Talentos ocultos (IV)

  1. El asesino de las escamas plateadas

–¿Qué quieres ser en la vida?

–No lo sé. Quiero ser… he querido ser muchas cosas.

–Sí, a todos nos pasa, pero, si te fijas bien, verás que hay un hilo muy fino que une todas esas cosas, esos deseos, entre sí.

Carla se lo pensó un poco, pero no le hizo falta mucho tiempo.

–¡Es verdad! Hay un hilo…

–Y bien, ¿qué te dice?

–Pues… Quiero caerle bien a la gente. Que me quieran.

–Sigue.

–Y quiero… quiero ser útil para los demás. Quiero poder ayudarles sin que me lo pidan. Saber cuándo me necesitan.

–¿Y qué más?

–Quiero que ellos me hagan felices, también. Que reconozcan quién soy y cómo soy. Que me acepten a pesar de que no nos guste hacer las mismas cosas. Mmmm… También me gustaría llevarme bien con todo el mundo. Incluso…

No acabó la frase, y Scott no le pidió que lo hiciera.

–Tienes unos pensamientos muy positivos, Carla. Siempre supe que eras así.

–¿Así cómo?

–Pues como un ángel. Exactamente igual. No sé si eres mejor o peor que los demás, sólo sé que eres rara… en el buen sentido. Eres rara porque eres poco común. No te pareces a nadie que haya conocido antes.

–Pues sí me parezco a alguien. Me parezco a ti.

–No es verdad…

–Sí lo es, y no te pongas rojo. ¡Sí lo es! A los dos nos gustan las mismas cosas… nos gusta estar a solas y que nadie nos moleste… no tener que hablar con nadie que esté más interesado en lo que va a decir luego que en lo que nosotros le estamos diciendo… apreciar lo que estamos haciendo a cada momento y que los demás nos aprecien por cómo somos. Que no nos exijan ser como ellos quieren que seamos.

–Pero a eso es a lo que aspira todo el mundo.

–Ya. La diferencia es que nosotros nos hemos atrevido a luchar por ello. Claro que…

–¿Qué?

–Ahora no podríamos estar luchando por ello a menos que alguien me hubiera abierto la puerta.

–¿La puerta del destino?

–No, la puerta de mi cuarto.

–¡Ah! Sí, también en eso nos parecemos: somos demasiado sencillos para que nos gusten las mismas tonterías rebuscadas que al resto de la gente.

Los dos se echaron a reír. Luego, Carla volvió a ponerse seria, y dijo:

–No, en serio. Cuánto me gustaría saber… quién fue. ¿Sabes? Estoy convencida de que fue mi ángel de la guarda. Me escuchó y bajó por la noche para dejarme salir. No porque yo sea mejor que cualquiera y me lo merezca más, sino porque, al tener la puerta cerrada, perdía la oportunidad de equivocarme, y eso es algo que a nadie se le puede negar, ¿no crees? Podía haber preferido quedarme en mi cuarto, hacer lo que mi padre me había ordenado, es decir, irme formalita al internado. Pero, en lugar de eso, preferí salir de allí. Y ahora estoy aquí contigo. Por cierto, ¿tienes alguna idea de qué vamos a hacer ahora?

–Yo había pensado en un buen desayuno en cuanto acabe de hacerse de día. No aquí, claro.

Es que estaban sentados en un banco de un parque cuyo nombre no sabían. El nuevo día ya empezaba a despuntar. A lo lejos, o tal vez no tan a lo lejos, se oía el tubo de escape de un coche que petardeaba. Según pasaran los minutos, los ruidos del tráfico se irían multiplicando y amontonando unos encima de otros, hasta formar el hilo musical de la gran ciudad, que algunos encuentran insufrible, y otros, indispensable. Así es la vida.

Y allí estaban ellos, Carla y Scott, mirando el suelo alfombrado de hojas secas, preguntándose por su destino inmediato, pero sin ansiedad, sabiendo que sólo ellos escribirían sus renglones, con la tinta que eligieran.

–¿Y no nos reconocerán?

–Descuida. Donde yo estoy pensando, no hay patrullas de policía ni familias adoptivas. Confía en mí.

Scott le palmeó la mano, y Carla apoyó la cabeza en su hombro. ¿Cómo no iba a confiar en él? Era su reflejo, su otra mitad.

Se parecían en todo: ambos habían sido adoptados para promover las carreras de sus respectivos padres; a ambos se les había considerado estúpidos y faltos de talento; ambos habían sobresalido –a su pesar– por sus “excentricidades”, y a ambos los había amenazado un futuro igual de opresor y tiránico: a la una, el ingreso forzoso en un internado; al otro, un destierro de cuatro años en una facultad de Empresariales de Francfort.

Ahora que se habían convertido en un estorbo para sus padres, ahora que habían sacado de ellos todo el provecho posible, los tiraban a un rincón. Como muñecos rotos.

Además, tenían una buena excusa: ellos dos estaban “desequilibrados”. Enajenados. Una había intentado comerse medio acuario; el otro soñaba con bailar la samba con un pulpo. ¿Habíase visto prueba más ostensible de locura total? Demasiado grunge, demasiada televisión digital vía satélite, demasiada MTV, demasiados videojuegos… Eso dirían sus padres, a pesar de que ninguno de ellos dos había sido especialmente dado al consumo de ninguno de los productos anteriores.

Sin embargo, algo estaba decididamente mal en ellos dos, habían decidido los demás.

Algo fallaba.

O eso, o algo era decididamente diferente en ellos dos.

Demasiado diferente para que el mundo lo pudiera asimilar. Así que los eructaba.

De repente, los rayos del sol se hicieron más consistentes y se derramaron sobre ellos, como si fueran miel recién sacada del panal. Carla se desperezó, y Scott se puso en pie.

–Vamos. Tenemos que ponernos en marcha.

–¿Adónde vamos?

–A la playa.

* * *

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3 comentarios

Archivado bajo Narrativa/Relatos/Ficción

3 Respuestas a “Talentos ocultos (IV)

  1. ¿Y todo esto lo escribes tú?
    Me gusta mucho. Estoy intrigada de qué va a pasar.

    Le gusta a 1 persona

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