La biblioteca, la última ágora

Es muy conocido, pero por si acaso: en su novela antiutópica “Fahrenheit 451“, Ray Bradbury esboza una fábula sobre un régimen totalitario que ha proscrito los libros, y tiene un cuerpo de orden público específicamente dedicado a pegar fuego a todos ellos. 451ºF es la temperatura a la que arden.

Hoy en día, esa fábula no sólo está vigente, sino que la amenaza es aún más real, más cercana y con mayores visos de cumplirse.

Digo esto porque ayer estaba convocado un acto que nunca será titular de portada en ningún medio informativo: una concentración ante la Biblioteca Nacional, con el objetivo de dar cuerpo a la Marea Amarilla a favor de una mayor dotación económica (o, por lo menos, para que no se recorte la que hay) para las bibliotecas públicas.

Existe, además, otro ataque contra las bibliotecas públicas o, lo que es lo mismo, contra el libre flujo de la información y de la cultura: el canon por préstamo de documentos.

Las bibliotecas, los libros, el soporte papel, está más vivo que nunca y es más necesario que nunca para preservar la palabra, el saber acumulado, la cultura, la información, la experiencia, la emoción… todo eso junto para lo cual la lectura es el único vehículo posible. Porque, imagínense: si un régimen totalitario cualquiera puede destruir fácilmente el papel, ¿con cuánta mayor facilidad puede destruir los canales de información más modernos, los que han surgido con las nuevas tecnologías? ¿Cuánto más frágil es Internet, el mundo virtual, la nube (en sus propios nombres acuñados advierte de su naturaleza inestable, irreal), que ni siquiera es tangible ni sólido? A diferencia de los personajes amantes y defensores de los libros de “Fahrenheit 451”, que escondían los volúmenes, los escamoteaban y los pasaban y leían en secreto, nosotros jamás podremos poner a salvo la información de un medio tan etéreo.

Etéreo y voluble, totalmente a merced de un gesto. Tan sencillo como sacar una clavija de su enchufe y apagar un aparato, por grande y complejo que éste sea. Tan arbitrario y tan fácil como decretar el cierre de un sitio web, por ejemplo. De la noche a la mañana, la información ya no está. ¿A qué temperatura arden los nodos, los bits, los bytes, el flujo invisible de esta telaraña colosal?

Y ni siquiera hace falta un intento de dominio deliberado del medio: basta con un simple accidente, como un virus que se carga el disco duro o directamente convierte nuestro ordenador en un vegetal para que desaparezca todo lo que en él teníamos almacenado. Esto nos recuerda lo frágil que es el nuevo medio mayoritario de manejo de información, y, una vez más, lo insustituible que es el viejo y confiable papel.

Además, las bibliotecas son todavía hoy uno de los pocos reductos en que prácticamente todo el mundo, de forma independiente a su clase social o su nivel adquisitivo, puede surtirse de información, cultura y entretenimiento, aumentando así su bagaje personal, ése que nadie te puede quitar nunca y que será lo único que te lleves de todas partes. Son, por tanto, un espacio seguro para la creación, para el pensamiento, para el cambio.

Por favor, mantengamos vivas las bibliotecas, y sigamos confiando en nuestro amigo el libro.

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2 comentarios

5 de febrero de 2012 · 22:01

2 Respuestas a “La biblioteca, la última ágora

  1. Pilar

    No podría estar más de acuerdo. Cuanto más “ecológico” nos venden el tema que sea, más miedo me da. Ahora protegemos los árboles, y compramos un libro electrónico (como tantas otras cosas). Estamos “volatilizando” los libros. Y estamos empezando a depender tan peligrosa como exclusivamente de medios que, por infalibles que sean, no existen.

    Bacio! 🙂

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