Esos días malos

Por mucho que confiemos en nuestro destino, en nosotros mismos, llegan momentos en los que creemos no poder seguir adelante; notamos que nuestras fuerzas flaquean.

Es difícil, en medio de esas crisis personales, conservar la serenidad y decirnos a nosotros mismos que todo pasará y que volveremos a levantarnos.

El desencadenante puede ser cualquier cosa, comparativamente grave o baladí o, simplemente, algún suceso cotidiano, idea absurda o cualquier combinación negativa de sucesos imprevistos aunque sin mayores consecuencias. Lo que vulgarmente conocemos por “tener un mal día”. Los malos días existen, y no sólo eso: abundan.

Pienso que, cuando somos aún muy jóvenes e inocentes y oímos que la vida es un valle de lágrimas y cosas así, nuestra imaginación impresionable se representa escenas propias de tragedia griega, en las que mundos enteros, vidas, familias enteras, incluso naciones, caen derrotadas y destrozadas bajo la fuerza aplastante e incontestable del pathos, el fatalismo. Pero, andando el tiempo y siendo la vida la mejor maestra, con su estilo seco y prosaico, sin tonterías, nos enseña que, muy a menudo, nuestro mundo interior se derrumba por cosas que, a toro pasado, juzgaremos lo que eran: menudencias o, por lo menos, cuestiones que no merecían el desvelo que nos provocaron, porque el tiempo, con su descomunal tamaño y su poder absoluto, las puso todas en su sitio.

Claro, sabemos todo eso… pero, ¡ay!, de bien poco nos sirve todo ese saber de la experiencia cuando estamos necesitados de consuelo, de un abrazo, de un “no pasa nada” o de otro “ya verás cómo todo se va a arreglar”…

Lo que nos falla es seguramente la autoestima -porque si nos queremos de forma incondicional, estamos a nuestro lado siempre y confiamos siempre en nosotros mismos… eso es lo que pienso yo-, y, por eso mismo, nos falla el corazón. No el músculo, sino nuestro centro vital, más aún que el órgano de carne que es indispensable para nuestra vida física. Nos falla el alma, la luz que nos guía, la voz interior. De repente y porque sí, un día, todo lo que funcionaba al anterior parece fallar; las cosas no salen como queremos que salgan ni como estamos acostumbrados a que salgan; los pequeños defectos o errores se magnifican en nuestra mente; crecen y se convierten en un tornado que arrasa todo lo que tenemos dentro y lo que nos hace sentir bien en nuestra piel, aunque nuestro amor por nosotros mismos no sea todo lo pleno e incondicional que querríamos; sentimos que somos buenos y útiles, que tenemos mucho que aportar, y lo aportamos. Un buen día y porque sí, a pesar de que nosotros hacemos todo de la misma manera, el resultado no es el mismo. Entonces, no nos sentimos bien siendo quien somos, ni siquiera nos vemos bien. Ni siquiera nos parecemos ser los mismos que éramos tan sólo ayer, o tan sólo unas horas antes.

Confieso ignorar la solución a estos desencuentros con uno mismo. Ojalá la supiera. No sé cómo se puede camelar a la propia autoestima (seguramente no se puede, es muy lista y no se deja engañar; sólo acepta lo auténtico, y tiene un ojo infalible para las imitaciones) ni tampoco sé cómo fingir de forma eficaz y sostenida una seguridad de la que se carece. La única forma que conozco yo de superar esos momentos malos es saber que son eso, momentos, y que van a pasar -como, por otro lado, pasan también los buenos momentos, algo no lo suficientemente recordado en nuestra cultura y en nuestra sociedad actuales-; mientras duran, armarnos de valor y simplemente dejarlos estar, dejar que existan, existir nosotros en ellos, manteniéndonos de pie ante el embate de las olas como mejor podamos; si no podemos aguantar de pie, tampoco importa, mientras nos volvamos a levantar lo más rápido posible.

Pero también creo que tan contraproducente como dejarse hundir por las olas de negatividad es la actitud contraria: hacer como que no existen, como que estamos fenomenal y todo va sobre ruedas. Estamos adoctrinados para aparentar siempre un éxito social y público y una infalibilidad que no son naturales y que son del todo imposibles. Personalmente, me parece que mostrar con naturalidad nuestras debilidades y nuestros malos momentos, sin caer en el victimismo ni en el melodrama, es un signo de fortaleza y de seguridad. Ante la duda, puede ayudarnos saber que nuestros logros de cara a la galería son sólo eso: algo que ve el público, pero que no tiene nada que ver con el verdadero éxito.

A pesar de los malos ratos y de las crisis personales, cada uno de nosotros es, en esencia, siempre el mismo. Otra cuestión y otra exploración -para toda una vida- consiste en dilucidar quiénes somos, quién es cada uno de nosotros. No conozco la respuesta, pero intuyo que quienes somos es algo completamente independiente de casi todo lo que hoy día damos por verdadero y valioso.

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1 comentario

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Una respuesta a “Esos días malos

  1. Pilar

    Good point! Tan contraproducente como dejarse hundir es hacer como que los problemas no existen… “Sé flexible como el junco, sé duro como el junco”, bonita reflexión. Un beso 😉

    Me gusta

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