Impromptu sobre la justicia

Leo, miro, escucho, pienso. Así pues, ¿estamos hoy más cerca, algo más cerca de saber qué es la justicia? ¿Lo estás tú?

Hay gente que escoge no creer en Dios, pero todos preferimos creer cuanto más tiempo podamos en la justicia; en cierta forma de justicia.

Los escarmentados de las leyes humanas invocan la justicia divina, o la “justicia poética” (donde las dan, las toman). Los más impacientes y, casi siempre, los más perjudicados por la parcialidad inherente a las leyes luchan por cambiarlas; o, quizá, se contentan con apretar los dientes, levantarse y seguir caminando.

Otros van más allá y aspiran a cambiarlo todo: los revolucionarios.

Desde todas partes, a poco que nos haya salpicado el barro del lamentable estado de cosas que vivimos, somos invitados y azuzados a la revolución. Echarlo todo abajo y empezar de nuevo. Protestar contra lo que está mal, contra lo injusto, dicen. Acabar con eso tan perverso, ese invento llamado Sistema, del que nadie medio decente admite ser parte.

Los malos siempre son los otros. El mundo contra mí.

Yo también me considero rebelde; a mi manera (y quién se reclamaría rebelde a la manera de otros, ¿no?) un tanto sui generis, pero rebelde. Te diría que enarbolo la bandera de la justicia.

Claro, pero ¿eso qué es?

¿Justo es lo que lo es, o lo que nos conviene?

¿Hay algo por encima de nuestra humana pequeñez que dicte lo que es justo?

¿Acaso es justo que alguien que lucha toda su puñetera vida por un objetivo equis tenga que morirse sin haberlo conseguido? ¿Es justo cualquier resultado o dictamen en el que alguien cuya lucha ha sido digna y sin malicia tenga que salir perdiendo?

Yo puedo llamarme a mí misma justiciera y rebelde; pero ¿acaso lo soy para alguien más necesitado que yo, que parte de un lugar más desventajoso que el mío? ¿Acaso esa persona y yo tendríamos la misma visión de lo que hay que revolucionar, destruir o sustituir, o hasta qué punto es necesario hacerlo?

Son preguntas que lanzo sin esperar respuesta. No espero saber esa respuesta nunca. Puede que el egoísmo que nos es innato como seres humanos prevalezca siempre. Y que, cuando decimos que nosotros sabemos lo que es mejor, simplemente estemos diciendo que sabemos cómo a nosotros nos gustaría que fueran las cosas. Y que, cuando invocamos un bien superior, un interés común, o incluso un orden moral inmanente a la existencia, estemos hablando siempre desde el interés propio puro y duro, cuando peor, o desde la completa ceguera de la conciencia, cuando mejor.

Sin embargo, que estemos ciegos no quiere decir que tengamos que quedarnos sentados en nuestra caverna, disponiendo a nuestro antojo la balanza. Debemos perseverar.

Hubo, según mi fe y mi intuición, un hombre que sí estaba en posesión de la verdad, sabía qué es justo y qué no lo es, y no se andaba con medias tintas; él era el verdadero, el auténtico revolucionario. Ya saben ustedes, amigos, cómo terminó: torturado y muerto en una cruz. Habiendo logrado una revolución en algunas conciencias, pero no habiendo establecido la justicia general. Quizá lo dejó así para que quien quisiera siguiera su misión. Tal vez algún día seamos lo bastante buenos para completarla.

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