Atrévete a dar gracias

Quejarse no tiene nada que ver con protestar. Protestar es una acción positiva, porque se centra en el cambio, lo enfoca y lo busca; quejarnos, por el contrario, es una muestra de autoconmiseración y de puerilidad con el cual sólo pretendemos quedarnos quietecitos, revolcándonos en el barro de nuestro negativismo y secretamente sentirnos bien por ello, pues, al quejarnos, intentamos convertirnos en el centro de atención. En realidad, cuando nos quejamos, no estamos buscando soluciones, ni siquiera un sano desahogo para remangarnos, apretar los dientes y seguir adelante. Por eso, la queja es como un gas paralizante que nos retrotrae a cuando éramos pequeños y no teníamos otra forma de pedir ayuda. Una vez somos adultos hechos, derechos y responsables de su vida y sus actos, la quejosidad debería causarnos tanto sonrojo como cualquier otro comportamiento infantil.

Pero la protesta tampoco es la única arma de la que disponemos para cambiar las cosas y sacudir las conciencias -empezando por la nuestra, porque la inercia de toda una vida con el piloto automático puede ser muy fuerte y porque sólo somos humanos, eternamente falibles y llenos de vicios y defectos.

La gratitud es un modo de estar muy saludable, y profundamente revolucionario. Claro está, no me refiero a pronunciar fórmulas sociales de agradecimiento que cualquiera puede repetir como un lorito. Me refiero a que deberíamos adquirir la costumbre de mostrar gratitud sincera más a menudo y, seguramente, como modo de comportarnos, como forma de ser. Gratitud ¿a quién? Mi respuesta es “a Dios”, pero quien no tenga esa fe puede dar gracias a la vida (que es lo mismo que Dios).

La gratitud es revolucionaria porque, para empezar, nos impide caer en la tentación de la autocompasión plañidera y totalmente inútil: el agradecimiento y la quejosidad no pueden darse al mismo tiempo. Si das las gracias, no te puedes estar quejando y lamentándote de ti mismo, y viceversa. Por tanto, la gratitud es salvadora.

Después, al dar gracias por lo que somos, tenemos, por lo que nos dan, nos centramos en lo afortunados que somos, en todo lo bueno y lo hermoso que nos rodea. El mundo sigue siendo tan injusto como antes, pero la vida nunca es injusta; estamos en ella y, por alguna razón, estamos vivos. Eso quiere decir que podemos seguir trabajando para barrer las injusticias de nuestro alrededor y de nuestros propios hábitos. Al dar gracias, enfocamos nuestra mirada en la vida (lo natural) en lugar de en el mundo (lo construido). Tenemos la oportunidad de recobrar la consciencia de estar aquí y ahora, de disponer de unas facultades y de unos recursos, sean los que sean, para mejorar nosotros mismos y ayudar a transformar el mundo. Quizá empezando por reconocer y apreciar lo que somos y tenemos podemos dar otro paso, en algún momento, y ser más generosos, ser más humanos, estar más abiertos y más atentos, querer aprender de los demás. Estar agradecido a la vida es simplemente tener una actitud positiva. Y, como sabemos que la vida es un valle de lágrimas y nunca faltan los malos tiempos, el agradecimiento apuntala nuestra fortaleza interior.

Las personas que más admiración suscitan son precisamente las que dan ejemplo de agradecimiento aun en las circunstancias más adversas. Se me ocurre el ejemplo de Nick Vujicic, un joven que nació desprovisto de las cuatro extremidades. Éste es su sitio de Internet y aquí está el de su organización, Life without Limbs (vivir sin extremidades). Hay muchísimos artículos y vídeos sobre Nick en Internet; éste fue el primero que vi yo y a través del cual supe de este hombre increíble. Tras haber pasado por la desesperación y tras haber tenido deseos de suicidarse, hoy en día es una inspiración para miles de personas.

Lo mejor de todo es que Nick Vujicic es sólo un caso, pero no es el único: hay muchas personas que nos enseñan que el agradecimiento siempre es posible.

Con los primeros rayos de luz oigo cantar a los pájaros
Es una señal que Él me da de que todo va a ir bien
A veces, cuando me despierto, me pregunto
Cómo sería mi vida si no cantase.
De vez en cuando me agobio un poco
Pero los problemas vienen y van cuando estoy cerca de Él
Me bendice por la mañana
Me bendice por la tarde
Y, una vez más, me doy cuenta de por qué canto.

Bendecida, fui bendecida.

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