Archivo mensual: noviembre 2011

Hombre pequeño sentado a su escritorio
trabajando de noche, durmiendo casi nunca
siempre intentando encontrar tiempo para soñar.

La niña que vive en una flor, no sabe nada de ese mundo de perdedores.

Alguien que cree que puede salvar el mundo,
alguien que cree ser algo importante que dar

ninguno de ellos saben nada de ella.

La niña que vive en mitad de la nada y creyéndose parte de todo,
su mano es un universo en miniatura,
y sus ojos, dos agujeros negros que comen
todo lo que ven y todo lo que imaginan.

Nadando contra la corriente del tiempo,
manteniéndose de pie para sujetar con sus pies el mundo.

Una pequeña opresión allí donde late el corazón,
como si otra niña se hubiera sentado en su pecho.
Una niña que no tiene adónde ir,
una niña que no tiene casa ni conoce del secreto de ella
tan afortunada.
Con alas moradas de libélula,
tan frágiles y transparentes, que no producen sonido ni olor
y nadie puede verlas.

Una pequeña opresión en la palma de su mano,
cuando la otra, su gemela, se apoya en la dulce tierra
para descansar
y sus cabellos blandamente sucios
todavía tienen cuerpo para derramarse, y un aroma
que ninguna mugre puede ocultar.

Una pequeña pulsión, grave, tenue, pero creciente
y, ¡ay!, un gemido que se traga como si fuera un caramelo.
Espera un poco más, aguanta;
el hombre de su mesa gris nunca tendrá tanta suerte.

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Prepárate para la indiferencia, para la amistad,
prepárate para el mundo, la muerte y todo lo demás.
Cierra los ojos y, cuando no pienses más en tu final,
entonces habrás llegado.

Ahora, múdate a cada parte de tu cuerpo,
múdate a tus dedos, a tus labios, a tus ojos,
hazles dormir.
Relaja la carne y la sangre, pero no dejes que nada se pare.

Mientras tanto, prepárate para sobrevivir
para llenar hoyos, cavar minutos,
tirar horas por el borde de la alcantarilla

ahora que ya no hay nada que esperar, nada que explicar
ahora que te has liberado de los idiomas de los hombres.

Pero recuerda esto: prepárate siempre para la tormenta,
la lluvia, la nieve,
para chapotear en el agua cálida del hogar,
para la vieja almohada con olor a suave canela
para los cuentos de antes de dormir
y para la indiferencia, y para la amistad,
para sentarte en el embarcadero de tu lago
al lado de alguien que nunca sabrás lo mucho que te querrá.

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