Ya nada será igual

Se nos ha gastado la crisis, de tanto usarla, de tanto llamarla, de tanto querer exorcizarla con palabras.

Sólo porque no hemos sabido comprender, jamás hemos comprendido, que las palabras son sólo punteros que señalan, y, a veces, son puntadas en cuyo hilo nos quedamos enredados, hasta que viene a por nosotros la araña, y nos come.

Y porque hay demasiado egoísmo todavía, y demasiada cortedad de miras. Si es voluntaria o no, eso habrá que preguntárselo a los interesados.

Que de eso -interesados e intereses- hay mucho; casi tanto como tramposos y trampas. Menudean ahora a la sombra de ese gran paraguas agujereado: nuestra dichosa crisis.

Dirán luego, con mucha risa, que eso del 2012 es una paparrucha, y lo utilizarán como argumento para un par de películas de mucho rimbombambo. Bien cierto: el mundo no se va a acabar; en realidad, ya ha acabado. Con la crisis global -en su doble sentido: internacional y de varios tipos (monetaria, financiera, social, política, moral, de valores)- nuestro mundo, tal como lo conocíamos, ha muerto, y parte de nosotros con él. Los que éramos en ese mundo de riqueza ilimitada, de hedonismo a tope, de culto a la mundanidad y a lo que a cada uno le diera la gana hacer, el mundo del lloriqueo al ventilarnos los ahorros y del extender la mano vacía para recibir una propina y seguir la fiesta, ese mundo murió y jamás volverá. Pero la crisis debía contener en sí misma la semilla del nuevo mundo, y resulta que esa semilla está ya atrofiada, cansada de esperar a que la veamos y la sembremos, cansada de esperar a que rasguemos los velos que nos hemos puesto delante de los ojos.

Bailamos y festejamos como si nada hubiera cambiado. Pero este mundo es un muerto viviente, es un resto mortal que hiede cada vez más. No somos incapaces de reaccionar, pero hemos muerto por dentro. El mundo está poblado de muertos vivientes, walking dead, parecen vivos, hacen todo como si estuvieran vivos, pero están muertos por dentro (y ellos no lo saben), porque han perdido su humanidad, han perdido su capacidad de conmiseración, su capacidad de ser generosos, su empatía, su inocencia. Lo han sacrificado todo en el altar del Ego, en el altar de un becerro de oro.

Nos piden que nos sacrifiquemos, y lo que hacemos es holgar; nos piden que nos esforcemos, y respondemos tirándonos al suelo y gritando “¡que llueva maná!”, porque hemos aprendido que, en el pasado, sólo nos hacía falta gritar para que lloviera, no sé si maná, pero sí un tentempié para engañar el estómago: ayudas públicas, dinero de todos, dinero de nadie; paños calientes, vendas y más vendas, pero no en la herida, sino en los ojos. ¡Qué fácil era seguir bailando!

Éramos unos nuevos ricos y queríamos presumir de ello. Dimos la vuelta al mundo, nos rodeamos de lujos, compramos todo lo que quisimos, todo lo que relucía tras los escaparates, todo lo que nos prometían y más.

Ahora que ya se acabó, seguimos pensando que aquí no pasa nada, que todo es una pequeña mentira para que nos portemos bien; que ya se acabó la tele por hoy, se acabó el trasnochar, ahora hay que acostarse y mañana volver a trabajar… pero no, no creemos en viejas leyendas, sin darnos cuenta de que lo terrible que nunca iba a pasar ya está aquí. Así que seguimos tirando la casa por la ventana, con fastos privados y públicos, desbarrando en las fiestas del pueblo y pidiendo que se gaste, que se haga, que es como si no hubiera mañana, sin creernos de verdad que la hemos cagado, pero sí, es así.

Esta vez era verdad que venía. Y nosotros le hemos abierto la puerta.

Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

-Edgar Allan Poe

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