Volver

I’ll spread my wings, and I’ll learn how to fly
I’ll do what it takes till I touch the sky
And I’ll make a wish, take a chance, make a change
And breakaway

Kelly Clarkson – “Breakaway”

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Constantino Cavafis

Irse de casa es una necesidad que he observado en muchas personas. Puede que esa necesidad, tan enraizada, nazca con nosotros, o nazca en nosotros al poco tiempo de empezar a vivir. De repente, parece que crecemos tanto, que esa vida que antes nos contenía muy cómodamente -nuestra casita con nuestros padres y hermanos, nuestro pueblo con todos los recuerdos que en él tenemos, nuestra rutina tan calentita y reconfortante como nuestras viejas zapatillas de felpa- ahora a duras penas nos permite ni siquiera respirar. Nos sentimos como peces demasiado grandes para una diminuta pecera. De repente, nos maravillamos de que alguna vez nos colmara de felicidad y de satisfacción esa pecera constrictora.

A poco que pase el tiempo, si no hacemos nada al respecto, ya no es ni pecera: ahora es una camisa de fuerza.

Ignoro cómo se puede sentir quien haya nacido en una gran ciudad. No es ése mi caso, y sólo diré que, cuando oí por primera vez pueblo pequeño, infierno grande, mi pequeño yo interior suspiró de alivio: no eran cosas mías. Ahora que soy mayorcita, puedo decir algo más: no creo que, partiendo de similares condiciones de calidad de vida material, la vida sea más fácil per se en una ciudad que en un pueblo (ni viceversa), ni en un país que en otro (nuevamente, siendo las condiciones de vida material las mismas o muy parecidas). En otras palabras, no creo que los lugares ni las sociedades puedan marcar la diferencia entre la felicidad y la ausencia de ella para un individuo cualquiera.

Lo que pasa es que los seres humanos no aprendemos de la experiencia ajena, por mucho que digamos que sí: ya desde niños, necesitamos tocar con las manos aquello que nos resulta nuevo y atrayente; e, igualmente, nos hace falta experimentar en propia carne el tropezón y el golpe contra el suelo para saber que determinadas cosas nos pueden hacer caer. Es como si, aunque viéramos el efecto que produce, positivo o negativo, en realidad no lo supiéramos hasta que lo experimentamos nosotros mismos. El verdadero aprendizaje no se produce hasta ese momento, da igual cuántas veces seamos testigos del aprendizaje ajeno.

Hay quien se va de casa -físicamente- y encuentra su felicidad. Hay quien se va de casa y encuentra en su destino, allende las fronteras visibles de su hogar natal, parte del bagaje que sentía que le faltaba para poder continuar con su vida. Hay quien no encuentra el sentido de hogar que buscaba ni quedándose en su nueva morada ni regresando a la original, y sigue buscando. Hay quien nunca se va y nunca siente la necesidad de hacerlo; pero tengo para mí que éstos son los menos.

Pienso que, a medida que cumplimos años, nuestro sentimiento de búsqueda se hace más urgente y más voraz, a la par que nuestro sentimiento de carencia interior, de que algo nos falta -aunque nunca sepamos decir qué es. Y casi todos lo asociamos con no querer o poder quedarnos donde estamos.

El error, a mi entender, es pensar que nuestra dicha (ese sentimiento casi inefable y que nos enlaza directamente, a modo de cordón umbilical, con nuestro verdadero hogar espiritual, el lugar inmaterial y supremo de donde procedemos) está relacionada con eso que de forma tan cool y falsamente poética llamamos nuevos horizontes, con lugares exóticos, con nuevas caras. Y, aunque no nos lo confesemos, la otra cara de la moneda de esa novedad es la huida -huida del vacío, del tedio, de la repetición enloquecedora, de la percibida hostilidad de un ambiente determinado, el que nos rodea. Sin embargo, ¿acaso tiene nuestro entorno culpa de algo? ¿Acaso no es cierto que toda esa negatividad es una proyección de la negatividad que llevamos dentro? Vemos el mundo tal como somos. Bondad y maldad conviven en todas partes; allí donde estemos las encontraremos, y sin duda ellas nos encontrarán a nosotros. Podemos huir, pero no podemos escondernos.

Creo que la mayoría de nosotros necesitamos efectuar esa ruptura con nuestro entorno, con nuestras raíces y orígenes; necesitamos esa rebelión personal. La ruptura física se convierte así en gran aventura, en gran aprendizaje y, también, en gran metáfora.

Pero tan necesario, o más, que la ruptura es regresar a nuestro hogar; físicamente o sólo espiritualmente, o ambas cosas, pero regresaremos. Una vez sepamos todo esto, seremos igual de libres y dichosos en cualquier lado. Será indiferente dónde elijamos vivir nuestra vida; ya habremos viajado al único sitio adonde importaba llegar.

 

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Volver

  1. Pilar

    Cuando te he leído las primeras lineas de Kavafis, casi se me salta el lagrimón. Me ha encantado tu reflexión, ha sido como leer mi pensamiento, pero bien escrito. En los últimos años me he estado planteando todo esto, y he llegado a ésa misma conclusión. Un beso enorme.

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    • Leire Kortabarria

      Como siempre, gracias por dedicar tu tiempo a leerme y a contestarme.

      Las coincidencias entre tú y yo no dejan de aparecer. Me alegro mucho de que te sientas identificada. A veces una/o se siente sola/o. Cuántas veces me habré preguntado “¿seré un bicho raro? ¿Habrá más gente como yo?” Y sí, la hay…

      Un besazo para ti también y ya sabes, ¡un paso atrás, ni para tomar carrerilla!. Te escribiré pronto.

      Me gusta

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