Archivo mensual: enero 2012

Romper la baraja… pero ¿cuándo?

No hace falta ni buscar; los medios están llenos de casos de, cuando menos, actuaciones poco ejemplares y muy reprobables, a gran y a pequeña escala. Hoy mismo, en un medio que suelo leer en Internet, encuentro éste y éste, y eso sin esforzarme mucho. Me llamó la atención este otro, publicado el fin de semana. En fin, el pan nuestro de cada día.

Por desgracia, muchos de ellos son casos protagonizados por las personas que, por su cargo. responsabilidad pública -así como sueldo pagado con dinero público, nuestro-, deberían dar ejemplo de austeridad, de honorabilidad y de sacrificio. Ya se sabe: aquello de no sólo ser honesto, sino parecerlo.

Por desgracia también, nuestra cultura y nuestra mentalidad no sólo comprenden, sino que hasta favorecen tales comportamientos. Sí: hemos aprendido a admirar y a tratar de emular a quienes se salen con la suya a base de trampas o de maniobras oscuras, ilícitas o simplemente inmorales. Vamos, a “medrar” a base de bien y sin miramientos. Cargos públicos, currantes de a pie… todo el mundo hace lo que puede o lo que le dejan. ¿No?

Puedo entender, hasta cierto punto, que nada de eso cause ninguna reacción en época de bonanza, que nadie se extrañe por que el alto funcionario de turno ni se plantee dimitir y por que no rueden cabezas.

Ahora bien: cuando la pobreza llama a nuestra puerta, cada vez hay más familias con todos sus miembros en paro y de la taza y media hemos pasado a las dos tazas (y lo que te rondaré, morena), no entiendo qué más nos hace falta para movilizarnos. Y no me refiero sólo, ni sobre todo, a la crisis en sí; son cíclicas y todo eso, prácticamente inevitables, como los fenómenos atmosféricos. Me refiero a las injusticias y a las medidas de difícil comprensión que han arreciado desde que empezó la crisis: los recortes de derechos de los trabajadores y de los pensionistas (así, porque sí), las inyecciones masivas de capital público a bancos en apuros (que no son más que empresas que han gestionado mal la crisis) y los sueldazos y pensiones vitalicias de sus directivos; las crecientes desigualdades sociales; etc.

Después de todo lo que nos ha caído encima, para ahora deberíamos estar echando mano de palos, piedras, hoces y martillos y clamando por nuestros derechos pisoteados; y, cada vez que se destapara un caso de engaño, distracción de fondos públicos, poca ejemplaridad, trampa o picaresca, pedir cuentas a esa persona y hacer que la despojaran de todas sus prebendas y beneficios interesados.

Me cuesta entender por qué esta apatía generalizada. ¿Estamos anestesiados con telebasura, consumismo, superficialidad y fútbol a todas horas? ¿Es que no nos queda ya ni un átomo de rebeldía? ¿Es que preferimos gastar nuestros ahorros, cada vez más menguantes, en objetos que nos hagan olvidar nuestra ansiedad y nuestro vacío por un momento, a tomar las riendas de nuestra vida y nuestro mundo?

Quizá ya sea demasiado tarde y no nos quede sino esperar a tener hambre, a comprender que, esta vez, papá Estado (o gobierno, o diputación, o ayuntamiento… vale cualquier administración pública) no nos va a sacar del apuro, que se terminaron todas las subvenciones, cheques y ayudas; que esta vez va en serio, que es el sálvese quien pueda. Me pregunto cuánto más tendrá que pasar hasta que se llegue al momento de romper la baraja, puesto que está claro que nunca hemos jugado todos.

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“No esperéis a líderes; hacedlo vosotros mismos”

Si tu verdad ha quedado reducida a palabras, conceptos o incluso a celebraciones de eventos multitudinarios, es que algo falla: o tu verdad, o tu adscripción a ella.

Hoy, que es el día internacional de la paz, he visto las consabidas imágenes de conciertos benéficos, y de famosos que proponen, reclaman, se movilizan y se emocionan públicamente por los ideales más nobles que se puedan tener.  He oído a una actriz recién galardonada hablar del racismo, y ser aplaudida por ello.  Claro que aplaudir en una gala de Hollywood, o comprar una entrada para un concierto que además se organiza en nombre de la paz, es un acto muy sencillo que no requiere del menor compromiso. Y claro que las declaraciones de intenciones están bien y son necesarias cuando el silencio es la actitud mayoritaria con respecto a una ausencia de derechos o de estados deseables.

Sin embargo, lo que de verdad hace falta es la cercanía con la realidad. Me gusta mucho una cita de la madre Teresa de Calcuta: “No esperéis a líderes; hacedlo vosotros mismos”. Tenía razón.

La realidad es lo que nos pondrá a prueba. A mí me sirve para ver quién soy en verdad, qué pienso y qué siento, en qué creo. Cuando no tengo dudas, cuando creo en algo de verdad, no pienso; lo hago. Hago mi pequeña revolución pacífica día a día. Lucho por la paz, con mis pocos medios y en mi reducidísimo círculo. Me sorprendo aún, viendo que lo que yo tenía por verdadera creencia era sólo algo que había aprendido a sostener. En contacto con la realidad, no resistió la prueba.

Pero no podemos esperar a ningún líder, ni real, ni figurado. Los famosos que se benefician de sus adscripciones públicas a la causa de la paz, de la justicia y de la solidaridad no nos van a ayudar a construir un mundo mejor. Las campañas están muy bien como llamada de atención, pero son sólo el dedo que apunta a la luna.

Te invito a preguntarte qué es para ti la paz. Para mí, no es ausencia de conflicto, y su ausencia no es, desde luego, algo que sólo sucede en países lejanos y que echan en los informativos de la tele. La paz es justicia, es ausencia de conformismo, es solidaridad. Y creo que casi siempre, hay que luchar para llegar a ella, rebelarse y plantar cara; pero empezando por nuestra realidad más inmediata, sin esperar a líderes; sin esperar a grandes movimientos tipo 15-M (por cierto… ¿dónde está?); sin esperar a que nos recluten ni a que nos enseñen por qué debemos luchar.

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“The Room” (21-I-2012)

The Room is one of the most important films of our era, and if you have been alive in these times, I think you might find it an engrossing watch. Every cultural and social, and even psychological and emotional expression that is typical of today’s Western civilization’s members can be subsumed in and allegorized by The Room.

What is more crudely descriptive of most of today’s apparent friendships than Johnny and Mark’s “You’re my best friend” kind of relationship whereby the claim of bestfriendship is much more important than the actions that silently go under that label -undermining the very essence of it?

"Maybe I already have a girl... and it's *your* girl!"

What can be more in-your-face real than Johnny’s and Lisa’s ill-fated love story, with the passional fireworks occupying about 5% of it, and indifference, boredom, lack of understanding or even hate making up for the rest?

This is where 99.99% of Hollywood movies end. Doesn't mean the story is over.

What could be a better mirror reflection of the person obsessed by appareance and physical perfection than the super-musculated, seemingly around-the-clock airbrushed and not-completely-real-but-hey-he’s-real looks of Johnny? Is there any better expression of our painfully superficial caring for ourselves and for others than the “I definitely have breast cancer” “Oh mom that’s a shame, would you like more coffee?” dialogue?

Oh, this coffee is so good! Oh, yeah, and I have breast cancer.

Is real life casual sex the epitome of physical pleasure and carefree, enjoyable young-and-urban lifestyle, the way most movies depict it, or is it rather the prelude to the ridiculous “I lost me underwears” monologue in this movie?

Draw your own conclusions. I will just say this, and I’m very aware of my tone and choice of words: Everything that is typical of the time we’re living is in The Room. Everything *is* The Room. It is not a movie -it is the ultimate cultural experience of our times.

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Saberte el único que se siente de una determinada manera, y saber que siempre vas a ser el único, porque los hechos, lugares y tiempos que te inspiran esos sentimientos son una cápsula infinitesimal lanzada en un sputnik a la marea negra del tiempo y del olvido, además de por haber sido bendecido o maldecido con una conciencia espesa y absorbente como un cacto del Sahara, es la forma más excéntrica que conozco de sentirse absolutamente solo.

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