Archivo mensual: abril 2012

Los libros

Hay al menos un aspecto en el que los libros malos aventajan a los buenos: no te estropean.

Leer es como ingerir veneno, que es otro nombre de la medicina: en dosis pequeñas, en dosis medidas, cura, mejora nuestra salud o nuestras habilidades físicas y mentales; nos hace sentir mejor, en suma, e incluso no sería tontería decir que nos hace mejores. Ahora bien, si se sobrepasa esa dosis mágica, la mediocridad dorada de los griegos, es insidiosa, ejerce justamente el efecto contrario. Un veneno (que no es otra cosa que una medicina de la que hemos abusado) nos va destruyendo poco a poco. Y eso es lo que pueden llegar a hacer los libros.

Los libros son mi amor, fueron mi primer amor y, seguramente, serán también el último. Amo los libros, amo estar entre libros, amo mirarlos, sabiendo que la mayoría de ellos no voy a leerlos jamás, ni sabré nunca nada de ellos más que el aspecto que tenían en aquel momento, en aquella estantería, formando una cadena con decenas, cientos de otros de los cuales lo ignoraré asimismo todo siempre. Tampoco leeré la inmensa mayoría de los clásicos, nunca (y añado que muchos probablemente me aburrirían, si los leyera; no los comprendería), ni sabré nada más que un par de ideas mínimas sobre quiénes fueron sus autores, cuáles fueron sus vidas, qué los llevó a lanzar sus mensajes al mundo, qué quisieron decirnos y, mucho menos, en qué cambiaron el curso de la vida de los demás, si es que hicieron tal cosa. Sin embargo, amo también esos libros, siempre los amaré. Y, como sucede con todos los tipos de amor verdadero, no hay ninguna explicación para ello; es así, y ésa es la única razón que necesito.

También, sin embargo, algunas veces, muchas veces odio los libros que leo, los que reconozco como buenos libros; odio muchos de ellos tras haberlos leído, porque ya no puedo deshacer su lectura, no puedo deshacerme del efecto que me han causado; no puedo volver a ser la misma que era antes de ellos. Los odio por haberme cambiado, por hacerme querer ser como ellos, como sus autores; los odio por haberme hecho olvidarme a mí misma, quién era yo, qué pensaba de todos estos asuntos tan importantes; qué sentía yo acerca de la vida, el amor, la muerte; qué me inspiraban todos los pequeños y grandes dilemas de la vida; cómo se habría manifestado mi naturaleza misma sobre ellos, de no ser por este libro que se cruzó en mi vida, imponiéndome su propia visión, su ser; el libro que se cruzó en mi vida, que me propuso un mensaje que yo abracé, acepté y quizá hasta asumí como buen sustituto del mío, tal vez no tan inteligente, no tan erudito, no tan formado, no tan hermosamente expresado, pero mío.

Por eso los libros buenos son tan peligrosos; son tan odiosos, sí. Porque nos van estropeando poco a poco. Porque son una droga, y porque se empieza probando, por curiosidad, con algo casi inofensivo, casi divertido, y el cuerpo y la mente se van habituando y piden más, cada vez más duro, más puro; porque te dan mucho placer, pero también te van arrancando trocitos de ti.

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-¿Estoy aquí?…

-¿Estoy aquí?

-Sí.

-Te lo pregunto porque no estoy segura de estar despierta.

-Sí, te veo, estás aquí.

-Pero es que en el sueño anterior me has dicho lo mismo. Y ya van tres.

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22 de abril de 2012 · 17:23

¿Por qué mueren los poetas?

Cae el cuerpo, como una hoja de otoño,
de un poeta en Brooklyn.
¿Por qué mueren los poetas?
¿Lo saben acaso ellos,
de entre todos, los menos ignorantes?
¿Por qué quisiste morir tú? Quizá porque el mundo ya era más que demasiado,
era insostenible sobre tus hombros, inabarcable ya en tu cabeza,
e hizo reventar tu corazón privilegiado.
O quizá porque, cuando se sublima el dolor en belleza, se agota antes la belleza que el dolor.
O puede que, simplemente, te cansaras un día de tanto desatino,
de tan no entender con la cabeza lo que tu alma sabía desde que naciste.
¡Nuestra pobre alma confusa!
Como un niño, te fuiste, quizá encogido de hombros,
con tu gorra tal vez calada.
Yo no te conozco, pero te vislumbro,
conozco tus ojos profundos, tu mirada oscurecida.
Ya no podías más.
Y, sin duda, no bastó para retenerte
toda esta gloria futura,
palabras fastuosas que, aun, se quedan cortas,
como cortas son las miradas que acarician aquellas tuyas que nos dejaste:
escribías tu testamento cada día de tu vida,
ignorando, y no importándote nunca
si alguien nunca te podría empezar a entender.
¡Tanto dolor, tanto dolor! ¿Qué sabrían ellos, los de entonces y los de ahora
de todo ese dolor?
¿Y qué sabrá mi voz, mi voz tan sola ahora?
Un coro de cacofonías perdidas,
música de fondo para tiempos sin poetas.

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Desesperanza

“Eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios.”

Proverbio

Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos , porque ellos posseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegráos y regocijáos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

-Mateo 5, 1-12

Implícita en las Bienaventuranzas veo también la que se refiere a la beatitud de los que callan, porque ellos tendrán la voz que se han visto obligados a suprimir.

Porque me he dado cuenta de una cosa: las malas lenguas, las malas acciones campan a sus anchas en este mundo, mientras que la honradez, las buenas intenciones, las palabras sosegadas, los testimonios sinceros y ecuánimes y la verdad, sea ésta dolorosa o no y pese a quien pese, deben censurarse.

El mal es ruidoso, el bien es silencioso. Pero ¿lo son así por naturaleza, porque Dios los ha hecho así, o porque el hombre es tan malvado que impone su ley allá adonde va?

A nadie nos gusta oír determinadas cosas. Procuramos desoírlas, o, yendo más allá, hacer callar a quienes nos las dicen. Cuando eso llega a unas cotas concretas, cuando se trata de verdades, digámoslo así, peligrosas o incómodas, las coacciones, las censuras pueden resultar tanto más expeditivas.

Pero, a pesar de que ahora puede haberse exacerbado -señal de que vivimos tiempos de absoluta decadencia moral y de valores-, no es cosa nueva: el silencio siempre ha sido más fidedigna señal de virtud que las palabras, porque de ellas hacemos muy mal uso. No sólo por necedad, que sería más disculpable, sino, sobre todo, por maldad.

Me lo han dicho hoy: la huella de un golpe se va, pero las heridas propinadas con palabras cargadas de pólvora no desaparecen nunca.

Hay cuatro cosas que no vuelven: la flecha arrojada, la palabra ya dicha, la oportunidad desperdiciada y la vida pasada.

Proverbio.

Con la palabra, alguien puede elevarte a lo más alto -el Reino de los Cielos- o hundirte en el infierno. Puede ser una palabra sincera, dicha desde el corazón; pero la palabra misma jamás nos revelará su procedencia y su autenticidad, sólo a través del corazón podremos saberlo.

¡Y qué goloso es unirse a un círculo donde se murmura! Pero, una vez devorado el dulce de la maledicencia, ¡qué amargo rastro deja en la boca! Es dulce sólo al principio; después, su resquemor nos recuerda que es mal alimento para nosotros, que debemos rechazarlo la próxima vez que se nos presente la tentación. Utilizar la palabra para hacer el mal o para participar de él, para chismorrear o para alimentar especulaciones es una mala acción. No conozco ningún sistema de creencias, laico o teísta, que no lo condene.

Pero, en cambio, la mentira está bien vista; quien es locuaz y tiene un pico de oro, aunque sea un simple charlatán que vende humo, tiene todas las de ganar. No hay más que mirar a nuestro alrededor, a los círculos sociales en que nos movemos, para comprobarlo; no hay más que encender la tele un día cualquiera para ver quiénes son los personajes más valorados en las cadenas. Vivimos en la era de la verborrea, sepultados por chácharas, por hijas bastardas de nuestro don de la palabra.

Y afín a esa glorificación del ruido es la obligación implícita de ocultar lo hermoso, lo bueno. Pensemos: se aplaude la mediocridad, mientras que lo valioso debe apagarse, no vaya a incomodar a quienes no lo tienen. Se insta a ocultar las cosas bellas, puras, simples, porque normalmente no producen beneficios a nadie, y nadie puede aprovecharse de ellas para su gloria personal. Los valores están trastocados: la trampa, la picaresca, la mentira son valores cada vez mejor cotizados; el listillo, el tramposo, el aprovechado, es el nuevo héroe de nuestros tiempos, no la persona honrada ni la que dice la verdad o vive de acuerdo con sus valores.

Veo cada día cómo la sociedad nos empuja a avergonzarnos de todo lo único verdadero y bueno que tenemos: el amor, la generosidad, la nobleza.

Una vez, hace algunos años, leí una entrevista a un grupo musical (ahora afortunadamente extinto y olvidado) en el que uno de los miembros decía algo así -cito de memoria-: “No me gustaría de mí que dijeran que soy buena persona”.

Son cosas así las que hacen que uno desee que, efectivamente, el año 2012 sea el que todo se vaya a tomar viento y tengamos que rendir cuentas. Así, cada uno de nosotros recibirá lo que en justicia le corresponde y tendremos que pagar por lo que hemos hecho mal, pero eso ya será mejor que tener que cargar con tanto carro y carreta.

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Sobre el miedo (2)

Yo lo ignoro todo y la mitad, pero quizá sea cierto que todas nuestras emociones negativas provienen del miedo.

Y tal vez sea cierto, además, que el miedo y, con él, todas las emociones negativas, son reflejos en un espejo; son sensaciones ilusorias, engaños, pañuelos de colores que se suceden unos a otros, un espectáculo pirotécnico que alumbra la noche y oculta las estrellas, pero sólo por un momento, antes de apagarse para siempre y dejar paso a la serena belleza de verdad.

Tal vez sea cierto, porque es el miedo lo que más frustra nuestra vida. Todo lo que podíamos, querríamos haber hecho y no hemos hecho lo hemos evitado por miedo, o por su ojito derecho, su hija más poderosa: la ira.

En mi ignorancia, en la limitada potestad para opinar que me da una sola experiencia vital, diría que sí es cierto: que el miedo es un Hombre del Saco que hemos inventado nosotros, y luego de investirlo de un poder absoluto, lo hemos olvidado todo, hemos olvidado nuestra primacía, como esos viejos actores que, dicen, enloquecidos, cayeron presas de sus propios personajes.

¿Tan aburrida era la vida en el Jardín del Edén, tan vacíos nos sentíamos, que tuvimos que inventarnos a la serpiente?

Ahora nos cuesta deshacernos de nuestro propio mito. Es comprensible: nos ha ayudado, como especie, a librar batallas, una tras otra, durante siglos. Hemos jugado a golosos juegos de poder, olvidando que nadie iba a salir vivo de ésta, que en realidad todas las victorias humanas son tan pasajeras como un suspiro.

“Al terminar el juego , el rey y el peón vuelven a la misma caja”

El medio (miedo) se ha acabado convirtiendo en el fin, y el fin, en el nuestro propio. El arma creada por el hombre se ha vuelto en su contra, y ahora ya nos viene (casi) de fábrica, desde que nacemos. El casi marca una diferencia esencial: no nos viene de fábrica, todavía no la hemos incorporado a nuestra naturaleza, y, si es verdad que hay Dios y somos Sus hijos, no formará jamás parte de ella. Porque el ser humano y el miedo, aunque conviven desde la cuna -que no desde el útero-, son, no obstante, opuestos polares. Nadie nace teniendo miedo, es luego cuando se adquiere, igual que el idioma, igual que el llanto. El primer miedo surge, quizá, cuando comprendemos que ya no estamos en el vientre materno, y nos aterroriza la separación, vernos sumidos en un entorno radicalmente distinto, alejados de nuestra fuente de alimento, calor, refugio, salud y amor. ¿Acaso hay algo más horrible y más temible que esa sensación de pérdida del amor, de no ser ya más amados? ¿Acaso es posible recuperarse de ese trauma alguna vez?

Sin embargo, si supiéramos -y no sólo a título informativo, como quien aprende una lección de memoria, sino si lo interiorizáramos, si lo sintiéramos de veras- que somos amados siempre, incondicionalmente, y que ese amor nos asegurará el alimento, el cobijo, el calor, el bienestar y la invulnerabilidad a todo, para siempre, ¿acaso conoceríamos alguna vez lo que es el miedo? Éste se extinguiría de inmediato, no existiría ni como noción.

La mente pensante es la que hilvana una idea tras otra, la que nos bombardea con recuerdos propios y postizos de horribles experiencias, con fobias e histerias colectivas, con pesadillas enfermizas y peliculeras, con pensamientos autodestructivos que, en realidad, son inoculaciones de los sucesivos sistemas sociales en que hemos vivido. Esa mente pensante que es también ajena a nosotros, porque no está cuando nacemos; sólo estamos nosotros, puros, limpios, inocentes y… sí, plenamente valientes y dispuestos a vivir, felices de estar vivos. La mente se va formando después.

Tan sólo pensemos: ¿qué haríamos si no tuviéramos miedo [de las consecuencias, de resultar heridos, de hacer daño a alguien a quien queremos, de posibles represalias, de caer enfermos, de perder hacienda o empleo, del qué dirán, de deshonor, de hacer el ridículo, de que se rían de nosotros, de morir, de que alguien que creemos que nos quiere deje de querernos, de añádase lo que corresponda]?

¿Habríamos tenido todos esos miedos, o el que toque esta vez, de haber estado en esa misma situación cuando éramos niños?

Y, cuando éramos niños, ¿cómo habríamos respondido a esa situación?

Nunca es demasiado tarde. Mientras estamos aquí, seguimos teniendo cuantas segundas oportunidades necesitemos.

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Casi aleatorio

Llamémosle B: la persona B es un espécimen típico, por todos conocido y por muchos encarnado. B se desloma prácticamente toda su vida, cumple con las normas establecidas, incluso cuando éstas no merezcan más que una rebelión a hoz y martillo; sigue los patrones sociales de comportamiento y aclimatación al uso; vive una vida sin sobresaltos ni generadora de grandes o pequeñas historias desmenuzables y disfrutables para sus congéneres. Puede que alcance la satisfacción de muchas maneras y en muchos momentos de su vida; sin embargo, usualmente sentirá que algo le falta/falla; dependiendo de su curiosidad, idiosincrasia y capacidad o ganas de profundizar, alguna vez se cuestionará sobre esa falta/falla; indagará fuera y dentro de sí mismo; puede que sufra por ello, incluso de forma refractaria, provocándole ello surcos que cambiarán o desviarán el curso de su existencia. Jamás sabrá, sin embargo, qué es lo que le faltó o dónde falló (porque se adjudicará la responsabilidad, digamos la culpa de lo que calificará como fracaso vital), y eso le acarreará, a su vez, morbosas y masocas fantasías sobre lo que pudo haber sido y no fue, si se hubiera hecho rico, si no hubiera aceptado aquella propuesta, si se hubiera mudado a tal o cual sitio cuando tuvo la ocasión, si en vez de con X se hubiera casado con Z…

La persona C es, por el contrario, alguien que no ha tenido que hacer ningún esfuerzo intelectual, físico, laboral o humano alguno para avanzar en la vida; y, sin embargo, ha llegado lo que comúnmente se diría lejos, alcanzando metas que gente como B sólo pudo soñar, y eso, con timidez. C puede que no tenga ningunos estudios, cualificación meritoria alguna, nada que enseñar, nada que compartir, ninguna aportación significativa que hacer, no ya a la Humanidad, sino a la persona que se le sienta al lado un día cualquiera. C no dejará huella de su paso por el mundo, pero aun así tendrá una vida regalada y, dependiendo de su área de actividad o de influencia, es probable que goce de la admiración de miles, incluso millones de personas.

Y es que la vida no es justa ni injusta; simplemente, es. Sucede, nos sucede, las cosas son así porque son así. No está reconocido de esta manera, porque admitirlo así de forma general desacreditaría inmediatamente décadas de construcción de mensajes, de instituciones, de puestos de trabajo, de campañas, de fondos… destinados a hacernos creer lo contrario: que medrar depende de cada uno, que cada uno obtiene lo que se merece, etcétera. No digo que sea una descreída de todo eso; antes bien, si alguna creencia me queda es que existe la justicia, que cada uno tiene lo que se merece… pero con una segunda parte muy importante: tarde o temprano, en esta vida o en lo que haya después. Muchas veces, lo segundo.

Lo único que tengo claro, a estas alturas, es que la vida, a efectos prácticos y cotidianos, es un ejercicio de aleatoriedad.

(Y no, no lo es, no para mí; no creo en las casualidades, no porque haya leído demasiados libros de autoayuda, sino porque mi experiencia me lo dice así. No estoy aquí, no soy quien soy, no he conocido a todas las personas de mi vida ni he vivido mis vivencias por casualidad, sino por algo que está más allá de mí, no ya comprender, sino siquiera ver en su totalidad; aspirar a ello sería igual que pretender ver la Tierra en su totalidad con una sola mirada. Por eso mismo, a efectos prácticos, impera la ley de la aleatoriedad).

Y, a veces, también es un ejercicio de ironía. Precisamente esa ironía, ese sentido burlón, elegante, sutilmente chistoso de la vida (el chiste es a nuestra costa, se entiende, pero también, quizá, y si somos lo bastante inteligentes, es con nosotros) es otro de los indicios que, si yo fuera atea, quizá me harían sospechar que existe una mente suprema escribiendo derecho con nosotros, los renglones torcidos. Hace algunos años, para reírme de mí misma, y también para distanciarme un poco de tanta intensidad como la que sufría a veces, me imaginaba que mi vida, la vida, era en realidad una sitcom tipo Friends que arrasaba en audiencia en Marte o en Raticulín -aun hoy, no creo que sea una mala base para una meditación-, porque la verdad es que algunos guiones le salían bordados al escritor.

Porque, algunas cosas, si no fueran humor, serían claramente crueldad y ganas de joder. No entendería, si no, por qué a veces la recompensa al esfuerzo y a la ilusión es más esfuerzo, en el mejor de los casos, o ingratitud y vacío, en el peor. O por qué simplemente las cosas muchas veces no salen, no salen, no acaban de salir, por más maneras diferentes en que las abordes. O por qué una y otra vez acaba uno teniendo que enfrentarse a la misma situación, cuando ya la creía resuelta. Y ¿no os ha pasado que a veces, en diferentes etapas de la vida, se os aparecen como duplicados de personas del pasado? Personas exactamente análogas a aquellas otras fantasmagorizadas, exorcizadas ya, que de alguna manera misteriosa se aparecen, de repente, y acaban desempeñando algún papel, trayendo algún mensaje, dejando algún regalito, bueno o malo.

Y luego está la tristeza, claro. Esa tristeza que no es ni buena, ni muy mala; una de la cual hasta te puedes enamorar, o, por lo menos, considerar amiga, porque no es nada empalagosa, ni pesa tanto como una depresión o un bajón, y hasta hace que la música, alguna música suene mejor, más profunda; que la lluvia tenga una belleza y un aroma que hace que, por momentos, quieras que no se acabe nunca y no te importe que la primavera quede tan, pero tan lejos; y que las habitaciones que solo tú ocupas parezcan abarrotadas e incómodas si entra alguien más.

Por increíble que parezca, algunas personas nunca experimentan esa tristeza sin nombre ni causa atribuible a elementos inmediatos, físicos o prácticos.

Aviva ni siquiera quería excitación, aunque él la excitaba por tres. Sólo anhelaba un poco de paz (“Yo también”, decía, con cara de póquer, y ella no podía evitar reírse otra vez), silencio y tranquilidad; ansiaba un pequeño nido sin discusiones, sin estrés, sin preocupaciones. ¿Era demasiado pedir? ¿Era posible en este mundo? ¿Acaso el mismo Dios que le había enviado a Guido también determinaba que jamás hallaría la felicidad en este mundo?

“Diario de una mujer adúltera” –Curt Leviant

Todo lo escribible está escrito: la vida, la muerte y esa pausa entre las dos que es el amor (¿hay algo más en la vida aparte del amor? ¿hay vida que merezca llamarse así, si no hay en ella amor?). Jorge Guillén ya cantó, en sus poemas de aire zen, al gozo esencial de estar vivo, y Shakespeare nos dijo lo que era el amor con sus sonetos, y lo seguirá diciendo, no importa quién o cuántos escriban sobre él después. Y, sin embargo, a todos nos parece sumamente único, irrepetible, lo que nosotros vivimos. Por eso nos sorprendemos, nos enamoramos de nuestras propias vivencias y sentimientos, y queremos inmortalizarlos. Por eso, por ese asombro, necesitamos crear algo que evoque la belleza de ese momento. Digo la belleza, que no la perfección. La perfección existe, pero sólo en el estadio anterior, cuando soñamos con las cosas que anhelamos. La gran excepción es el amor: el amor es perfecto, pero su realización, en la práctica, sólo es perfecta cuando estamos solos y desamorados, incluso amargados; cuando soñamos con el amor. Porque los cuentos y las películas nos han engañado: que nos suceda el amor, descubrir que podemos amar y cuánto podemos amar, no es el colofón de nada; es el principio de todo. Eso no es aleatorio; es un regalo divino. Un desafío, aunque maravilloso, muy arduo, en la práctica. Sin embargo, probablemente nada, ni las reglas del Universo en su realización, ni las de la naturaleza, ni la elegante ironía de la vida, ni siquiera el éxito de nuestro personaje C, tendrían ningún sentido si no fuera por el amor. Es el quinto elemento, la rosa mística, el aura que todo lo abarca y sin la cual nada se puede entender.

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Desprogramación

Reconoce la perfección de la belleza, no la belleza de la perfección.

-?

No le toques ya más, que así es la rosa.

Juan Ramón Jiménez

“Porque por gracia sois salvos, por la fe; y esto no de vosotros, es el regalo de Dios. No por obras, para que nadie se glorie.”

Efesios 2:8-9

Tenemos la manía, el hábito mental, ¿que no?, de bregar con las cosas hasta que las hacemos lo mejor que podemos hacerlas; de corregirlas, revisarlas, mirarlas desde mil ángulos, torturarlas, agobiarlas con nuestra cabezonería y nuestra rigidez de mente y de espíritu. Porque sabemos bien sabido que debemos hacer siempre lo mejor posible; que debemos darlo todo; que debemos seguir intentándolo; que debemos continuar siempre aprendiendo; que hemos de estar abiertos a los fracasos, y agradecidos, cuando se produzcan; que hemos de ofrecer lo mejor de nosotros mismos… ¿cuántas expresiones sinónimas se os ocurren?

¡Pobres de nosotros! Somos unas víctimas de nuestra educación, de toda una cultura secular de sacrificio… baldío. Porque, al mismo tiempo, somos seres profundamente defectuosos, imperfectos, incapaces, falibles a la mínima. Si hemos sido escolarizados, y cuanto más hayamos sobrellevado el yugo de esa uniformización, tendremos bien interiorizado que cada una de nuestras expresiones personales, cada creación nuestra, es susceptible y debe ser evaluada por otros, incluso comparada y, si hace falta, vapuleada públicamente, y todo eso para nuestro provecho, para que aprendamos, para que nos superemos. Pero todos hemos seguido siendo quienes éramos (los más afortunados habrán salido con pocos traumas y con una autoestima más o menos saludable) y no hemos adquirido ni un solo don más de los que teníamos al nacer. De hecho, seguramente nos habrán malogrado más de uno por el camino, como esos desdichados jovencitos que entraban en cierta academia cantora de televisión creyendo que iban camino de la gloria, de ser mejores cantantes, de tener mayores habilidades, y salían tocados, pero no por la gloria, sino tocados en todo lo que antes hacían naturalmente, y bien.

Eso es una cosa; pero es que luego, andando la vida, ella misma nos lo corrobora: no por mucho retocar aparece más lozano. Si algo, menos. Los artículos, historias, escritos de todo tipo que mejor me han salido, con los que más a gusto me he quedado, han sido siempre las versiones más frescas, las más espontáneas… las menos pensadas. Por eso, Spielberg lo hizo mejor -en mi opinión- en “El diablo sobre ruedas” o “Tiburón” que en “La lista de Schindler”, por ejemplo: estaba siendo él mismo en la primera, cuando aún no era Steven  Spielberg, mientras que estaba intentando ganar un Óscar -ergo estaba haciendo algo de una manera concreta para agradar a alguien en concreto- cuando hizo la segunda. A lo mejor es mucho aventurar, pero apostaría a que trabajó con una alegría diferente, auténtica, cuando hizo la primera película mencionada que cuando elaboró (y escojo este verbo con toda la intención) la segunda.

Nosotros no somos Spielberg, ni falta que nos hace; bastante tenemos con avanzar por nuestra propia vida con nuestra carga diaria de tareas y objetivos de perfección que cumplir.

Claro que ello entronca marcadamente con esa tradición católica del esfuerzo, pero es que nuestros catequistas y nuestras maestras monjas nunca dijeron que ese esfuerzo se fuera a ver recompensado de ninguna manera o, por decirlo con más propiedad (pues no es de católicos hacer algo por algo), que fuera a servir para nada más que para penar un poco más por este valle de lágrimas, así, gratuitamente. Ahora que soy un poco menos inocentona y tonta de lo que era entonces, pienso que ése no es el verdadero mensaje de Dios o, en cualquier caso, que no estamos aquí para eso.

Somos lo que somos y ya estamos completos cuando llegamos. No nos hace falta superarnos -la expresión misma ya es un sinsentido- ni tampoco ser cada día mejores; al contrario, lo que nos hace falta es olvidar, desprogramar todo el software vírico que nos han ido inoculando con los años. Volver a ser más nosotros mismos y aprender a no tocar las cosas que ya están bien hechas, porque ya sabemos hacerlas bien. Así como no se nos ocurre volver a aprender a andar, a hablar o a usar los cubiertos, tampoco tenemos que reaprender lo que ya de fábrica venimos sabiendo hacer. Sólo tenemos que pensar en el tiempo que perdemos toqueteando las cosas que ya están hechas, nuestras propias obras, nuestras criaturas, grandes o pequeñas, todas valiosas y merecedoras de que estemos agradecidos por ellas, porque hemos sido capaces de hacerlas; tiempo perdido afeándolas, malqueriéndolas, estropeándolas, quizá de forma irreversible, como los rostros de las estrellas que se desfiguran con bótox; hasta que ya no queda en esas creaciones rastro de nosotros. Tiempo perdido, que habríamos podido utilizar, en cambio, en avanzar, sí, pero sólo hacia dentro de nosotros mismos, estando más en nuestra propia compañía, ofreciéndonos a nosotros mismos lo que en ese momento necesitábamos: quizá descanso, quizá momentos de no hacer nada, quizá hacer nada importante, sólo eso, respirar, estar vivos, oler las flores; nada más, pero tanto como eso.

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No son sólo vacaciones

Cuando hacen algo bien, es de justicia reconocérselo. Así pues, viendo el canal 24 horas de TVE, según tengo por costumbre en las mañanas de páramo televisivo (de lo que me inspira la TDT ya hablaré otro día, si es menester), me han gustado mucho los minirreportajes sobre las celebraciones de Semana Santa, pues, aparte de las obligadas imágenes de las procesiones y fieles, han intentado hacer algo original -que ya de por sí tiene mérito, como sabemos los periodistas cuando tratamos con acontecimientos periódicos que casi nunca ofrecen novedades- y han tratado de ilustrar y explicar algunos términos técnicos sobre las procesiones, normalmente desconocidos para el público general. Además, se han acercado a un convento de monjas para mostrar un dulce típico de Semana Santa elaborado por ellas. Por otro lado, sin extenderse demasiado, han hecho un repaso exhaustivo de las celebraciones más importantes.

Habrá quien encuentre aburridas o anacrónicas esas noticias. Habrá incluso quien tomará ofensa en ellas. Porque ahora, la tendencia es a meter en un mismo saco creencia personal, iglesia como comunidad y ente social, Iglesia Católica como institución, costumbres de arraigo social… en fin, todo ello. Cosas que nada esencial y sine qua non tienen que ver entre sí. Mezclarlas puede ser un ejercicio de ignorancia, cuando mejor, y de tendenciosidad, cuando peor.

Sobre lo segundo, poco se puede hacer; pero la ignorancia siempre tiene cura. Por eso creo importante seguir informando y divulgando sobre los orígenes de la Semana Santa (o de la Navidad, o de cualquier otro rito arraigado, ya sea de origen cristiano o de cualquier otro), sobre por qué se celebra, por qué son fechas señaladas para los cristianos; que la gente sepa, al menos, que la Semana Santa no es una mera fecha vacacional que viene muy bien entre el asueto de Navidades y el de verano.

Más allá de eso, me gustaría que los europeos tuvieran, tuviéramos una mejor y más rigurosa educación sobre nuestra propia historia. Y la historia de Europa es una historia marcada por el cristianismo y, también, por la Iglesia Católica -insisto, dos cosas diferentes-, nos guste o no. Y la religión como institución humana, como empresa -y lo digo como quien no simpatiza ni comulga precisamente con ninguna forma de religión organizada y dirigida- no es sólo Inquisición, quema de científicos revolucionarios, pederastia o incomprensibles tesoros acumulados a despecho de la miseria existente.

La historia del cristianismo es la historia de Europa, nuestra historia. Es la historia de la unificación y organización territoriales, de los Estados-nación, del arte y de gran parte de la cultura que es hoy patrimonio y orgullo de toda la humanidad, de la civilización que hoy conocemos y de un compendio de valores éticos que luego, con mayor o menor fortuna, han cristalizado en leyes y en una cierta manera de ver las cosas, de comprender el mundo y de responder ante desafíos y dudas morales.

Yo, por lo menos, considero que es un legado que se debe preservar y en el cual se debe profundizar, para poder mejorar nuestras sociedades y nuestros sistemas políticos y jurídicos.  Y, sí, son todas ellas herencias que me hacen sentir orgullosa y afortunada de ser europea.

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¿De qué tienes miedo?

La alternativa, en vez de la tragedia, o al menos en vez del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único lugar fuera del cielo donde se puede estar perfectamente a salvo de los peligros y perturbaciones del amor es el infierno.

-C.S. Lewis

El paso de la juventud a la madurez también se puede resumir en términos de terror: pasar del miedo a la presencia, al miedo a la ausencia. De los otros, se entiende; pero quizá también de uno mismo.

Es lo que me ha pasado a mí. Cuando tenía terrores nocturnos, tenía miedo de lo que podía estar, sin que yo lo supiera; las presencias a mi alrededor, los animales, los objetos, los seres tanto reales como imaginarios, podían cobrar una cualidad amenazante. Todo podía convertirse en otra cosa, y esa cosa, para mí, casi siempre era algo malo.

Ahora, a estas alturas, creo que nada de lo que pueda materializarse en mi vida, lo haya yo pedido o no, puede espantarme. Ahora es más frecuente que me sobren cosas y que busque el bálsamo en un poco de soledad, de compañía de mí misma. Por eso me gusta tanto vaciar mis armarios de cosas que ya no me sirven, por eso me obsesiono tanto con la limpieza y el vacío. No tengo horror vacui; tengo horror pleni. Al quitar cosas y vaciarlo todo, limpio mi territorio de posibles escondrijos para monstruos; en lo vacío, nada malo puede agazaparse.

Sin embargo, tengo miedo a ausencias, a pérdidas; futuras, pero también con efectos retardados.

Como cualquiera, tengo miedo de perder a las personas que quiero, mis medios de supervivencia o de bienestar, mis referencias materiales o prácticas. Pero ese miedo, aunque me entristece, no me angustia, no influye en mis actos de manera notable. Lo tomo como parte de la vida y del caos que esencialmente ésta es.

Tengo más miedo a llegar al futuro con un saldo negativo por mi propia acción u omisión. De no haber sabido hacerme feliz a mí misma con las cosas que, en un sentido práctico, estaba en mi mano decidir. Me aterroriza la posibilidad cierta de un arrepentimiento futuro e irreversible. ¡Qué personas tan tristes son aquellas en quienes reconocemos una derrota no asumida, cargada de sentimiento de culpa! Aquello que dejaron escapar, o aquello que hicieron en un momento de locura; si es cierto que acabamos siendo el compendio de cicatrices, arrugas, marcas y secuelas de las cosas que ganamos en la batalla de la vida, también lo es que no hay ojeras tan oscuras como las de las noches pasadas en vela lamentándonos por lo que quisimos hacer y no hicimos.

Tengo miedo de equivocarme, pero más aún de quedarme paralizada, por negligencia, por pereza, por temores infundados, por malentendidos, por… por culpa mía, ya lo dije.

No tengo ninguna manera humana de saber con antelación si estoy haciendo bien o no. Sí sé que, si estamos vivos de verdad, si estamos luchando en la vida, heriremos, y resultaremos heridos a nuestra vez. Pero esa lucha por amor -amor como aspiración por metas vitales- es necesaria; es nuestra misma esencia.

Sin embargo, ¿acaso hay alternativa? Sí, la hay… ser planta de invernadero, recluirnos en una burbuja, metafórica o física (y en la historia hay ejemplos de autoexiliados de la vida, también en sentido físico; muchos ejemplos, de hecho); inhibirnos de cualquier emoción, de cualquier crisis, pero también -a mi entender- de cualquier experiencia verdaderamente humana que nos distinga de todos los demás seres vivos; en última instancia, sucumbir al miedo.

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Cumpleaños

Lo confieso: me aterra cumplir años. O, más bien, me aterra el día de mi cumpleaños. Espero su advenimiento como quien espera el día de la cita con el dentista: algo ineludible que tengo que pasar. Me alegran muchísimo las felicitaciones de la gente, tanto las más sinceras como las que se hacen por etiqueta o por compromiso; también la persona que nos felicita por compromiso hace un pequeño esfuerzo, se toma un trabajo y un tiempo, y yo lo agradezco. Aparte de eso, y del mero hecho de haber (sobre)vivido otro año (que no es poco), lo que más espero de mi cumpleaños es el día siguiente.

Me sorprendo a mí misma con este sentimiento, pues siempre ha sido así, y nunca he sabido exactamente qué es lo que me provoca esa melancolía. ¿Cumplir años, envejecer? Frío, frío; o, al menos, bastante tibio. En un sentido biológico, no; ese proceso me gusta o me deja de gustar tanto como a la mayoría de la gente, e incluso, cuando era más joven, me asustaba más; ahora ya no. Tras pensar en ello, creo que lo que me agobia es el simbolismo que encierra el cumpleaños: el número que cambia, los 12 meses que han transcurrido, el paso más que se ha dado (aunque, realmente, no se pueda contabilizar así -es el día a día, el momento a momento lo que nos hace avanzar, ¿no?)… las presuntas oportunidades que presuntamente se agotan… Caliente, caliente; por ahí vamos bien.

Hablo de memoria, pero creo que fue en una historia del escritor Juan Bonilla (pido disculpas si me equivoco) donde leí algo que me quedó grabado. Decía algo así como que, cuando uno es muy, muy joven, puede soñar lo que sea sin que nada de ello suene inverosímil: puede decir que va a ser astronauta, por poner el típico ejemplo de cosa aparentemente inalcanzable; o que será un astro mundial del fútbol; o el presidente de Estados Unidos… cosas así. A medida que va creciendo, sin embargo, su capacidad de imaginar con visos de realidad se va limitando, no por sí mismo, sino porque el mundo es como es: lo que antes sonaba casi, casi como proyecto se va convirtiendo en chiste y, poco a poco, en tontería. Llegado el momento, se guardará mucho de hablar de esos sueños, y los abandonará: ya no se cumplirán.

Lo que sucede es que la mayoría de esos sueños o proyectos se convierten por sí mismos en irrealizables. Pero pienso que los que pueden dolernos son aquellos que, aunque posibles, tienen fecha de caducidad: viajar a muchos países, escribir una novela, tener cinco hijos o cuantos sean, montar nuestra propia empresa… esas cosas.

Si buceamos más, nos encontramos con que todos esos proyectos, y todos los que engendramos a lo largo de la vida, tienen seguramente el mismo objetivo: encontrar la felicidad o, al menos, cierto tipo de felicidad, la que se deriva de los logros personales, esa satisfacción íntima y producible sólo de forma individual, para nosotros mismos. Lógicamente, según avanzamos en la vida, las oportunidades para emprender o cumplir proyectos se van agotando o limitando.

Supongo que a todo lo dicho subyace el miedo al futuro y el miedo a lo desconocido, que probablemente sean, en el fondo, la misma cosa. El apremio por triunfar en la vida -no hablo del triunfo medido en términos sociales o materiales-, lo acuciante del reloj cuyas manecillas no paran de avanzar; el deseo, tan antiguo como el ser humano, de detener el tiempo, de tener un sinfín de esas oportunidades; en suma, de nunca tener que descartar opciones, porque, si el tiempo es ilimitado, ¿dónde está la obligación de elegir, dónde está la irreversibilidad de nuestras decisiones?

En fin; otra vez estoy sobreanalizando las cosas, overthinking, que dicen los norteamericanos. No he llegado a ninguna conclusión que no tuviera antes, pero quizá está bien ponerlo todo por escrito.

Feliz día 🙂

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