El lado malo del mostrador

Afortunadamente, y aunque mi calidad de vida material se ha resentido, (todavía) no he llegado al punto de tener que recurrir a los servicios sociales. Sin embargo, por esas carambolas de la vida, sí me ha tocado estar a ese lado del mostrador, de la puerta, de la balanza: el lado de los que han perdido, o el lado de los que no han perdido nada porque nada tienen.

En ese desfilar de puerta en puerta, pasamos por todo tipo de instituciones (en el sentido amplio), públicas, semipúblicas y privadas, y hablamos con las personas responsables de los trámites de ayuda y de la información en cada caso. En alguno de ellos, el contacto fue sólo telefónico.

Me acuerdo de la cita bíblica: “Fui extranjero y me acogisteis”…

Lo cierto es que yo, no siendo la persona afectada, no siendo quien realmente estaba pidiendo ayuda, ni, por tanto, estando en situación de total indefensión y total dependencia; yo, decía, me sentí extranjera, indeseada, empujada hacia fuera. Me sentí de sobra, rechazada y marginada. No por todas las personas que nos recibieron, pero sí por un número significativo. Tanto más hiriente cuanto que esas personas estaban, se suponía, precisamente para ayudar, en cargos y en organismos, instituciones o asociaciones creadas, supuestamente, para tal fin: para recibir, ayudar y ser instrumento de la generosidad con quien más lo necesita. Etcétera.

Sentí en carne propia la humillación de tener que pedir, sufriendo las miradas de paternalismo y de mal disimulado desprecio.  Pedir sabiendo de antemano que tienes la carrera perdida, porque has partido con desventaja. Y que, además, la persona que está sentada al otro lado de esa mesa, rellenando ese formulario sobre ti, no va a hacer ni un esfuerzo más del que estrictamente le exige su trabajo para mejorar tu situación.

Efectivamente, ese peregrinaje ha resultado baldío, y, si la situación de la persona a quien he acompañado ha mejorado en algo, no se ha debido a la acción de ninguna de esas instituciones, sino, más bien, al esfuerzo y al interés propios o, dicho pronto y mal, al sálvese quien pueda que, por lo que yo sé, es una de las pocas fórmulas infalibles jamás usadas en la historia. Y la lucha continúa.

Mientras tanto, me pregunto dos cosas: las instituciones que supuestamente están “para ayudar”, ¿cuánto dinero nos suponen a los contribuyentes, contando con las personas contratadas para desempeñar un trabajo que no da  frutos? (A menos que el trabajo “en la sombra” sea justamente despejar la lista de solicitantes de lo que sea, a fin de reducir la carga económica y burocrática del organismo en cuestión). Y (corolario de todo lo anterior): ¿para qué diantres sirven, aparte de para hacer perder tiempo y paciencia? ¿Acaso interesa a alguien que existan? Por otro lado: ¿son las cribas y las condiciones igual de estrictas para todos los solicitantes? Viendo lo que se cuece alrededor y cuánta gente vive de la sopa boba de las ayudas, me permito dudarlo.

Todo eso escapa a mi comprensión y, además, no es lo que más me importa. Lo que me importa es la situación de esas personas que realmente están en situación de emergencia; las personas honradas, trabajadoras y de buena voluntad que tuvieron la mala suerte de nacer en países destrozados por sus jefecillos políticos, obviados por la política internacional y convertidos en los parias del mundo, con mala reputación a cuestas sin haber hecho nada para merecerla, y corriendo la maratón de la vida con un permanente hándicap con respecto a los nacidos en países más afortunados.

Quizá bastaría con que cada persona que contribuye con un modesto donativo a aliviar alguna miseria lejana, o que, con toda la ilusión del mundo, decide apadrinar a un niño que probablemente jamás verá, se animara a hacer lo propio con una persona de su entorno, alguien que puede que sea su vecino, o alguien recién llegado a su municipio; alguien que no figurará en ninguna campaña, que no saldrá en ninguna foto promocional y que puede que no tenga ninguna otra esperanza de salir adelante.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “El lado malo del mostrador

  1. Excelente reflexión Leire, máxime con la que está cayendo. No son las instituciones oficiales las que más ayudan a los que lo necesitan. Sino que son otras asociaciones menos rimbombantes, las que desde abajo con voluntarios y el apoyo de gentes anónimas lo están haciendo. Hablo por ejemplo de los bancos de alimentos que ahora más que nunca son imprescindibles. Es increíble la labor que hacen sin llamar tanto la atención como otras organizaciones más mediáticas.

    Por otro lado se da el caso de personas que no tienen ningún problema en salir haciendo el paripé en la prensa ayudando a personas en otros lugares (que lo necesitan por supuesto) pero que no hacen lo mismo por el que tienen al lado. No me lo explico pero así es.

    Un abrazo 🙂

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    • Leire Kortabarria

      De acuerdo contigo, una vez más 🙂 El otro día leí que el banco de alimentos de Granada está buscando alimentos. La solidaridad se resiente con la crisis, claro. En fin.

      Abrazos 🙂

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