Talentos ocultos (I)

1. Carla, esa estúpida

Cinco, cuatro, tres, dos, uno, y…

Woodrow podía no echarle mucho entusiasmo a sus prácticas obligatorias de piano, pero no podía negársele la virtud de la puntualidad. Pero Carla no quiso echarle demasiadas flores: si lo hacía era seguramente bajo la filosofía de que, cuanto antes empezara, antes terminaría y podría seguir perdiendo su tiempo con cualquier banalidad más de su gusto.

La vida era injusta. Muy injusta. ¡Pensar que aquel señor piano, un modelo único en el mundo y que databa de 1848, remozado y afinado expresamente por los mejores maestros artesanos de Viena, estaba en manos de un perfecto zoquete como Woodrow! No era de extrañar que todas las notas sonasen como maullidos de gato escaldado: Woodrow no intentaba siquiera echarle un poco de inspiración a la cosa. Por la forma como sonaba, Carla podía adivinar que estaba aporreando las teclas como si fueran una de esas hamburguesas poco hechas que solía devorar el chaval. Y muy malo tenía uno que ser para no arrancarle ni una sola nota decente a aquel glorioso piano, que parecía un instrumento digno de ángeles más bien que de hombres.

Todos los días, a medida que el regio reloj del vestíbulo tañía las doce, Woodrow se sometía al calvario de sus prácticas de piano. Carla se debatía entre escuchar los quejidos de las cuerdas o esconderse en alguna topera de las que había en el jardín, en algún cubo de basura en el que no pudiera oír cómo eran perpetradas, una tras otra, algunas de las mejores composiciones musicales de todos los tiempos. Había algo deliciosamente sádico en escuchar el calvario de Woodrow, metáfora perfecta de cómo el hombre persigue y encuentra su propia perdición. En este caso, la perdición había sido el último capricho del chaval, emperrado en que le comprasen el mejor piano del mundo sólo porque sabía que Carla habría dado un brazo por tenerlo.

–Todo lo que tú quieres puedo conseguirlo yo –se había burlado Woodrow en son de desafío. En realidad, no le hacía falta desafiarla: ella no tenía armas con que combatir. Sabía que, cuando se trataba de recabar muestras de afecto paternales, para ella era una batalla perdida de antemano. Ella sólo era depositaria de la atención de su madrastra, quien, empeñada en tener una hija bonita y fotogénica, había elegido a Carla cuando el matrimonio fue a la caza y captura de niños por los orfelinatos de medio país. Carla era a la sazón el perfecto ejemplo de que la cara es espejo del alma: una dulce criatura de rubios cabellos y ojazos negros que todo lo escrutaban en busca de amor; regordeta y sana a pesar de los comistrajos del orfelinato; de risa fácil y sonrisa embelesadora a pesar de la espartana restricción de muestras de afecto de los funcionarios del asilo estatal. Claro, la dotación económica del Estado obligaba a restringir esfuerzos, y lo primero que se racionaba era precisamente lo que los niños más necesitaban.

Cuando el matrimonio Huntington–Whaley, eminente él, vistosa ella, apareció por la puerta del hospicio del sur de California donde Carla había vivido desde que era un bebé, la señora tenía claro que quería una niña; lo había discutido largamente con su marido, aduciendo que, como ya tenían un hijo, la niña sería el complemento perfecto para la foto familiar que habrían de difundir todos los medios de comunicación; además, la noticia de que los Huntington–Whaley, en los umbrales de emprender la carrera política del marido, acababan de rescatar de los arrabales a un bebé sentaría de maravilla al perfil público del emprendedor hombre, juzgado por muchos como frío y desprovisto de sentimientos, algo demoledor en un futuro candidato a la Presidencia. Claro que de esto nada sabía la pobre Carla, de cinco añitos de edad; si lo hubiera sabido, tal vez no habría respondido con tanto anhelo al calculado abrazo que la señora Huntington–Whaley le ofreció.

Ahora, doce años después, Carla seguía siendo el bebé hambriento que prácticamente nació en aquel olvidado orfelinato, que, por cierto, fue clausurado fulminantemente dos años después por tejemanejes en los que el nuevo padre había tenido mucho que ver; al parecer, había sido la tapadera para un turbio negocio de compraventa de bebés. De todo eso poco quedaba ya; ella sólo recordaba la espera, la consunción sentimental, la pena profunda de los seres profundamente diferentes a todos los demás. Woodrow jamás le permitió verlo como un hermano, y desde el primer día se encargó de remarcar los límites que la oficialidad jamás podría borrar. Cuando la niña de cinco años, con los ojos ebrios de maravillas que ansiaba acariciar, aunque sin ningún sentido de la posesión, entró en el cuarto de juegos, tan grande como todo el orfelinato, se encontró con Woodrow reafirmándose en su condición de rey de la casa, sentado en un improvisado pero bien calculado montón de juguetes, dominándolos y poseyéndolos todos igual que un señor feudal a sus siervos. Carla supo enseguida que Woodrow no amaba aquellos juguetes como ella se sentía capaz de amarlos, y que ni siquiera podría identificarlos o recordarlos si se le perdían, y que no lamentaría su estropicio; sin embargo, gozaba arrancándoselos a ella.

–Woodrow, no seas así. Comparte tus juguetes con tu nueva hermanita –apremió la madre.

Woodrow se puso a berrear.

–Déjalo, ya aprenderá. Ten en cuenta que es… que ha sido hijo único –intercedió el padre–. No querrás causarle otro trauma, después del choque de tener que aceptar a un nuevo miembro de la familia así, de repente.

–¿Y cómo se supone que han de aparecer los nuevos hermanitos, si no es así, de repente?

–Reconoce que esta adopción ha sido un tanto… apresurada. Teníamos que haber contado más con Woodrow, querida. A fin de cuentas, él es nuestro hijo.

–¡Muy bonito! ¡Así me agradeces que intente mejorar las cosas! Estamos trabajando por ti, Charles, no lo olvides. Tú eras el primero que quería un espaldarazo. No te quejes ahora. Vamos a ser una gran familia, Charles. Las desavenencias familiares se notan perfectamente en las fotos, por no hablar de las apariciones públicas y los programas de televisión…

–Sigo pensando que todo ha sido demasiado rápido. La campaña es a largo plazo, y Woodrow es demasiado pequeño para racionalizar adecuadamente tantos cambios.

Se explayaron un buen rato más, levantando las voces por turnos, como en una parodia de discusión; sin duda, debían de pensar que una familia con ascendientes de la aristocracia inglesa era indigna de protagonizar una escandalera. La cuestión es que, al final, Carla se quedó sin juguetes y Woodrow se erigió en el triunfador de la jornada y, a la postre, de lo sucesivo.

De los juguetes al piano vienés mediaba sólo un paso. Y era igual con todo. Al principio, Carla había sufrido un fuerte desengaño. Aquellos padres eran de plexiglás, preocupados solamente por su imagen pública. Y lo cierto es que consiguieron sus objetivos, al menos al principio, pues la llegada de Carla fue un estupendo imán para los medios de comunicación. Cada dos por tres daban ruedas de prensa, recepciones, mítines, apariciones ante públicos cada vez más afines al candidato de impecable perfil. Carla empezó a vestir un trajecito o gala en miniatura para cada ocasión, y a verse obligada a posar con su nueva familia para cientos de miles de fotografías que luego aparecían en Time, en Newsweek, en George. Los periodistas y la gente se quedaron prendados de la preciosa muñequita rubia de los Huntington–Whaley. Para ella, esto fue una bendición: creía que la actitud de Woodrow era por algo que ella había hecho mal, y que sus padres hacían caso omiso de ella por lo mismo, y que esto les reconciliaría con ella. Pero obró el efecto contrario, porque Woodrow, relegado al olvido público, se volvió loco de celos. Y ello reavivó la mecha de la disputa conyugal. De pronto, la elegante y discreta pareja de raíz aristocrática se convirtió en un par de verduleros disputando por cualquier nonada. Ya ni siquiera importaba que los hijos estuvieran incluidos en el lote de discusiones correspondiente a la semana: tenían su ración de disputa exactamente igual. Eso sí, de cara al exterior, seguían siendo una pareja impecable.

Hasta que comenzaron los “pequeños desajustes”.

2. La conspiración de los huerfanitos

Claro, el ambiente tenso de puertas adentro acabó pasando factura. Cada vez eran más frecuentes los comentarios sarcásticos de lo ojeroso y demacrado que estaba Charles Huntington–Whaley, el pequeño delfín del ejecutivo del Partido. ¿Qué pasa, Charles? ¿Demasiada responsabilidad que no te deja dormir?, le preguntaban sus amigos y encarnizados rivales, compañeros de cócteles y partidas de golf y también de maledicencias y complots de aquellos que no habían asistido ese día. Y Charles Huntington–Whaley negaba con la cabeza e impostaba una sonrisa, tal como le habían enseñado en su asesoría de imagen.

Pero, en privado, tenía que reconocer que estaba con los nervios destrozados. Y las veleidades de su hija no contribuyeron a ayudarlo.

Todo empezó en una recepción que ofreció David P. Marsalis II con motivo de su nombramiento como juez federal. Charles y él habían sido compañeros de estudios y estrellas paralelas en el deslumbrante pero limitado universo de la política. Marsalis tenía tres hijos, dos de ellos con una esposa diferente, ninguna de las cuales era su cónyuge actual; el tercero era adoptado. Había conseguido la custodia de todos, sabedor de que eso le haría aparecer como un padre devoto a ojos de la Nación. Los tres hermanos eran bastante seguidos, tanto como las infidelidades y divorcios de su padre: el mayor, David, tenía diecinueve años, los mismos que Woodrow, y, naturalmente, habían sido oficialmente nombrados “mejores amigos” desde el día en que se supo de los embarazos simultáneos de las madres. La segunda, Beth, era una muchachita un tanto estirada de dieciocho años. El benjamín, Scott, tenía la misma edad que Carla. Hacía tiempo que ella no lo había visto, pues los tres estudiaban en el Distrito Federal; lo recordaba como un niño pecoso y tímido. De los otros dos no recordaba apenas nada, salvo que les gustaba tirarle de las trenzas cuando jugaban –por decir algo– juntos.

En fin, aquélla prometía ser una velada protocolaria y muy, muy aburrida, la típica reunión social que cada uno aprovecha para montar un pequeño escaparate con su vida perfecta, su familia perfecta y su carrera no perfecta, pero en vías de serlo, porque para algo estaban allí… Venía a ser una especie de baile de fin de curso para los hijos de la clase política de América. Y para los hijos de los hijos, claro está; a fin de cuentas, ellos iban a ser el futuro capitán de barco de su país.

Por lo pronto, los capitanes actuales y los futuros estaban desahogándose cada uno en su coche:

–Mamá, quiero quitarme la corbata. ¡Me está demasiado prieta! –gritó Woodrow por enésima vez. Carla iba a su lado, por decir algo, porque estaba acurrucada junto a la ventanilla, para evitar recibir cualquier cachete –supuestamente involuntario– propinado por los brazos de Woodrow, que se movían como aspas.

–No. No te atrevas a quitártela, Woodrow. Te estiliza el cuello.

–¿Quieres decir que mi cuello no es lo bastante estilizado? ¿Eh, mamá?

–No, no he querido decir eso. No tergiverses mis palabras.

–¿Y si las corbatas sirven para estilizar, por qué Carla no lleva una corbata a modo de cinturón?

Ella le miró con asco. Pensó que era un imbécil, pero no pudo evitar mirarse la cintura con un poco de angustia.

Su madre también giró la cabeza para mirarla. Estaba muy seria.

–Carla, debes dejar de comer tantos bombones. No te hacen ningún bien.

–Vamos, madre… No como tantos.

–Sí, sí lo haces. Te estás poniendo… bien, un poco rellenita.

Woodrow ya no se acordaba más de su corbata. Ahora se estaba riendo como un crío de cinco años.

Carla tuvo ganas de gritar: “¡No, es mentira! ¡Estoy más delgada que nunca! ¡Soy delgada y no me he cortado la melena desde los cinco años, y me maquillo los ojos para que parezcan más grandes, y nunca he ido a un concierto de rock, y no tengo amigas normales, sólo porque tengo que ser como tú quieres que sea, y nunca estás satisfecha!” Pero, en vez de eso, sólo balbuceó:

–D… de acuerdo, madre. Haré lo que tú digas.

Luego, tuvo que apretar los labios para no romper a llorar. Miró hacia la calle, que estaba mojada; era noviembre. Faltaba un mes para la Navidad; por esas mismas fechas cumplía años. No le hacía ninguna ilusión. En realidad, pocas cosas le hacían ya ilusión.

Como siempre que se ponía melancólica o furiosa, Carla se concentró en el piano de Woodrow… bueno, en “mi piano”, pensó ella. Porque, en realidad, sentía que le pertenecía. Reprodujo mentalmente algunas de las melodías que amaba. Se imaginó a sí misma tocando aquel piano, acariciando sus teclas de marfil. Aquella idea la relajó inmediatamente. Ella podría hacer magia con aquel piano. Se sentía capaz de arrancarle la música más hermosa del mundo con sólo sentarse delante de él, poner las manos sobre las teclas y… y desearlo.

Era extraño. Muchas veces, se sentía rara. Había leído muchos libros, libros de todo tipo, y a veces lo achacaba a que todavía no había acabado de aceptar su propio cuerpo, su cuerpo nuevo, tan lleno de curvas y de baches, como una carretera secundaria. Rincones oscuros y peligrosos donde podían acechar seres misteriosos y malvados. Era un cuerpo que a veces la sorprendía con su belleza tierna y humilde, como una margarita; otras veces, sin embargo, lo sentía ajeno a ella, ingobernable como una barca a la deriva. Intuía que aquel cuerpo le hablaba en un lenguaje que ella conocía desde siempre, pero que todavía no sabía descifrar conscientemente. Y la música formaba parte de aquella comunicación. Carla sentía que, cuando escuchaba una música bella, que la estremecía, sintonizaba con su cuerpo y lo comprendía todo, de repente, y estaba en paz consigo misma.

Pero, la mayor parte del tiempo, no era así. Porque se miraba en el espejo y veía una construcción hecha por sus padres. El cabello rubio y largo hasta la cintura, los ojos maquillados de castaño, colorete en las mejillas, zapatos sin tacón, medias de colores mates. Odiaba aquella muñeca que le sonreía desde el espejo. No era ella. No, ésa no era ella.

Había tráfico y tardaron un poco en llegar a casa de los Marsalis. Pensando en los bombones que había comido aquella semana –¿de verdad habían sido tantos?, no se lo había parecido…–, Carla había perdido el apetito. Se sentía deprimida y aburrida de todo; ansiaba que todo terminara para volver a casa y dormir, dormir para siempre…

–Alegra esa cara, por favor, que va a haber mucha gente –la instó su madre cuando bajaron del coche y el mayordomo acudió a buscarlos con un enorme paraguas.

La fiesta todavía estaba en sus comienzos. La gente revoloteaba de un grupito a otro, saludándose, dándose besos de protocolo, preguntándose que qué tal como si a alguien le importara saber cómo estaba el otro. Había, con bandejas de canapés y bebidas, camareros vestidos para una recepción de alto nivel, ¡ni que aquello fuera una cumbre de jefes de Estado!, pensó Carla. Aunque luego cayó en la cuenta de que, más o menos, eso era. Uno de los camareros le ofreció champaña, y, aunque tenía diecisiete años, se sintió tentada de aceptar.

Pero luego se acordó de que había muchos ojos alrededor, muchos de ellos pertenecientes a gente “con malas intenciones”.

–No debes hacer nada que pueda comprometer la carrera de tu padre, Carla. Recuérdalo. Aunque creas que nadie te ve, créeme: siempre hay un ojo por ahí. Y donde hay un ojo, hay una boca dispuesta a decir cuanto sea necesario para hundir a tu padre. Él es un hombre brillante, y eso siempre crea envidias. Tenlo siempre presente antes de hacer cualquier cosa. Cual–quier–co–sa.

Así la había aleccionado su madre durante años, y Carla había sido una buenísima alumna.

–No, gracias. Soy menor –le dijo al camarero, con la sonrisa de buenecita que tantas veces había ensayado ante el espejo.

Miró a Woodrow, que enseguida se había unido a un grupo de chicos un poco mayores que él, y que se manejaban, aparentemente, con mucha desenvoltura, como si hubieran sido embajadores en medio mundo. El grupito estaba demasiado lejos como para que ella pudiera captar lo que decían, pero se estaban riendo a mandíbula batiente. Seguramente, estarían contando chistes asquerosos contra las mujeres, pensó Carla con reprobación. Entonces pensó en cuánto los despreciaba, a todos, incluido su hermano Woodrow, el mismo que ejecutaba –literalmente– piezas que, para ella, eran sagradas.

Los nuevos amigos de Woodrow tenían cada uno su copa en la mano. Seguro que la habían vaciado y vuelto a llenar varias veces, pensaba Carla. Woodrow también era demasiado joven para beber, pero su caso era diferente, porque era un chico y porque no era ella.

Era ella la que ocupaba la primera plana del escaparate de la boutique llamada familia Huntington–Whaley. Si, el día de mañana, Woodrow se decidiera –o le decidieran– a seguir la carrera política de su padre y la nación se volviera completamente loca y llegara a elegirlo como su presidente, y si algún periodista hurgaba en su pasado y descubría que había bebido ilegalmente, o incluso hecho cosas peores… bien, no pasaría nada; habría un acto de contrición retransmitido por todas las cadenas de televisión, y al día siguiente, las encuestas de popularidad le serían más favorables que nunca. En cambio, si a ella, la preciosa y perfecta Carla, la cazaban haciendo lo mismo, el oprobio caería sobre su familia para siempre.

Al poco rato, apareció otro camarero. Éste llevaba otro tipo de copas, como otro era, también, su contenido: inocentes batidos de vainilla.

–Esto sí puedo tomarlo, ¡muchas gracias! –le dijo al camarero, quien, poco acostumbrado a esas exquisiteces verbales, le sonrió con gratitud.

Estaba a punto de darle el primer sorbo, cuando apareció su madre, que parecía tener un radar para los dulces que atacaban a su hija. Se acercó a ella y le quitó disimuladamente la copa de las manos, diciéndole:

–Recuerda lo que hemos acordado en el coche. Mira a tu padre, lo contento que está. ¿Ves a los hombres con los que está hablando? Son gente importante. Los jefes del partido, Carla. Ellos pueden hacer que suba hasta el infinito… o que caiga para siempre. Y a ellos les gustas. Siempre les has gustado. Les gustan las niñas delgadas; procura recordarlo antes de llevarte algo a la boca.

–Sí, madre.

La señora Huntington–Whaley se marchó con la copa en la mano. Carla vio con amargura cómo le daba un sorbo.

–Ojalá te haga ardor de estómago –dijo para sus adentros.

–¿Así es como hablas de tus padres a sus espaldas? –contestó una voz desde detrás de ella.

Carla sintió como se le vaciaba el rostro de sangre. Y quiso sentir, pero no sintió, que el suelo de mármol recién pulido se abría para devorarla por siempre jamás. Le pareció estar viendo los titulares: “Hija de político en alza echa mal de ojo a sus padres”. Peor aún: “Político en alza no supo guiar a su hija, ¿sabría guiar a su país?”

–Por favor, no digas nada. Te daré lo que…

–¿Absolutamente cualquier cosa que yo quiera? –terminó por ella la voz.

Era una voz masculina, de hombre joven, bien timbrada. Hablaba con el aplomo de un orador nato, de los que no necesitan lecciones de declamación ni retórica para hablar ante un número indefinido de gente… y ganársela. El poseedor de aquella voz tenía el privilegio de poder decir lo que le viniera en gana, pues la gente lo aprobaría siempre; sólo hacía falta abrir un poco los oídos para notar su seguridad en sí mismo. Y aquélla era la cualidad que la gente anhelaba ver en sus líderes: seguridad. Porque la gente siente que puede confiar en las personas que irradian seguridad; aunque elijan el mal camino, sabrán liderar a su manada y, lo que es más importante, volver a ponerla en el bueno. Son líderes de cuna, una estirpe aparte.

–Absolutamente… –Se volvió. Ahora estaba delante de un muchacho de cara simpática, sonrisa amplia que dejaba ver una leve separación entre los incisivos, chispeantes ojos azules y calcetines desparejados. Carla pudo verlo porque el muchacho estaba sentado en el rellano de la escalera, con los pies colgando por entre los barrotes del pasamanos. Pasó un brazo por otra abertura y le ofreció la mano a Carla:

–¡No pongas esa cara, mujer! ¡Que era broma! No estás acostumbrada a hablar con tipos rudos y machistas como yo, ¿verdad? ¡Ja, ja, ja! Soy Scott.

–C… Carla Huntington–Whaley.

–Sí, ya lo sé. En cuanto he visto ese pelo rubio y esos ojazos negros, he dicho: zas, ésta tiene que ser la chica con el apellido más largo de la fiesta. Oye, siempre he tenido una curiosidad: ¿de verdad es ése vuestro apellido o se lo ha inventado tu padre para parecer inglés? Las veces que he hablado con tu madre me ha parecido incluso que hablaba con acento británico. No habrás estudiado en Oxbridge, ¿verdad?

Ahora Carla se rió.

–Querrás decir Oxford, o Cambridge…

–Bueno, qué más da. Todos esos sitios me parecen iguales. Mi padre quiere enviarme por allí cerca… a Alemania, cae por allí, ¿no? Oye, pues eso, que si has estudiado allí.

–No, a Dios gracias. Llegué un poco tarde para eso. Si hubiera llegado ahora, probablemente estaría allí… o puede que en un internado para chicas… ¡brrr! Bueno, sí, soy la chica con el apellido más largo, pero puedes llamarme sólo Carla.

–Muy bien… sólo Carla… Debería decir “encantado de conocerte”, pero la verdad es que ya nos conocemos de antes, ¿te acuerdas?

–Muy ligeramente. Tú llevabas gafas y tenías pecas, y ahora no tienes ninguna de las dos cosas. ¿Qué ha pasado? ¿Alguna mutación genética?

Scott sonrió y salió de su voluntario aprisionamiento. Ahora bajaba las escaleras como una persona civilizada. Carla pudo constatar que era más alto que los chicos de su edad, que era la misma que la de ella.

–Llámalo más bien una mutación quirúrgica.

–¡No me digas que llegaron al extremo de…!

–Dilo, dilo. Sí, señor, me operaron para quitarme dioptrías. Decían que lentillas no, que el flas de las cámaras les sacaba reflejos rojos cuando nos hacían fotografías para los periódicos. Y que las cámaras… te vas a reír… que las cámaras se reflejaban en ellas. De risa, ¿no? Y me pusieron a tratamiento con un dermatólogo para quitarme las pecas. Fíjate, fíjate, ¿las ves?

–No.

–Para que veas lo eficaces que son los tratamientos caros. Para que luego digan que con dinero no se puede conseguir cualquier cosa. ¡Ja, ja! El dinero todo lo compra. Bueno, casi todo –dijo, perdiendo por un segundo la sonrisa. Pero sólo fue eso, un segundo: inmediatamente después volvía a sonreír.

–Por lo que veo, no llegaron a operarte de los dientes…

–Lo dices por lo de esta separación, ¿no? –dijo Scott, señalándose los incisivos– Lo intentaron, pero a eso me negué en redondo. Les amenacé con romperme todos los dientes con un martillo si me obligaban. Entonces se lo pensaron mejor y decidieron que quedaba muy salado, que me daba un aire de eterno adolescente, y me dejaron en paz.

–Oye, pues es verdad. Pareces más joven que diecisiete años. Lo sé porque yo tengo los mismos.

–Pero los cumplo en diciembre.

–¿De verdad? ¿Qué día?

–El veinticinco.

–¡Qué casualidad! Yo el veintiséis. O sea, que eres un día mayor que yo.

–Fíjate cuántas coincidencias estamos descubriendo en los cinco minutos que llevamos charlando. No sólo resulta que podíamos haber sido casi, casi gemelos. También ocurre que nuestros padres son unos arribistas insoportables que nos han tomado por muñequitos de plastilina.

–Bueno, yo no he dicho eso…

–Mujer, y dale con la paranoia… Conmigo puedes hablar tranquilamente, yo no soy ningún ojo censor, ni mi boca va a hablar para decir maldades de tu padre…

–¡No me digas que te han machacado con ese discursito!

–Parece mentira que casi tengas dieciocho años, Carla. Ese discurso lo aprenden los del partido en los cursillos acelerados de educación a los hijos. Lo aprenden recitándolo todos juntos, en corro, mientras sacuden los brazos y las piernas y conectan con la armonía del universo. Es como un mantra tibetano, pero traído a Occidente, y más en concreto, a la clase política de Occidente, ¿comprendes la jugada? Lo aprenden así, y luego lo van transmitiendo de padres a hijos, por vía masculina, porque, por ahora, una mujer, a lo más que puede aspirar en política, es a ser congresista… y eso no es bastante logro para justificar el esfuerzo de hacerle aprender todos los discursos. Tienen uno para cada ocasión: para los hijos rebeldes, para los mansos, para las primeras esposas, para las segundas, para cuando sean congresistas, para cuando sean candidatos a la presidencia… ¡Lo tienen todo programado y previsto, querida niña!

Carla no supo si creerle o tomárselo a broma. Pero se había puesto tan serio al decirlo… Ella también se puso muy seria. De repente, Scott volvió a sonreír. Echó una ojeada en derredor, apreciativamente, como si estuviera sopesando el valor de la gente allí congregada. Dijo:

–¿Sabes qué? Me parece que tengo ganas de dejar de aburrirme. ¿Qué te parece si hacemos una cosa?

–Mis padres me han dicho que no haga nada que…

–… pueda comprometer o poner en apuros la imagen de tu padre. Bla, bla, bla. No olvides que yo también soy producto de la misma manipulación ideológica, aunque, afortunadamente, he sabido hacerme un relavado de cerebro que anulase el lavado anterior. Por suerte, no me cogieron a tiempo. Los hay que… ¡puf! Fíjate en aquel grupito.

–¿Quieres decir esos tipos jóvenes con pinta de estreñidos? No es casualidad que mi hermano sea el que tiene más cara de estreñido, además.

Scott se rió:

–Así me gusta, que te sueltes… Conmigo no tienes nada que temer, jugamos en el mismo equipo… Bueno, te decía que ésos, los estreñidos, tienen un presidente honorífico, y es mi hermano David. Un capullo integral, lo cojas por donde lo cojas. Es de los que se pasan el día hablando o tecleando por el móvil, haciendo como que tienen algo importante que decirle a alguien. Acaba de comprarse un “busca”, y le tiene dicho a su secretaria que le mande un aviso cada cuarto de hora o así… sólo para hacerse el importante.

–Tienes razón, es un capullo. Apuesto a que Woodrow está enamorándose de él. Porque Woodrow es un perfecto candidato al título al Mejor Aprendiz de Capullo del año.

–¿Realmente tienes ganas de estar al lado de toda esta gente? Yo, la verdad, en ocasiones así intento alejarme todo lo que pueda, no vaya a ser que todo esto sea contagioso.

–No lo quiera Dios…

–Pero, afortunadamente, Dios existe, porque en cada cosa mala hay al menos una cosa buena. Esta reunión, por ejemplo, tiene un aspecto muy positivo que salta a la vista.

–¿Cuál?

–Pues que hay mucha gente en ella. Lo cual nos deja vía libre para escaquearnos hábilmente. Y aquí viene a cuento la propuesta que tenía para ti… que es muy sencilla, ¿quieres ir a ver mi sala de juegos? Y cuando digo juegos, no me refiero a nada que no pueda ver o hacer un niño de cinco años –dijo Scott, riéndose.

Carla miró la reunión, que parecía estar siempre en un punto inercial, balanceándose pesadamente entre su disolución y el punto de cocción ideal, que desembocaría en que el anfitrión llamaría la atención de todos haciendo chocar una cucharilla contra el borde de una copa y anunciaría lo que todo el mundo ya sabía: su nombramiento como juez federal.

Lo cual quería decir que, de escapar, había que hacerlo antes de eso. De lo contrario, quedarían atrapados sin poder marcharse durante la media hora que durase el discurso, y también a continuación, cuando la atención de sus padres–celadores hubiera vuelto a despertar.

–Venga, vámonos. Vámonos antes de que mi conciencia se rebele.

Scott no se lo hizo repetir. Le dijo:

–Ve disimuladamente hacia el centro de la sala, pero no te pongas en medio; haz como si estuvieras picando algo.

–No puedo. La comida me da asco.

–Ya lo sé; a mí también –dijo Scott, y continuó como si esa coincidencia no tuviera nada de asombroso–. Pero tú disimula y tira el canapé al primer tiesto que se te cruce en el camino. Luego sigue caminando disimuladamente hacia la última puerta a la derecha… está un poco escondida detrás de un estor, pero tú sigue adelante, como si fueras al cuarto de baño. Entrarás en un pasillo. Vete hasta el fondo y entra por la puerta de la derecha. ¿Vale?

–Muy bien. Allá voy.

Y fue con el corazón en un puño. No sólo era el nerviosismo de ser pillada escaqueándose de la fiesta más importante de los últimos meses. Era también que caminaba hacia lo desconocido. Y sospechaba que lo que encontrara le iba a gustar.

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