Archivo mensual: marzo 2012

Nos comerá la mierda, claro que sí

El augurio de tantas mujeres, amas de casa (amén de, casi todas ellas, población activa ocupada) de que cuando ellas no estén “nos comerá la mierda” se va a cumplir; ya se está cumpliendo, de hecho, aunque no exactamente de la literal forma en que ellas lo pronosticaban.

Las madres y esposas que pronuncian esa advertencia nos hacen evocar mierda, basura, porquería, roña, de forma literal, consecuencia de la vagancia en todo lo tocante a ser limpios, ordenados y a seguirle a la casa según ésta lo necesita. Pero no será la mierda autoproducida en nuestra casa la que se nos venga encima, sino la mierda que vamos dejando por ahí y, a la par y a la postre y, siempre, como condición previa sine qua non para el advenimiento del apocalipsis higiénico, las consecuencias de nuestra propia hipocresía.

Porque es todo este nuevo ecologismo el ejemplo y la materialización perfectos de esa hipocresía que nos es connatural, como raza, a los seres humanos civilizados. Ahora hay que reciclarlo todo -aunque no sepamos distinguir el medio del fin y confundamos el uno con el otro-, reutilizarlo después, transformarlo y, en el proceso, ahorrar (o incluso crear) energía y dinero. Para eso, cada territorio gobernable supuestamente elige su sistema preferido. Vale. Pero todo eso, al menos aquí, que es donde he vivido toda mi vida, se aplica solamente a la basura que producimos en casa o, como mucho, en nuestra empresa. Porque, cuando estamos en la calle o donde nadie nos ve -por ejemplo en un enclave natural donde esa Madre Tierra que tanto decimos amar se muestra en toda su belleza-, y podemos ser unos vulgares fuera-de-la-ley, esparcimos nuestros desechos por doquier. Y vale todo: desde tirar chicles de la boca al suelo -anteriormente habremos hecho lo propio con su envoltorio, claro- hasta latas vacías, pañuelos de papel usados, cáscaras de pipas escupidas directamente allá donde caigan o, en fin, lo que sea que nos sobre y no podamos esperar a tirar a una de las muchas papeleras a nuestra disposición (hace no mucho también estuvo de moda desenganchar las papeleras de sus soportes y tirar las propias por el suelo, como si nada; ahora igual eso ya les da un poco de vergüenza) hasta, al abrigo de la noche y con la excusa de una buena juerga, orinar o vomitar en donde sea. En mi pueblo, un rincón especialmente grato a esas gentes parece ser el exterior de la iglesia parroquial, supongo que será porque queda muy progre.

Quizá esas personas que actúan con tan poco respeto no se dan cuenta, pero ellas personifican en un grado supremo toda esa morralla de contradicciones que nos enferma, como sociedad. Llevando la cultura del reciclamiento y de la reutilización hasta el mismo límite, sin embargo, cuando se creen liberados de las normas sociales, actúan como quienes son, como les sale. No se paran a pensar en nadie, y no les importa maltratar la calle, el monte, la playa, es decir, la casa de todos, nuestra tierra y nuestro patrimonio, porque total, detrás ya viene alguien que lo limpiará todo. Y ya sé que no se puede generalizar y que no todo el mundo incurre en esa contradicción; pero, en esa conciencia general de cuidar el medio ambiente, de racionalizar recursos, de eliminar basura y de ser más limpios, veo ese vacío, esa falta de civilización y una denuncia pública de esos comportamientos tan lamentables.

Y lo que más me preocupa es que esa falta de civilización se extiende a otros ámbitos, porque, en el fondo, es la misma actitud, la misma visión de la vida, que nos lleva a ser diferentes de los habitantes de otros países -y en esto se nota el verdadero progreso, la verdadera ventaja que nos llevan- y, por ejemplo, colarnos en un transporte público sin pagar, o robar un puto paraguas a quien se lo había olvidado cinco minutos apoyado en una esquina de la calle -y sí, eso mismo me pasó a mí.

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Voluntad

Si está de Dios que lo sea, lo seré; y si no, no lo seré. Es así, así está escrito.

Hay un tiempo para imaginar, otro para hacer, y hay otro más para aceptar.

Dios no me envía nada que yo no pueda soportar. Él jamás quebrará mis hombros con la fuerza de Su carga. No lo hará, porque me ama. Esto es el fundamento de mi vida. Si no tuviera fe en que eso es así, quizá habría abjurado hace tiempo de seguir viva; quizá hoy no sería la que soy.

El mundo está hecho trizas; todos lo sabemos; y yo, aunque jamás me haya faltado nada y aunque siempre haya tenido todo lo que he querido, no escapo de esa aniquilación total. Todo ha terminado, mi inocencia quedó barrida y sepultada bajo los escombros, y de eso hace ya tiempo; ahora es el momento del temor, de las envidias, de la rapiña, de los instintos primarios, del salvajismo. Yo quizá también caiga en todo eso, pero, si caigo, será por mera pervivencia, por cumplir mi misión en la vida (seguir viva para ver qué hay después, y después de eso, y después…) y no por sadismo ni porque mi humanidad haya muerto dentro de este caparazón.

Porque yo no soy un caparazón. Al menos, no todavía. No soy un zombi, no soy una vaina. Soy una persona. Siempre lo seré. Aceptaré lo que venga y lo que me echen, tiraré de carros y carretas, todo lo aguantaré, y no será por amor propio, no será por esperanzas baldías, ni siquiera por la ilusión del qué traerá el mañana; desde luego, no por terrenales coartadas, espurias y muertas ya desde su principio; sino por fe. Será por fe y por pura voluntad, porque aún sigo sintiendo el latido de esa voluntad dentro de mis venas, arriba y abajo, inflamándome el corazón a cada paso; la voluntad, esa fuerza que yo siento casi mística, que es también un aliento casi físico, que me impulsa, que me hace sentir que sí, que es verdad, que basta sólo con desearlo para que ocurra. Y ocurre… que ocurre. No sé si en este plano o en el superior, no sé si en esta vida o en la siguiente, o quizá en la anterior; no sé si mientras sea Leire o cuando ya sea restos mortales, polvo del mundo, pasto de ganado, simiente de flores, alimento de fauna y quebradizo cuerpo precioso de flora, eterna flora; pero sé que ocurre. Y basta; hoy, recordar esto ya me ha dado un aliento más antes de que muera por hoy.

Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.
Joseph Glanvill

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31 de marzo de 2012 · 14:59

Elogio del individualismo

Malos tiempos, malos días para la revolución individual, para el pensamiento y la acción fruto del espíritu crítico, intuitivo e informado, que insiste en seguir de pie ante este asqueroso mundo, señalándole una a una sus hipocresías y sus contradicciones. Malos tiempos: dirán que quieren rebeldes, contestatarios, gente que quiera cambiar las cosas, ganar la batalla al malvado sistema, pero estarán mintiendo: nunca quisieron personas independientes capaces de pensar por sí mismas y de actuar en consecuencia; sólo reclamaban más borregos para su rebaño. Cuanto mayor fuera éste, más poder tendrían esos falsos pastores, tan pagados de sí mismos, tan incultos, tan poco leídos, tan cegados por su hambre de poder y de gloria terrenal. Es fácil reconocerlos: vienen en distintas formas físicas, pero todos mienten. Nos cuentan mentiras bien elaboradas (o simplemente mentiras fosilizadas por el tiempo, solidificadas, convertidas en roca, de tan repetidas durante tantas generaciones), pero en el fondo de todas ellas se oculta el mismo objetivo: quieren poder, nada más que eso.

Ellos y otros como ellos han sumido el mundo en todo tipo de neodictaduras. A éstas, al menos en los países desarrollados, no les hace falta sacar los tanques a la calle ni dar golpes de estado militares, menos aún librar guerras para liquidar a sus hermanos que piensen distinto; ahora, más sofisticadas, simplemente contaminan nuestros cerebros con sus mentiras, y al final hacen que la gente se entregue gustosamente a sus falsas misiones en pos de un bien supremo para todos, por los siglos de los siglos. Ahora tienen, cada uno de esos sistemas de pensamiento único, miles de seguidores que creen sinceramente en lo que predican, sin analizarlo ni contrastarlo ni querer oír a nadie que lo cuestione. Y viven convencidos de que eso es lo mejor, no sólo para ellos, sino para todos. El bien común, la tierra prometida. Puede que no sean creyentes en Dios, pero son religiosos, mucho más de lo que ellos mismos querrían admitir.

Todas esas neodictaduras son poderosas. Tanto, que algunas de ellas condicionan nuestra vida, nuestro día a día.

Es difícil, a veces imposible revolverse contra ellas. En primer lugar, para eso tenemos que romper los corsés de nuestro propio lavado de cerebro -que casi siempre está ahí, a poco que nos escrutemos a nosotros mismos-; luego, nos daremos cuenta de que, si somos minoría -o mayoría silenciosa, que, en el fondo, tanto da-, probablemente estamos abocados a la frustración, a la incapacidad de cambiar el curso no ya de las cosas, sino de nada.

No poder hacer nada. Ser completamente impotente, sentirse insignificante ante la enormidad de nuestra tarea. Pasa muchas veces. De hecho, es casi una constante en la vida.

Y así debemos aceptarlo. Llega un momento, pienso, en que todos aprendemos a aceptar eso: que no vamos a cambiar el mundo. Hay días, situaciones, que nos lo recuerdan de forma especial. Son esos momentos y situaciones que nos hacen calentar los cascos y hervir la sangre. Pensar que debemos desfacer ese entuerto, que alguien tiene que hacer algo o decir algo, que no hay derecho…

Y es doloroso, pero aprendemos a callarnos.

Sin embargo, nunca es un día perdido en el que ejercemos nuestra conciencia crítica, en el que no dejamos que se cubra de telarañas o se enmohezca. Nunca, en el que defendemos nuestra posición, sea cual sea. No importa que no formemos parte de un gran grupo, o que no nos sintamos parte de uno. No importa la soledad. Nada de eso es lo que cuenta. Lo que cuenta es no rendirse, no entregarse nunca, ni abandonar aquello que nuestro corazón nos diga que es la verdad (me refiero al corazón de verdad, a aquel al que hace alusión la metáfora, a aquello que en verdad somos y que va más allá de nuestro órgano físico más importante, incluso más allá de los sentimientos que vienen y van a lo largo de una vida).

Y la crisis, que lo ha arrasado todo, también ha arramplado con lo malo; es lo que tiene la destrucción. Se ha llevado un montón de porquería por delante, obligándonos a hacer limpieza, a cubrirnos con lo que teníamos y a sacar al aire muchos de nuestros pecados ocultos, a la vez que a mirar de frente y a contar con los dedos de la mano los verdaderos tesoros, aquellos que, como el ciervo enamorado de su cornamenta, teníamos por bienes seguros y menores. Y es que estamos reencontrándonos con el valor de lo individual y de la esfera de lo familiar, de lo propio, del patrimonio; de aquello que nos es privativo y más cercano. Porque ahora nos estamos dando cuenta de que, en momentos de necesidad, sólo podemos confiar en nosotros mismos, para empezar; y, si tenemos suerte, en nuestra familia, generalmente los padres u otros familiares muy cercanos. Es uno mismo y, en todo caso, ese círculo de confianza, de seguridad, el que acude al rescate. El círculo concéntrico, pero más lejano, de todos los demás grupos, individuos, conocidos, puntos de referencia más abstractos se ha alejado aún más. Hemos descubierto que, cuando la necesidad aprieta, los amigos de verdad son pocos.

Y si en los malos tiempos no podemos confiar en otros que en nuestros más allegados, en nuestros íntimos, ¿por qué en cualquier otro momento habría de ser diferente? ¿Por qué tenemos que tener un líder? ¿No será que quiere algo de nosotros, que quiere utilizarnos, porque en el fondo no le interesamos nada?

Es todo muy simple, porque es todo así, por desgracia.

Así pues, no les demos lo único que nos queda: nuestra voz, nuestra voluntad, nuestro espíritu de lucha, nuestro esfuerzo. Reclamemos eso para nosotros mismos y conservémoslo, aunque sea al final nuestro único patrimonio.

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Subestimar el mal

Una frase muy sabia dice que las cosas no siempre son lo que parecen. Diciendo eso, nos dice, en ausencia, que también lo contrario es cierto: algunas veces, las cosas son exactamente lo que parecen.

Algunas veces, las explosiones de mal simplemente suceden, y son obra de individuos sin más objetivo ni plan que hacer daño. Los hay que están imbuidos de alguna idea que les ha devorado el cerebro hasta convertirse en su obsesión, y, de alguna manera, tal vez están convencidos de estar haciendo algo bueno, aunque no se pueda medir esa supuesta bondad por nuestros parámetros internos, que son también los comúnmente aceptados; y los hay malvados en estado puro, al cien por cien, que deben de ser plenamente conscientes de estar haciendo lo que hacen, de estar dañando a otros, y precisamente es lo que quieren hacer.

Calibramos de forma equivocada el mal si tratamos de explicar toda acción malvada como obra de algún plan muy elaborado y complejo que forma parte de toda una estrategia normalmente extendida en el tiempo y en el espacio. Claro, hay ejemplos históricos de casos así, pero creo que no es lo habitual. A menudo, las atrocidades que parecen obra de un loco solitario son eso mismo, son lo que parecen. En esos casos, no hay cerebros ocultos, no hay hombres poderosos bien situados en el sistema y siempre fuera del alcance de la sociedad, no hay estrategias geopolíticas, financieras o ideológicas para hacerse con el control del mundo. Hay sólo lo que se ve.

Como otro testigo más de lo que pasa en el mundo y como consumidora de los medios de comunicación, me revienta que cada vez que pasa algo terrible -se comete un crimen, normalmente con un trasfondo racista o político, o ambos- muchas voces parecen prestas a exonerar al aparente culpable, al autor material del crimen, o, cuando menos, a considerarlo el “tonto útil”, la marioneta del susodicho hombre u hombres, millonarios, gobernantes, bancarios o financieros, hombres todopoderosos ocultos en las sombras.

Y me parece un ejercicio perverso. Porque así, no sólo se tergiversa la realidad con historias que, cuando mejor, son sólo hipótesis sin ninguna prueba que las sostenga; también se disculpa y se libra de responsabilidad a alguien que, fuera de toda duda, ha cometido ese crimen, ya sea apretando un gatillo, haciendo detonar una bomba o estrellando un avión deliberadamente contra un rascacielos lleno de gente. Quizá, como dicen esas voces, haya alguien más que no estaba presente en el lugar de los hechos y que no ha efectuado esas acciones criminales; pero hay alguien que, indiscutiblemente, sí estaba.

No es ésa la única consecuencia perversa de esparcir alegremente hipótesis o especulaciones sin fundamento. Hay otra que es más sutil y cuyo efecto no se ve inmediatamente: subestimar el mal y su capacidad inmensa para permear el alma humana.

Porque todos tenemos capacidad para hacer el mal y, en un momento dado, podemos tener la voluntad de hacerlo. De hecho, muchas veces a lo largo de una vida, el ser humano elige ejercer esa facultad, pues hay miles de formas de hacer el mal en un día cualquiera, sin necesidad de cometer un crimen, pero provocando daños que pueden llegar a ser irreparables en el cuerpo o en la psique de otra persona. Cualquiera de nosotros es capaz de convertirse en agente del mal. Para ello, no nos hace falta que nos laven el cerebro, ni ser expuestos a estímulos extremos, ni que nos torturen, ni que dobleguen nuestra conciencia y nuestra voluntad. En suma, no hace falta el concurso de nada ni nadie ajeno a nosotros mismos.

Y ante esa voluntad de hacer el mal, de nada sirve la educación, que muchas veces se enarbola como presunto antídoto y prevención. No nos engañemos: cuando obramos mal, casi siempre lo hacemos a sabiendas, y siendo muy conscientes de lo que estamos haciendo y de sus efectos inmediatos y, con frecuencia, de sus posibles consecuencias a un plazo más largo. El único antídoto es precisamente no querer hacerlo. Pero eso ya es un objetivo mucho más difícil de conseguir para el mundo que vivimos. Exige algo más que un sistema educativo basado en mostrar lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer. Exige una interiorización, desde muy pequeños; y exige, tristemente, también la posibilidad cierta de un castigo.

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Year -1000ºC

You, with your heightened personal level,

you, with your big words and thick books and works, all holier knowledge,

What good has it done you?

With your magnetic fields engulfing

your heart and your brain,

and the laughter and cheer of other alikes

What good, again?

You old freak, saying any old lie,

You’re a fake!

You’re a fake!

You’re a fraud!

 

Try to undecipher the mathemathics of my life,

or draw a map of its morphology and telluric motions.

Can you please do that for me?

Can you save me from the sorrow of this second to come?

You’re now letting your heart

melt and be spilled down the drainage, to a pit

which equals the endless night

of your soul.

You’re now ready to die

-a soldier of life, you-

energy all spent.

Tell me: what good has it served?

Ready to jump over the fence,

to be wolfed by the big night behind this great wall of white.

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¿Cómo no creer?

Hay noticias, muchísimas noticias, muchas historias, muchas cosas que mucha gente dice, que quedan sepultadas bajo un aluvión de chorradas o, sencillamente, de noticias que hoy son el no va más, son importantes, son incluso interesantes, pero son desesperadamente caducas; por mucho que nos interese saberlas hoy, o por mucho que vengan a cuento con las cosas que están pasando ahora -y la gran cosa que está pasando ahora es la crisis-, no nos brindan ningún conocimiento que nos vaya a servir de algo mañana. En realidad, es dudoso que la mayoría de las noticias de alcance a las que nos exponemos y somos expuestos diariamente nos aporten otra cosa que reafirmarnos en que el mundo es un vertedero, una ratonera en la que casi todos somos los ratones y sólo unos pocos manejan el cepo.

Una de esas historias que me parece merecedora de mayor atención es, por ejemplo, esta entrevista al físico Patrick Drouot (publicada por La Vanguardia en su sección La Contra, serie de entrevistas siempre muy interesantes, inhabituales, provocadoras, escuetas, al grano y bien hechas). Se publica poco después de otra entrevista del mismo estilo y parecidos contenidos, hecha a Annie Marquier, investigadora de la conciencia. Recomiendo leer ambos, porque los mensajes son hermosos, están llenos de conceptos bellos y muy sugerentes y, por tanto, a quien sea descreído recalcitrante de “estas cosas” le puede producir, aunque sea, cierto placer estético.

En fin, ambos entrevistados tratan de lanzar un mensaje similar, a saber, que el corazón piensa, que el corazón sabe, y que corazón, cuerpo y cerebro están más conectados de lo que parece; además, que existe una inteligencia mayor que nosotros mismos o, por mejor decir, que todo y todas las formas de inteligencia son en realidad parte de esa única inteligencia suprema.

En los mismos comentarios a esas entrevistas no faltan aquellos de quienes no creen, ni quieren abrir su mente a la posibilidad de que nada de eso sea cierto. Es respetable. Sin embargo, la cada vez mayor popularidad y aceptación de verdades (para mí lo son) como que el corazón sabe, como que la intuición es siempre exacta, como que es esa inteligencia suprema quien nos habla directamente cada vez que oímos la voz de esa intuición, como que hay algo más, o de que no somos sólo cuerpo y cerebro… esa aceptación me indica que cada vez somos más los que tenemos fe o, cuando menos, los que abrimos nuestra mente a la posibilidad de que no todo se reduzca a lo que nuestros sentidos y nuestro cerebro nos señalan como única realidad.

Creo que jamás se podrá probar de manera fehaciente que existe algo más, esa inteligencia envolvente que todo lo sostiene y que todo lo impregna; jamás se podrá desentrañar el ADN de Dios. Siempre habrá una zona de sombra, de misterio, en el que sólo la fe pueda pronunciarse. Quienes hablen desde la fe deberán aceptar y admitir que sólo ella les ampara, y quienes demandan pruebas objetivas y científicas tendrán que resignarse a no tenerlas nunca.

Ahora bien, ¿tan descabellado es tener fe en lo que no podemos ver, tocar, ni medir, en lo que sólo podemos experimentar como algo individual, casi íntimo? Pues la intuición ¿qué otra cosa puede ser, sino una voz que oímos o desoímos sólo cada uno de nosotros? Y es que ¿acaso no nos han fallado todos los becerros de oro que hemos adorado hasta ahora? ¿Adónde nos han llevado los principios intocables del modelo de sociedad, de economía y de política de los últimos decenios? ¿Qué es lo que hemos obtenido finalmente de ellos? ¿Acaso han mejorado nuestras vidas, como humanidad, como sociedad, como civilización? ¿O más bien han tenido su apocalipsis en esta crisis tras la cual nada volverá a ser lo que era?

Uno puede decir que cree, que tiene fe. Uno no puede esgrimir pruebas exhibibles públicamente para apuntalar esa fe. Sin embargo, existe una modalidad de prueba que, aunque no es observable por el mundo, aunque no se puede exhibir, es la más decisiva que existe. Se trata de la experiencia personal.

El creyente más devoto y más convencido es aquel que ha experimentado en su propia vida aquello que predica. Yo creo en las cosas que he sentido, vivido, que me han cambiado la vida, y que me han cambiado a mí, a veces volviéndome de dentro afuera, de fuera adentro, transformándome y mutándome del derecho y del revés. ¿Cómo puedo no creer en lo que yo he vivido?

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With all my life behind me and ahead

And with all that I know now,void of strength,

tiny and fragile like a

green newborn bloom, or…

I can only say that I should have known (or, rather

just didn’t I always know?)

that I would end up here and now and

because it’s a whole life on the margin

a whole lifetime of footnotes and asterisks

of exceptions and glossaries,

separate terms, or, rather, one-definition words

a strange phenomenon in itself, years after years after many

but I always kind of hoped, dreamed, played with

-a crazy thought, I now know-

that things would someday someway be just like

in the movies or the way they are for the bad guys, who

in reality (as we all now know)

get the girl and win it all, but

with all that I’ve seen and lived, I still want to

live another day, wake another day, to struggle

(even if I fall flat often, exhausted,

…)

give my heart with every breathe, just to see

the following minute, the following second, just to

*inhale*

just to be filled with the pride

(exactly like vitamin water for rose roots and petals)

of fighting one more day, for me, for you

of standing up one more day, against them, against the world and everyone,

to shower in the savage pride, in the raw glory

of being a comet in a parallel orbit

just exactly as away from the next as it would take

to be nearly as close, but also

inevitably dejected, aloof

always the star of my life, but

its only witness as well

 

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Esos días malos

Por mucho que confiemos en nuestro destino, en nosotros mismos, llegan momentos en los que creemos no poder seguir adelante; notamos que nuestras fuerzas flaquean.

Es difícil, en medio de esas crisis personales, conservar la serenidad y decirnos a nosotros mismos que todo pasará y que volveremos a levantarnos.

El desencadenante puede ser cualquier cosa, comparativamente grave o baladí o, simplemente, algún suceso cotidiano, idea absurda o cualquier combinación negativa de sucesos imprevistos aunque sin mayores consecuencias. Lo que vulgarmente conocemos por “tener un mal día”. Los malos días existen, y no sólo eso: abundan.

Pienso que, cuando somos aún muy jóvenes e inocentes y oímos que la vida es un valle de lágrimas y cosas así, nuestra imaginación impresionable se representa escenas propias de tragedia griega, en las que mundos enteros, vidas, familias enteras, incluso naciones, caen derrotadas y destrozadas bajo la fuerza aplastante e incontestable del pathos, el fatalismo. Pero, andando el tiempo y siendo la vida la mejor maestra, con su estilo seco y prosaico, sin tonterías, nos enseña que, muy a menudo, nuestro mundo interior se derrumba por cosas que, a toro pasado, juzgaremos lo que eran: menudencias o, por lo menos, cuestiones que no merecían el desvelo que nos provocaron, porque el tiempo, con su descomunal tamaño y su poder absoluto, las puso todas en su sitio.

Claro, sabemos todo eso… pero, ¡ay!, de bien poco nos sirve todo ese saber de la experiencia cuando estamos necesitados de consuelo, de un abrazo, de un “no pasa nada” o de otro “ya verás cómo todo se va a arreglar”…

Lo que nos falla es seguramente la autoestima -porque si nos queremos de forma incondicional, estamos a nuestro lado siempre y confiamos siempre en nosotros mismos… eso es lo que pienso yo-, y, por eso mismo, nos falla el corazón. No el músculo, sino nuestro centro vital, más aún que el órgano de carne que es indispensable para nuestra vida física. Nos falla el alma, la luz que nos guía, la voz interior. De repente y porque sí, un día, todo lo que funcionaba al anterior parece fallar; las cosas no salen como queremos que salgan ni como estamos acostumbrados a que salgan; los pequeños defectos o errores se magnifican en nuestra mente; crecen y se convierten en un tornado que arrasa todo lo que tenemos dentro y lo que nos hace sentir bien en nuestra piel, aunque nuestro amor por nosotros mismos no sea todo lo pleno e incondicional que querríamos; sentimos que somos buenos y útiles, que tenemos mucho que aportar, y lo aportamos. Un buen día y porque sí, a pesar de que nosotros hacemos todo de la misma manera, el resultado no es el mismo. Entonces, no nos sentimos bien siendo quien somos, ni siquiera nos vemos bien. Ni siquiera nos parecemos ser los mismos que éramos tan sólo ayer, o tan sólo unas horas antes.

Confieso ignorar la solución a estos desencuentros con uno mismo. Ojalá la supiera. No sé cómo se puede camelar a la propia autoestima (seguramente no se puede, es muy lista y no se deja engañar; sólo acepta lo auténtico, y tiene un ojo infalible para las imitaciones) ni tampoco sé cómo fingir de forma eficaz y sostenida una seguridad de la que se carece. La única forma que conozco yo de superar esos momentos malos es saber que son eso, momentos, y que van a pasar -como, por otro lado, pasan también los buenos momentos, algo no lo suficientemente recordado en nuestra cultura y en nuestra sociedad actuales-; mientras duran, armarnos de valor y simplemente dejarlos estar, dejar que existan, existir nosotros en ellos, manteniéndonos de pie ante el embate de las olas como mejor podamos; si no podemos aguantar de pie, tampoco importa, mientras nos volvamos a levantar lo más rápido posible.

Pero también creo que tan contraproducente como dejarse hundir por las olas de negatividad es la actitud contraria: hacer como que no existen, como que estamos fenomenal y todo va sobre ruedas. Estamos adoctrinados para aparentar siempre un éxito social y público y una infalibilidad que no son naturales y que son del todo imposibles. Personalmente, me parece que mostrar con naturalidad nuestras debilidades y nuestros malos momentos, sin caer en el victimismo ni en el melodrama, es un signo de fortaleza y de seguridad. Ante la duda, puede ayudarnos saber que nuestros logros de cara a la galería son sólo eso: algo que ve el público, pero que no tiene nada que ver con el verdadero éxito.

A pesar de los malos ratos y de las crisis personales, cada uno de nosotros es, en esencia, siempre el mismo. Otra cuestión y otra exploración -para toda una vida- consiste en dilucidar quiénes somos, quién es cada uno de nosotros. No conozco la respuesta, pero intuyo que quienes somos es algo completamente independiente de casi todo lo que hoy día damos por verdadero y valioso.

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Ya nada será igual

Se nos ha gastado la crisis, de tanto usarla, de tanto llamarla, de tanto querer exorcizarla con palabras.

Sólo porque no hemos sabido comprender, jamás hemos comprendido, que las palabras son sólo punteros que señalan, y, a veces, son puntadas en cuyo hilo nos quedamos enredados, hasta que viene a por nosotros la araña, y nos come.

Y porque hay demasiado egoísmo todavía, y demasiada cortedad de miras. Si es voluntaria o no, eso habrá que preguntárselo a los interesados.

Que de eso -interesados e intereses- hay mucho; casi tanto como tramposos y trampas. Menudean ahora a la sombra de ese gran paraguas agujereado: nuestra dichosa crisis.

Dirán luego, con mucha risa, que eso del 2012 es una paparrucha, y lo utilizarán como argumento para un par de películas de mucho rimbombambo. Bien cierto: el mundo no se va a acabar; en realidad, ya ha acabado. Con la crisis global -en su doble sentido: internacional y de varios tipos (monetaria, financiera, social, política, moral, de valores)- nuestro mundo, tal como lo conocíamos, ha muerto, y parte de nosotros con él. Los que éramos en ese mundo de riqueza ilimitada, de hedonismo a tope, de culto a la mundanidad y a lo que a cada uno le diera la gana hacer, el mundo del lloriqueo al ventilarnos los ahorros y del extender la mano vacía para recibir una propina y seguir la fiesta, ese mundo murió y jamás volverá. Pero la crisis debía contener en sí misma la semilla del nuevo mundo, y resulta que esa semilla está ya atrofiada, cansada de esperar a que la veamos y la sembremos, cansada de esperar a que rasguemos los velos que nos hemos puesto delante de los ojos.

Bailamos y festejamos como si nada hubiera cambiado. Pero este mundo es un muerto viviente, es un resto mortal que hiede cada vez más. No somos incapaces de reaccionar, pero hemos muerto por dentro. El mundo está poblado de muertos vivientes, walking dead, parecen vivos, hacen todo como si estuvieran vivos, pero están muertos por dentro (y ellos no lo saben), porque han perdido su humanidad, han perdido su capacidad de conmiseración, su capacidad de ser generosos, su empatía, su inocencia. Lo han sacrificado todo en el altar del Ego, en el altar de un becerro de oro.

Nos piden que nos sacrifiquemos, y lo que hacemos es holgar; nos piden que nos esforcemos, y respondemos tirándonos al suelo y gritando “¡que llueva maná!”, porque hemos aprendido que, en el pasado, sólo nos hacía falta gritar para que lloviera, no sé si maná, pero sí un tentempié para engañar el estómago: ayudas públicas, dinero de todos, dinero de nadie; paños calientes, vendas y más vendas, pero no en la herida, sino en los ojos. ¡Qué fácil era seguir bailando!

Éramos unos nuevos ricos y queríamos presumir de ello. Dimos la vuelta al mundo, nos rodeamos de lujos, compramos todo lo que quisimos, todo lo que relucía tras los escaparates, todo lo que nos prometían y más.

Ahora que ya se acabó, seguimos pensando que aquí no pasa nada, que todo es una pequeña mentira para que nos portemos bien; que ya se acabó la tele por hoy, se acabó el trasnochar, ahora hay que acostarse y mañana volver a trabajar… pero no, no creemos en viejas leyendas, sin darnos cuenta de que lo terrible que nunca iba a pasar ya está aquí. Así que seguimos tirando la casa por la ventana, con fastos privados y públicos, desbarrando en las fiestas del pueblo y pidiendo que se gaste, que se haga, que es como si no hubiera mañana, sin creernos de verdad que la hemos cagado, pero sí, es así.

Esta vez era verdad que venía. Y nosotros le hemos abierto la puerta.

Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

-Edgar Allan Poe

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En busca de lo transparente

Ain’t got no home, ain’t got no shoes
Ain’t got no money, ain’t got no class
Ain’t got no skirts, ain’t got no sweater
Ain’t got no perfume, ain’t got no beer
Ain’t got no man

Ain’t got no mother, ain’t got no culture
Ain’t got no friends, ain’t got no schooling
Ain’t got no love, ain’t got no name
Ain’t got no ticket, ain’t got no token
Ain’t got no God

What about God?
Why am I alive anyway?
Yeah, what about God?
Nobody can take away

I got my hair, I got my head
I got my brains, I got my ears
I got my eyes, I got my nose
I got my mouth, I got my smile
I got my tongue, I got my chin
I got my neck, I got my boobs

I got my heart, I got my soul
I got my back, I got my sex
I got my arms, I got my hands
I got my fingers, Got my legs
I got my feet, I got my toes
I got my liver, Got my blood

I’ve got life , I’ve got my freedom
I’ve got the life

And I’m gonna keep it
I’ve got the life
And nobody’s gonna take it away
I’ve got the life

-Nina Simone, “Ain’t got no/I got life”

Las cosas no son inertes, y, desde luego, no son inocentes. Ponemos en ellas parte de lo que somos. Lo mismo sucede con las personas. Sucede con todo: personas, objetos, proyectos, pensamientos… con todo lo externo a nosotros.

Pero eso, que suena tan bonito, tiene una contrapartida: todo aquello en lo que ponemos parte de nosotros adquiere poder sobre nosotros, y sucede sin que nosotros nos demos casi cuenta.

Los objetos, el dinero o el mero afán de tenerlo, una ambición, una idea fija, una meta, una relación de cualquier tipo… pueden llegar a poseernos.

En el momento en que compramos algo -excepto lo que sirve para cubrir una necesidad cuantificable y constatable- nos estamos vendiendo, en la misma proporción en que esa cosa comprada sirve para alimentar nuestro ego y no para hacernos la vida más fácil, más cómoda o más saludable. En el momento en que permitimos el acceso a nuestro cerebro a una idea maligna, insidiosa, devoradora o dañina para nosotros mismos o para los demás, estamos entregando la mente a ese mal que está fuera de nosotros. La mala idea crecerá y germinará un fruto podrido que irá invadiéndonos por dentro y, si es lo bastante poderosa (es decir, si nosotros la investimos con ese poder, porque ella por sí misma no puede), invadirá también nuestro cuerpo, y lo derrotará.

Vigila tus pensamientos, se convierten en palabras; vigila tus palabras, se convierten en acciones; vigila tus acciones, se convierten en hábitos; vigila tus hábitos, se convierten en carácter; vigila tu carácter, se convierte en tu destino.

-Frank Outlaw

Y así, uno fácilmente puede acabar convertido en aquello que quiso para sí una vez, o en aquello en lo que puso todo su esfuerzo: quien sólo piensa en su propia gloria terrenal, en ser admirado y en ser más que nadie acaba devorado por su ego. Es el viejo arquetipo del hombre que vende su alma al diablo; ése es el precio, nuestra alma, nuestra paz, nuestra felicidad.

Cuanto más nos fijamos en una cosa y cuanto más la convertimos en la medida de nosotros mismos, más poder sobre nosotros adquiere.

Y lo peor de todo es que de esa regla no escapan ni siquiera las cosas que tenemos por más elevadas: todo lo que tiene algo de mundano tiene la misma proporción de sombra; nada parece lo bastante puro ni lo bastante sagrado. Con todo corremos el riesgo de perdernos, de olvidarlo todo, de caer en la obsesión o en la locura, de perder el sentido de nuestra vida.

¿Habrá algo que escape a esa ecuación perversa? ¿Habrá alguna cosa entre cielo y tierra en que podamos invertir todo lo que somos sin miedo a enajenarnos por completo y a ser despojados de nuestra alma?

En otras palabras: ¿habrá algo que no sea falso?

Mi conclusión personal, la que me sirve a mí, es que el criterio para diferenciar lo falso y lo verdadero es la inversión de aquella proporción perversa: lo verdadero será aquello que cuanto más de nosotros mismos pongamos en ello, más de nosotros mismos nos devuelva, en lugar de quitárnoslo. Lo que no tiene sombra; lo que es transparente y deja pasar toda la luz, sin aristas, sin puntos oscuros, sin reflejos equívocos.

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