Es inevitable la elección, y al verse enfrentada a ella, elegirá la cosa concreta, finita, aunque duela, antes que la cosa indefinida, sin principio ni final, preñada con la promesa de más cosas indefinidas, de una amalgama de todos, de una amalgama de nadas, dolorosas, imposibles de acotar, imposibles de dominar.

El dolor indefinido será como una ola que te atrape. El agua entrará en ti y te poseerá como posee a una estatua de arena.

Y entonces, descubres la magia inversa y perversa de tu propia mano. Tus designios y tu voluntad te convierten en un dios venido a menos, el cacique de un pueblo en el que sólo quedan dos viejos y un caballo enfermo. Un reyezuelo de algodón en su pedestal de plástico.

Y aun así, tú tienes el poder, y abres la flor, y escribes la canción triste en un pergamino hecho con tu piel, con la tinta hecha con tu sangre.

Y así, tú ordenas y mandas, y tú dictas qué sucede cuándo, cómo y por qué.

Es imposible mirar hacia adelante y no encogerse de terror. Es imposible sostenerle la mirada al futuro, porque lleva los ojos ocultos tras lentes de espejo.

La flor cerrada, la flor abierta, es la misma flor, y está entre tus dedos.

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