El despertar

La semilla está plantada… crece el terror.

-La invasión de los ladrones de cuerpos

No me siento insegura, no me siento amenazada, y sin embargo, la amenaza flota en el aire. No me siento asustada… conscientemente. Sin embargo, hay algo en este mundo actual que no está bien. No sé qué es. No soy realmente consciente. No lo analizo de forma consciente. Es sólo… un olor a podrido. Sí, eso es: huelo esa podredumbre, esa corrupción. La huelo. No he visto el cadáver, ni he encontrado el arma del crimen, sin embargo, sé que hay un muerto. Un muerto que quizá lleva muerto desde mucho antes de que la fiesta tocara a su fin, mucho antes de que se acabara el ponche y hasta el más tonto pudiera darse cuenta de que todos estábamos borrachos. Sí; la podredumbre empezó como un tufillo sutil, y nadie reparó en él hasta ahora, hasta que ya es incuestionable.

Lo que menos importa es dónde está el muerto o, quizá, hasta quién es ese muerto.

Lo que importa es que ese crimen sucedió, y fue aquí, en este paraíso.

El paraíso empieza a corromperse cuando uno solo de sus átomos se corrompe.

O, dicho de otra forma, una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

Un día, el infierno nos parecerá tan normal. Un día, la cocina del infierno nos parecerá la cocina de nuestra casa. Veremos las mayores atrocidades, y no moveremos un dedo. No nos inmutaremos. Seguiremos caminando tranquilamente hacia el metro, el autobús, nuestro tranquilo y previsible puesto de trabajo, nuestra habitación, el cine. Vamos a bailar, no importa que esté lloviendo agua ácida. No importa que el diablo en persona esté agitando su cola delante de nosotros, haciendo un circo con nuestros disparates, con nuestra estupidez. No importa nada de eso. No importa que todo huela a basura, que ya no haya verdadera belleza, que no haya verdadero amor. NO importa que las personas estemos tratando a las personas cada vez más como si fueran máquinas o muñecos que como personas. No importa. No importa que los niños dejen de serlo cada vez más temprano, que la justicia sea una mera lectura interesada de la ley de los hombres, que la gente eche tomates a las iglesias y se ría del único Dios verdadero. No importa que a todos nos parezca tan bien ser gobernados por ineptos, imbéciles, ignorantes, inútiles, malvados, o cualquier combinación de los anteriores.

Ese día ya ha llegado. Ya estamos podridos. La corrupción viene de dentro afuera, de dentro afuera. Nació en nuestros corazones. Adán y Eva se miraron y vieron que estaban desnudos, y se apresuraron a cubrirse con hojas de parra, y quisieron escapar, mas el sufrimiento era suyo para siempre. Y quisieron hacer caso omiso, pero Dios los persiguió. Dios nos persigue aún, y nosotros creemos que nuestra estupidez puede disculparnos.

No; no puede, porque en nuestra estupidez, nos permitimos ser malvados, insolidarios, injustos, crueles, animalizados.

Somos bestias, y seremos devorados por bestias.

Mientras tanto, llegará el día en que no importará el daño que hayamos causado, porque Dios lo borrará del alma de las víctimas, y a su vez nos retribuirá con el mismo daño que hayamos causado, en su misma proporción e intensidad.

Mientras tanto, fingimos no pensar, no darnos cuenta, no ver, no saber.

Hay una cosa que leí una vez, y ya entonces pensé que era verdad, pero aún tardé tiempo en hacer algo al respecto: si quieres cambiar el mundo en la medida en que puedas, cierra tu Facebook y abre un blog. O no tengas blog, pero no seas un pez en un acuario, medio muerto en vida, esperando a que te pesquen, esperando tu ración de plancton congelado, esperando tu patito de goma, esperando tu cebo, esperando tu muerte plácida y tu entierro en un plato de porcelana. No esperes más. Haz lo que debas hacer, pero hazlo. Quédate donde estás, pero piensa. Pensar ya es hacer algo. Saber ya es hacer mucho. No rendirte es hacer todo lo que puedes hacer. Y ya es bastante.

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