Lo opuesto a la pobreza

Mucho se habla de los ricos, y no lo suficiente de los pobres. Oh, paradoja: en un tiempo en que los ricos ya no son sistemáticamente adorados y tenidos por una casta superior -al contrario, ahora son objeto de denostación más o menos pública, aunque no se haga lo bastante en los casos en que esa riqueza proviene de malos manejos, de ilegalidades o de prácticas inmorales-; en ese tiempo, en fin, en el que si bien materialmente y personalmente seguimos cegados por las riquezas, reconocemos su incompatibilidad moral con la pobreza… aun así nos ocupamos muchísimo más de los ricos que de los pobres.

Creo que lejos ya queda el esquema mental conformista y comodón por el que culpábamos al sistema de que aún hubiera tantas desigualdades y tanta miseria, pero nosotros mismos nos excluíamos de ese sistema. Ahora tenemos conciencia de que los pobres lo son porque -entre todos- hemos construido un mundo absolutamente injusto, y todos alimentamos esa injusticia, en la medida en que no luchamos más por abolirla.

Pero no nos ocupamos lo bastante en combatir el problema real, ni tampoco dedicamos tanta energía a criticar al rico como en erradicar la pobreza.

Se habla, pues, de lo malos que son los ricos, los que atesoran, los avaros que de la posesión y del dinero han hecho un fin en sí mismo; pero no se habla de quienes nos necesitan, de los pobres. Y, para mí, pobre es todo aquel que no tiene sus necesidades básicas cubiertas con la suficiente holgura para tener una vida digna y, sobre todo, para sentirse él mismo digno, igual a sus semejantes y en igualdad de condiciones para desarrollar sus capacidades y potencialidades. Por eso, los pobres no son sólo aquellos que no tienen qué comer; por supuesto, ésos son los casos más dramáticos, pero no los únicos. Las noticias sobre la crisis nos lo recuerdan: cada día hay más pobres, personas que no llegan a fin de mes o que se las ven y se las desean para conseguirlo; personas que no pueden vivir con plenitud su vida, porque sus necesidades han sido reducidas a su mínima expresión: la pura supervivencia. No veo que haya nada redentor en el hecho de ser pobre; no hay nada hermoso, ni ideal, ni puro, ni deseable en ello. Y la pobreza no es sólo un problema de quien la sufre, sino de todos. Porque o somos parte de la solución o somos parte del problema.

Algunas veces, oigo decir que los artistas deben ser artistas comprometidos. Y se añade que cualquier forma de creación es reaccionaria, clasista y burguesa (en el sentido peyorativo de esa palabra) a menos que sea revolucionario, social y de clase en su temática.

Yo creo que es justamente al contrario: precisamente la obra de creación, cualquiera que sea su índole y su calidad objetiva, es reaccionaria cuando, dirigiéndose a los oprimidos, se arroga el papel de arengarlos, movilizarlos y concienciarlos para la revolución. Porque esa obra de creación (no digamos ya si es una obra de arte) no va a llegar a aquellos a quienes dice querer llegar y mover a la rebelión. Puede ser muy bonito y muy encomiable hacer un poema, una pintura o una ópera que se dirija a los pobres y a los desheredados del mundo, moviéndolos a la revolución, pero ¿a cuántos de ellos va a llegar? Y si llegara a alguno, ¿acaso éste se levantaría por la fuerza del arte? Más allá va aún la obra de creación que pretende hacer estética de algo innatural, inmoral y repugnante como la pobreza, la miseria material y el padecimiento.

Nos puede resultar duro reivindicar la existencia de la belleza, cuando el mundo exterior nos aterra con su fealdad, cuando la maldad campa a sus anchas. Pero hay que reivindicarla. En realidad, lo opuesto a la pobreza es la belleza que trasciende de lo meramente sensorial; la belleza que nos conecta con un mundo humano, igualitario, libre. Porque la belleza y la bondad son la misma cosa, y cada vez que presenciamos una expresión de arte verdadero, estamos presenciando una evocación de esa vida más elevada a la que aspiramos. Por eso, querer hacer del arte lo que nunca puede ser es también imposibilitarle ser aquello que sí puede y debe ser. Y se puede -y se debe- luchar por un mundo mejor, pero sin renunciar a mirar también todo lo bueno y lo hermoso que existe, y encontrar una motivación en ello.

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