Subestimar el mal

Una frase muy sabia dice que las cosas no siempre son lo que parecen. Diciendo eso, nos dice, en ausencia, que también lo contrario es cierto: algunas veces, las cosas son exactamente lo que parecen.

Algunas veces, las explosiones de mal simplemente suceden, y son obra de individuos sin más objetivo ni plan que hacer daño. Los hay que están imbuidos de alguna idea que les ha devorado el cerebro hasta convertirse en su obsesión, y, de alguna manera, tal vez están convencidos de estar haciendo algo bueno, aunque no se pueda medir esa supuesta bondad por nuestros parámetros internos, que son también los comúnmente aceptados; y los hay malvados en estado puro, al cien por cien, que deben de ser plenamente conscientes de estar haciendo lo que hacen, de estar dañando a otros, y precisamente es lo que quieren hacer.

Calibramos de forma equivocada el mal si tratamos de explicar toda acción malvada como obra de algún plan muy elaborado y complejo que forma parte de toda una estrategia normalmente extendida en el tiempo y en el espacio. Claro, hay ejemplos históricos de casos así, pero creo que no es lo habitual. A menudo, las atrocidades que parecen obra de un loco solitario son eso mismo, son lo que parecen. En esos casos, no hay cerebros ocultos, no hay hombres poderosos bien situados en el sistema y siempre fuera del alcance de la sociedad, no hay estrategias geopolíticas, financieras o ideológicas para hacerse con el control del mundo. Hay sólo lo que se ve.

Como otro testigo más de lo que pasa en el mundo y como consumidora de los medios de comunicación, me revienta que cada vez que pasa algo terrible -se comete un crimen, normalmente con un trasfondo racista o político, o ambos- muchas voces parecen prestas a exonerar al aparente culpable, al autor material del crimen, o, cuando menos, a considerarlo el “tonto útil”, la marioneta del susodicho hombre u hombres, millonarios, gobernantes, bancarios o financieros, hombres todopoderosos ocultos en las sombras.

Y me parece un ejercicio perverso. Porque así, no sólo se tergiversa la realidad con historias que, cuando mejor, son sólo hipótesis sin ninguna prueba que las sostenga; también se disculpa y se libra de responsabilidad a alguien que, fuera de toda duda, ha cometido ese crimen, ya sea apretando un gatillo, haciendo detonar una bomba o estrellando un avión deliberadamente contra un rascacielos lleno de gente. Quizá, como dicen esas voces, haya alguien más que no estaba presente en el lugar de los hechos y que no ha efectuado esas acciones criminales; pero hay alguien que, indiscutiblemente, sí estaba.

No es ésa la única consecuencia perversa de esparcir alegremente hipótesis o especulaciones sin fundamento. Hay otra que es más sutil y cuyo efecto no se ve inmediatamente: subestimar el mal y su capacidad inmensa para permear el alma humana.

Porque todos tenemos capacidad para hacer el mal y, en un momento dado, podemos tener la voluntad de hacerlo. De hecho, muchas veces a lo largo de una vida, el ser humano elige ejercer esa facultad, pues hay miles de formas de hacer el mal en un día cualquiera, sin necesidad de cometer un crimen, pero provocando daños que pueden llegar a ser irreparables en el cuerpo o en la psique de otra persona. Cualquiera de nosotros es capaz de convertirse en agente del mal. Para ello, no nos hace falta que nos laven el cerebro, ni ser expuestos a estímulos extremos, ni que nos torturen, ni que dobleguen nuestra conciencia y nuestra voluntad. En suma, no hace falta el concurso de nada ni nadie ajeno a nosotros mismos.

Y ante esa voluntad de hacer el mal, de nada sirve la educación, que muchas veces se enarbola como presunto antídoto y prevención. No nos engañemos: cuando obramos mal, casi siempre lo hacemos a sabiendas, y siendo muy conscientes de lo que estamos haciendo y de sus efectos inmediatos y, con frecuencia, de sus posibles consecuencias a un plazo más largo. El único antídoto es precisamente no querer hacerlo. Pero eso ya es un objetivo mucho más difícil de conseguir para el mundo que vivimos. Exige algo más que un sistema educativo basado en mostrar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer. Exige una interiorización, desde muy pequeños; y exige, tristemente, también la posibilidad cierta de un castigo.

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