En busca de lo transparente

Ain’t got no home, ain’t got no shoes
Ain’t got no money, ain’t got no class
Ain’t got no skirts, ain’t got no sweater
Ain’t got no perfume, ain’t got no beer
Ain’t got no man

Ain’t got no mother, ain’t got no culture
Ain’t got no friends, ain’t got no schooling
Ain’t got no love, ain’t got no name
Ain’t got no ticket, ain’t got no token
Ain’t got no God

What about God?
Why am I alive anyway?
Yeah, what about God?
Nobody can take away

I got my hair, I got my head
I got my brains, I got my ears
I got my eyes, I got my nose
I got my mouth, I got my smile
I got my tongue, I got my chin
I got my neck, I got my boobs

I got my heart, I got my soul
I got my back, I got my sex
I got my arms, I got my hands
I got my fingers, Got my legs
I got my feet, I got my toes
I got my liver, Got my blood

I’ve got life , I’ve got my freedom
I’ve got the life

And I’m gonna keep it
I’ve got the life
And nobody’s gonna take it away
I’ve got the life

-Nina Simone, “Ain’t got no/I got life”

Las cosas no son inertes, y, desde luego, no son inocentes. Ponemos en ellas parte de lo que somos. Lo mismo sucede con las personas. Sucede con todo: personas, objetos, proyectos, pensamientos… con todo lo externo a nosotros.

Pero eso, que suena tan bonito, tiene una contrapartida: todo aquello en lo que ponemos parte de nosotros adquiere poder sobre nosotros, y sucede sin que nosotros nos demos casi cuenta.

Los objetos, el dinero o el mero afán de tenerlo, una ambición, una idea fija, una meta, una relación de cualquier tipo… pueden llegar a poseernos.

En el momento en que compramos algo -excepto lo que sirve para cubrir una necesidad cuantificable y constatable- nos estamos vendiendo, en la misma proporción en que esa cosa comprada sirve para alimentar nuestro ego y no para hacernos la vida más fácil, más cómoda o más saludable. En el momento en que permitimos el acceso a nuestro cerebro a una idea maligna, insidiosa, devoradora o dañina para nosotros mismos o para los demás, estamos entregando la mente a ese mal que está fuera de nosotros. La mala idea crecerá y germinará un fruto podrido que irá invadiéndonos por dentro y, si es lo bastante poderosa (es decir, si nosotros la investimos con ese poder, porque ella por sí misma no puede), invadirá también nuestro cuerpo, y lo derrotará.

Vigila tus pensamientos, se convierten en palabras; vigila tus palabras, se convierten en acciones; vigila tus acciones, se convierten en hábitos; vigila tus hábitos, se convierten en carácter; vigila tu carácter, se convierte en tu destino.

-Frank Outlaw

Y así, uno fácilmente puede acabar convertido en aquello que quiso para sí una vez, o en aquello en lo que puso todo su esfuerzo: quien sólo piensa en su propia gloria terrenal, en ser admirado y en ser más que nadie acaba devorado por su ego. Es el viejo arquetipo del hombre que vende su alma al diablo; ése es el precio, nuestra alma, nuestra paz, nuestra felicidad.

Cuanto más nos fijamos en una cosa y cuanto más la convertimos en la medida de nosotros mismos, más poder sobre nosotros adquiere.

Y lo peor de todo es que de esa regla no escapan ni siquiera las cosas que tenemos por más elevadas: todo lo que tiene algo de mundano tiene la misma proporción de sombra; nada parece lo bastante puro ni lo bastante sagrado. Con todo corremos el riesgo de perdernos, de olvidarlo todo, de caer en la obsesión o en la locura, de perder el sentido de nuestra vida.

¿Habrá algo que escape a esa ecuación perversa? ¿Habrá alguna cosa entre cielo y tierra en que podamos invertir todo lo que somos sin miedo a enajenarnos por completo y a ser despojados de nuestra alma?

En otras palabras: ¿habrá algo que no sea falso?

Mi conclusión personal, la que me sirve a mí, es que el criterio para diferenciar lo falso y lo verdadero es la inversión de aquella proporción perversa: lo verdadero será aquello que cuanto más de nosotros mismos pongamos en ello, más de nosotros mismos nos devuelva, en lugar de quitárnoslo. Lo que no tiene sombra; lo que es transparente y deja pasar toda la luz, sin aristas, sin puntos oscuros, sin reflejos equívocos.

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