Transformar Internet, la asignatura pendiente

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder.

Aldous Huxley

 

Internet es la avanzadilla, la muestra en miniatura de en lo que ha devenido la comunicación social (“de masas”, que también le dicen): es más rápida, tiene mayor capacidad para acoger un volumen mucho mayor de tráfico, pero, además, de condensar ese volumen y transmitirlo en paquetes más compactos, donde lo transcendente y lo banal, lo elevado y lo grotesco bailan juntos en algarabía. Y a todos nos ha llegado a parecer tan normal.

No estoy de acuerdo con que los nuevos medios de comunicación hayan supuesto un gran cambio mental. Aun quedando mucha gente que no sabría desenvolverse en Internet ni sabría cómo acceder a los nuevos canales/mensajes/mensajeros -las megarredes sociales, los buscadores, los agregadores, los blogs (éstos no tan nuevos)-, sin embargo, en casi todos ellos se habrá operado un cambio mental, propio del nacimiento de las nuevas eras. Puede que sea una sensación mía (por la deformación profesional del periodista), pero diría que pensamos y vivimos la comunicación de una forma diferente, los que estamos más inmersos en Internet y los que lo están menos: hay un estilo más acelerado de comunicarnos los unos con los otros; hay mayor celeridad y, sí, también mayor impaciencia; lo comunicado ya es un producto neto, y, con nuestra mentalidad netamente consumista y producto de un sistema capitalista (en el cual hemos nacido cada vez más generaciones), lo queremos ya, lo queremos sin esfuerzo, y queremos que nos guste, que nos satisfaga, que nos divierta, que nos proporcione el vergonzante placer del morbo… Además, podemos mercadear con él, utilizándolo a cambio de reputación, a cambio de otros productos similares, a cambio de cierta clase de atención, y, más que nunca, para alimentar nuestro ego y hacer que el mundo entero nos mire y se dé cuenta de lo únicos que somos, cada uno de nosotros en nuestra conmovedora pequeñez.

Los informativos de televisión no se parecen en nada a lo que se nos ofrecía bajo el mismo nombre y la misma etiqueta hace 20 años, por ejemplo. Entonces, los periodistas, los corresponsales, eran profesionales a los que se exigía más, a quienes se suponía unas habilidades perfeccionadas y que gozaban de respeto: el periodismo no era, de ninguna manera, algo que podía hacer cualquier juntaletras -como sí se tiende a pensar ahora, degradando la labor periodística a la mera narración o retransmisión de datos. Nunca olvidaré a aquellos reporteros de TVE que, como artesanos de la noticia, no sólo nos contaban un punto de vista lo más imparcial que podían sobre lo que estaba pasando, sino que además nos ofrecían información de contexto y su propio análisis para ayudarnos a comprender por qué estaba sucediendo eso.

Eran tiempos más calmados, en los que -en mi opinión- no existía el sentido de premura que tenemos ahora. Todos vamos corriendo, no sabemos muy bien adónde ni por qué o para qué, pero corremos, y no nos queremos detener en nada: ¡no hay tiempo! Además, ¿a quién le importa? Si no nos molestamos en leer, ¿cómo podemos pretender comprender nada con nuestra plena capacidad? Y, para rematarlo todo, ¿verdad que ya no tenemos la misma capacidad ni la misma actitud inicial para escuchar o para leer que teníamos antes? De repente, el flujo de la información se desarrolla sobre una autopista de infinito número de carriles: no bien empieza a acercarse un vehículo, otro asoma ya por otro carril, y más allá no tardará en entrar otro en la competición… No sabemos, ni queremos detenernos en nada.

Por otro lado, personalmente Internet me encanta y me parece un invento imprescindible. Nos ahorra trámites innecesarios, nos obliga a aprender a economizar, y a sacar lo mejor de nosotros mismos, a plantearnos desafíos constantemente, porque el objetivo es que nuestro importante mensaje llegue a su destinatario; y, si los destinatarios son muchos, hemos de aguzar nuestro ingenio y nuestra inteligencia para conseguirlo. Además, Internet nos ayuda, no diré que a comunicarnos todos en pie de igualdad, pero sí, al menos, a comunicarnos todos; cualquiera con un ordenador y una conexión puede llevar un blog, mandar un mensaje de correo electrónico, dar información sobre lo que está pasando y hacerlo con menos cortapisas que cuando los medios estaban más fuertemente verticalizados.

Nos hemos adaptado a Internet. Pero todavía no lo hemos puesto del todo a nuestro servicio; y, a veces, se diría que estamos nosotros al servicio de Internet.

El modelo de plasmación de los grandes medios en Internet está totalmente equivocado; o es totalmente interesado, una de dos. Está equivocado porque sencillamente es imposible que una persona que no tiene nada que hacer las 24 horas del día llegue hasta los contenidos que le puedan interesar. Y eso es así porque falla el sistema de selección: hay demasiado de donde elegir, el bombardeo de titulares, datos, notas al pie, últimas horas, reportajes intemporales, artículos sobre temas concretos… es constante. Y el volumen de texto de los artículos informativos sigue estando completamente desajustado al medio y al objetivo: si se trata de informar con corrección y exactitud, los medios fallan. No hay más que sentarse enfrente del ordenador y ponerse a mirar las portadas de los grandes medios: los titulares donde se puede hacer clic son incontables, y se van actualizando con el tiempo. El lector no sabe muy bien por dónde empezar, o, si empieza, no sabrá cuándo terminar: siempre hay algo más que reclama su atención, que le interesa. Más vano es aún el propósito si el lector amplía su abanico de medios: podemos acceder a casi todos los medios más influyentes de muchísimos países. Y eso sin contar con blogs, medios de menor audiencia (pero de tanta o mayor influencia que los “grandes”), canales de vídeo y demás.

El verdadero agujero negro, con todo, se abre cuando al incauto se le ocurre hacer clic en un titular: párrafos y más párrafos de información. Termina de leer el artículo completo y se da cuenta de que se le ha ido el tiempo. Entonces, ve los comentarios al pie: aunque a veces parecen grescas de taberna, son el verdadero valor añadido, la posibilidad de saber qué piensa la gente. Se pone a leer unos cuantos y, para cuando termina, ya no tiene tiempo para empezar a leer otra noticia. Time’s up!

Como periodista, mi hipótesis es que son razones empresariales y mercantiles las que siguen retrasando la transformación de Internet en un medio plenamente eficaz y al servicio del pueblo. Los grandes grupos mediáticos no escapan de la crisis, y sus periodistas se ven sobrecargados de trabajo, o bien se los contrata como mano de obra manufacturera (con todos mis respetos para los manufactureros, pero la información no es ese tipo de materia prima), mal pagada, degradada, sin recompensa económica, social o moral suficiente. El periodista ya no es respetado como profesional cualificado capaz de transformar la incomprensibilidad y el galimatías absurdo del mundo en mensajes digeribles, comprensibles y capaces de tocar la mente y el corazón de la gente; ahora es… un becario, un pulsateclas, un redactor cuyo papel ni se comprende, ni se valora, ni se agradece en lo que merece.

Y, claro: nos encontramos así con un medio de comunicación que ya no es primeramente tal cosa, sino, ante todo, una empresa con mucho ánimo de lucro, dirigida por accionistas que ni entienden ni se interesan por el periodismo y la comunicación; o, peor que eso, es un lobby que busca ejercer su influencia en un país, un gobierno, un estado (de cosas). En fin, un grupo de personas sedientas de poder, ni más ni menos.

Los medios de menor tamaño podrían ser un refugio; pero ¡ay!, a menor tamaño, menor capacidad económica. Y la mejora de capacidades requiere financiación.

Y la consecuencia de eso es que el periodista sincero y concienciado, o no tiene motivación, o no tiene medios y tiempo para transformar Internet.

Así pues, se da esta paradoja: que en la época del supuesto cambio rápido de las cosas, las que más nos interesa cambiar son las que más lentamente cambian.

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