Elogio del individualismo

Malos tiempos, malos días para la revolución individual, para el pensamiento y la acción fruto del espíritu crítico, intuitivo e informado, que insiste en seguir de pie ante este asqueroso mundo, señalándole una a una sus hipocresías y sus contradicciones. Malos tiempos: dirán que quieren rebeldes, contestatarios, gente que quiera cambiar las cosas, ganar la batalla al malvado sistema, pero estarán mintiendo: nunca quisieron personas independientes capaces de pensar por sí mismas y de actuar en consecuencia; sólo reclamaban más borregos para su rebaño. Cuanto mayor fuera éste, más poder tendrían esos falsos pastores, tan pagados de sí mismos, tan incultos, tan poco leídos, tan cegados por su hambre de poder y de gloria terrenal. Es fácil reconocerlos: vienen en distintas formas físicas, pero todos mienten. Nos cuentan mentiras bien elaboradas (o simplemente mentiras fosilizadas por el tiempo, solidificadas, convertidas en roca, de tan repetidas durante tantas generaciones), pero en el fondo de todas ellas se oculta el mismo objetivo: quieren poder, nada más que eso.

Ellos y otros como ellos han sumido el mundo en todo tipo de neodictaduras. A éstas, al menos en los países desarrollados, no les hace falta sacar los tanques a la calle ni dar golpes de estado militares, menos aún librar guerras para liquidar a sus hermanos que piensen distinto; ahora, más sofisticadas, simplemente contaminan nuestros cerebros con sus mentiras, y al final hacen que la gente se entregue gustosamente a sus falsas misiones en pos de un bien supremo para todos, por los siglos de los siglos. Ahora tienen, cada uno de esos sistemas de pensamiento único, miles de seguidores que creen sinceramente en lo que predican, sin analizarlo ni contrastarlo ni querer oír a nadie que lo cuestione. Y viven convencidos de que eso es lo mejor, no sólo para ellos, sino para todos. El bien común, la tierra prometida. Puede que no sean creyentes en Dios, pero son religiosos, mucho más de lo que ellos mismos querrían admitir.

Todas esas neodictaduras son poderosas. Tanto, que algunas de ellas condicionan nuestra vida, nuestro día a día.

Es difícil, a veces imposible revolverse contra ellas. En primer lugar, para eso tenemos que romper los corsés de nuestro propio lavado de cerebro -que casi siempre está ahí, a poco que nos escrutemos a nosotros mismos-; luego, nos daremos cuenta de que, si somos minoría -o mayoría silenciosa, que, en el fondo, tanto da-, probablemente estamos abocados a la frustración, a la incapacidad de cambiar el curso no ya de las cosas, sino de nada.

No poder hacer nada. Ser completamente impotente, sentirse insignificante ante la enormidad de nuestra tarea. Pasa muchas veces. De hecho, es casi una constante en la vida.

Y así debemos aceptarlo. Llega un momento, pienso, en que todos aprendemos a aceptar eso: que no vamos a cambiar el mundo. Hay días, situaciones, que nos lo recuerdan de forma especial. Son esos momentos y situaciones que nos hacen calentar los cascos y hervir la sangre. Pensar que debemos desfacer ese entuerto, que alguien tiene que hacer algo o decir algo, que no hay derecho…

Y es doloroso, pero aprendemos a callarnos.

Sin embargo, nunca es un día perdido en el que ejercemos nuestra conciencia crítica, en el que no dejamos que se cubra de telarañas o se enmohezca. Nunca, en el que defendemos nuestra posición, sea cual sea. No importa que no formemos parte de un gran grupo, o que no nos sintamos parte de uno. No importa la soledad. Nada de eso es lo que cuenta. Lo que cuenta es no rendirse, no entregarse nunca, ni abandonar aquello que nuestro corazón nos diga que es la verdad (me refiero al corazón de verdad, a aquel al que hace alusión la metáfora, a aquello que en verdad somos y que va más allá de nuestro órgano físico más importante, incluso más allá de los sentimientos que vienen y van a lo largo de una vida).

Y la crisis, que lo ha arrasado todo, también ha arramplado con lo malo; es lo que tiene la destrucción. Se ha llevado un montón de porquería por delante, obligándonos a hacer limpieza, a cubrirnos con lo que teníamos y a sacar al aire muchos de nuestros pecados ocultos, a la vez que a mirar de frente y a contar con los dedos de la mano los verdaderos tesoros, aquellos que, como el ciervo enamorado de su cornamenta, teníamos por bienes seguros y menores. Y es que estamos reencontrándonos con el valor de lo individual y de la esfera de lo familiar, de lo propio, del patrimonio; de aquello que nos es privativo y más cercano. Porque ahora nos estamos dando cuenta de que, en momentos de necesidad, sólo podemos confiar en nosotros mismos, para empezar; y, si tenemos suerte, en nuestra familia, generalmente los padres u otros familiares muy cercanos. Es uno mismo y, en todo caso, ese círculo de confianza, de seguridad, el que acude al rescate. El círculo concéntrico, pero más lejano, de todos los demás grupos, individuos, conocidos, puntos de referencia más abstractos se ha alejado aún más. Hemos descubierto que, cuando la necesidad aprieta, los amigos de verdad son pocos.

Y si en los malos tiempos no podemos confiar en otros que en nuestros más allegados, en nuestros íntimos, ¿por qué en cualquier otro momento habría de ser diferente? ¿Por qué tenemos que tener un líder? ¿No será que quiere algo de nosotros, que quiere utilizarnos, porque en el fondo no le interesamos nada?

Es todo muy simple, porque es todo así, por desgracia.

Así pues, no les demos lo único que nos queda: nuestra voz, nuestra voluntad, nuestro espíritu de lucha, nuestro esfuerzo. Reclamemos eso para nosotros mismos y conservémoslo, aunque sea al final nuestro único patrimonio.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Elogio del individualismo

  1. Pilar

    Me ha encantado leerte Leire, me parece buenísima la reflexión… ésta es mi tristeza de los últimos años.

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