Ojos de niño

La prueba infalible para saber si una cosa tiene sentido o no es mirarla desde los ojos de un niño.

Dijo Jesús:

«Si no cambiáis y no os hacéis como los niños no entraréis en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3)

¡Cuántos significados en tan pocas y tan sencillas palabras! Y palabras de miles de años de antigüedad son más actuales que casi toda la palabrería vacua y ruidosa con que nos atontan desde tantos falsos púlpitos, todos los días. De hecho, esa palabrería existe para una finalidad: precisamente, hacernos olvidar que dentro de nosotros hay un niño; que nosotros somos ese niño, aunque nos hayamos ido alejando de él.

El niño sabe lo que tiene sentido y lo que es ridículo. Sabe si algo es una estupidez o si es de inteligentes. Sabe cuándo están siendo sinceros con él y cuándo está delante de un hipócrita. Y lo sabe de forma natural y sin que le hayan estropeado el cerebro con teorías o técnicas para ello; teorías y técnicas que no nos sirven para nada ahora, de adultos, aunque queramos creer que sí.

Si al niño le diéramos su paga, sabría que no puede gastar más de lo que tiene, si quiere tener una economía saneada. Es de cajón. Y, sin embargo, muchísima gente ha vivido durante años -alguna de esa gente aun hoy, cuando estamos en época de economía de guerra, lo sigue haciendo- gastando más de lo que tenía. Una majadería, ¿verdad? El niño te lo diría inmediatamente. Se reiría de ti.

El niño te diría, con la misma confianza en sí mismo del más anciano de la tribu, que no puedes estar sano de cuerpo y de mente si te envenenas cuerpo y mente con sustancias y con hábitos perniciosos y compulsivos todos los días; te diría que no puedes pretender que te den si no has hecho nada para merecer esa generosidad; que no puedes recoger fruto si antes no has sembrado la semilla.

La escuela de la vida y la enseñanza mística vienen a decir lo mismo: debemos recuperar la inocencia, porque sólo así podremos ver la verdad. Y ése es el primer paso para empezar a cambiar las cosas: identificar cuáles son exactamente las mentiras que nos rodean.

¿Por qué hemos olvidado algo tan simple?

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