Oda a un género

Afortunadamente, el de terror nunca será un género cinematográfico mayoritario. Y digo afortunadamente, porque amo el cine de terror. Me fascina, me intriga, me atrapa, me subyuga, y nunca, nunca me aburre. Por eso, me alegro de que nunca vaya a ser un cine de consumo masivo: porque así, sé que la presión comercial nunca será abrumadora, y que se podrá mantener siempre una buena medida de independencia, de innovación, de atrevimiento, de descaro y de iconoclasia.

(Si bien, aquí urge que distinga entre el cine de terror, que parte de la intención honesta de hacer cine de género, y el pastiche, subproductos basados en explotar la parte más visceral (en el sentido literal) del género y encadenar escenas explícitas de torturas; no en vano en EEUU han merecido el acertado calificativo de torture porn). (Detesto igualmente las mal llamadas comedias de terror, a las que no pienso contribuir ni con una pizquita de publicidad mentando títulos; sólo diré que he soportado el visionado de algunas y, desde luego, tenían tanto de terroríficas como de graciosas, o sea, nada).

Muchas veces me he preguntado por qué, cuando paulatinamente he ido perdiendo el placer que me proporcionaban antes las películas en general, así como mi capacidad de atención hacia ellas, a pesar de todo eso mi interés y mi gusto por el cine de terror se ha mantenido invariable. Quizá sea baldío ponerse analítico con cosas a veces tan irracionales y, en un sentido práctico, tan arbitrarias como son las preferencias y los gustos de cada cual; puesto que, cuando algo nos gusta, nunca es una opción consciente y razonada. Pese a ello, y no habiendo tenido otro conejillo de Indias a mano más que yo misma, tengo varias hipótesis acerca de la raíz de una afición tan incomprendida (si alguien que me lee es un hermano fan, habrá tenido que soportar miradas de extrañeza o algún “¡No sé cómo te puede gustar eso!” cuando salió de ese armario).

Puede que nos guste porque nos conecta directamente y sin la intermediación o barrera del cerebro con el momento en que supimos lo que era el miedo, con nuestros terrores infantiles, con nuestras pesadillas que tan reales parecían, con esa edad, la infancia, tan maravillosa e inocente, sí, pero a la vez tan absolutamente aterradora y de contornos tan difusos; de niños, no sabíamos distinguir entre realidad y ficción, y además, éramos los seres más indefensos y vulnerables del mundo, siempre a expensas de los mayores para protegernos del mundo y de los seres malvados que lo poblaban.

Es casi imposible que nadie recuerde la primera vez que tuvo miedo. Quizá estaba despierto y se acababa de dar cuenta de que su madre no estaba por ningún lado; quizá estaba dormido y veía en sueños a un monstruo, o a una persona real que constituía una amenaza. Tal vez se acababa de despertar de ese mal sueño y estaba a punto de sentir por primera vez el miedo a la oscuridad; o puede ser que simplemente creyera ver cosas que no existían, sin poder precisar si era día o noche, si estaba despierto o todo era un sueño. Es difícil saberlo; la infancia, ya digo, me parece una etapa en la que uno se está configurando y va y viene de determinados territorios que sólo más tarde serán mutuamente excluyentes, como el agua y el aceite.

Es un momento de misterio absoluto, rodeado de incertidumbre, y quizá también de curiosidad. Imagino que habrá muchísima literatura psiquiátrica y psicológica sobre este tema. Pero quizá todos nuestros miedos tomaron cuerpo en ese primer momento, como un mecanismo nuevo que se instauró y que luego sólo nos limitamos a accionar. Una película de terror siempre juega con los miedos más primarios del hombre, evocándolos bajo distintas formas. Así pues, verlos reflejados en una pantalla y bajo la máscara de una ficción puede actuar como psicodrama que nos alivia, ayudándonos a revivir aquel primer momento de terror y a exorcizarlo una y otra vez, con lo cual ganamos terreno a lo irracional y a lo incontrolable de nuestras mentes.

También he leído por ahí otra interesante teoría, según la cual lo que más nos satisface de una película de miedo es la situación de dominio y de control total en que nos sitúa, pues vemos sin ser partícipes de lo que vemos; es, quizá, otra forma de vencer el miedo, al contemplarlo desde un refugio seguro, el de la butaca del cine o el sofá de casa. En ese sentido, no sería más que el placer derivado de intensificar la sensación de sentirnos seguros, bien asentados, cómodos y a salvo en nuestra casa, en nuestras circunstancias y en nuestra realidad; y, yendo más allá, el placer derivado de apreciar más todas esas cosas.

Añado otra posible explicación: la de que nos gusta ver ese tipo de películas porque, simplemente, no nos asustan en lo más mínimo; somos tan realistas, que en ningún momento participamos del juego de la ficción, y siempre somos conscientes de que es el mundo real, con sus seres humanos reales, lo que debe tenernos alertas y activar nuestros instintos de protección, no una fantasía de celuloide ni un cuento contado alrededor de la ancestral hoguera.

Por último, además de todo lo anterior, puede ayudarnos a entender un poco mejor la naturaleza humana, al mostrar sus lados más oscuros.

* * *

Hoy quiero recomendar una película que he tenido la suerte de ver (ya he dicho que el cine de terror es minoritario): Blood river (río de sangre, en inglés; película de EEUU, del 2009 y dirigida por Adam Mason, con un reparto mínimo pero más que suficiente, con tres -para mí- desconocidos pero muy eficaces intérpretes). Es una película del género, aunque también se puede inscribir dentro del thriller-psicológico-con-elementos-sobrenaturales-y-otros-ligeramente-macabros (aunque sólo ligeramente). Como tantas otras, da a entender el advenimiento de lo siniestro desde el primer momento, en el que comparecen los felices y atractivos Summer y Clark, marido y mujer que esperan un hijo y que conducen por el desierto de California para una visita de familia. Es 1969 y no hay teléfonos móviles, Internet ni GPS, por lo cual, cuando se les revienta un neumático y no encuentran el del repuesto, se ven abocados al viaje que cambiará sus vidas y les dará ocasión de hacer la prueba de fuego del hasta que la muerte nos separe… Y no sabemos si la muerte, o la fatalidad, o la mala suerte, o simplemente la anécdota pasajera, o qué, pero algo, vendrá de la mano de ese vaquero que, pese a recorrer las carreteras desérticas a pie, no parece sudar ni una gota, ni parece perder la calma ni su sardónico sentido del humor por nada…

Lo que parecía una segunda luna de miel en la era del amor y la felicidad se convierte en un viaje iniciático y revelador por las carreteras secundarias, casi intransitadas del peso de la conciencia, el desafío de hasta qué punto conocemos -y confiamos- en aquellos que consideramos más cercanos, la inocencia y la culpa, y el silencio contra el enfrentamiento y la expiación.

Es una película que parece un thriller más, pero que delinea muy hábilmente y con mucho acierto la línea entre lo denso y lo espeso, quedándose a salvo en el primero.

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