Archivo mensual: diciembre 2000

Cuándo ni cómo

Vives lejos del presente, en un lugar donde el tiempo se aburrió,
y vive fosilizado en un reloj de mármol y de arena.

Vives ajeno al futuro, que con su sombra nos protege
y ennegrece.

Nada te pertenece;
nada te posee.

Eres del mundo luminoso, ave perezosa
que cierra, cuerpo alrededor, la cáscara protectora.

Arrojaste tu cuerpo cansado por el precipicio, tan sólo unas horas duró la caída,
y diste con tus huesos en el seno mullido de una mano
que sólo levemente conocías.

Luego levantaste la mirada, y viste todo el cristal de las estrellas
recogido en sus pupilas, eje hermoso del universo. Suspendido en esa mirada,
¿cómo podías siquiera pensar en tu viejo hogar?

Mientras se cumple el ritual de la transformación del tiempo,
taumaturgia que nos engarza en el juego de su sonido;
mientras vuelve su cara el invierno
y alargamos hacia él la mano hambrienta;
mientras saboreamos, cada tarde, el licor avinagrado del ir quedándonos solos;
mientras eso ocurre
y vamos palpando con el rostro
las húmedas paredes de nuestra celda,

al menos yo sabré que casi te he visto, que casi sé que estás ahí
y que tu mirada está atrapada por algo que la trastoca,
y pasa de mirada a maravillada,
y de uno a humano,
y de soledad a leda,
y de yerto a Troya,
y de nada a Adán.

Oteo por la ranura de mi prisión, lanzo un rayo de claroscuros
hacia un horizonte nublado,
y allá va mi mirada emisaria,
cabalgando por unas tierras demasiado espaciosas para mis ojos de perlas,
y no con ilusión,
y no con confianza,
y no con esperanza,

sólo con fe va armada,
en pos de lo que nunca fue suyo,
en pos de lo que sólo una vez rozó,
y no recuerda cuándo, ni cómo.

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