Si no existe, escríbelo

He terminado de leer “Bajo el hielo“, de Bernard Minier, publicada por Roca y libro que ha merecido el título de “novela revelación”. Bueno, terminarlo me ha costado más de lo que pensaba, porque las últimas 70 páginas constituyen una  caída en picado  de interés y de calidad narrativa.

Para ser su primera novela, Minier demuestra un sentido del suspense y de la dosificación admirables; a lo largo de la trama, va dándonos la información y la caracterización en dosis muy bien medidas y controladas. Digna de mención es también la habilidad de su pluma para caracterizar lugares y dotarlos de alma, de atmósfera, algo que puede mejorar y dotar de mayor interés a una trama anodina o bien desbaratar la mejor tejida. La parte mala es precisamente esas ¡ay! 60-70 páginas finales que me lo tiran todo patas arriba. Como lectora, además, les tengo una tirria especiala los “deus ex machina“, recursos, a mi juicio, cómodos y fáciles pero también algo traidores para el lector.

Pero esta novela tiene muchos aspectos positivos. Y, para mí, uno de ellos es que se suma a la lista de historias en las que sus autores eligen (o son elegidos por) el tema de la justicia insatisfecha que, al cabo de un tiempo indeterminado, reclama su cumplimiento.

En la novela, el protagonista, un policía, investigador aficionado, persona que pasaba por allí, quien sea y por los motivos que el autor decida, es siempre alguien con curiosidad, con motivación y con espíritu de lucha; una persona cuya historia, en la novela, comienza más o menos en el momento en que tiene noticia de esa injusticia y se propone hacer lo que esté en su mano para corregirla o para atrapar a los autores de la fechoría.

Han sido innumerables los libros que he leído cuyo tema central se puede resumir así. De los cinco últimos que he leído, cuatro pueden inscribirse sin duda a esa categoría. Tres de ellos han sido, en efecto novelas policiacas más o menos convencionales en su tratamiento y elementos, y el cuarto ha sido una novela mezcla de crónica social, costumbrista, de época, novela victoriana de fantasmas y fábula psicológica con bastante mala leche y segundas interpretaciones posibles. En todos los casos había una aplicación de la ley, y en todos los casos esa aplicación ha sido insuficiente. En otras palabras, se ha aplicado la ley, pero no se ha hecho justicia. Esa aberración ha quedado enterrada en el tiempo, no así desactivada, y al cabo del tiempo ha vuelto a emerger.

Ahora que lo pienso, también han sido este tipo de libros los que con más devoción he leído, los que más me han llenado y con los que más me he identificado.

Y no soy la única, ni mucho menos. Si lo fuera, no habría tantas novelas de ese tipo, que intentan corregir entuertos de todas las formas posibles.

El afán de devolver el equilibrio y la paz al mundo debe de ser un afán innato en todos nosotros. Eso sólo puede ser algo bueno.

Lo triste es que tengamos necesidad de escribir ficciones para poder realizar esos anhelos justicieros que casi todos llevamos dentro. Lo escribimos porque lo soñamos, y lo soñamos porque, en el mundo real, nos vemos obligados a reprimirlo; porque nos vemos sometidos a fuerzas mayores que nosotros mismos, que dicen hacer lo bueno y lo conveniente para todos, cuando en realidad sirven a poderes que poco tienen de igualitarios y de justos.

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