De no haber sabido hacerme feliz a mí misma con las cosas que, en un sentido práctico, estaba en mi mano decidir. Me aterroriza la posibilidad cierta de un arrepentimiento futuro e irreversible. ¡Qué personas tan tristes son aquellas en quienes reconocemos una derrota no asumida, cargada de sentimiento de culpa! Aquello que dejaron escapar, o aquello que hicieron en un momento de locura; si es cierto que acabamos siendo el compendio de cicatrices, arrugas, marcas y secuelas de las cosas que ganamos en la batalla de la vida, también lo es que no hay ojeras tan oscuras como las de las noches pasadas en vela lamentándonos por lo que quisimos hacer y no hicimos.

Tengo miedo de equivocarme, pero más aún de quedarme paralizada, por negligencia, por pereza, por temores infundados, por malentendidos, por… por culpa mía, ya lo dije.

No tengo ninguna manera humana de saber con antelación si estoy haciendo bien o no. Sí sé que, si estamos vivos de verdad, si estamos luchando en la vida, heriremos, y resultaremos heridos a nuestra vez. Pero esa lucha por amor -amor como aspiración por metas vitales- es necesaria; es nuestra misma esencia.

Sin embargo, ¿acaso hay alternativa? Sí, la hay… ser planta de invernadero, recluirnos en una burbuja, metafórica o física (y en la historia hay ejemplos de autoexiliados de la vida, también en sentido físico; muchos ejemplos, de hecho); inhibirnos de cualquier emoción, de cualquier crisis, pero también -a mi entender- de cualquier experiencia verdaderamente humana que nos distinga de todos los demás seres vivos; en última instancia, sucumbir al miedo.

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