Hombre pequeño sentado a su escritorio
trabajando de noche, durmiendo casi nunca
siempre intentando encontrar tiempo para soñar.

La niña que vive en una flor, no sabe nada de ese mundo de perdedores.

Alguien que cree que puede salvar el mundo,
alguien que cree ser algo importante que dar

ninguno de ellos saben nada de ella.

La niña que vive en mitad de la nada y creyéndose parte de todo,
su mano es un universo en miniatura,
y sus ojos, dos agujeros negros que comen
todo lo que ven y todo lo que imaginan.

Nadando contra la corriente del tiempo,
manteniéndose de pie para sujetar con sus pies el mundo.

Una pequeña opresión allí donde late el corazón,
como si otra niña se hubiera sentado en su pecho.
Una niña que no tiene adónde ir,
una niña que no tiene casa ni conoce del secreto de ella
tan afortunada.
Con alas moradas de libélula,
tan frágiles y transparentes, que no producen sonido ni olor
y nadie puede verlas.

Una pequeña opresión en la palma de su mano,
cuando la otra, su gemela, se apoya en la dulce tierra
para descansar
y sus cabellos blandamente sucios
todavía tienen cuerpo para derramarse, y un aroma
que ninguna mugre puede ocultar.

Una pequeña pulsión, grave, tenue, pero creciente
y, ¡ay!, un gemido que se traga como si fuera un caramelo.
Espera un poco más, aguanta;
el hombre de su mesa gris nunca tendrá tanta suerte.

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