Talentos ocultos (II)

3. No hay duda, está loca

Christopher Travis, doctor en psiquiatría, estaba eufórico. Cuánto había soñado con aquel día. Y por fin había llegado. Se había tomado doble ración de cocaína, para celebrarlo. Y es que el magnífico yate llamado Huntington–Whaley estaba demostrando ser como el Titanic: se hundía sin remedio en el mar de la locura y la vulgaridad, y sólo quedarían de él algunos despojos, que llegarían flotando hasta la isla del anonimato, adonde muchos llegan y nadie sale.

Por eso, no se anduvo por las ramas.

–Bulimia.

–¿Cómo?

–Sí. Puede que complicada con algo de esquizofrenia paranoide. Un caso de libro –dijo. Aquella frase siempre gustaba mucho, hacía que aquellas familias ricas y vulgarotas se sintieran especiales.

–Eso no puede ser. Nunca ha estado preocupada por su figura. No es una de esas… pobres locas que vomitan la comida.

–Eso vosotros no lo podéis saber. Charles… confía en mí. Cualquier psiquiatra corriente te diría lo mismo. Salta a la vista. Y las pruebas las tenéis vosotros mismos… no hace falta que os recuerde lo que pasó en la fiesta.

–¡Dios santo, no! ¡Cielos! ¡Por Dios bendito! –clamó la señora Huntington–Whaley, tapándose la boca con el puño, en el que estrujaba un pañuelo.

–Vamos a lo práctico, Chris –terció el señor Huntington–Whaley, harto de los ataques de histeria religiosa de su mujer–. ¿Qué tratamiento se le puede aplicar?

–Hay tratamientos posibles, pero todos presentan algún inconveniente. Si vosotros fuerais una familia normal… bien, en ese caso, la solución sería el internamiento en una institución adecuada. Allí vigilarían su peso, lo que come… todo. Sería largo y costoso, pero habría posibilidades de que se recuperara. Ahora bien… como comprenderás, Charles, tu función pública implica ciertos… obstáculos a ese plan preferente. No podemos escamotear el internamiento de tu hija al ojo público. Y el ojo público lo verá, de eso no te quepa duda. Podrás encubrirlo, llamarlo de otra forma… decir que tu hija se está dando una cura de reposo… que se ha tomado unas cortas vacaciones para relajarse… lo que quieras, y ellos lo aceptarán… pero no lo creerán, Charles. Ellos siempre lo saben todo.

Pronunció la última frase con evidente regocijo. Estaba encantado de ver en apuros al intocable Charles Huntington–Whaley, compañero suyo de Instituto.

–No, no, no. Eso no puede ser. Nada de internamientos.

–Pero Charles… –musitó su mujer.

–¡He dicho que no! No hemos dedicado años y años de nuestras vidas a la carrera política para acabarla así… porque a una cría caprichosa se le ocurre hacerse maniática para probar nuevas emociones.

–¿No cabe la posibilidad, Chris, de que… bien… haya otro diagnóstico posible… menos grave? Me refiero a que… en fin, todos hemos sido jóvenes, y hemos experimentado con cosas…

Christopher Travis miró a la mujer implorante con ojos de hombre, no de médico. Había conocido a Rebecca el mismo día de su boda con Charles. Había sido elegida para él entre decenas de candidatas. Como si fuera un monarca europeo del siglo XVI en busca de consorte, había organizado una especie de concurso–selección para elegir a la afortunada. Buscaba una muchacha dócil, fotogénica, no demasiado exigente en su vida familiar, pacata en lo sexual y que, a la vez que poco inclinada a la interacción social en grupos reducidos –donde ya se sabe que se corre el peligro de profundizar en las relaciones, que para Charles debían ser esencialmente superficiales–, pudiera manejarse bien en grupos amplios y exigentes con las apariencias. Rebecca le había parecido cumplir todos los requisitos. No había contado con que la mujer ideal para él podía parecérselo también a uno de sus amigos. Como a Christopher, por ejemplo. El psiquiatra, soltero de profesión, habría sacrificado su vocación en el altar de la feminidad delicada e irresistible de Rebecca, pero ella resultó responder demasiado bien a las exigencias de Charles, y no quiso darse por enterada de las tentativas de acercamiento de él. Sin embargo, él continuaba bebiendo de aquellos ojos del color del zafiro. Si Charles desapareciera de escena…

Pero estaba allí, delante de él. Pidió perdón a Rebecca por lo que iba a decir, pero lo dijo de igual forma:

–Lo que hizo Carla no es comparable a fumar hachís, Becca –le dijo, al tiempo que dejaba caer una de sus bien cuidadas manos sobre las de ella, tan pequeñas, que podía abarcarlas con una sola de las suyas–.Eso sólo nos lleva a una conclusión posible… y ya os he dicho cuál es. Míralo de este modo: podía haber sido peor. En realidad, Carla podía haber sufrido… bien… un terrible, terrible… accidente.

–Tal vez ésa habría sido la mejor opción.

–¡Charles! –chilló su mujer, irguiéndose de repente en el asiento y retirando la mano de debajo de la del psiquiatra– ¡Carla es tu hija, no lo olvides! ¡Hasta lleva tu mismo nombre!

–¡Ya lo sé, cuántas veces tienes que repetírmelo! Pero es igual que un perro, cada vez que la soltamos un poco, vuelve con un problema entre las fauces. ¡Me está volviendo loco!

–Lo que está claro, Charles, es que vas a tener que tomar una decisión en breve. Estos casos, cuando se manifiestan, suelen ser fulminantes: se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo acaban. Piensa en la publicidad negativa que te puede acarrear. Piensa en las revistas, los programas de cotilleos sobre famosos, las fotos…

–Lo pensaré. Gracias, Chris. Llama a mi secretaria por tus honorarios. –Charles Huntington–Whaley se puso en pie, estrechó la mano secamente a Christopher Travis y se marchó sin mirar dos veces a su mujer, que fue tras él como un perrito faldero.

–Becca… –llamó el doctor en el último momento. Ella se volvió, no demasiado aprisa para no desbaratar el peinado que le acababan de hacer, y que, según François, la hacía parecer “diez años más joven”, de lo cual ella no estaba tan convencida.

–¿Sí?

–Si necesitas hablar del tema…

–Sí, ya sé dónde estás. Hasta luego, Christopher -dijo y se volvió rápidamente, dejando bien claro que no le apetecería hablar del tema.

* * *

Afortunadamente, el doctor Travis no llamó a la secretaria de su ex compañero de clase entre las siete y las ocho de esa tarde. De haberlo hecho, habría puesto furioso a Charles, que estaba con ella en ese mismo momento, y no le habría gustado nada oír a la joven y pelirroja Jackie mencionar el nombre de su nuevo verdugo. Lo que necesitaba era relajarse, y eso es lo que se estaba procurando ahora: un momento de relax.

Jackie tenía una voz demasiado chillona, y un dejo molesto al hablar, pero sabía preparar el daiquirí de fresa como nadie; no en vano había sido camarera de varios clubes de moda antes de que su entonces mejor amiga le pidiera que la acompañara a una entrevista de trabajo para un puesto de secretaria. Aquella mañana, Huntington–Whaley había hecho pasar a la chica de la melena roja antes que a ninguna otra. Le bastó ver cómo cruzaba las bien torneadas piernas para ofrecerle el puesto, que ella había aceptado, pues la paga era mucho mejor, y el trabajo, menos abrumador.

Por otro lado, al propio señor Huntington–Whaley, las visitas extralaborales a su secretaria le reportaban otras ventajas además de las que expresamente buscaba. Por ejemplo, Jackie era una buena consejera. No es que hubiera estudiado psicología o psiquiatría, sino que había rodado mucho por la vida, había estado detrás de muchas barras y, generalmente, sabía lo que se decía. Era una muchacha con los pies bien puestos en la tierra. Así, cuando él le comentó lo del nuevo capricho de su hija, ella dijo:

–Tal vez lo haga para llamar tu atención.

La primera reacción del señor Huntington–Whaley fue exclamar “¡qué tontería!”. Pero después de un segundo, se dio cuenta de que Jackie podía decir muchas cosas, pero casi nunca eran tonterías.

–¿Para qué iba a querer llamar mi atención? No tiene nada a lo que uno pueda atender. Sí, de acuerdo, es una niña mona… por eso la escogimos… a mi mujer le gustó nada más verla, y está bien, tiene un pelo precioso y una cara atractiva que da muy bien ante las cámaras. De acuerdo. Pero el físico no lo es todo. ¿Qué hay de una mujer si no tiene cerebro?

–Oh, pero estoy segura de que Carla lo tiene. Y muy bien puesto, además.

–¿De veras? Yo no podría encontrárselo ni con lupa. Tú no la has tratado, Jackie. No sabes cómo es. Tratas de hacerle entender una cosa y tienes que repetírsela cientos de veces. Y ni aun así la entiende. Le hemos dicho muchas veces que hay ciertas cosas que no puede hacer. Y luego va ella y hace justo lo contrario de lo que le hemos dicho. He llegado a la conclusión de que simplemente es una egocéntrica con el único objetivo de hacer lo que le dé la gana en la vida. Y para ello, se aprovecha de nosotros y de nuestra posición. ¡Como si fuéramos los reyes de Inglaterra, que no van a perder la corona hagan lo que hagan! Nosotros tenemos que vigilar nuestro comportamiento público igual que el privado. Nunca se sabe…

–No la he tratado, es verdad, pero soy mujer, e intuyo cómo son otras mujeres. Créeme, Carla es una chica lista. No sé qué objetivos tiene, pero puedes estar seguro de que no se limitan a lo que tú has dicho. Una mujer jamás se pasea por la vida buscando hacer lo que le dé la gana. Siempre tiene objetivos más altos.

Puso cara de asco mientras lo decía. Al principio de aquel contrato laboral tan particular, miraba más atentamente lo que le decía a su jefe. Pero, pasando el tiempo, había comprobado que no corría ningún peligro: aquel hombre era completamente impermeable a las ironías, aunque fueran dirigidas contra él mismo. De modo que, ahora, Jackie se permitía hablar con total franqueza. Era la menor de las libertades que podía arrogarse, toda vez que él había usurpado su vida privada por completo. Incluso le había comprado un teléfono móvil sólo para recibir llamadas de él, para tenerla localizada constantemente y llamarla cuando le apeteciera “oír su voz”, como él decía.

–Carla no. Pero tengo que hacer algo con ella. Está claro que es una persona sin ningún talento. No es como Woodrow. Él, al fin y al cabo, es mi hijo, sangre de mi sangre. Algo ha tenido que heredar de mí. A él se le ve más ambicioso. Carla no tiene ninguna ambición que merezca la pena. Lo único que hace es desperdiciar el tiempo soñando con un estúpido piano. Es su última obsesión: el piano que le compramos a Woodrow. No piensa en otra cosa. Está muerta de celos hacia Woodrow, y todo lo que él tiene, ella lo quiere también.

–Tal vez deberías tirar por el camino contrario. Mimarla a ella también. Quizá así, con buenos modos…

–Qué va, no hay nada que hacer –siguió gritando el hombre desde el dormitorio, mientras ella preparaba un whisky doble–. Cuando la trajimos, ya era así. Desde el primer día dejó muy claro que su mejor arma era ponerse a berrear cuando algo no le gustaba. Y lo ha hecho, vaya si lo ha hecho. Todos estos años. Es una de esas criaturas déspotas y tiranas de las que hablan los pedagogos y los psicólogos infantiles. De ésas que maltratan psicológicamente a sus padres y a sus hermanos con tal de salirse con la suya. Y ahora va y salta con esa manía… completamente estúpida y destructiva… Pero no le va a servir de nada. Ya tengo pensado lo que voy a hacer: la voy a mandar a un internado para chicas. Así entrará en vereda. Las monjas no se andarán con tonterías… Oye, cielo… no sé qué te estarás tomando, pero tráeme otro a mí.

Jackie cargó mucho la bebida. Sabía que a Charles Huntington–Whaley no le costaba nada quedarse dormido después de beber un par de copas. Así dejaría de molestarla.

Pensó, mientras vertía el contenido de una botella en el vaso, cuánto le gustaría tener un frasco de cianuro para alegrar el cóctel de aquel ogro.

* * *

5. Los hechos

El señor Huntington–Whaley volvió a casa de mucho mejor humor del que había dejado al salir. Su mujer seguía llorando, a pesar de haber dedicado ya toda la tarde a dicha actividad, el mismo intervalo que Carla había pasado encerrada en su habitación por orden expresa de él. Muerto el perro, se acabó la rabia.

–¡No quiere comer nada de lo que le llevamos! –le informó la mujer en cuanto entró en casa, sin preguntarle, como nunca hacía, dónde había estado o con quién. A Huntington–Whaley no le hacía falta inventar mentiras, puesto que nadie le ponía en apuros para tener que usarlas –¿Qué vamos a hacer?

–Déjalo en mis manos –dijo, poniéndose en modo Capitán América.

Echó una ojeada desdeñosa a la mujer, que tenía la cara limpia de maquillaje; ni una capa de hormigón habría podido disimular los ronchones que el llanto continuado le había provocado. Charles Huntington–Whaley pensó con repugnancia en lo fea que estaba. A su lado estaba Dolly, la sirvienta que habían contratado aquel mismo verano, y que, a pesar de no tener más de veinticinco años, demostraba ser una criada educada a la antigua usanza, es decir, para ser la guardiana y paje leal del ama de la casa. Y en eso estaba, sujetando una caja de pañuelos desechables, de la cual Rebecca se iba sirviendo.

Woodrow era el único miembro de la familia que permanecía felizmente al margen de todo el asunto. Vamos, si ni siquiera se había enterado del desgraciado protagonizado en la fiesta por Carla.

Huntington–Whaley sintió un escalofrío al evocar la escena. Qué espeluznante. Los Marsalis fueron los que les avisaron. Menos mal que no se enteró la prensa primero. Al candidato a estrella política ya no le sorprendía nada de los chicos de la prensa.

Al parecer, la señora Marsalis había ido a la cocina a limpiarse una gotita de champaña Veuve–Clicquot que le había caído en la pechera; entonces había oído los ruidos, que identificó como (a) un tipo de música horrísona que ella jamás habría aprobado en su casa, y (b) proveniente del cuarto de su hijo rebelde, Scott. Ella juraba que había llamado a la puerta primero, pero que los chicos no la habían oído debido al escandaloso volumen de la música, siempre según sus apreciaciones. Al abrir la puerta y ver la escena, había lanzado un chillido. Luego había bajado corriendo para avisar a su marido. Claro que, antes, había tenido el buen juicio de obligarse a serenarse; la señora de la casa entrando desenfrenada en la sala e interrumpiendo una agradable velada habría sido un espectáculo lamentable y vergonzoso.

Marsalis avisó a los Huntington–Whaley, con expresión grave, de que “algo que les concernía, y mucho” estaba teniendo lugar en la habitación de su hijo menor. La pareja ya se temía lo peor. Pero lo que vieron superó con creces sus peores fantasías.

Desgraciadamente para ella, a la pobre Carla no le dio tiempo a sacarse la tortilla de algas de la boca, y todavía tenía algunos filamentos enganchados en la lengua y los dientes. Todo lo demás que se dijo después –lo de que todavía se veía la cola del pez tropical que la señora Marsalis le había regalado con tanto cariño a su Scott, lo de que todavía estaba vivo cuando ella se lo tragó– no eran más que habladurías. Ni siquiera era completamente verdad lo de que Scott estaba en paños menores y sumergido hasta el torso en el acuario gigante, con el pulpo de Samoa Oriental sentado en sus partes pudendas, mientras él cantaba “Chica de Ipanema”. De esto, sólo era cierta la segunda parte, es decir, que tenía al pulpo en las manos mientras le tarareaba una cancioncilla de guardería.

Descubiertos con las manos en las algas y en el pulpo respectivamente, Carla y Scott no supieron qué decir. Carla escupió a toda prisa las algas, pero no pudo evitar que los mayores se dieran cuenta de lo que era aquel hierbajo que salía despedido de su boca. Naturalmente, no había ningún pez incluido en el aperitivo, y ella lo dejó muy claro; y tal vez había hecho mal, porque con sólo mencionar al pez tropical se dispararon las alarmas de la cabeza de la señora Marsalis, quien, al echar en falta el pez del acuario, relacionó esa ausencia con la extraña apetencia de Carla. Y no era cierto. Habían tirado al pez por el inodoro, ésa era la verdad, pero ¿cómo hacerles entender que lo habían hecho porque le veían una expresión de pena y de depresión allí dentro? No, ellos nunca lo entenderían. Por eso, oficiosamente, el pez acabó en el estómago de Carla –vivo, eso era lo que le daba a todo el toque macabro–, y daba igual las veces que los muchachos repitieran su versión de los hechos.

Tampoco la veracidad era un valor que ocupara una posición preeminente en la escala de valores de Huntington–Whaley. Le habían enseñado a apreciar la apariencia de verdad, no la verdad en sí misma. Por eso, no empleó ni un minuto en escuchar lo que Carla intentó decirle. ¿Qué le importaba a él lo que hubiera sucedido en realidad entre aquellas cuatro paredes? Lo importante era lo que los demás habían visto y lo que habían creído que había pasado, que era, por tanto, lo que podían contar a los demás.

Por eso, ya tomada la decisión, fue a su despacho, cerró la puerta para impedir que su mujer lo molestara, y llamó por el interfono –que conectaba, como un hilo sonoro, todas las habitaciones de la casa– a su hija. Para su sorpresa, ésta contestó enseguida, y su voz denotaba más fastidio que angustia.

–¿Qué quieres ahora?

–Baja inmediatamente a mi despacho. Tenemos que hablar.

Y cortó la comunicación. ¡Vaya con la niña!, pensó. ¿Se estaba poniendo chula, tal vez, o sólo se lo había parecido a él?

Inmediatamente oyó el zumbido del sistema de comunicación interna. Pulsó el botón:

–Padre, no puedo bajar. Me encerraste antes de irte, ¿recuerdas? –dijo Carla con retintín.

Contrariado y sintiéndose ligeramente ridiculizado por aquella muchachita descerebrada, el señor Huntington–Whaley volvió a usar aquella especie de control remoto para ordenar a los criados que dejaran salir a Carla.

Fue Dolly quien cogió el recado. Carla estaba acurrucada en un rincón. Contrariamente a lo que se pudiera suponer, las persianas estaban levantadas hasta el tope, y por el resquicio de la ventana entraba el aire fresco del agradable anochecer otoñal. Carla no ofrecía el menor parecido con una enferma mental desesperada. Antes bien, parecía bastante segura de sí misma y llena de energía. Su atuendo era diferente de lo normal: llevaba unos pantalones de chándal y un jersey de Woodrow. Le estaban grandes, lo cual acentuaba el efecto de “deshabillé” buscado por ella. El pelo le caía desordenadamente sobre los hombros y la espalda.

–Mi carcelero te ha ordenado que me des un recreo, ¿no? Claro, sólo me quiere para soltarme sus discursos –dijo Carla en cuanto vio a la solícita criada.

–Señorita…

–Perdóname, Dolly. Tú no tienes la culpa de que mi padre sea… sea como es y haga las cosas que hace. No tienes por qué oír mis quejas. Eres una buena doncella.

–Yo… yo lo siento mucho por usted, señorita. Usted también es una buena ama. Y no creo ni una palabra de lo que rumorea la gente. La gente es muy mala, señorita, yo ya lo sé –continuó Dolly, ahora envalentonada–. En mi pueblo pasaba igual: una salía con un chico una noche, se iba a bailar con él, a pasear… y al día siguiente ya decían que estaba embarazada. ¡Algo vergonzoso! Pero yo sé que lo del pez tropical es un bulo, señorita. Igual que lo del pulpo. Y no entiendo por qué se ha formado este revuelo por un puñado de algas crudas… Como si ninguno de ellos hubiera comido tierra de las macetas cuando eran críos…

Carla sonrió, divertida ante las salidas de Dolly. Le palmeó el hombro y dijo:

–Muchas gracias, Dolly. Ahora tengo que irme… ¡el señor de la casa me ha dado audiencia!

Y bajó las escaleras a toda prisa.

En el despacho la esperaba un hombre de tez y expresión cenicientas. Carla se sentó delante de él, separada de él por la desproporcionada mesa de roble. No pudo evitar preguntarse si la evidente megalomanía que aquejaba a su padre pudiera ser la manera fácil de compensar carencias de tamaño de otro tipo. Se regodeó sádicamente en este pensamiento, y no pudo evitar que se le escapara una media sonrisita. Su padre reaccionó inmediatamente:

–¡No es momento para risitas! Lo que tengo que decirte te concierne. Y te digo de antemano que no tienes el menor margen de objeción respecto a lo que vamos a hablar.

–A lo que vas a hablar, quieres decir, ¿no?

–El doctor Travis ha hablado muy claro. No hace falta traer a colación una vez más la manera en que intentaste sabotear a esta familia, poniéndola en ridículo delante de la plana mayor de la esfera pública de este país. Ambos sabemos lo que sucedió allí, y espero que, aunque no ha tenido mayores consecuencias y has fracasado en tu intento, lo que hiciste pese en tu conciencia para siempre.

Dejó un silencio, tal como había anotado en su esquema previo. Hizo memoria para recordar el párrafo siguiente. Ah, sí.

–Pero lo que importa es que esos hechos están ahí, y sus consecuencias son éstas: irás a un internado de Boston. Ya está decidido, y tu plaza está reservada. Están esperándote. Prepararán tu equipaje este fin de semana, y te marcharás el lunes que viene. Habría querido que fuera antes, pero lamentablemente la gestión de la reserva de una habitación y una plaza para ti han ocasionado algunas molestias… En fin, querida Carla, vete despidiéndote de la vida privilegiada que has llevado hasta ahora y que a tantos desmanes te ha conducido. Espero por tu bien que te parezca una buena solución, porque no hay otra.

–¿Un internado? ¡Ya conozco esos sitios! ¡Son como cárceles! ¡Peores que un manicomio! No puedes obligarme a ir a un lugar así. ¡Todo el mundo está chalado allí!

–Recuerda que, según un diagnóstico elaborado por un reputado profesional de la psiquiatría, tú no estás menos loca que el más loco de los pacientes de un manicomio, Carla. Padeces un trastorno alimenticio, con ramalazos de esquizofrenia paranoide. No es extraño que te expreses en esos términos, puesto que tienes manía persecutoria… crees que todo el mundo conspira para destruirte. Es horrible sentirse víctima de una trama, ¿verdad, Carla? Es horrible ver que otro te pone las cosas difíciles. Y créeme que yo no he querido hacer esto; pero ya has ido demasiado lejos.

–¿Demasiado lejos? ¡Pero si no he hecho otra cosa que obedecer vuestras estúpidas órdenes durante toda mi vida! ¿Así me lo agradecéis?

–¡Ya basta! Bastante he hecho con concederte el derecho al pataleo. Tu tiempo se acabó. Ya puedes volver a tu cuarto y comerte la cena que te han preparado. Más vale que entres en el internado en buen estado de salud. Más que nada, porque, si ven que tu estado no es el adecuado, ellos se encargarán de hacerte entrar en vereda. Tienen sus propios métodos.

–¡Pues me escaparé! ¡Me iré con Scott!

Esto provocó la hilaridad de Huntington–Whaley.

–Me parece que no va a correr mejor suerte que tú, Carla. Marsalis, a propuesta mía, por cierto, ha tomado sus propias medidas. Te informo de que tu querido amigo y compañero de correrías zoófagas Scott Marsalis se marchará a una universidad alemana a principios de la quincena que viene. Y ahora, se acabó la audiencia.

El señor Huntington–Whaley pulsó el interfono y mandó a Pedro, uno de los criados, que acudiera al despacho para acompañar a la señorita a su cuarto.

Carla sintió deseos de seguir protestando, de profundizar en su tímido conato de rebelión; pero, al final, doce años de lavado de cerebro impusieron su tiranía y la obligaron a hacer un mutis silencioso y cabizbajo. Esta vez, ni siquiera recibió el consuelo de unas palabras de apoyo por parte del criado, que cumplió las órdenes y se marchó.

Sola en su habitación, Carla intentó llamar por su teléfono móvil, pero una voz femenina perfectamente tranquila le hizo saber que el número marcado no se encontraba disponible. Ella abrió la ventana y arrojó el teléfono a la calle. Luego volvió a adoptar la posición del loto, que le ayudaba a relajarse y a pensar.

Pero no podía pensar con lucidez, pues la ira entorpecía el discurso de su razonamiento. Tal vez, aquella emoción nueva para ella era el odio. Pero no, se resistía a aceptar que su corazón, que siempre había creído razonablemente bondadoso, pudiera ser víctima tan fácil del odio. No, debía de ser algo de menor intensidad. No tenía tantas razones para odiar a aquel hombre, se reprendió.

Y, sin embargo, deseaba…

¡Oh! De repente, algo mucho más concreto que toda aquella mezcolanza de sentimientos atrajo toda su atención.

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