Dame obras, no razones

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera,a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

-Mateo 23:27,28.

Por eso, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

-Mateo 6:2

 Obras son amores y no buenas razones.
-Refrán

Y así podemos seguir hasta llenar todo el ciberespacio, porque la hipocresía es también -junto con la esperanza inquebrantable, la lucha sobrehumana e instintiva por la supervivencia y la capacidad casi insuperable de superación de obstáculos- uno de los rasgos humanos más característicos. Nacemos siendo inocentes, y una de las secuelas más dolorosas que nos queda de la pérdida de la inocencia es la capacidad de fingir virtud con todo el descaro del mundo.

Las madres no son nunca hipócritas, y ellas son quienes mejor personifican el extremo opuesto al hipócrita. Las madres, aun siendo ejemplo del amor más grande que puede haber de un ser humano a otro, no dicen mucho sobre ese amor. No es muy habitual oírles decir a sus hijos que los quieren, ni hacerles muchas muestras histrónicas y muy aparatosas de ese amor de madre. De hecho, el amor de una madre muchas veces se manifiesta mediante regañinas, reconvenciones, palabras que no son agradables de oír y que hacen enfadar a los hijos. Pero decir palabras efusivas, dicen bien pocas. Ni falta que les hace. A nosotros tampoco.

La madre, con su amor incondicional y gratuito, es un parámetro perfecto para calibrar nuestro comportamiento. Así, vemos que en la vida, los que más se llenan la boca con un ideal, una política concreta (entendiéndose en el sentido original, ideal, de la palabra política, no en el poder por la sed de poder), una promesa, son los que menos hacen cuando llega la hora de la acción. Esto nos dice que la palabra se usa como maquillaje, como arma, como escudo, como escaparate, como cebo y como pequeña campaña de imagen personal. Porque la palabra, por sí misma, no sirve para nada.

Podemos amar y admirar la palabra todo lo que queramos, pero, si nos quedamos en ella, estamos siendo unos reaccionarios de tomo y lomo. Lo que el hipócrita pretende no es otra cosa que quedarse en la palabra y que los demás, la gente que lo mira, lo ve y se ve afectada por su comportamiento, se quede con él en esa fase de la palabra, de la apariencia.

Ejemplos tenemos muchísimos, y el más paradigmático es el del representante político que habla y habla y habla, prometiendo, jurando, asegurando, diseñando y proclamando grandes proyectos para mejorar la vida de la sociedad, y a la hora de la verdad no sólo no hace lo que prometió, sino, muchas veces, lo contrario. Así pueden funcionar no sólo individuos, sino organizaciones enteras: hacen, por ejemplo, de una causa su caballo de batalla y hasta su seña de identidad: ellos son, ellos encarnan esta y la otra causa; cuando lleguen al poder, ellos harán esto y lo otro. Todo en el futuro, no en el presente, no aquí y ahora, que es el único momento que jamás tendremos. Luego, si es que llegan a ese poder, muchas veces no hacen nada; sólo reproducen los esquemas conservadores, profundamente reaccionarios, continuistas e injustos de quienes los precedieron. El quítate tú pa’ ponerme yo de toda la vida.

Hipócritas, están siendo unos hipócritas los que así actúan, y nosotros, aunque las más de las veces no podamos hacer otra cosa que protestar (y a veces, ni eso, por barreras externas o internas, mentales; por miedo, por ignorancia, por costumbre, porque las cosas siempre han sido así), al menos debemos ser conscientes de lo que está pasando: que son unos hipócritas fariseos, que sólo hablan y se cubren con la apariencia de las cosas, fingiendo hacerlas, haciendo ver que las llevan a cabo, pero en el fondo todo es una farsa. Esto lo podemos constatar porque esas mismas injusticias que aquellos prometieron hacer desaparecer no han desaparecido. Tampoco nosotros hemos despertado, al final: tal vez porque es más cómodo y más fácil que otro cambie las cosas, no nosotros.

Pero no nos adormilemos ni cerremos los ojos voluntariamente. Debemos ser plenamente conscientes de esta realidad. La verborrea, palabras sin contenido y palabras sin intención sincera de acción personal o de mover a la acción a toda la sociedad, nos debe alertar de que estamos posiblemente ante una muestra de hipocresía.

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