Esa cosa sindical

A medida que el Estado se aleja de su finalidad, que no es otra que servir al interés público (o sea, a nosotros, que lo sostenemos con nuestro dinero), se convierte en una superestructura anquilosada que acaba siendo un fin en sí misma. Así, acabamos olvidando para qué todo ese aparato, todos esos trabajadores de la función pública, todos esos concursos-oposición, todos esos impuestos. El pago de impuestos sería hasta algo de agradecer si la gente viera, percibiera en su vida diaria, que la administración sirve exactamente para lo que fue concebida. Acabamos viendo al estado, la burocracia y a los funcionarios (de “función pública”) como enemigos o, a lo sumo, como entidades que nada tienen que ver con nosotros; un engorro que, para más inri, nos chupa nuestros dineros.

Después, vemos el tema como un chollo: ser miembro o parte de esa superestructura burocrática se convierte en una aspiración, y quien consigue pasar a formar parte de sus filas es envidiado o mirado con recelo, o ambas cosas.

Irónica y tristemente, la deformación ha llegado al punto de que los sindicatos, instituciones creadas desde la más pura espontaneidad -al menos, originariamente-, como respuesta inmediata a una necesidad perentoria como pudiera ser la ausencia de derechos de los trabajadores, la falta de una conciencia gremial, etc. se han convertido también en parte de esa superestructura de hormigón armado. Ahora ya no sirven a aquellos a quienes dicen servir, o sea, los trabajadores (la gran mayoría, aún, y afortunadamente). Los grandes sindicatos -recordemos: cuanto más grandes y cuanto más formalmente estructurados, peor y más difíciles de controlar desde una democracia real- son empresas en sí mismas, que sólo sirven a sus propios intereses.

No hace falta ser expertos en nada para comprobar algo tan sencillo. Desde el momento en que los máximos representantes y dirigentes de los dos mayores sindicatos son a su vez afiliados a uno de los grandes partidos políticos; desde el momento en que esos sindicatos son financieramente sustentados por el estado, con subvenciones aprobadas por esos gobiernos con los que aseguran estar en democrática oposición; desde el momento, en fin, en que son capaces de callarse y permanecer desaparecidos de combate durante años, incapaces de movilizarse con convicción contra la injusticia social y económica que supone un paro galopante… no puedo creerme ninguna de sus proclamas. Tampoco me puedo creer su protesta de ahora contra la reforma laboral. Todos sabemos que a los máximos dirigentes de esas instituciones no les afectará nunca, en absoluto, esa reforma laboral. Ellos seguirán teniendo su puesto de trabajo asegurado y bien remunerado. Lo malo es que todavía hay mucha gente que los sigue, que cree de buena fe en su palabrería, transida de una ideología tardofranquista cuando mejor, y obsoleta por nostálgica, cuando mejor. En todo caso, un concepto de lucha de clases que ya ha quedado sobradamente superado y que sólo puede perdurar por una de dos: la nostalgia bienintencionada de algunos o la voluntad peor intencionada de unos pocos.

Se echa de menos una regeneración del movimiento de protesta y, sobre todo, la retirada de líderes que nada constructivo aportan ya a la lucha por conquistar y mantener los derechos de los trabajadores. Algo de eso hubo en el (malogrado) movimiento 15-M, pero no tardaron en usurparlo individualidades de todos los colores, sobre todo de aquellos colores que, en principio, menos sospechas debían haber despertado.

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