Sic transit gloria mundi

“Meaningless! Meaningless!” says the Teacher. “Everything is meaningless”
“Vanidad de vanidades”, dijo el Predicador, “todo es vanidad”
-Eclesiastés 12, 8

La palabra vanidad significa tanto intrascendencia como soberbia. Pues siempre nos ensoberbecemos de cosas que son efímeras y que no sirven para nada, porque no nos aportan nada, no nos ayudan a ser mejores ni a vivir más auténticamente nuestra vida. En realidad, la soberbia es uno de los pecados capitales, y dicen que el mayor de todos, por lo que sólo puede tener como objeto lo imperfecto, lo perecedero y lo inútil.

Nuestra sociedad está doblemente enferma de vanidad: porque, por un lado, adora la apariencia de las cosas -la belleza, lo material, el dinero, los símbolos de estatus- y se jacta de ella, cuando la tiene, tratándola como valor supremo y vara de medir; y, por el otro, pretende aferrarse a ella, luchando por hacerla eterna y sufriendo al fracasar en su intento cada vez.

Es la vanidad lo que mueve a la gente a, por ejemplo, someterse a cirugías plásticas que no necesita, con la ambición de estirar una juventud que ya se va, o para modificar el cuerpo y ajustarlo a algún canon estúpido y cruel de presunta perfección. Incluso hemos creado entre todos, con la ayuda del poder del dinero, de las marcas y de las empresas, de los medios de comunicación masivos y del cine y la televisión, una auténtica casta social y económica que vive principalmente de su imagen, pero de una imagen falsa, artificial y contranatura que parece exactamente lo que es. El hombre juega a ser Dios, quiere usurpar Su puesto, pero -hay que decir que afortunadamente- no puede.

La obsesión por la belleza y la juventud, por las posesiones, por el dinero, el status, la popularidad, la salud… son todas ramificaciones de un mismo núcleo.

Parece que el corazón de ese núcleo no es otro que la angustia existencial, el saber que vamos a morir y, al mismo tiempo, querer negarlo. Todo se reduce a amasar, poseer, conservar, aferrarse, a ver si así conseguimos que todo permanezca inmutable y convertirnos nosotros mismos en inmortales, ir ascendiendo, ir acumulando, ir acaparando, y que no me pidan ni me quiten nada, que no doy ni la hora, no vaya a ser que de repente mi vida cambie, mi falsa seguridad deje de ser tal, todo se torne azaroso e impredecible (¡como si antes no lo hubiera sido!) y sienta en mis huesos la fuerza de la soledad y de la finitud. Así pues, hemos barrido de nuestra consciencia todo lo que se sitúa por encima de nosotros. No necesitamos de dioses ni de fuerzas superiores: ya tenemos nuestros propios dioses -las celebridades, los millonarios, los triunfadores. O nuestro propio orgullo, creyendo saberlo todo.

Sin embargo, la justicia poética, con su sentido del humor irónico, hace que cuanto más nos aferremos, más duramente demos con nuestro orgullo en el suelo. Es el famoso símil del puñado de agua: cuanto más la aprietas, más rápido se escurre el agua.

Todas las cosas humanas y mundanas están sujetas a mudanza. La naturaleza nos lo enseña desde que somos niños: todo sigue un ciclo, todo nace, se desarrolla y muere, todo está en perpetuo movimiento de ondas y partículas, todo es un proceso de entropía, pero una entropía que no nos debe asustar. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido diciéndonos que “las cosas pasan por algo”, tras haber sobrevenido un cambio que temíamos y habernos traído consigo algo totalmente inesperado que nos ha hecho más felices?

Y el terror que experimentamos no es el único problema que tenemos: es que, además, ese terror nos hace débiles, y vulnerables al manejo cruel de los poderes fácticos que nos ven como moneda de cambio, como producto, como clientela. Una persona que no se acepta a sí misma y a su vida tal y como son en este momento es una víctima de manual para codiciosos y vendedores de humo que le venderán miles de “remedios” para su supuesto mal: si sufres por tu edad, yo te haré parecer más joven; si no eres feliz porque no puedes ir de vacaciones igual que tu vecino, yo te prestaré dinero; si te crees menos que los demás porque no tienes tal o cual logro académico o profesional, entonces malgasta tu tiempo y tu felicidad tratando de lograr algo que realmente no quieres, para parecer alguien que realmente no eres.

El cambio nos da miedo, pero nunca el cambio nos va a traer más desgracia que el aferrarnos por pura neurosis. Nada puede ser peor que una angustia que no tiene final.

Todo cambia, nada es.
-Heráclito de Éfeso
Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para poder diferenciarlas.
‘Sic transit gloria mundi’: Es una frase que se utilizó durante la ceremonia de coronación de nuevos papas, en donde en cierto momento un monje interrumpe el acto, muestra unas ramas de lino ardiendo y cuando se han consumido dice “Sancte Pater, sic transit gloria mundi” (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo) recordando al Papa que a pesar de la tradición y la grandilocuencia de la ceremonia, no deja de ser un mortal.
-Wikipedia
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