El amor más grande de todos

La vida de los famosos -ahora está más de moda llamarlos “celebridades”, por influjo del inglés, supongo- tiende a estar sobreexpuesta, y a adquirir una proyección pública que normalmente está desproporcionada con respecto a sus carreras o a sus logros personales o profesionales. Al fin y al cabo, suelen ser personas que se dedican a su profesión con tanta pasión y talento como puede hacerlo cualquier persona anónima.

Sin embargo, esa proyección también tiene su lado bueno. Un aspecto positivo es que las vidas de los famosos pueden servirnos de espejo en el cual mirarnos; pueden ser un reflejo aumentado de las fortalezas y debilidades de la naturaleza humana, que es la misma en todas partes y en personas de todas las condiciones.

Un reflejo triste es el que hoy nos toca mirar. Eran los años 80 cuando una jovencísima, bellísima y rebosante de arte Whitney Houston comenzaba a deslumbrar al mundo. La primera canción que recuerdo haber escuchado de ella es “I wanna dance with somebody (who loves me)”. Me fascinó aquella mujer llena de vida y de alegría que cantaba y bailaba en el videoclip y la recuerdo como una de las artistas de referencia durante mi infancia. Y recuerdo que uno de los primeros textos que leí sobre ella fue en el suplemento infantil-juvenil de “El País”, texto que empezaba “Menos novio conocido, lo tiene todo”. Y era verdad: Whitney Houston lo tenía todo. Irónicamente, el cuento sobre esta princesa comenzó a convertirse en cuento gótico cuando irrumpió aquel “novio” que por entonces todos los chicos aspiraban a ser. Me ha dado mucha pena saber de su muerte, por las circunstancias que la han acarreado, y porque es una historia de perdición, de fracaso vital, de un ser humano que luchó y que al final no pudo crecerse lo suficiente ante su adversidad.

Volviendo a la reflexión inicial sobre la fama y los famosos, en el caso de la malograda Whitney Houston, aún no se sabe la causa oficial de su fallecimiento, pero ya se puede afirmar que éste no se produjo sólo en el momento en que su corazón dejó de latir; fue un proceso largo y doloroso y parte de él sucedió bajo la luz pública. Ahora que ya es demasiado tarde para ella, ojalá su desgraciada historia sirviera para que otros escarmentaran en cabeza ajena y aprendieran que se pueden tomar decisiones trágicas, que se puede perder todo lo que se tenía -habiendo tenido todo lo que materialmente se puede ambicionar- y que con las drogas no se juega, que las drogas no son “cool” ni ayudan a sobrellevar ni a hacer más fácil nada; que lo único que hacen es destruir a la persona en la cual se introducen, y a aquellos que la quieren. (Y aprovecho para decir que el alcohol también es una droga, y una de las más destructivas, por cierto.)

Más allá de eso, me conmueve hasta el tuétano la parte universal de la historia de la vida y la muerte de Whitney Houston. Nos enseña, una vez más y con una tozudez y exactitud de operación matemática, que la vida es difícil -para todos- y que la debilidad se paga cara. Y que, además, si bien los medios materiales -dinero, fama, contactos, influencia- suponen un punto de partida ventajoso, nada ni nadie nos pone a salvo de las asechanzas. Nada ni nadie que no sea nuestro espíritu, nuestra voluntad y nuestro amor propio.

Una amiga me dijo una vez que la vida es como un perro rabioso que, si puede, te morderá y no te soltará nunca; tienes que pelear con él, tienes que liberarte y defenderte.

Por otra de las ironías de la vida, la propia Whitney lo cantó con bellísima letra en “Greatest love of all”. D.E.P.

I decided long ago, never to walk in anyone’s shadows
If I fail, if I succeed
At least I’ll live as I believe
No matter what they take from me
They can’t take away my dignity
Because the greatest love of all
Is happening to me
I found the greatest love of all
Inside of me
The greatest love of all
Is easy to achieve
Learning to love yourself
It is the greatest love of all

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