Archivo mensual: febrero 2012

Lo opuesto a la pobreza

Mucho se habla de los ricos, y no lo suficiente de los pobres. Oh, paradoja: en un tiempo en que los ricos ya no son sistemáticamente adorados y tenidos por una casta superior -al contrario, ahora son objeto de denostación más o menos pública, aunque no se haga lo bastante en los casos en que esa riqueza proviene de malos manejos, de ilegalidades o de prácticas inmorales-; en ese tiempo, en fin, en el que si bien materialmente y personalmente seguimos cegados por las riquezas, reconocemos su incompatibilidad moral con la pobreza… aun así nos ocupamos muchísimo más de los ricos que de los pobres.

Creo que lejos ya queda el esquema mental conformista y comodón por el que culpábamos al sistema de que aún hubiera tantas desigualdades y tanta miseria, pero nosotros mismos nos excluíamos de ese sistema. Ahora tenemos conciencia de que los pobres lo son porque -entre todos- hemos construido un mundo absolutamente injusto, y todos alimentamos esa injusticia, en la medida en que no luchamos más por abolirla.

Pero no nos ocupamos lo bastante en combatir el problema real, ni tampoco dedicamos tanta energía a criticar al rico como en erradicar la pobreza.

Se habla, pues, de lo malos que son los ricos, los que atesoran, los avaros que de la posesión y del dinero han hecho un fin en sí mismo; pero no se habla de quienes nos necesitan, de los pobres. Y, para mí, pobre es todo aquel que no tiene sus necesidades básicas cubiertas con la suficiente holgura para tener una vida digna y, sobre todo, para sentirse él mismo digno, igual a sus semejantes y en igualdad de condiciones para desarrollar sus capacidades y potencialidades. Por eso, los pobres no son sólo aquellos que no tienen qué comer; por supuesto, ésos son los casos más dramáticos, pero no los únicos. Las noticias sobre la crisis nos lo recuerdan: cada día hay más pobres, personas que no llegan a fin de mes o que se las ven y se las desean para conseguirlo; personas que no pueden vivir con plenitud su vida, porque sus necesidades han sido reducidas a su mínima expresión: la pura supervivencia. No veo que haya nada redentor en el hecho de ser pobre; no hay nada hermoso, ni ideal, ni puro, ni deseable en ello. Y la pobreza no es sólo un problema de quien la sufre, sino de todos. Porque o somos parte de la solución o somos parte del problema.

Algunas veces, oigo decir que los artistas deben ser artistas comprometidos. Y se añade que cualquier forma de creación es reaccionaria, clasista y burguesa (en el sentido peyorativo de esa palabra) a menos que sea revolucionario, social y de clase en su temática.

Yo creo que es justamente al contrario: precisamente la obra de creación, cualquiera que sea su índole y su calidad objetiva, es reaccionaria cuando, dirigiéndose a los oprimidos, se arroga el papel de arengarlos, movilizarlos y concienciarlos para la revolución. Porque esa obra de creación (no digamos ya si es una obra de arte) no va a llegar a aquellos a quienes dice querer llegar y mover a la rebelión. Puede ser muy bonito y muy encomiable hacer un poema, una pintura o una ópera que se dirija a los pobres y a los desheredados del mundo, moviéndolos a la revolución, pero ¿a cuántos de ellos va a llegar? Y si llegara a alguno, ¿acaso éste se levantaría por la fuerza del arte? Más allá va aún la obra de creación que pretende hacer estética de algo innatural, inmoral y repugnante como la pobreza, la miseria material y el padecimiento.

Nos puede resultar duro reivindicar la existencia de la belleza, cuando el mundo exterior nos aterra con su fealdad, cuando la maldad campa a sus anchas. Pero hay que reivindicarla. En realidad, lo opuesto a la pobreza es la belleza que trasciende de lo meramente sensorial; la belleza que nos conecta con un mundo humano, igualitario, libre. Porque la belleza y la bondad son la misma cosa, y cada vez que presenciamos una expresión de arte verdadero, estamos presenciando una evocación de esa vida más elevada a la que aspiramos. Por eso, querer hacer del arte lo que nunca puede ser es también imposibilitarle ser aquello que sí puede y debe ser. Y se puede -y se debe- luchar por un mundo mejor, pero sin renunciar a mirar también todo lo bueno y lo hermoso que existe, y encontrar una motivación en ello.

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I’ll spread my wings, and I’ll learn how to fly
I’ll do what it takes till I touch the sky
And I’ll make a wish, take a chance, make a change
And breakaway

Kelly Clarkson – “Breakaway”

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Constantino Cavafis

Irse de casa es una necesidad que he observado en muchas personas. Puede que esa necesidad, tan enraizada, nazca con nosotros, o nazca en nosotros al poco tiempo de empezar a vivir. De repente, parece que crecemos tanto, que esa vida que antes nos contenía muy cómodamente -nuestra casita con nuestros padres y hermanos, nuestro pueblo con todos los recuerdos que en él tenemos, nuestra rutina tan calentita y reconfortante como nuestras viejas zapatillas de felpa- ahora a duras penas nos permite ni siquiera respirar. Nos sentimos como peces demasiado grandes para una diminuta pecera. De repente, nos maravillamos de que alguna vez nos colmara de felicidad y de satisfacción esa pecera constrictora.

A poco que pase el tiempo, si no hacemos nada al respecto, ya no es ni pecera: ahora es una camisa de fuerza.

Ignoro cómo se puede sentir quien haya nacido en una gran ciudad. No es ése mi caso, y sólo diré que, cuando oí por primera vez pueblo pequeño, infierno grande, mi pequeño yo interior suspiró de alivio: no eran cosas mías. Ahora que soy mayorcita, puedo decir algo más: no creo que, partiendo de similares condiciones de calidad de vida material, la vida sea más fácil per se en una ciudad que en un pueblo (ni viceversa), ni en un país que en otro (nuevamente, siendo las condiciones de vida material las mismas o muy parecidas). En otras palabras, no creo que los lugares ni las sociedades puedan marcar la diferencia entre la felicidad y la ausencia de ella para un individuo cualquiera.

Lo que pasa es que los seres humanos no aprendemos de la experiencia ajena, por mucho que digamos que sí: ya desde niños, necesitamos tocar con las manos aquello que nos resulta nuevo y atrayente; e, igualmente, nos hace falta experimentar en propia carne el tropezón y el golpe contra el suelo para saber que determinadas cosas nos pueden hacer caer. Es como si, aunque viéramos el efecto que produce, positivo o negativo, en realidad no lo supiéramos hasta que lo experimentamos nosotros mismos. El verdadero aprendizaje no se produce hasta ese momento, da igual cuántas veces seamos testigos del aprendizaje ajeno.

Hay quien se va de casa -físicamente- y encuentra su felicidad. Hay quien se va de casa y encuentra en su destino, allende las fronteras visibles de su hogar natal, parte del bagaje que sentía que le faltaba para poder continuar con su vida. Hay quien no encuentra el sentido de hogar que buscaba ni quedándose en su nueva morada ni regresando a la original, y sigue buscando. Hay quien nunca se va y nunca siente la necesidad de hacerlo; pero tengo para mí que éstos son los menos.

Pienso que, a medida que cumplimos años, nuestro sentimiento de búsqueda se hace más urgente y más voraz, a la par que nuestro sentimiento de carencia interior, de que algo nos falta -aunque nunca sepamos decir qué es. Y casi todos lo asociamos con no querer o poder quedarnos donde estamos.

El error, a mi entender, es pensar que nuestra dicha (ese sentimiento casi inefable y que nos enlaza directamente, a modo de cordón umbilical, con nuestro verdadero hogar espiritual, el lugar inmaterial y supremo de donde procedemos) está relacionada con eso que de forma tan cool y falsamente poética llamamos nuevos horizontes, con lugares exóticos, con nuevas caras. Y, aunque no nos lo confesemos, la otra cara de la moneda de esa novedad es la huida -huida del vacío, del tedio, de la repetición enloquecedora, de la percibida hostilidad de un ambiente determinado, el que nos rodea. Sin embargo, ¿acaso tiene nuestro entorno culpa de algo? ¿Acaso no es cierto que toda esa negatividad es una proyección de la negatividad que llevamos dentro? Vemos el mundo tal como somos. Bondad y maldad conviven en todas partes; allí donde estemos las encontraremos, y sin duda ellas nos encontrarán a nosotros. Podemos huir, pero no podemos escondernos.

Creo que la mayoría de nosotros necesitamos efectuar esa ruptura con nuestro entorno, con nuestras raíces y orígenes; necesitamos esa rebelión personal. La ruptura física se convierte así en gran aventura, en gran aprendizaje y, también, en gran metáfora.

Pero tan necesario, o más, que la ruptura es regresar a nuestro hogar; físicamente o sólo espiritualmente, o ambas cosas, pero regresaremos. Una vez sepamos todo esto, seremos igual de libres y dichosos en cualquier lado. Será indiferente dónde elijamos vivir nuestra vida; ya habremos viajado al único sitio adonde importaba llegar.

 

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El despertar

La semilla está plantada… crece el terror.

-La invasión de los ladrones de cuerpos

No me siento insegura, no me siento amenazada, y sin embargo, la amenaza flota en el aire. No me siento asustada… conscientemente. Sin embargo, hay algo en este mundo actual que no está bien. No sé qué es. No soy realmente consciente. No lo analizo de forma consciente. Es sólo… un olor a podrido. Sí, eso es: huelo esa podredumbre, esa corrupción. La huelo. No he visto el cadáver, ni he encontrado el arma del crimen, sin embargo, sé que hay un muerto. Un muerto que quizá lleva muerto desde mucho antes de que la fiesta tocara a su fin, mucho antes de que se acabara el ponche y hasta el más tonto pudiera darse cuenta de que todos estábamos borrachos. Sí; la podredumbre empezó como un tufillo sutil, y nadie reparó en él hasta ahora, hasta que ya es incuestionable.

Lo que menos importa es dónde está el muerto o, quizá, hasta quién es ese muerto.

Lo que importa es que ese crimen sucedió, y fue aquí, en este paraíso.

El paraíso empieza a corromperse cuando uno solo de sus átomos se corrompe.

O, dicho de otra forma, una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.

Un día, el infierno nos parecerá tan normal. Un día, la cocina del infierno nos parecerá la cocina de nuestra casa. Veremos las mayores atrocidades, y no moveremos un dedo. No nos inmutaremos. Seguiremos caminando tranquilamente hacia el metro, el autobús, nuestro tranquilo y previsible puesto de trabajo, nuestra habitación, el cine. Vamos a bailar, no importa que esté lloviendo agua ácida. No importa que el diablo en persona esté agitando su cola delante de nosotros, haciendo un circo con nuestros disparates, con nuestra estupidez. No importa nada de eso. No importa que todo huela a basura, que ya no haya verdadera belleza, que no haya verdadero amor. NO importa que las personas estemos tratando a las personas cada vez más como si fueran máquinas o muñecos que como personas. No importa. No importa que los niños dejen de serlo cada vez más temprano, que la justicia sea una mera lectura interesada de la ley de los hombres, que la gente eche tomates a las iglesias y se ría del único Dios verdadero. No importa que a todos nos parezca tan bien ser gobernados por ineptos, imbéciles, ignorantes, inútiles, malvados, o cualquier combinación de los anteriores.

Ese día ya ha llegado. Ya estamos podridos. La corrupción viene de dentro afuera, de dentro afuera. Nació en nuestros corazones. Adán y Eva se miraron y vieron que estaban desnudos, y se apresuraron a cubrirse con hojas de parra, y quisieron escapar, mas el sufrimiento era suyo para siempre. Y quisieron hacer caso omiso, pero Dios los persiguió. Dios nos persigue aún, y nosotros creemos que nuestra estupidez puede disculparnos.

No; no puede, porque en nuestra estupidez, nos permitimos ser malvados, insolidarios, injustos, crueles, animalizados.

Somos bestias, y seremos devorados por bestias.

Mientras tanto, llegará el día en que no importará el daño que hayamos causado, porque Dios lo borrará del alma de las víctimas, y a su vez nos retribuirá con el mismo daño que hayamos causado, en su misma proporción e intensidad.

Mientras tanto, fingimos no pensar, no darnos cuenta, no ver, no saber.

Hay una cosa que leí una vez, y ya entonces pensé que era verdad, pero aún tardé tiempo en hacer algo al respecto: si quieres cambiar el mundo en la medida en que puedas, cierra tu Facebook y abre un blog. O no tengas blog, pero no seas un pez en un acuario, medio muerto en vida, esperando a que te pesquen, esperando tu ración de plancton congelado, esperando tu patito de goma, esperando tu cebo, esperando tu muerte plácida y tu entierro en un plato de porcelana. No esperes más. Haz lo que debas hacer, pero hazlo. Quédate donde estás, pero piensa. Pensar ya es hacer algo. Saber ya es hacer mucho. No rendirte es hacer todo lo que puedes hacer. Y ya es bastante.

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Transformar Internet, la asignatura pendiente

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder.

Aldous Huxley

 

Internet es la avanzadilla, la muestra en miniatura de en lo que ha devenido la comunicación social (“de masas”, que también le dicen): es más rápida, tiene mayor capacidad para acoger un volumen mucho mayor de tráfico, pero, además, de condensar ese volumen y transmitirlo en paquetes más compactos, donde lo transcendente y lo banal, lo elevado y lo grotesco bailan juntos en algarabía. Y a todos nos ha llegado a parecer tan normal.

No estoy de acuerdo con que los nuevos medios de comunicación hayan supuesto un gran cambio mental. Aun quedando mucha gente que no sabría desenvolverse en Internet ni sabría cómo acceder a los nuevos canales/mensajes/mensajeros -las megarredes sociales, los buscadores, los agregadores, los blogs (éstos no tan nuevos)-, sin embargo, en casi todos ellos se habrá operado un cambio mental, propio del nacimiento de las nuevas eras. Puede que sea una sensación mía (por la deformación profesional del periodista), pero diría que pensamos y vivimos la comunicación de una forma diferente, los que estamos más inmersos en Internet y los que lo están menos: hay un estilo más acelerado de comunicarnos los unos con los otros; hay mayor celeridad y, sí, también mayor impaciencia; lo comunicado ya es un producto neto, y, con nuestra mentalidad netamente consumista y producto de un sistema capitalista (en el cual hemos nacido cada vez más generaciones), lo queremos ya, lo queremos sin esfuerzo, y queremos que nos guste, que nos satisfaga, que nos divierta, que nos proporcione el vergonzante placer del morbo… Además, podemos mercadear con él, utilizándolo a cambio de reputación, a cambio de otros productos similares, a cambio de cierta clase de atención, y, más que nunca, para alimentar nuestro ego y hacer que el mundo entero nos mire y se dé cuenta de lo únicos que somos, cada uno de nosotros en nuestra conmovedora pequeñez.

Los informativos de televisión no se parecen en nada a lo que se nos ofrecía bajo el mismo nombre y la misma etiqueta hace 20 años, por ejemplo. Entonces, los periodistas, los corresponsales, eran profesionales a los que se exigía más, a quienes se suponía unas habilidades perfeccionadas y que gozaban de respeto: el periodismo no era, de ninguna manera, algo que podía hacer cualquier juntaletras -como sí se tiende a pensar ahora, degradando la labor periodística a la mera narración o retransmisión de datos. Nunca olvidaré a aquellos reporteros de TVE que, como artesanos de la noticia, no sólo nos contaban un punto de vista lo más imparcial que podían sobre lo que estaba pasando, sino que además nos ofrecían información de contexto y su propio análisis para ayudarnos a comprender por qué estaba sucediendo eso.

Eran tiempos más calmados, en los que -en mi opinión- no existía el sentido de premura que tenemos ahora. Todos vamos corriendo, no sabemos muy bien adónde ni por qué o para qué, pero corremos, y no nos queremos detener en nada: ¡no hay tiempo! Además, ¿a quién le importa? Si no nos molestamos en leer, ¿cómo podemos pretender comprender nada con nuestra plena capacidad? Y, para rematarlo todo, ¿verdad que ya no tenemos la misma capacidad ni la misma actitud inicial para escuchar o para leer que teníamos antes? De repente, el flujo de la información se desarrolla sobre una autopista de infinito número de carriles: no bien empieza a acercarse un vehículo, otro asoma ya por otro carril, y más allá no tardará en entrar otro en la competición… No sabemos, ni queremos detenernos en nada.

Por otro lado, personalmente Internet me encanta y me parece un invento imprescindible. Nos ahorra trámites innecesarios, nos obliga a aprender a economizar, y a sacar lo mejor de nosotros mismos, a plantearnos desafíos constantemente, porque el objetivo es que nuestro importante mensaje llegue a su destinatario; y, si los destinatarios son muchos, hemos de aguzar nuestro ingenio y nuestra inteligencia para conseguirlo. Además, Internet nos ayuda, no diré que a comunicarnos todos en pie de igualdad, pero sí, al menos, a comunicarnos todos; cualquiera con un ordenador y una conexión puede llevar un blog, mandar un mensaje de correo electrónico, dar información sobre lo que está pasando y hacerlo con menos cortapisas que cuando los medios estaban más fuertemente verticalizados.

Nos hemos adaptado a Internet. Pero todavía no lo hemos puesto del todo a nuestro servicio; y, a veces, se diría que estamos nosotros al servicio de Internet.

El modelo de plasmación de los grandes medios en Internet está totalmente equivocado; o es totalmente interesado, una de dos. Está equivocado porque sencillamente es imposible que una persona que no tiene nada que hacer las 24 horas del día llegue hasta los contenidos que le puedan interesar. Y eso es así porque falla el sistema de selección: hay demasiado de donde elegir, el bombardeo de titulares, datos, notas al pie, últimas horas, reportajes intemporales, artículos sobre temas concretos… es constante. Y el volumen de texto de los artículos informativos sigue estando completamente desajustado al medio y al objetivo: si se trata de informar con corrección y exactitud, los medios fallan. No hay más que sentarse enfrente del ordenador y ponerse a mirar las portadas de los grandes medios: los titulares donde se puede hacer clic son incontables, y se van actualizando con el tiempo. El lector no sabe muy bien por dónde empezar, o, si empieza, no sabrá cuándo terminar: siempre hay algo más que reclama su atención, que le interesa. Más vano es aún el propósito si el lector amplía su abanico de medios: podemos acceder a casi todos los medios más influyentes de muchísimos países. Y eso sin contar con blogs, medios de menor audiencia (pero de tanta o mayor influencia que los “grandes”), canales de vídeo y demás.

El verdadero agujero negro, con todo, se abre cuando al incauto se le ocurre hacer clic en un titular: párrafos y más párrafos de información. Termina de leer el artículo completo y se da cuenta de que se le ha ido el tiempo. Entonces, ve los comentarios al pie: aunque a veces parecen grescas de taberna, son el verdadero valor añadido, la posibilidad de saber qué piensa la gente. Se pone a leer unos cuantos y, para cuando termina, ya no tiene tiempo para empezar a leer otra noticia. Time’s up!

Como periodista, mi hipótesis es que son razones empresariales y mercantiles las que siguen retrasando la transformación de Internet en un medio plenamente eficaz y al servicio del pueblo. Los grandes grupos mediáticos no escapan de la crisis, y sus periodistas se ven sobrecargados de trabajo, o bien se los contrata como mano de obra manufacturera (con todos mis respetos para los manufactureros, pero la información no es ese tipo de materia prima), mal pagada, degradada, sin recompensa económica, social o moral suficiente. El periodista ya no es respetado como profesional cualificado capaz de transformar la incomprensibilidad y el galimatías absurdo del mundo en mensajes digeribles, comprensibles y capaces de tocar la mente y el corazón de la gente; ahora es… un becario, un pulsateclas, un redactor cuyo papel ni se comprende, ni se valora, ni se agradece en lo que merece.

Y, claro: nos encontramos así con un medio de comunicación que ya no es primeramente tal cosa, sino, ante todo, una empresa con mucho ánimo de lucro, dirigida por accionistas que ni entienden ni se interesan por el periodismo y la comunicación; o, peor que eso, es un lobby que busca ejercer su influencia en un país, un gobierno, un estado (de cosas). En fin, un grupo de personas sedientas de poder, ni más ni menos.

Los medios de menor tamaño podrían ser un refugio; pero ¡ay!, a menor tamaño, menor capacidad económica. Y la mejora de capacidades requiere financiación.

Y la consecuencia de eso es que el periodista sincero y concienciado, o no tiene motivación, o no tiene medios y tiempo para transformar Internet.

Así pues, se da esta paradoja: que en la época del supuesto cambio rápido de las cosas, las que más nos interesa cambiar son las que más lentamente cambian.

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Atrévete a dar gracias

Quejarse no tiene nada que ver con protestar. Protestar es una acción positiva, porque se centra en el cambio, lo enfoca y lo busca; quejarnos, por el contrario, es una muestra de autoconmiseración y de puerilidad con el cual sólo pretendemos quedarnos quietecitos, revolcándonos en el barro de nuestro negativismo y secretamente sentirnos bien por ello, pues, al quejarnos, intentamos convertirnos en el centro de atención. En realidad, cuando nos quejamos, no estamos buscando soluciones, ni siquiera un sano desahogo para remangarnos, apretar los dientes y seguir adelante. Por eso, la queja es como un gas paralizante que nos retrotrae a cuando éramos pequeños y no teníamos otra forma de pedir ayuda. Una vez somos adultos hechos, derechos y responsables de su vida y sus actos, la quejosidad debería causarnos tanto sonrojo como cualquier otro comportamiento infantil.

Pero la protesta tampoco es la única arma de la que disponemos para cambiar las cosas y sacudir las conciencias -empezando por la nuestra, porque la inercia de toda una vida con el piloto automático puede ser muy fuerte y porque sólo somos humanos, eternamente falibles y llenos de vicios y defectos.

La gratitud es un modo de estar muy saludable, y profundamente revolucionario. Claro está, no me refiero a pronunciar fórmulas sociales de agradecimiento que cualquiera puede repetir como un lorito. Me refiero a que deberíamos adquirir la costumbre de mostrar gratitud sincera más a menudo y, seguramente, como modo de comportarnos, como forma de ser. Gratitud ¿a quién? Mi respuesta es “a Dios”, pero quien no tenga esa fe puede dar gracias a la vida (que es lo mismo que Dios).

La gratitud es revolucionaria porque, para empezar, nos impide caer en la tentación de la autocompasión plañidera y totalmente inútil: el agradecimiento y la quejosidad no pueden darse al mismo tiempo. Si das las gracias, no te puedes estar quejando y lamentándote de ti mismo, y viceversa. Por tanto, la gratitud es salvadora.

Después, al dar gracias por lo que somos, tenemos, por lo que nos dan, nos centramos en lo afortunados que somos, en todo lo bueno y lo hermoso que nos rodea. El mundo sigue siendo tan injusto como antes, pero la vida nunca es injusta; estamos en ella y, por alguna razón, estamos vivos. Eso quiere decir que podemos seguir trabajando para barrer las injusticias de nuestro alrededor y de nuestros propios hábitos. Al dar gracias, enfocamos nuestra mirada en la vida (lo natural) en lugar de en el mundo (lo construido). Tenemos la oportunidad de recobrar la consciencia de estar aquí y ahora, de disponer de unas facultades y de unos recursos, sean los que sean, para mejorar nosotros mismos y ayudar a transformar el mundo. Quizá empezando por reconocer y apreciar lo que somos y tenemos podemos dar otro paso, en algún momento, y ser más generosos, ser más humanos, estar más abiertos y más atentos, querer aprender de los demás. Estar agradecido a la vida es simplemente tener una actitud positiva. Y, como sabemos que la vida es un valle de lágrimas y nunca faltan los malos tiempos, el agradecimiento apuntala nuestra fortaleza interior.

Las personas que más admiración suscitan son precisamente las que dan ejemplo de agradecimiento aun en las circunstancias más adversas. Se me ocurre el ejemplo de Nick Vujicic, un joven que nació desprovisto de las cuatro extremidades. Éste es su sitio de Internet y aquí está el de su organización, Life without Limbs (vivir sin extremidades). Hay muchísimos artículos y vídeos sobre Nick en Internet; éste fue el primero que vi yo y a través del cual supe de este hombre increíble. Tras haber pasado por la desesperación y tras haber tenido deseos de suicidarse, hoy en día es una inspiración para miles de personas.

Lo mejor de todo es que Nick Vujicic es sólo un caso, pero no es el único: hay muchas personas que nos enseñan que el agradecimiento siempre es posible.

Con los primeros rayos de luz oigo cantar a los pájaros
Es una señal que Él me da de que todo va a ir bien
A veces, cuando me despierto, me pregunto
Cómo sería mi vida si no cantase.
De vez en cuando me agobio un poco
Pero los problemas vienen y van cuando estoy cerca de Él
Me bendice por la mañana
Me bendice por la tarde
Y, una vez más, me doy cuenta de por qué canto.

Bendecida, fui bendecida.

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Dame obras, no razones

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera,a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

-Mateo 23:27,28.

Por eso, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.

-Mateo 6:2

 Obras son amores y no buenas razones.
-Refrán

Y así podemos seguir hasta llenar todo el ciberespacio, porque la hipocresía es también -junto con la esperanza inquebrantable, la lucha sobrehumana e instintiva por la supervivencia y la capacidad casi insuperable de superación de obstáculos- uno de los rasgos humanos más característicos. Nacemos siendo inocentes, y una de las secuelas más dolorosas que nos queda de la pérdida de la inocencia es la capacidad de fingir virtud con todo el descaro del mundo.

Las madres no son nunca hipócritas, y ellas son quienes mejor personifican el extremo opuesto al hipócrita. Las madres, aun siendo ejemplo del amor más grande que puede haber de un ser humano a otro, no dicen mucho sobre ese amor. No es muy habitual oírles decir a sus hijos que los quieren, ni hacerles muchas muestras histrónicas y muy aparatosas de ese amor de madre. De hecho, el amor de una madre muchas veces se manifiesta mediante regañinas, reconvenciones, palabras que no son agradables de oír y que hacen enfadar a los hijos. Pero decir palabras efusivas, dicen bien pocas. Ni falta que les hace. A nosotros tampoco.

La madre, con su amor incondicional y gratuito, es un parámetro perfecto para calibrar nuestro comportamiento. Así, vemos que en la vida, los que más se llenan la boca con un ideal, una política concreta (entendiéndose en el sentido original, ideal, de la palabra política, no en el poder por la sed de poder), una promesa, son los que menos hacen cuando llega la hora de la acción. Esto nos dice que la palabra se usa como maquillaje, como arma, como escudo, como escaparate, como cebo y como pequeña campaña de imagen personal. Porque la palabra, por sí misma, no sirve para nada.

Podemos amar y admirar la palabra todo lo que queramos, pero, si nos quedamos en ella, estamos siendo unos reaccionarios de tomo y lomo. Lo que el hipócrita pretende no es otra cosa que quedarse en la palabra y que los demás, la gente que lo mira, lo ve y se ve afectada por su comportamiento, se quede con él en esa fase de la palabra, de la apariencia.

Ejemplos tenemos muchísimos, y el más paradigmático es el del representante político que habla y habla y habla, prometiendo, jurando, asegurando, diseñando y proclamando grandes proyectos para mejorar la vida de la sociedad, y a la hora de la verdad no sólo no hace lo que prometió, sino, muchas veces, lo contrario. Así pueden funcionar no sólo individuos, sino organizaciones enteras: hacen, por ejemplo, de una causa su caballo de batalla y hasta su seña de identidad: ellos son, ellos encarnan esta y la otra causa; cuando lleguen al poder, ellos harán esto y lo otro. Todo en el futuro, no en el presente, no aquí y ahora, que es el único momento que jamás tendremos. Luego, si es que llegan a ese poder, muchas veces no hacen nada; sólo reproducen los esquemas conservadores, profundamente reaccionarios, continuistas e injustos de quienes los precedieron. El quítate tú pa’ ponerme yo de toda la vida.

Hipócritas, están siendo unos hipócritas los que así actúan, y nosotros, aunque las más de las veces no podamos hacer otra cosa que protestar (y a veces, ni eso, por barreras externas o internas, mentales; por miedo, por ignorancia, por costumbre, porque las cosas siempre han sido así), al menos debemos ser conscientes de lo que está pasando: que son unos hipócritas fariseos, que sólo hablan y se cubren con la apariencia de las cosas, fingiendo hacerlas, haciendo ver que las llevan a cabo, pero en el fondo todo es una farsa. Esto lo podemos constatar porque esas mismas injusticias que aquellos prometieron hacer desaparecer no han desaparecido. Tampoco nosotros hemos despertado, al final: tal vez porque es más cómodo y más fácil que otro cambie las cosas, no nosotros.

Pero no nos adormilemos ni cerremos los ojos voluntariamente. Debemos ser plenamente conscientes de esta realidad. La verborrea, palabras sin contenido y palabras sin intención sincera de acción personal o de mover a la acción a toda la sociedad, nos debe alertar de que estamos posiblemente ante una muestra de hipocresía.

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Sic transit gloria mundi

“Meaningless! Meaningless!” says the Teacher. “Everything is meaningless”
“Vanidad de vanidades”, dijo el Predicador, “todo es vanidad”
-Eclesiastés 12, 8

La palabra vanidad significa tanto intrascendencia como soberbia. Pues siempre nos ensoberbecemos de cosas que son efímeras y que no sirven para nada, porque no nos aportan nada, no nos ayudan a ser mejores ni a vivir más auténticamente nuestra vida. En realidad, la soberbia es uno de los pecados capitales, y dicen que el mayor de todos, por lo que sólo puede tener como objeto lo imperfecto, lo perecedero y lo inútil.

Nuestra sociedad está doblemente enferma de vanidad: porque, por un lado, adora la apariencia de las cosas -la belleza, lo material, el dinero, los símbolos de estatus- y se jacta de ella, cuando la tiene, tratándola como valor supremo y vara de medir; y, por el otro, pretende aferrarse a ella, luchando por hacerla eterna y sufriendo al fracasar en su intento cada vez.

Es la vanidad lo que mueve a la gente a, por ejemplo, someterse a cirugías plásticas que no necesita, con la ambición de estirar una juventud que ya se va, o para modificar el cuerpo y ajustarlo a algún canon estúpido y cruel de presunta perfección. Incluso hemos creado entre todos, con la ayuda del poder del dinero, de las marcas y de las empresas, de los medios de comunicación masivos y del cine y la televisión, una auténtica casta social y económica que vive principalmente de su imagen, pero de una imagen falsa, artificial y contranatura que parece exactamente lo que es. El hombre juega a ser Dios, quiere usurpar Su puesto, pero -hay que decir que afortunadamente- no puede.

La obsesión por la belleza y la juventud, por las posesiones, por el dinero, el status, la popularidad, la salud… son todas ramificaciones de un mismo núcleo.

Parece que el corazón de ese núcleo no es otro que la angustia existencial, el saber que vamos a morir y, al mismo tiempo, querer negarlo. Todo se reduce a amasar, poseer, conservar, aferrarse, a ver si así conseguimos que todo permanezca inmutable y convertirnos nosotros mismos en inmortales, ir ascendiendo, ir acumulando, ir acaparando, y que no me pidan ni me quiten nada, que no doy ni la hora, no vaya a ser que de repente mi vida cambie, mi falsa seguridad deje de ser tal, todo se torne azaroso e impredecible (¡como si antes no lo hubiera sido!) y sienta en mis huesos la fuerza de la soledad y de la finitud. Así pues, hemos barrido de nuestra consciencia todo lo que se sitúa por encima de nosotros. No necesitamos de dioses ni de fuerzas superiores: ya tenemos nuestros propios dioses -las celebridades, los millonarios, los triunfadores. O nuestro propio orgullo, creyendo saberlo todo.

Sin embargo, la justicia poética, con su sentido del humor irónico, hace que cuanto más nos aferremos, más duramente demos con nuestro orgullo en el suelo. Es el famoso símil del puñado de agua: cuanto más la aprietas, más rápido se escurre el agua.

Todas las cosas humanas y mundanas están sujetas a mudanza. La naturaleza nos lo enseña desde que somos niños: todo sigue un ciclo, todo nace, se desarrolla y muere, todo está en perpetuo movimiento de ondas y partículas, todo es un proceso de entropía, pero una entropía que no nos debe asustar. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido diciéndonos que “las cosas pasan por algo”, tras haber sobrevenido un cambio que temíamos y habernos traído consigo algo totalmente inesperado que nos ha hecho más felices?

Y el terror que experimentamos no es el único problema que tenemos: es que, además, ese terror nos hace débiles, y vulnerables al manejo cruel de los poderes fácticos que nos ven como moneda de cambio, como producto, como clientela. Una persona que no se acepta a sí misma y a su vida tal y como son en este momento es una víctima de manual para codiciosos y vendedores de humo que le venderán miles de “remedios” para su supuesto mal: si sufres por tu edad, yo te haré parecer más joven; si no eres feliz porque no puedes ir de vacaciones igual que tu vecino, yo te prestaré dinero; si te crees menos que los demás porque no tienes tal o cual logro académico o profesional, entonces malgasta tu tiempo y tu felicidad tratando de lograr algo que realmente no quieres, para parecer alguien que realmente no eres.

El cambio nos da miedo, pero nunca el cambio nos va a traer más desgracia que el aferrarnos por pura neurosis. Nada puede ser peor que una angustia que no tiene final.

Todo cambia, nada es.
-Heráclito de Éfeso
Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para poder diferenciarlas.
‘Sic transit gloria mundi’: Es una frase que se utilizó durante la ceremonia de coronación de nuevos papas, en donde en cierto momento un monje interrumpe el acto, muestra unas ramas de lino ardiendo y cuando se han consumido dice “Sancte Pater, sic transit gloria mundi” (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo) recordando al Papa que a pesar de la tradición y la grandilocuencia de la ceremonia, no deja de ser un mortal.
-Wikipedia

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Esa cosa sindical

A medida que el Estado se aleja de su finalidad, que no es otra que servir al interés público (o sea, a nosotros, que lo sostenemos con nuestro dinero), se convierte en una superestructura anquilosada que acaba siendo un fin en sí misma. Así, acabamos olvidando para qué todo ese aparato, todos esos trabajadores de la función pública, todos esos concursos-oposición, todos esos impuestos. El pago de impuestos sería hasta algo de agradecer si la gente viera, percibiera en su vida diaria, que la administración sirve exactamente para lo que fue concebida. Acabamos viendo al estado, la burocracia y a los funcionarios (de “función pública”) como enemigos o, a lo sumo, como entidades que nada tienen que ver con nosotros; un engorro que, para más inri, nos chupa nuestros dineros.

Después, vemos el tema como un chollo: ser miembro o parte de esa superestructura burocrática se convierte en una aspiración, y quien consigue pasar a formar parte de sus filas es envidiado o mirado con recelo, o ambas cosas.

Irónica y tristemente, la deformación ha llegado al punto de que los sindicatos, instituciones creadas desde la más pura espontaneidad -al menos, originariamente-, como respuesta inmediata a una necesidad perentoria como pudiera ser la ausencia de derechos de los trabajadores, la falta de una conciencia gremial, etc. se han convertido también en parte de esa superestructura de hormigón armado. Ahora ya no sirven a aquellos a quienes dicen servir, o sea, los trabajadores (la gran mayoría, aún, y afortunadamente). Los grandes sindicatos -recordemos: cuanto más grandes y cuanto más formalmente estructurados, peor y más difíciles de controlar desde una democracia real- son empresas en sí mismas, que sólo sirven a sus propios intereses.

No hace falta ser expertos en nada para comprobar algo tan sencillo. Desde el momento en que los máximos representantes y dirigentes de los dos mayores sindicatos son a su vez afiliados a uno de los grandes partidos políticos; desde el momento en que esos sindicatos son financieramente sustentados por el estado, con subvenciones aprobadas por esos gobiernos con los que aseguran estar en democrática oposición; desde el momento, en fin, en que son capaces de callarse y permanecer desaparecidos de combate durante años, incapaces de movilizarse con convicción contra la injusticia social y económica que supone un paro galopante… no puedo creerme ninguna de sus proclamas. Tampoco me puedo creer su protesta de ahora contra la reforma laboral. Todos sabemos que a los máximos dirigentes de esas instituciones no les afectará nunca, en absoluto, esa reforma laboral. Ellos seguirán teniendo su puesto de trabajo asegurado y bien remunerado. Lo malo es que todavía hay mucha gente que los sigue, que cree de buena fe en su palabrería, transida de una ideología tardofranquista cuando mejor, y obsoleta por nostálgica, cuando mejor. En todo caso, un concepto de lucha de clases que ya ha quedado sobradamente superado y que sólo puede perdurar por una de dos: la nostalgia bienintencionada de algunos o la voluntad peor intencionada de unos pocos.

Se echa de menos una regeneración del movimiento de protesta y, sobre todo, la retirada de líderes que nada constructivo aportan ya a la lucha por conquistar y mantener los derechos de los trabajadores. Algo de eso hubo en el (malogrado) movimiento 15-M, pero no tardaron en usurparlo individualidades de todos los colores, sobre todo de aquellos colores que, en principio, menos sospechas debían haber despertado.

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Acciones para cualquier día

Voy a escribir un artículo de utilidad inmediata: voy a hacer una lista de acciones efectivas, inmediatas y muy sencillas que todos podemos realizar para ser un poco más justos y solidarios, y  un poco menos consumistas, menos irracionales, menos manipulados/manipulables y menos parte de la injusticia.

  1. No gastar por encima de nuestras posibilidades en cada momento. De este modo, evitamos endeudarnos y convertirnos en rehenes de otra persona o entidad.
  2. Consumir con conciencia crítica, preguntándonos si compramos algo porque lo necesitamos objetivamente (no vale decir “es que tengo que tener el nuevo cacharrito tecnológico porque no puedo vivir sin él”). En caso contrario, no comprarlo; o, para empezar a acostumbrarnos, hacerlo así gradualmente.
  3. Ayudar a alguien que sabemos que no va a poder devolvernos el favor de ninguna manera.
  4. Cuando tengamos varias marcas donde elegir, optar por el producto que más se adecúe a nuestra necesidad, y no por aquél cuya marca está más de moda o creemos que nos da una imagen más cool.
  5. Darle algo a alguien y no contárselo a nadie.
  6. No tirar la comida que no queramos, no nos guste o esté de sobra. Si todavía está en buen estado, guardarla para otro momento, congelarla o dársela a alguien que la necesite.
  7. Mirar la ropa que tenemos: ¿qué nos hace falta, verdaderamente? Proponernos gastar menos de lo que gastamos el año pasado, por ejemplo.
  8. Si queremos hablar con una persona y si está a nuestro alcance, hablar con ella en persona en lugar de mandarle un correo electrónico o un mensaje de teléfono móvil.
  9. Agotar la vida útil de todos los aparatos eléctricos y electrónicos que tenemos, y no sustituirlos por otros más nuevos sólo porque queremos el más nuevo.
  10. Animar a otra persona a que cuestione sus hábitos de consumo.
  11. Rechazar las canciones, películas, series y cualquier otro producto de consumo cultural en el cual percibamos mensajes perniciosos que nos animen al consumismo (de objetos, de personas, de drogas, de hábitos), a la instrumentalización y cosificación del ser humano, al hedonismo, etc.
  12. Tratar todas nuestras pertenencias con el cuidado, el respeto y el esmero que les debemos por ser afortunados de tenerlas, recordando que millones de personas no tienen nada.
  13. Leer desde el espíritu crítico y contestatario: preguntarnos quién envia el mensaje, qué objetivo intenta conseguir. Por ejemplo, podemos empezar a hacerlo con revistas de cotilleos, con las dirigidas a las mujeres, con panfletos propagandísticos o con folletos comerciales.
  14. Aplicar lo antedicho a los informativos de televisión, radio, Internet, etc. Preguntarnos quién dice qué, y qué es lo que intenta conseguir con ello.
  15. Hoy, rebelarnos ante una muestra de injusticia cualquiera que veamos, poniéndola de manifiesto ya sea sólo para nosotros mismos o a alguien más.

¡Necesito más ideas! ¿Quién se anima?

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Our daily sin

We are throwing food away while 7,000 children will die of starvation today. We are listening to stupid pop “artists” who brainwash us with consumerism and hedonism while we are letting our brethren die. How can we stand this? How can we sit here clicking around, spending our time idly, probably feeling sorry for ourselves because we don’t have the latest rag, or the latest pointless technological toy that we don’t need, or trying to find out how to have more people look at our photos?
 
How dare we?

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