Talentos ocultos (III)

¡El dolor!

Muchas veces la había visitado antes. Había empezado hacía poco tiempo, apenas unos meses… justo cuando acabó el verano. Un dolor intenso que empezaba en los dedos de los pies y se abría paso tortuosamente por todo su cuerpo, hacia arriba, hacia abajo, un hormigueo de puntas afiladas de acero, un ciempiés maligno carcomiéndole las terminaciones nerviosas. Sus piernas… sus piernas parecían arder. Intentaba calmarlas mediante masajes, pero el dolor nacía de muy adentro… desde el centro de los músculos y los huesos. No podían ser crecederas, pues ya no estaba en edad.

–Un tumor –se diagnosticó a sí misma una de aquellas noches de insomnio provocado por el dolor.

Empezó a darle vueltas y más vueltas, y se familiarizó con la idea de tal forma, que de alguna manera había aceptado la idea de que no iba a durar mucho. A veces, eran sólo las piernas lo que le dolía; otras veces, el dolor se extendía por su columna vertebral, como si el cuerpo quisiera partírsele en pedazos espontáneamente. Y le retumbaban los oídos y la cabeza.

Se sentía a punto de estallar.

Había habido un período de tregua. Entonces, Carla había estado más tranquila y había llegado a olvidarse de sus miedos. La noche en que conoció a Scott fue la mejor de todas: gracias a él, se sintió llena de fuerza otra vez.

Y ahora que iba a ser desterrada de su propia casa, por su propia familia…

Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Qué podía hacer?

Se levantó y accionó el picaporte una, dos veces, sabiendo que sería inútil. Había oído cómo Pedro la encerraba, siguiendo exquisitamente las órdenes de su padre. ¿Qué clase de padre era aquel que buscaba el momento adecuado para desembarazarse de sus hijos cuando éstos tenían problemas?

Y ella no se había metido el alga en la boca porque tuviera hambre, aunque así se lo había hecho creer a aquel inepto comecocos que le habían contratado. Lo había hecho porque… porque… porque sentía que era lo que había que hacer. Parte de su destino, como si dijéramos. Es decir, en aquel momento, no tragarse el alga le pareció imposible. Además, Scott la animó a hacerlo. Es decir, ella dijo:

–¡Menuda pinta tiene esa alga! ¿Me la puedo comer?

–¡Pues claro! Para eso está. Se muere de asco ahí, la pobre, en medio de peces aburridos. ¡Cómetela! Así, a secas, está rica. Aunque yo suelo echarle un poco de sal, ya sabes, para alegrar. Si no, tiene un regusto a cloro… pero puede pasar.

Y ya está. Cosa más natural no había en el mundo. Comer algas era igual de natural para ella como comer manzanas recién cogidas del árbol lo era para la gente que tiene manzanos en su jardín. Lo antinatural era comer pedazos de carne quemados, o cadáveres de peces pasados por una parrilla. Lo antinatural era darle vueltas y vueltas a los despojos cárnicos de un cerdo hasta que se pusieran marrones, y luego comerlos enjugados con su propia sangre. ¡Puaghhh!

Así que ¿desde cuándo hacer lo natural era indicador de locura? Carla quiso gritarle a aquel psiquiatra que debería ser él el que se tumbara en el diván, pues ella le haría el diagnóstico en un santiamén. Sólo hacía falta verlo: un fanático más de aquella competición absurda entre las personas, una carrera sin fin para ver quién era el corredor más rápido, el más esforzado, el que más estaba dispuesto a sacrificar para ganar una medalla. Era tan absurda aquella competición, que ganaba el que más se dejaba por el camino: más salud, más amor, más amistad. El premio era más dinero.

¿Qué clase de persona cuerda se prestaría a aquel juego?, se preguntaba Carla.

Sin embargo, su padre no le pagaba a aquel hombre para oír eso. Carla sabía lo que el hombre quería oír, y sabía que no la dejaría en paz hasta que no lo oyera de sus labios, de modo que se lo dijo con toda la tranquilidad del mundo. Mintió. Y por eso, su padre la enviaba al internado. Era lo que llevaba deseando hacer desde hacía años: mandarla al internado, a un manicomio, a un reformatorio o a cualquier lugar donde la tuviera fuera de su vista.

–Scott… ¿dónde estarás ahora? –gimió para sí misma– Sólo tú me comprendes.

* * *

El reloj del vestíbulo dio las tres, y fue como la cuenta atrás de un hipnotizador, porque Carla se despertó al instante.

Miró alrededor, buscando a la persona que le había dado el beso en la frente.

Porque Dios podía existir o no, el día siguiente podía traer una borrasca o un día digno de verano, la Tierra podía ser redonda o plana, pero una cosa era cierta: alguien le acababa de dar un beso en la frente.

Sin embargo, allí no había nadie: seguía estando sola en su cuarto, conservando, medio deshecha, la misma postura del loto que había adoptado al entrar.

Pero, si tan sola estaba, ¿cómo es que se había despertado así, de repente, cuando ella siempre dormía de un tirón? Además, siendo como era de las que podía quedarse dormida en el palo de un gallinero, ¿cómo no podría conciliar un sueño profundo sentada en un suelo enmoquetado? Ni siquiera hacía frío o calor en el cuarto. Las condiciones ambientales eran perfectas.

Sólo cabía una respuesta: que alguien la había conminado a despertarse. Y eso había hecho ella. Obediente hasta en el sueño.

Se levantó y se desperezó. Ahora estaba completamente despabilada. Sentía que la cabeza le funcionaba a cien por hora. Era la persona más lúcida sobre la faz de la tierra.

Su mente podía abarcar cualquier cosa; todos los saberes de la humanidad podían caer sobre la delicada malla de neuronas que tenía en el quinto piso, que ninguno de ellos se escaparía. Podía aspirar a saber todo lo que quisiera. Lo que ocurría era que no le interesaba saber la mitad de las cosas que había allí fuera.

Lo único que sabía con seguridad era que acababan de dar las tres de la madrugada y que esa puerta estaba abierta. Sólo hacía falta accionar el picaporte. Ahora, no después.

Después podía ser demasiado tarde.

Lo sabía porque se lo había murmurado el ángel que la había despertado con un beso protector.

Las cosas suelen suceder con naturalidad; es la gente la que se empeña en buscar explicaciones complicadas a un mundo sencillo. Por eso, Carla avanzó hasta la puerta y accionó el manillar. La puerta se abrió. No podía ser de otro modo.

Calzada sólo con zapatillas de deporte, vestida con un chándal, parecía una estudiante becada que acabara de saltarse las lecciones. O una colgada más de tantas que había en aquella ciudad y en todas las del mundo. O, simplemente, una chica normal. Ésa era su meta: empezar pareciendo una chica normal y respetada, y acabar siéndolo.

Salió de aquella habitación y de la casa. Para siempre. Sin hacer ruido.

Desde una ventana, alguien, el otro único habitante de aquella galaxia desierta y silenciosa, siguió sus pasos hasta que se perdieron en la oscuridad, y murmuró una oración por ella.

* * *

7. ¡Malditos periodistas! ¡Malditos polizontes!

Nadie sabía cómo lo hacía, pero Rosalind Mendoza era siempre la primera en enterarse de todo. Por eso, fue ella la autora de la llamada telefónica que arrancó a Charles Huntington–Whaley de sus sueños, los de grandeza y los otros.

–Buenas noches, Charles… Supongo que estaréis conmocionados… ¿Cómo ha sido? –preguntó Rosalind, metiéndose a saco en materia aprovechando que su adversario estaba atontado. Ella sabía perfectamente que aquella era la primera noticia del hecho para Huntington–Whaley.

–¿Cómo ha sido el qué? ¿Quién llama? ¿Eres tú, Rosalind? –Podía identificarla por la rapidez con la que hablaba. Igual que una ametralladora.

Así economizaba tiempo y llegaba antes a la noticia, que era su razón de ser.

–¡Charles! No me digas que… ¡Vaya, no sabes cuánto lo siento!

El hombre supo leer cada una de las notas de alarma y morbo que había en la voz de la periodista, y esto le bastó para ponerse en guardia.

–Rosalind, dime ahora mismo de qué estás hablando, o…

–Lo de tu hija, Charles. Ha desaparecido.

–¿Qué?

–No está en su habitación. Un testigo afirma haberse cruzado con ella en las inmediaciones de la boca del metro más cercana a tu casa. Su pista se pierde más allá de las tres y media de la madrugada.

–¡Por Dios bendito! ¡Pero si son apenas las cuatro!

–Ya lo sé, Charles. Creo que deberías hacer algo al respecto. Me refiero a lo de tu hija, por supuesto.

Rebecca Huntington–Whaley ya se había despertado, y acababa de encender todas las luces de la habitación. Como mujer que era, no tardó en adivinar qué conversación estaba sosteniendo su marido, lo cual le indujo un estado de ansiedad e histeria que tuvo que calmar de la única forma que conocía: corriendo hasta el cuarto de baño y tomándose una ración doble de tranquilizantes. Salud.

La mansión se convirtió en cuestión de segundos en un centro de operaciones cuasi–castrense, en el que el señor Huntington–Whaley era el comandante en jefe, y el resto de la gente, sus soldados: la disciplina militar rasaba a su mujer con el último de los criados. Daba igual quién se hubiera sido en la vida real, civil: aquello era una operación de emergencia. Se trataba de salvar del hundimiento al buque llamado “Prestigio de Charles Huntington–Whaley”, para lo cual el capitán, haciendo honor a su apellido, tenía que dar caza a la ladrona que había robado su honra y se había dado a la fuga con ella. Aunque, en su fuero interno, el hombre sabía muy bien que se estaba enfrentando a molinos de viento. Si Rosalind Mendoza conocía la historia, significaba que nada podía hacerse ya. El primer noticiario de “News Galaxy”, la cadena de noticias para la que ella trabajaba como periodista estrella, se emitiría a las seis en punto, y Huntington–Whaley podía apostar a que aquella mujer había movilizado ya a media redacción.

Por otro lado, los propietarios de la cadena de noticias eran también accionistas mayoritarios del periódico “The Morning Echo”, que se surtía del mismo material que la emisora. Eso se traducía en al menos cien periodistas de dos medios trabajando a destajo bajo la supervisión de Mendoza. No era de extrañar que fuera la periodista mejor pagada de la ciudad, pues era la que más exclusivas cazaba para su medio de comunicación.

En la mesa de Huntington–Whaley había seis teléfonos, entre convencionales, inalámbricos y celulares, y todos estaban siendo utilizados desde uno u otro lado de la línea. El propio interesado sostenía un supletorio en cada mano, e intentaba llevar dos conversaciones al mismo tiempo sin tener que partir su cerebro en dos en el proceso.

Eso es difícil de hacer cuando tienes al jefe del cuerpo de policías de la ciudad en la oreja izquierda y al mayordomo de David P. Marsalis, supuestamente tu mejor amigo y confidente, en la derecha, y cuando estás intentando sacar a relucir tus dotes de convicción para adherir a tu causa –aunque no necesariamente la misma en ambos casos– a tus dos interlocutores. (Estudios recientes corroboran lo que todos sospechamos: que la multitarea mata neuronas y reduce la inteligencia.)

En este caso, Huntington–Whaley intentaba persuadir al jefe de los polis de que tratase el caso de Carla como desaparición, a pesar de que no habían transcurrido las 24 horas requeridas por la ley para considerarlo así.

El jefe de policía, Les Kaminski, estaba malhumorado, y no se lo ocultaba a aquel, en su opinión, “politicastro lameculos de Washington”. En opinión de los habitantes del resto del estado, los políticos naturales de la ciudad que lo venden todo con tal de llegar al distrito federal son gentuza, demagogos con un ojo en el talonario y el otro en la Casa Blanca, cazadores de altos vuelos que persiguen la pieza mayor pero van disparando a matar contra cuantas se cruzan en su camino. La gente de provincias desconfía de los arribistas en general, y de los arribistas metidos en política, en particular, y disfruta cuando la vida paga a éstos con el mismo estipendio con que ellos han pagado a los demás, o, dicho de otra forma, cuando son ellos los que reciben en el culo el perdigonazo de otro cazador. Kaminski estaba gozando de aquel momento. Cuántas veces, cuando Huntington tenía un apellido no compuesto y no era más que el secretario del concejal de Finanzas del consistorio, se le había negado al cuerpo de policía el pago de las subvenciones que por justicia le correspondían, aduciendo problemas burocráticos o menudencias de trámite que en realidad no eran tales. Lo dicho: el tipo era un rastrero y un trepa. Pero se podía ser trepa sin ser torpe, y éste no era precisamente de los más iluminados. Ahora estaba pagando cara su torpeza.

–¿Es que no lo entiende? ¡Es mi hija la que está en peligro! ¡Quién sabe lo que puede haberle pasado… en sólo dos horas!

–Vamos, señor. A estas horas, hasta los malhechores están durmiendo la mona. No creo que a su encantadora hija le haya sucedido nada malo. Además, usted ya sabe cómo es la ley. Se exige que pasen 24 horas. Antes de eso, no podemos hacer nada… nada más que indicar a los patrulleros que, si ven una chica de metro sesenta y cinco… ¿o era setenta…? vestida con chándal… ¿de qué color me dijo que era?

–Ya le he dicho que no lo recuerdo.

–Bien, si ven a una chica de altura indeterminada, vestida con un chándal de cualquier color… que le llamen la atención y le digan que vuelva a casa cuanto antes, por favor. ¿He entendido bien?

–Comisario… ¡váyase a tomar por el culo!

–Siempre a sus órdenes, señor –dijo Kaminski con toda la pachorra del mundo, y colgó el teléfono antes de darle a aquel estreñido con ínfulas de superioridad el gustazo de ser el primero.

Luego, se levantó y se vistió rápidamente. En menos de diez minutos, estaba en su despacho de la comisaría, cursando la orden de búsqueda a todas las unidades.

Kaminski ya conocía a Carla personalmente, y no sólo le había causado una inmejorable opinión, sino que ésta se había visto reforzada por comparación con su esperpéntica familia. Carla le había parecido una muchacha sensible, razonablemente desconfiada pero sin que esa desconfianza hubiera minado su interés hacia el mundo. La muchacha no se había limpiado la mano después de estrechársela, a pesar de que él sabía que su higiene personal dejaba algo que desear y que su sencillo traje de alpaca comprado en las rebajas de los grandes almacenes desentonaba en medio del desfile de Guccis, Armanis y Diors, que hacían que aquello, más que una recepción oficial, pareciera un escaparate de una boutique parisina. La hija de Huntington no sólo le había saludado, como tocaba, sino que además había iniciado una conversación con él. Se había interesado por su trabajo y le había dado la enhorabuena “por ser tan valiente”, según sus propias palabras. Kaminski se sorprendió al darse cuenta de lo bien informada que estaba la joven acerca de las últimas operaciones policiales. No estaban teniendo mucha suerte con el llamado “asesino de las escamas plateadas”, que había vuelto a escapárseles, pero estaban sobre la pista.

–Estoy segura de que no tardarán en cogerle –le había animado Carla. Luego, se había interesado por su salud, sugiriéndole muy delicadamente que tal vez no era buena idea mezclar café con cigarrillos. Claro, había visto su tez demacrada, sus ojeras. Era una buena chica, sí, él sabía reconocerlas a la legua. Aquella familia de culos estrechos no semerecía una hija como ella. Después supo que era adoptada, y no le extrañó. La compadeció un poco y se la imaginó encerrada en un mundo a medida, construido sobre cimientos de cientos de libros, de discos especiales, de secretos ocultos en rincones que sólo ella conocía y que hacían que la fría mansión–museo donde sobrevivía fuera menos inhóspita.

Claro que se preocuparía de buscar a aquella chica.

Sobre todo, sabiendo como sabía que “el asesino de las escamas plateadas”, que tenía fijación con los peces y que siempre dejaba un rastro de escamas encima de los cadáveres troceados de sus jóvenes víctimas, todavía andaba suelto.

–Pero si la encuentro antes que tú, Huntington… –dijo en voz alta. Tenía delante un ejemplar de la primera edición de “The Morning Echo”. Una foto de archivo del protagonista del día, circunspecto y convenientemente ojeroso, ocupaba un ángulo de la plana. –Si la encuentro antes que tú… me las pagarás todas juntas.

Eso era por el teléfono inalámbrico.

El señor Huntington–Whaley lo colgó doblemente enrabietado: por un lado, por no haber conseguido doblegar a aquel policía (“hacerle entrar en razón”, lo llamaba él), y por otro, por no haber sido más rápido al colgar, dejando que aquel “memo” le tomara la delantera.

Sí, estaba rojo de ira, pero pronto dejaría de estarlo por ese motivo y pasaría a estarlo de puro susto.

Por fin había conseguido “hacer entrar en razón” al mayordomo de los Marsalis y que éste accediera a despertar al señor, que tenía el sueño muy profundo y se malhumoraba si se lo interrumpían por tonterías. Huntington había logrado convencer al criado de que aquello no era ninguna “tontería”. Marsalis era el único de sus conocidos al que Huntington había decidido hacer partícipe de toda la historia, porque resultaba ser que el antiguo compañero de instituto tenía muy buenos contactos en la ciudad, tanto en el paraíso de la buena sociedad como en los infiernos de los bajos fondos. Además, Marsalis había sido testigo de la “debilidad” de Carla. Inútil ocultarle nada.

Ahora estaban charlando, tan amigable y serenamente como el estado de ánimo de Huntington se lo permitía.

–Todo esto tiene que ver con lo que pasó en la fiesta, Charles –sugirió Marsalis, que había pasado del fastidio a la animación; no en vano se tenía por un Sherlock Holmes frustrado por la vida moderna que no dejaba sitio para el misterio–. Te lo digo yo. A tu hija no la han secuestrado, ni corre peligro. Te apuesto lo que quieras a que mi hijo Scott está metido en este berenjenal. ¡A lo mejor se han fugado a Las Vegas para casarse! Entonces seríamos consuegros. ¿No te hace gracia? ¡Ja, ja, ja, ja! –Evidentemente, a Marsalis sí se la hacía, y mucha.

El tono rojo de las mejillas de Huntington subió un grado, así como su temperatura corporal.

–¡Ya basta! Pues no, no me hace ninguna gracia. Te agradecería que dejaras de decir gilipolleces y te pusieras a mover tus contactos.

–Charles, Charles… Eres un hombre de acción, pero no tienes ni pizca de imaginación. Espera un segundo…

Y Marsalis dejó el supletorio sobre la mesilla, sin prestar atención a los gritos de su camarada.

Al lado de Marsalis, su mujer empezaba a despertarse. Abrió los ojos a tiempo de ver cómo su marido, vestido en pijama y sin siquiera echarse la bata por los hombros, se escabullía del dormitorio.

–Estate quieta. Voy a ver una cosa.

Más que de ver, se trataba de corroborar una sospecha que tenía. Y la corroboró: su hijo Scott no estaba en su cuarto. La cama estaba deshecha. Tocó las sábanas: todavía guardaban restos de calor humano. Era evidente que había sido desocupada hacía relativamente poco. Lo que fuera que había sacado a Scott de la cama había tenido que surgir aquella misma noche. Y, para Marsalis, estaba claro que aquel “lo que fuera” llevaba nombre de mujer: Carla.

Se apoyó en la pared y lanzó un suspiro de alivio y de agradecimiento.

Scott, su “hijo difícil”, había dejado de ser un problema para él. Adiós a sus extrañas conductas. Adiós a sus caprichos alimenticios. Adiós –¡adiós, hasta nunca! ¡No volváis!– a los gastos y molestias ocasionados por una estancia indefinida en el extranjero. Y a Huntington–Whaley, que le dieran, pensó Marsalis con sádico placer.

Se sonrió. Había pasado años soñando con este momento: el momento en que la estatua que Charles Huntington–Whaley había erigido en su propio honor empezara a desplomarse. Marsalis siempre había sabido que la monumental mole “Charles Huntington–Whaley” era más aparato que sustancia, más apariencia que solidez. Sólo polvo solidificado, orgulloso de sí mismo, infatuado, apoltronado en un sillón giratorio de una oficina en un edificio de rascacielos, desde la cual oteaba la ciudad y se creía su rey sólo por estar encerrado en una jaula más alta.

Estúpido gilipollas.

Si su hija, o lo que fuera, se había largado rompiendo de paso su imagen, bien por ella.

Y si había tenido la gentileza de llevarse consigo a Scott en su huida, bienvenida fuera la huida. Total, él sólo era juez federal –“sólo”, como le recordaba la mirada de suficiencia de su “amigo” Huntington–Whaley, como le recordó el retintín que puso en la voz al felicitarlo (“Vaya, enhorabuena, David; ¡juez federal a los 49!, más vale tarde que nunca, je–je–je, ¿verdad?”)–, y su cargo era vitalicio. No tenía que preocuparse por su conducta, por su imagen pública. Tener unas aspiraciones modestas ofrecía sus compensaciones: uno podía permitirse la relajación de sus hábitos.

Lo único que ahora deseaba Marsalis con todas sus fuerzas era que Carla y Scott no aparecieran nunca más.

Aquel minuto de regocijo le proporcionó un aplomo que a Huntington–Whaley jamás le enseñarían dos mil asesores de imagen:

–Lo que te decía, Charles. Están juntos.

–¿Qué quieres decir?

–Mi hijo Scott no está en su habitación. Creo que se han fugado. Es un caso de amor pasional entre jovencitos. No creo que sea nada especialmente grave. Puestos en lo peor, nada que no se pueda solucionar con una estancia de fin de semana en un hospital privado.

–¡David! ¡No puedo creer que estés hablando así!

–Lo que yo no puedo creer, Charles, es que seas tan poco perspicaz. Es tu hija, por Dios santo. Deberías conocerla más. Ser capaz de predecir sus movimientos.

–Pues si tú eres un padre tan ejemplar, dime entonces dónde están esos dos mocosos.

–Ah, eso ya no lo sé… pero lo que sí sé es que harán exactamente lo que les dé la gana. Nosotros no les importamos ni un pimiento, Charles, reconozcámoslo. Son jóvenes y quieren vivir su vida. Y están en su derecho. Al fin y al cabo, nosotros ya hicimos nuestra elección cuando estuvimos en el momento. Ahora les toca a ellos. ¿Quiénes somos nosotros para imponerles un futuro?

–Ahora te las das de padre progre y permisivo, ¿no? Pues déjame decirte que no te va nada el papel. Lo que creo es que, con esa capa de pseudoprogresismo, estás intentando encubrir un fracaso vital absoluto, David. Has fracasado en tu vida pública y en la privada. ¡Juez federal! ¡Bah! ¡Como si no supiéramos que tu ambición era el Tribunal Supremo! Pero, con los cincuenta cumplidos y un ascenso… por llamarlo así… a estas alturas, David, seamos sinceros, no tienes ninguna posibilidad.

–Tu charla de manual para ejecutivos agresivos me aburre soberanamente, Charles. Comprendo perfectamente a tu pobre hija. Lo que me extraña es que toda tu familia no se haya fugado ya. Buenas noches, Charles.

–¡Escu…!

Tarde. Era la segunda vez en menos de media hora que dejaban a Charles Huntington–Whaley con la palabra en la boca.

¡Dong, dong, dong! El reloj del vestíbulo dio las cinco.

La edición de “The Morning Echo” estaba a punto de llegar a los kioscos.

En ese momento, su mujer entró, vestida con su salto de cama rosa de palo de Givenchy, llevando una pequeña tetera que escupía humo por todos los orificios y resquicios a la vista.

–Toma un poco de tila, querido…

Justo cuando la mujer había acabado de pronunciar la o de “querido”, irrumpió otro personaje en escena. Era el único que faltaba: Woodrow. Y no podía haber escogido un momento peor para hacerlo.

Su caro pijama azul discordaba claramente con su actitud, más propia de un imberbe en la noche de su primera cita que de una persona que acaba de despertarse de un sueño supuestamente profundo y reparador, con ronquidos incluidos en el lote. Pues bajó los escalones a saltitos, y por si eso fuera poco, silboteando una canción de moda:

–¿Qué pasa? ¿Una fiesta de madrugada? –preguntó.

–¡NOOOOOOOOOOOO!

Charles Huntington–Whaley se acodó en su escritorio y enterró la cabeza bajo sus manos sudorosas.

Acababa de darse cuenta de que su hijo era idiota.

Por primera vez, echó de menos a Carla, y supo, en un arranque de lucidez insólito en él, que la había perdido para siempre. Y, con ella, cualquier opción que le quedara de entrar en la Casa Blanca como su legítimo ocupante.

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