Archivo mensual: agosto 2000

Talentos ocultos (IV)

  1. El asesino de las escamas plateadas

–¿Qué quieres ser en la vida?

–No lo sé. Quiero ser… he querido ser muchas cosas.

–Sí, a todos nos pasa, pero, si te fijas bien, verás que hay un hilo muy fino que une todas esas cosas, esos deseos, entre sí.

Carla se lo pensó un poco, pero no le hizo falta mucho tiempo.

–¡Es verdad! Hay un hilo…

–Y bien, ¿qué te dice?

–Pues… Quiero caerle bien a la gente. Que me quieran.

–Sigue.

–Y quiero… quiero ser útil para los demás. Quiero poder ayudarles sin que me lo pidan. Saber cuándo me necesitan.

–¿Y qué más?

–Quiero que ellos me hagan felices, también. Que reconozcan quién soy y cómo soy. Que me acepten a pesar de que no nos guste hacer las mismas cosas. Mmmm… También me gustaría llevarme bien con todo el mundo. Incluso…

No acabó la frase, y Scott no le pidió que lo hiciera.

–Tienes unos pensamientos muy positivos, Carla. Siempre supe que eras así.

–¿Así cómo?

–Pues como un ángel. Exactamente igual. No sé si eres mejor o peor que los demás, sólo sé que eres rara… en el buen sentido. Eres rara porque eres poco común. No te pareces a nadie que haya conocido antes.

–Pues sí me parezco a alguien. Me parezco a ti.

–No es verdad…

–Sí lo es, y no te pongas rojo. ¡Sí lo es! A los dos nos gustan las mismas cosas… nos gusta estar a solas y que nadie nos moleste… no tener que hablar con nadie que esté más interesado en lo que va a decir luego que en lo que nosotros le estamos diciendo… apreciar lo que estamos haciendo a cada momento y que los demás nos aprecien por cómo somos. Que no nos exijan ser como ellos quieren que seamos.

–Pero a eso es a lo que aspira todo el mundo.

–Ya. La diferencia es que nosotros nos hemos atrevido a luchar por ello. Claro que…

–¿Qué?

–Ahora no podríamos estar luchando por ello a menos que alguien me hubiera abierto la puerta.

–¿La puerta del destino?

–No, la puerta de mi cuarto.

–¡Ah! Sí, también en eso nos parecemos: somos demasiado sencillos para que nos gusten las mismas tonterías rebuscadas que al resto de la gente.

Los dos se echaron a reír. Luego, Carla volvió a ponerse seria, y dijo:

–No, en serio. Cuánto me gustaría saber… quién fue. ¿Sabes? Estoy convencida de que fue mi ángel de la guarda. Me escuchó y bajó por la noche para dejarme salir. No porque yo sea mejor que cualquiera y me lo merezca más, sino porque, al tener la puerta cerrada, perdía la oportunidad de equivocarme, y eso es algo que a nadie se le puede negar, ¿no crees? Podía haber preferido quedarme en mi cuarto, hacer lo que mi padre me había ordenado, es decir, irme formalita al internado. Pero, en lugar de eso, preferí salir de allí. Y ahora estoy aquí contigo. Por cierto, ¿tienes alguna idea de qué vamos a hacer ahora?

–Yo había pensado en un buen desayuno en cuanto acabe de hacerse de día. No aquí, claro.

Es que estaban sentados en un banco de un parque cuyo nombre no sabían. El nuevo día ya empezaba a despuntar. A lo lejos, o tal vez no tan a lo lejos, se oía el tubo de escape de un coche que petardeaba. Según pasaran los minutos, los ruidos del tráfico se irían multiplicando y amontonando unos encima de otros, hasta formar el hilo musical de la gran ciudad, que algunos encuentran insufrible, y otros, indispensable. Así es la vida.

Y allí estaban ellos, Carla y Scott, mirando el suelo alfombrado de hojas secas, preguntándose por su destino inmediato, pero sin ansiedad, sabiendo que sólo ellos escribirían sus renglones, con la tinta que eligieran.

–¿Y no nos reconocerán?

–Descuida. Donde yo estoy pensando, no hay patrullas de policía ni familias adoptivas. Confía en mí.

Scott le palmeó la mano, y Carla apoyó la cabeza en su hombro. ¿Cómo no iba a confiar en él? Era su reflejo, su otra mitad.

Se parecían en todo: ambos habían sido adoptados para promover las carreras de sus respectivos padres; a ambos se les había considerado estúpidos y faltos de talento; ambos habían sobresalido –a su pesar– por sus “excentricidades”, y a ambos los había amenazado un futuro igual de opresor y tiránico: a la una, el ingreso forzoso en un internado; al otro, un destierro de cuatro años en una facultad de Empresariales de Francfort.

Ahora que se habían convertido en un estorbo para sus padres, ahora que habían sacado de ellos todo el provecho posible, los tiraban a un rincón. Como muñecos rotos.

Además, tenían una buena excusa: ellos dos estaban “desequilibrados”. Enajenados. Una había intentado comerse medio acuario; el otro soñaba con bailar la samba con un pulpo. ¿Habíase visto prueba más ostensible de locura total? Demasiado grunge, demasiada televisión digital vía satélite, demasiada MTV, demasiados videojuegos… Eso dirían sus padres, a pesar de que ninguno de ellos dos había sido especialmente dado al consumo de ninguno de los productos anteriores.

Sin embargo, algo estaba decididamente mal en ellos dos, habían decidido los demás.

Algo fallaba.

O eso, o algo era decididamente diferente en ellos dos.

Demasiado diferente para que el mundo lo pudiera asimilar. Así que los eructaba.

De repente, los rayos del sol se hicieron más consistentes y se derramaron sobre ellos, como si fueran miel recién sacada del panal. Carla se desperezó, y Scott se puso en pie.

–Vamos. Tenemos que ponernos en marcha.

–¿Adónde vamos?

–A la playa.

* * *

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Talentos ocultos (III)

¡El dolor!

Muchas veces la había visitado antes. Había empezado hacía poco tiempo, apenas unos meses… justo cuando acabó el verano. Un dolor intenso que empezaba en los dedos de los pies y se abría paso tortuosamente por todo su cuerpo, hacia arriba, hacia abajo, un hormigueo de puntas afiladas de acero, un ciempiés maligno carcomiéndole las terminaciones nerviosas. Sus piernas… sus piernas parecían arder. Intentaba calmarlas mediante masajes, pero el dolor nacía de muy adentro… desde el centro de los músculos y los huesos. No podían ser crecederas, pues ya no estaba en edad.

–Un tumor –se diagnosticó a sí misma una de aquellas noches de insomnio provocado por el dolor.

Empezó a darle vueltas y más vueltas, y se familiarizó con la idea de tal forma, que de alguna manera había aceptado la idea de que no iba a durar mucho. A veces, eran sólo las piernas lo que le dolía; otras veces, el dolor se extendía por su columna vertebral, como si el cuerpo quisiera partírsele en pedazos espontáneamente. Y le retumbaban los oídos y la cabeza.

Se sentía a punto de estallar.

Había habido un período de tregua. Entonces, Carla había estado más tranquila y había llegado a olvidarse de sus miedos. La noche en que conoció a Scott fue la mejor de todas: gracias a él, se sintió llena de fuerza otra vez.

Y ahora que iba a ser desterrada de su propia casa, por su propia familia…

Los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Qué podía hacer?

Se levantó y accionó el picaporte una, dos veces, sabiendo que sería inútil. Había oído cómo Pedro la encerraba, siguiendo exquisitamente las órdenes de su padre. ¿Qué clase de padre era aquel que buscaba el momento adecuado para desembarazarse de sus hijos cuando éstos tenían problemas?

Y ella no se había metido el alga en la boca porque tuviera hambre, aunque así se lo había hecho creer a aquel inepto comecocos que le habían contratado. Lo había hecho porque… porque… porque sentía que era lo que había que hacer. Parte de su destino, como si dijéramos. Es decir, en aquel momento, no tragarse el alga le pareció imposible. Además, Scott la animó a hacerlo. Es decir, ella dijo:

–¡Menuda pinta tiene esa alga! ¿Me la puedo comer?

–¡Pues claro! Para eso está. Se muere de asco ahí, la pobre, en medio de peces aburridos. ¡Cómetela! Así, a secas, está rica. Aunque yo suelo echarle un poco de sal, ya sabes, para alegrar. Si no, tiene un regusto a cloro… pero puede pasar.

Y ya está. Cosa más natural no había en el mundo. Comer algas era igual de natural para ella como comer manzanas recién cogidas del árbol lo era para la gente que tiene manzanos en su jardín. Lo antinatural era comer pedazos de carne quemados, o cadáveres de peces pasados por una parrilla. Lo antinatural era darle vueltas y vueltas a los despojos cárnicos de un cerdo hasta que se pusieran marrones, y luego comerlos enjugados con su propia sangre. ¡Puaghhh!

Así que ¿desde cuándo hacer lo natural era indicador de locura? Carla quiso gritarle a aquel psiquiatra que debería ser él el que se tumbara en el diván, pues ella le haría el diagnóstico en un santiamén. Sólo hacía falta verlo: un fanático más de aquella competición absurda entre las personas, una carrera sin fin para ver quién era el corredor más rápido, el más esforzado, el que más estaba dispuesto a sacrificar para ganar una medalla. Era tan absurda aquella competición, que ganaba el que más se dejaba por el camino: más salud, más amor, más amistad. El premio era más dinero.

¿Qué clase de persona cuerda se prestaría a aquel juego?, se preguntaba Carla.

Sin embargo, su padre no le pagaba a aquel hombre para oír eso. Carla sabía lo que el hombre quería oír, y sabía que no la dejaría en paz hasta que no lo oyera de sus labios, de modo que se lo dijo con toda la tranquilidad del mundo. Mintió. Y por eso, su padre la enviaba al internado. Era lo que llevaba deseando hacer desde hacía años: mandarla al internado, a un manicomio, a un reformatorio o a cualquier lugar donde la tuviera fuera de su vista.

–Scott… ¿dónde estarás ahora? –gimió para sí misma– Sólo tú me comprendes.

* * *

El reloj del vestíbulo dio las tres, y fue como la cuenta atrás de un hipnotizador, porque Carla se despertó al instante.

Miró alrededor, buscando a la persona que le había dado el beso en la frente.

Porque Dios podía existir o no, el día siguiente podía traer una borrasca o un día digno de verano, la Tierra podía ser redonda o plana, pero una cosa era cierta: alguien le acababa de dar un beso en la frente.

Sin embargo, allí no había nadie: seguía estando sola en su cuarto, conservando, medio deshecha, la misma postura del loto que había adoptado al entrar.

Pero, si tan sola estaba, ¿cómo es que se había despertado así, de repente, cuando ella siempre dormía de un tirón? Además, siendo como era de las que podía quedarse dormida en el palo de un gallinero, ¿cómo no podría conciliar un sueño profundo sentada en un suelo enmoquetado? Ni siquiera hacía frío o calor en el cuarto. Las condiciones ambientales eran perfectas.

Sólo cabía una respuesta: que alguien la había conminado a despertarse. Y eso había hecho ella. Obediente hasta en el sueño.

Se levantó y se desperezó. Ahora estaba completamente despabilada. Sentía que la cabeza le funcionaba a cien por hora. Era la persona más lúcida sobre la faz de la tierra.

Su mente podía abarcar cualquier cosa; todos los saberes de la humanidad podían caer sobre la delicada malla de neuronas que tenía en el quinto piso, que ninguno de ellos se escaparía. Podía aspirar a saber todo lo que quisiera. Lo que ocurría era que no le interesaba saber la mitad de las cosas que había allí fuera.

Lo único que sabía con seguridad era que acababan de dar las tres de la madrugada y que esa puerta estaba abierta. Sólo hacía falta accionar el picaporte. Ahora, no después.

Después podía ser demasiado tarde.

Lo sabía porque se lo había murmurado el ángel que la había despertado con un beso protector.

Las cosas suelen suceder con naturalidad; es la gente la que se empeña en buscar explicaciones complicadas a un mundo sencillo. Por eso, Carla avanzó hasta la puerta y accionó el manillar. La puerta se abrió. No podía ser de otro modo.

Calzada sólo con zapatillas de deporte, vestida con un chándal, parecía una estudiante becada que acabara de saltarse las lecciones. O una colgada más de tantas que había en aquella ciudad y en todas las del mundo. O, simplemente, una chica normal. Ésa era su meta: empezar pareciendo una chica normal y respetada, y acabar siéndolo.

Salió de aquella habitación y de la casa. Para siempre. Sin hacer ruido.

Desde una ventana, alguien, el otro único habitante de aquella galaxia desierta y silenciosa, siguió sus pasos hasta que se perdieron en la oscuridad, y murmuró una oración por ella.

* * *

7. ¡Malditos periodistas! ¡Malditos polizontes!

Nadie sabía cómo lo hacía, pero Rosalind Mendoza era siempre la primera en enterarse de todo. Por eso, fue ella la autora de la llamada telefónica que arrancó a Charles Huntington–Whaley de sus sueños, los de grandeza y los otros.

–Buenas noches, Charles… Supongo que estaréis conmocionados… ¿Cómo ha sido? –preguntó Rosalind, metiéndose a saco en materia aprovechando que su adversario estaba atontado. Ella sabía perfectamente que aquella era la primera noticia del hecho para Huntington–Whaley.

–¿Cómo ha sido el qué? ¿Quién llama? ¿Eres tú, Rosalind? –Podía identificarla por la rapidez con la que hablaba. Igual que una ametralladora.

Así economizaba tiempo y llegaba antes a la noticia, que era su razón de ser.

–¡Charles! No me digas que… ¡Vaya, no sabes cuánto lo siento!

El hombre supo leer cada una de las notas de alarma y morbo que había en la voz de la periodista, y esto le bastó para ponerse en guardia.

–Rosalind, dime ahora mismo de qué estás hablando, o…

–Lo de tu hija, Charles. Ha desaparecido.

–¿Qué?

–No está en su habitación. Un testigo afirma haberse cruzado con ella en las inmediaciones de la boca del metro más cercana a tu casa. Su pista se pierde más allá de las tres y media de la madrugada.

–¡Por Dios bendito! ¡Pero si son apenas las cuatro!

–Ya lo sé, Charles. Creo que deberías hacer algo al respecto. Me refiero a lo de tu hija, por supuesto.

Rebecca Huntington–Whaley ya se había despertado, y acababa de encender todas las luces de la habitación. Como mujer que era, no tardó en adivinar qué conversación estaba sosteniendo su marido, lo cual le indujo un estado de ansiedad e histeria que tuvo que calmar de la única forma que conocía: corriendo hasta el cuarto de baño y tomándose una ración doble de tranquilizantes. Salud.

La mansión se convirtió en cuestión de segundos en un centro de operaciones cuasi–castrense, en el que el señor Huntington–Whaley era el comandante en jefe, y el resto de la gente, sus soldados: la disciplina militar rasaba a su mujer con el último de los criados. Daba igual quién se hubiera sido en la vida real, civil: aquello era una operación de emergencia. Se trataba de salvar del hundimiento al buque llamado “Prestigio de Charles Huntington–Whaley”, para lo cual el capitán, haciendo honor a su apellido, tenía que dar caza a la ladrona que había robado su honra y se había dado a la fuga con ella. Aunque, en su fuero interno, el hombre sabía muy bien que se estaba enfrentando a molinos de viento. Si Rosalind Mendoza conocía la historia, significaba que nada podía hacerse ya. El primer noticiario de “News Galaxy”, la cadena de noticias para la que ella trabajaba como periodista estrella, se emitiría a las seis en punto, y Huntington–Whaley podía apostar a que aquella mujer había movilizado ya a media redacción.

Por otro lado, los propietarios de la cadena de noticias eran también accionistas mayoritarios del periódico “The Morning Echo”, que se surtía del mismo material que la emisora. Eso se traducía en al menos cien periodistas de dos medios trabajando a destajo bajo la supervisión de Mendoza. No era de extrañar que fuera la periodista mejor pagada de la ciudad, pues era la que más exclusivas cazaba para su medio de comunicación.

En la mesa de Huntington–Whaley había seis teléfonos, entre convencionales, inalámbricos y celulares, y todos estaban siendo utilizados desde uno u otro lado de la línea. El propio interesado sostenía un supletorio en cada mano, e intentaba llevar dos conversaciones al mismo tiempo sin tener que partir su cerebro en dos en el proceso.

Eso es difícil de hacer cuando tienes al jefe del cuerpo de policías de la ciudad en la oreja izquierda y al mayordomo de David P. Marsalis, supuestamente tu mejor amigo y confidente, en la derecha, y cuando estás intentando sacar a relucir tus dotes de convicción para adherir a tu causa –aunque no necesariamente la misma en ambos casos– a tus dos interlocutores. (Estudios recientes corroboran lo que todos sospechamos: que la multitarea mata neuronas y reduce la inteligencia.)

En este caso, Huntington–Whaley intentaba persuadir al jefe de los polis de que tratase el caso de Carla como desaparición, a pesar de que no habían transcurrido las 24 horas requeridas por la ley para considerarlo así.

El jefe de policía, Les Kaminski, estaba malhumorado, y no se lo ocultaba a aquel, en su opinión, “politicastro lameculos de Washington”. En opinión de los habitantes del resto del estado, los políticos naturales de la ciudad que lo venden todo con tal de llegar al distrito federal son gentuza, demagogos con un ojo en el talonario y el otro en la Casa Blanca, cazadores de altos vuelos que persiguen la pieza mayor pero van disparando a matar contra cuantas se cruzan en su camino. La gente de provincias desconfía de los arribistas en general, y de los arribistas metidos en política, en particular, y disfruta cuando la vida paga a éstos con el mismo estipendio con que ellos han pagado a los demás, o, dicho de otra forma, cuando son ellos los que reciben en el culo el perdigonazo de otro cazador. Kaminski estaba gozando de aquel momento. Cuántas veces, cuando Huntington tenía un apellido no compuesto y no era más que el secretario del concejal de Finanzas del consistorio, se le había negado al cuerpo de policía el pago de las subvenciones que por justicia le correspondían, aduciendo problemas burocráticos o menudencias de trámite que en realidad no eran tales. Lo dicho: el tipo era un rastrero y un trepa. Pero se podía ser trepa sin ser torpe, y éste no era precisamente de los más iluminados. Ahora estaba pagando cara su torpeza.

–¿Es que no lo entiende? ¡Es mi hija la que está en peligro! ¡Quién sabe lo que puede haberle pasado… en sólo dos horas!

–Vamos, señor. A estas horas, hasta los malhechores están durmiendo la mona. No creo que a su encantadora hija le haya sucedido nada malo. Además, usted ya sabe cómo es la ley. Se exige que pasen 24 horas. Antes de eso, no podemos hacer nada… nada más que indicar a los patrulleros que, si ven una chica de metro sesenta y cinco… ¿o era setenta…? vestida con chándal… ¿de qué color me dijo que era?

–Ya le he dicho que no lo recuerdo.

–Bien, si ven a una chica de altura indeterminada, vestida con un chándal de cualquier color… que le llamen la atención y le digan que vuelva a casa cuanto antes, por favor. ¿He entendido bien?

–Comisario… ¡váyase a tomar por el culo!

–Siempre a sus órdenes, señor –dijo Kaminski con toda la pachorra del mundo, y colgó el teléfono antes de darle a aquel estreñido con ínfulas de superioridad el gustazo de ser el primero.

Luego, se levantó y se vistió rápidamente. En menos de diez minutos, estaba en su despacho de la comisaría, cursando la orden de búsqueda a todas las unidades.

Kaminski ya conocía a Carla personalmente, y no sólo le había causado una inmejorable opinión, sino que ésta se había visto reforzada por comparación con su esperpéntica familia. Carla le había parecido una muchacha sensible, razonablemente desconfiada pero sin que esa desconfianza hubiera minado su interés hacia el mundo. La muchacha no se había limpiado la mano después de estrechársela, a pesar de que él sabía que su higiene personal dejaba algo que desear y que su sencillo traje de alpaca comprado en las rebajas de los grandes almacenes desentonaba en medio del desfile de Guccis, Armanis y Diors, que hacían que aquello, más que una recepción oficial, pareciera un escaparate de una boutique parisina. La hija de Huntington no sólo le había saludado, como tocaba, sino que además había iniciado una conversación con él. Se había interesado por su trabajo y le había dado la enhorabuena “por ser tan valiente”, según sus propias palabras. Kaminski se sorprendió al darse cuenta de lo bien informada que estaba la joven acerca de las últimas operaciones policiales. No estaban teniendo mucha suerte con el llamado “asesino de las escamas plateadas”, que había vuelto a escapárseles, pero estaban sobre la pista.

–Estoy segura de que no tardarán en cogerle –le había animado Carla. Luego, se había interesado por su salud, sugiriéndole muy delicadamente que tal vez no era buena idea mezclar café con cigarrillos. Claro, había visto su tez demacrada, sus ojeras. Era una buena chica, sí, él sabía reconocerlas a la legua. Aquella familia de culos estrechos no semerecía una hija como ella. Después supo que era adoptada, y no le extrañó. La compadeció un poco y se la imaginó encerrada en un mundo a medida, construido sobre cimientos de cientos de libros, de discos especiales, de secretos ocultos en rincones que sólo ella conocía y que hacían que la fría mansión–museo donde sobrevivía fuera menos inhóspita.

Claro que se preocuparía de buscar a aquella chica.

Sobre todo, sabiendo como sabía que “el asesino de las escamas plateadas”, que tenía fijación con los peces y que siempre dejaba un rastro de escamas encima de los cadáveres troceados de sus jóvenes víctimas, todavía andaba suelto.

–Pero si la encuentro antes que tú, Huntington… –dijo en voz alta. Tenía delante un ejemplar de la primera edición de “The Morning Echo”. Una foto de archivo del protagonista del día, circunspecto y convenientemente ojeroso, ocupaba un ángulo de la plana. –Si la encuentro antes que tú… me las pagarás todas juntas.

Eso era por el teléfono inalámbrico.

El señor Huntington–Whaley lo colgó doblemente enrabietado: por un lado, por no haber conseguido doblegar a aquel policía (“hacerle entrar en razón”, lo llamaba él), y por otro, por no haber sido más rápido al colgar, dejando que aquel “memo” le tomara la delantera.

Sí, estaba rojo de ira, pero pronto dejaría de estarlo por ese motivo y pasaría a estarlo de puro susto.

Por fin había conseguido “hacer entrar en razón” al mayordomo de los Marsalis y que éste accediera a despertar al señor, que tenía el sueño muy profundo y se malhumoraba si se lo interrumpían por tonterías. Huntington había logrado convencer al criado de que aquello no era ninguna “tontería”. Marsalis era el único de sus conocidos al que Huntington había decidido hacer partícipe de toda la historia, porque resultaba ser que el antiguo compañero de instituto tenía muy buenos contactos en la ciudad, tanto en el paraíso de la buena sociedad como en los infiernos de los bajos fondos. Además, Marsalis había sido testigo de la “debilidad” de Carla. Inútil ocultarle nada.

Ahora estaban charlando, tan amigable y serenamente como el estado de ánimo de Huntington se lo permitía.

–Todo esto tiene que ver con lo que pasó en la fiesta, Charles –sugirió Marsalis, que había pasado del fastidio a la animación; no en vano se tenía por un Sherlock Holmes frustrado por la vida moderna que no dejaba sitio para el misterio–. Te lo digo yo. A tu hija no la han secuestrado, ni corre peligro. Te apuesto lo que quieras a que mi hijo Scott está metido en este berenjenal. ¡A lo mejor se han fugado a Las Vegas para casarse! Entonces seríamos consuegros. ¿No te hace gracia? ¡Ja, ja, ja, ja! –Evidentemente, a Marsalis sí se la hacía, y mucha.

El tono rojo de las mejillas de Huntington subió un grado, así como su temperatura corporal.

–¡Ya basta! Pues no, no me hace ninguna gracia. Te agradecería que dejaras de decir gilipolleces y te pusieras a mover tus contactos.

–Charles, Charles… Eres un hombre de acción, pero no tienes ni pizca de imaginación. Espera un segundo…

Y Marsalis dejó el supletorio sobre la mesilla, sin prestar atención a los gritos de su camarada.

Al lado de Marsalis, su mujer empezaba a despertarse. Abrió los ojos a tiempo de ver cómo su marido, vestido en pijama y sin siquiera echarse la bata por los hombros, se escabullía del dormitorio.

–Estate quieta. Voy a ver una cosa.

Más que de ver, se trataba de corroborar una sospecha que tenía. Y la corroboró: su hijo Scott no estaba en su cuarto. La cama estaba deshecha. Tocó las sábanas: todavía guardaban restos de calor humano. Era evidente que había sido desocupada hacía relativamente poco. Lo que fuera que había sacado a Scott de la cama había tenido que surgir aquella misma noche. Y, para Marsalis, estaba claro que aquel “lo que fuera” llevaba nombre de mujer: Carla.

Se apoyó en la pared y lanzó un suspiro de alivio y de agradecimiento.

Scott, su “hijo difícil”, había dejado de ser un problema para él. Adiós a sus extrañas conductas. Adiós a sus caprichos alimenticios. Adiós –¡adiós, hasta nunca! ¡No volváis!– a los gastos y molestias ocasionados por una estancia indefinida en el extranjero. Y a Huntington–Whaley, que le dieran, pensó Marsalis con sádico placer.

Se sonrió. Había pasado años soñando con este momento: el momento en que la estatua que Charles Huntington–Whaley había erigido en su propio honor empezara a desplomarse. Marsalis siempre había sabido que la monumental mole “Charles Huntington–Whaley” era más aparato que sustancia, más apariencia que solidez. Sólo polvo solidificado, orgulloso de sí mismo, infatuado, apoltronado en un sillón giratorio de una oficina en un edificio de rascacielos, desde la cual oteaba la ciudad y se creía su rey sólo por estar encerrado en una jaula más alta.

Estúpido gilipollas.

Si su hija, o lo que fuera, se había largado rompiendo de paso su imagen, bien por ella.

Y si había tenido la gentileza de llevarse consigo a Scott en su huida, bienvenida fuera la huida. Total, él sólo era juez federal –“sólo”, como le recordaba la mirada de suficiencia de su “amigo” Huntington–Whaley, como le recordó el retintín que puso en la voz al felicitarlo (“Vaya, enhorabuena, David; ¡juez federal a los 49!, más vale tarde que nunca, je–je–je, ¿verdad?”)–, y su cargo era vitalicio. No tenía que preocuparse por su conducta, por su imagen pública. Tener unas aspiraciones modestas ofrecía sus compensaciones: uno podía permitirse la relajación de sus hábitos.

Lo único que ahora deseaba Marsalis con todas sus fuerzas era que Carla y Scott no aparecieran nunca más.

Aquel minuto de regocijo le proporcionó un aplomo que a Huntington–Whaley jamás le enseñarían dos mil asesores de imagen:

–Lo que te decía, Charles. Están juntos.

–¿Qué quieres decir?

–Mi hijo Scott no está en su habitación. Creo que se han fugado. Es un caso de amor pasional entre jovencitos. No creo que sea nada especialmente grave. Puestos en lo peor, nada que no se pueda solucionar con una estancia de fin de semana en un hospital privado.

–¡David! ¡No puedo creer que estés hablando así!

–Lo que yo no puedo creer, Charles, es que seas tan poco perspicaz. Es tu hija, por Dios santo. Deberías conocerla más. Ser capaz de predecir sus movimientos.

–Pues si tú eres un padre tan ejemplar, dime entonces dónde están esos dos mocosos.

–Ah, eso ya no lo sé… pero lo que sí sé es que harán exactamente lo que les dé la gana. Nosotros no les importamos ni un pimiento, Charles, reconozcámoslo. Son jóvenes y quieren vivir su vida. Y están en su derecho. Al fin y al cabo, nosotros ya hicimos nuestra elección cuando estuvimos en el momento. Ahora les toca a ellos. ¿Quiénes somos nosotros para imponerles un futuro?

–Ahora te las das de padre progre y permisivo, ¿no? Pues déjame decirte que no te va nada el papel. Lo que creo es que, con esa capa de pseudoprogresismo, estás intentando encubrir un fracaso vital absoluto, David. Has fracasado en tu vida pública y en la privada. ¡Juez federal! ¡Bah! ¡Como si no supiéramos que tu ambición era el Tribunal Supremo! Pero, con los cincuenta cumplidos y un ascenso… por llamarlo así… a estas alturas, David, seamos sinceros, no tienes ninguna posibilidad.

–Tu charla de manual para ejecutivos agresivos me aburre soberanamente, Charles. Comprendo perfectamente a tu pobre hija. Lo que me extraña es que toda tu familia no se haya fugado ya. Buenas noches, Charles.

–¡Escu…!

Tarde. Era la segunda vez en menos de media hora que dejaban a Charles Huntington–Whaley con la palabra en la boca.

¡Dong, dong, dong! El reloj del vestíbulo dio las cinco.

La edición de “The Morning Echo” estaba a punto de llegar a los kioscos.

En ese momento, su mujer entró, vestida con su salto de cama rosa de palo de Givenchy, llevando una pequeña tetera que escupía humo por todos los orificios y resquicios a la vista.

–Toma un poco de tila, querido…

Justo cuando la mujer había acabado de pronunciar la o de “querido”, irrumpió otro personaje en escena. Era el único que faltaba: Woodrow. Y no podía haber escogido un momento peor para hacerlo.

Su caro pijama azul discordaba claramente con su actitud, más propia de un imberbe en la noche de su primera cita que de una persona que acaba de despertarse de un sueño supuestamente profundo y reparador, con ronquidos incluidos en el lote. Pues bajó los escalones a saltitos, y por si eso fuera poco, silboteando una canción de moda:

–¿Qué pasa? ¿Una fiesta de madrugada? –preguntó.

–¡NOOOOOOOOOOOO!

Charles Huntington–Whaley se acodó en su escritorio y enterró la cabeza bajo sus manos sudorosas.

Acababa de darse cuenta de que su hijo era idiota.

Por primera vez, echó de menos a Carla, y supo, en un arranque de lucidez insólito en él, que la había perdido para siempre. Y, con ella, cualquier opción que le quedara de entrar en la Casa Blanca como su legítimo ocupante.

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Talentos ocultos (II)

3. No hay duda, está loca

Christopher Travis, doctor en psiquiatría, estaba eufórico. Cuánto había soñado con aquel día. Y por fin había llegado. Se había tomado doble ración de cocaína, para celebrarlo. Y es que el magnífico yate llamado Huntington–Whaley estaba demostrando ser como el Titanic: se hundía sin remedio en el mar de la locura y la vulgaridad, y sólo quedarían de él algunos despojos, que llegarían flotando hasta la isla del anonimato, adonde muchos llegan y nadie sale.

Por eso, no se anduvo por las ramas.

–Bulimia.

–¿Cómo?

–Sí. Puede que complicada con algo de esquizofrenia paranoide. Un caso de libro –dijo. Aquella frase siempre gustaba mucho, hacía que aquellas familias ricas y vulgarotas se sintieran especiales.

–Eso no puede ser. Nunca ha estado preocupada por su figura. No es una de esas… pobres locas que vomitan la comida.

–Eso vosotros no lo podéis saber. Charles… confía en mí. Cualquier psiquiatra corriente te diría lo mismo. Salta a la vista. Y las pruebas las tenéis vosotros mismos… no hace falta que os recuerde lo que pasó en la fiesta.

–¡Dios santo, no! ¡Cielos! ¡Por Dios bendito! –clamó la señora Huntington–Whaley, tapándose la boca con el puño, en el que estrujaba un pañuelo.

–Vamos a lo práctico, Chris –terció el señor Huntington–Whaley, harto de los ataques de histeria religiosa de su mujer–. ¿Qué tratamiento se le puede aplicar?

–Hay tratamientos posibles, pero todos presentan algún inconveniente. Si vosotros fuerais una familia normal… bien, en ese caso, la solución sería el internamiento en una institución adecuada. Allí vigilarían su peso, lo que come… todo. Sería largo y costoso, pero habría posibilidades de que se recuperara. Ahora bien… como comprenderás, Charles, tu función pública implica ciertos… obstáculos a ese plan preferente. No podemos escamotear el internamiento de tu hija al ojo público. Y el ojo público lo verá, de eso no te quepa duda. Podrás encubrirlo, llamarlo de otra forma… decir que tu hija se está dando una cura de reposo… que se ha tomado unas cortas vacaciones para relajarse… lo que quieras, y ellos lo aceptarán… pero no lo creerán, Charles. Ellos siempre lo saben todo.

Pronunció la última frase con evidente regocijo. Estaba encantado de ver en apuros al intocable Charles Huntington–Whaley, compañero suyo de Instituto.

–No, no, no. Eso no puede ser. Nada de internamientos.

–Pero Charles… –musitó su mujer.

–¡He dicho que no! No hemos dedicado años y años de nuestras vidas a la carrera política para acabarla así… porque a una cría caprichosa se le ocurre hacerse maniática para probar nuevas emociones.

–¿No cabe la posibilidad, Chris, de que… bien… haya otro diagnóstico posible… menos grave? Me refiero a que… en fin, todos hemos sido jóvenes, y hemos experimentado con cosas…

Christopher Travis miró a la mujer implorante con ojos de hombre, no de médico. Había conocido a Rebecca el mismo día de su boda con Charles. Había sido elegida para él entre decenas de candidatas. Como si fuera un monarca europeo del siglo XVI en busca de consorte, había organizado una especie de concurso–selección para elegir a la afortunada. Buscaba una muchacha dócil, fotogénica, no demasiado exigente en su vida familiar, pacata en lo sexual y que, a la vez que poco inclinada a la interacción social en grupos reducidos –donde ya se sabe que se corre el peligro de profundizar en las relaciones, que para Charles debían ser esencialmente superficiales–, pudiera manejarse bien en grupos amplios y exigentes con las apariencias. Rebecca le había parecido cumplir todos los requisitos. No había contado con que la mujer ideal para él podía parecérselo también a uno de sus amigos. Como a Christopher, por ejemplo. El psiquiatra, soltero de profesión, habría sacrificado su vocación en el altar de la feminidad delicada e irresistible de Rebecca, pero ella resultó responder demasiado bien a las exigencias de Charles, y no quiso darse por enterada de las tentativas de acercamiento de él. Sin embargo, él continuaba bebiendo de aquellos ojos del color del zafiro. Si Charles desapareciera de escena…

Pero estaba allí, delante de él. Pidió perdón a Rebecca por lo que iba a decir, pero lo dijo de igual forma:

–Lo que hizo Carla no es comparable a fumar hachís, Becca –le dijo, al tiempo que dejaba caer una de sus bien cuidadas manos sobre las de ella, tan pequeñas, que podía abarcarlas con una sola de las suyas–.Eso sólo nos lleva a una conclusión posible… y ya os he dicho cuál es. Míralo de este modo: podía haber sido peor. En realidad, Carla podía haber sufrido… bien… un terrible, terrible… accidente.

–Tal vez ésa habría sido la mejor opción.

–¡Charles! –chilló su mujer, irguiéndose de repente en el asiento y retirando la mano de debajo de la del psiquiatra– ¡Carla es tu hija, no lo olvides! ¡Hasta lleva tu mismo nombre!

–¡Ya lo sé, cuántas veces tienes que repetírmelo! Pero es igual que un perro, cada vez que la soltamos un poco, vuelve con un problema entre las fauces. ¡Me está volviendo loco!

–Lo que está claro, Charles, es que vas a tener que tomar una decisión en breve. Estos casos, cuando se manifiestan, suelen ser fulminantes: se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo acaban. Piensa en la publicidad negativa que te puede acarrear. Piensa en las revistas, los programas de cotilleos sobre famosos, las fotos…

–Lo pensaré. Gracias, Chris. Llama a mi secretaria por tus honorarios. –Charles Huntington–Whaley se puso en pie, estrechó la mano secamente a Christopher Travis y se marchó sin mirar dos veces a su mujer, que fue tras él como un perrito faldero.

–Becca… –llamó el doctor en el último momento. Ella se volvió, no demasiado aprisa para no desbaratar el peinado que le acababan de hacer, y que, según François, la hacía parecer “diez años más joven”, de lo cual ella no estaba tan convencida.

–¿Sí?

–Si necesitas hablar del tema…

–Sí, ya sé dónde estás. Hasta luego, Christopher -dijo y se volvió rápidamente, dejando bien claro que no le apetecería hablar del tema.

* * *

Afortunadamente, el doctor Travis no llamó a la secretaria de su ex compañero de clase entre las siete y las ocho de esa tarde. De haberlo hecho, habría puesto furioso a Charles, que estaba con ella en ese mismo momento, y no le habría gustado nada oír a la joven y pelirroja Jackie mencionar el nombre de su nuevo verdugo. Lo que necesitaba era relajarse, y eso es lo que se estaba procurando ahora: un momento de relax.

Jackie tenía una voz demasiado chillona, y un dejo molesto al hablar, pero sabía preparar el daiquirí de fresa como nadie; no en vano había sido camarera de varios clubes de moda antes de que su entonces mejor amiga le pidiera que la acompañara a una entrevista de trabajo para un puesto de secretaria. Aquella mañana, Huntington–Whaley había hecho pasar a la chica de la melena roja antes que a ninguna otra. Le bastó ver cómo cruzaba las bien torneadas piernas para ofrecerle el puesto, que ella había aceptado, pues la paga era mucho mejor, y el trabajo, menos abrumador.

Por otro lado, al propio señor Huntington–Whaley, las visitas extralaborales a su secretaria le reportaban otras ventajas además de las que expresamente buscaba. Por ejemplo, Jackie era una buena consejera. No es que hubiera estudiado psicología o psiquiatría, sino que había rodado mucho por la vida, había estado detrás de muchas barras y, generalmente, sabía lo que se decía. Era una muchacha con los pies bien puestos en la tierra. Así, cuando él le comentó lo del nuevo capricho de su hija, ella dijo:

–Tal vez lo haga para llamar tu atención.

La primera reacción del señor Huntington–Whaley fue exclamar “¡qué tontería!”. Pero después de un segundo, se dio cuenta de que Jackie podía decir muchas cosas, pero casi nunca eran tonterías.

–¿Para qué iba a querer llamar mi atención? No tiene nada a lo que uno pueda atender. Sí, de acuerdo, es una niña mona… por eso la escogimos… a mi mujer le gustó nada más verla, y está bien, tiene un pelo precioso y una cara atractiva que da muy bien ante las cámaras. De acuerdo. Pero el físico no lo es todo. ¿Qué hay de una mujer si no tiene cerebro?

–Oh, pero estoy segura de que Carla lo tiene. Y muy bien puesto, además.

–¿De veras? Yo no podría encontrárselo ni con lupa. Tú no la has tratado, Jackie. No sabes cómo es. Tratas de hacerle entender una cosa y tienes que repetírsela cientos de veces. Y ni aun así la entiende. Le hemos dicho muchas veces que hay ciertas cosas que no puede hacer. Y luego va ella y hace justo lo contrario de lo que le hemos dicho. He llegado a la conclusión de que simplemente es una egocéntrica con el único objetivo de hacer lo que le dé la gana en la vida. Y para ello, se aprovecha de nosotros y de nuestra posición. ¡Como si fuéramos los reyes de Inglaterra, que no van a perder la corona hagan lo que hagan! Nosotros tenemos que vigilar nuestro comportamiento público igual que el privado. Nunca se sabe…

–No la he tratado, es verdad, pero soy mujer, e intuyo cómo son otras mujeres. Créeme, Carla es una chica lista. No sé qué objetivos tiene, pero puedes estar seguro de que no se limitan a lo que tú has dicho. Una mujer jamás se pasea por la vida buscando hacer lo que le dé la gana. Siempre tiene objetivos más altos.

Puso cara de asco mientras lo decía. Al principio de aquel contrato laboral tan particular, miraba más atentamente lo que le decía a su jefe. Pero, pasando el tiempo, había comprobado que no corría ningún peligro: aquel hombre era completamente impermeable a las ironías, aunque fueran dirigidas contra él mismo. De modo que, ahora, Jackie se permitía hablar con total franqueza. Era la menor de las libertades que podía arrogarse, toda vez que él había usurpado su vida privada por completo. Incluso le había comprado un teléfono móvil sólo para recibir llamadas de él, para tenerla localizada constantemente y llamarla cuando le apeteciera “oír su voz”, como él decía.

–Carla no. Pero tengo que hacer algo con ella. Está claro que es una persona sin ningún talento. No es como Woodrow. Él, al fin y al cabo, es mi hijo, sangre de mi sangre. Algo ha tenido que heredar de mí. A él se le ve más ambicioso. Carla no tiene ninguna ambición que merezca la pena. Lo único que hace es desperdiciar el tiempo soñando con un estúpido piano. Es su última obsesión: el piano que le compramos a Woodrow. No piensa en otra cosa. Está muerta de celos hacia Woodrow, y todo lo que él tiene, ella lo quiere también.

–Tal vez deberías tirar por el camino contrario. Mimarla a ella también. Quizá así, con buenos modos…

–Qué va, no hay nada que hacer –siguió gritando el hombre desde el dormitorio, mientras ella preparaba un whisky doble–. Cuando la trajimos, ya era así. Desde el primer día dejó muy claro que su mejor arma era ponerse a berrear cuando algo no le gustaba. Y lo ha hecho, vaya si lo ha hecho. Todos estos años. Es una de esas criaturas déspotas y tiranas de las que hablan los pedagogos y los psicólogos infantiles. De ésas que maltratan psicológicamente a sus padres y a sus hermanos con tal de salirse con la suya. Y ahora va y salta con esa manía… completamente estúpida y destructiva… Pero no le va a servir de nada. Ya tengo pensado lo que voy a hacer: la voy a mandar a un internado para chicas. Así entrará en vereda. Las monjas no se andarán con tonterías… Oye, cielo… no sé qué te estarás tomando, pero tráeme otro a mí.

Jackie cargó mucho la bebida. Sabía que a Charles Huntington–Whaley no le costaba nada quedarse dormido después de beber un par de copas. Así dejaría de molestarla.

Pensó, mientras vertía el contenido de una botella en el vaso, cuánto le gustaría tener un frasco de cianuro para alegrar el cóctel de aquel ogro.

* * *

5. Los hechos

El señor Huntington–Whaley volvió a casa de mucho mejor humor del que había dejado al salir. Su mujer seguía llorando, a pesar de haber dedicado ya toda la tarde a dicha actividad, el mismo intervalo que Carla había pasado encerrada en su habitación por orden expresa de él. Muerto el perro, se acabó la rabia.

–¡No quiere comer nada de lo que le llevamos! –le informó la mujer en cuanto entró en casa, sin preguntarle, como nunca hacía, dónde había estado o con quién. A Huntington–Whaley no le hacía falta inventar mentiras, puesto que nadie le ponía en apuros para tener que usarlas –¿Qué vamos a hacer?

–Déjalo en mis manos –dijo, poniéndose en modo Capitán América.

Echó una ojeada desdeñosa a la mujer, que tenía la cara limpia de maquillaje; ni una capa de hormigón habría podido disimular los ronchones que el llanto continuado le había provocado. Charles Huntington–Whaley pensó con repugnancia en lo fea que estaba. A su lado estaba Dolly, la sirvienta que habían contratado aquel mismo verano, y que, a pesar de no tener más de veinticinco años, demostraba ser una criada educada a la antigua usanza, es decir, para ser la guardiana y paje leal del ama de la casa. Y en eso estaba, sujetando una caja de pañuelos desechables, de la cual Rebecca se iba sirviendo.

Woodrow era el único miembro de la familia que permanecía felizmente al margen de todo el asunto. Vamos, si ni siquiera se había enterado del desgraciado protagonizado en la fiesta por Carla.

Huntington–Whaley sintió un escalofrío al evocar la escena. Qué espeluznante. Los Marsalis fueron los que les avisaron. Menos mal que no se enteró la prensa primero. Al candidato a estrella política ya no le sorprendía nada de los chicos de la prensa.

Al parecer, la señora Marsalis había ido a la cocina a limpiarse una gotita de champaña Veuve–Clicquot que le había caído en la pechera; entonces había oído los ruidos, que identificó como (a) un tipo de música horrísona que ella jamás habría aprobado en su casa, y (b) proveniente del cuarto de su hijo rebelde, Scott. Ella juraba que había llamado a la puerta primero, pero que los chicos no la habían oído debido al escandaloso volumen de la música, siempre según sus apreciaciones. Al abrir la puerta y ver la escena, había lanzado un chillido. Luego había bajado corriendo para avisar a su marido. Claro que, antes, había tenido el buen juicio de obligarse a serenarse; la señora de la casa entrando desenfrenada en la sala e interrumpiendo una agradable velada habría sido un espectáculo lamentable y vergonzoso.

Marsalis avisó a los Huntington–Whaley, con expresión grave, de que “algo que les concernía, y mucho” estaba teniendo lugar en la habitación de su hijo menor. La pareja ya se temía lo peor. Pero lo que vieron superó con creces sus peores fantasías.

Desgraciadamente para ella, a la pobre Carla no le dio tiempo a sacarse la tortilla de algas de la boca, y todavía tenía algunos filamentos enganchados en la lengua y los dientes. Todo lo demás que se dijo después –lo de que todavía se veía la cola del pez tropical que la señora Marsalis le había regalado con tanto cariño a su Scott, lo de que todavía estaba vivo cuando ella se lo tragó– no eran más que habladurías. Ni siquiera era completamente verdad lo de que Scott estaba en paños menores y sumergido hasta el torso en el acuario gigante, con el pulpo de Samoa Oriental sentado en sus partes pudendas, mientras él cantaba “Chica de Ipanema”. De esto, sólo era cierta la segunda parte, es decir, que tenía al pulpo en las manos mientras le tarareaba una cancioncilla de guardería.

Descubiertos con las manos en las algas y en el pulpo respectivamente, Carla y Scott no supieron qué decir. Carla escupió a toda prisa las algas, pero no pudo evitar que los mayores se dieran cuenta de lo que era aquel hierbajo que salía despedido de su boca. Naturalmente, no había ningún pez incluido en el aperitivo, y ella lo dejó muy claro; y tal vez había hecho mal, porque con sólo mencionar al pez tropical se dispararon las alarmas de la cabeza de la señora Marsalis, quien, al echar en falta el pez del acuario, relacionó esa ausencia con la extraña apetencia de Carla. Y no era cierto. Habían tirado al pez por el inodoro, ésa era la verdad, pero ¿cómo hacerles entender que lo habían hecho porque le veían una expresión de pena y de depresión allí dentro? No, ellos nunca lo entenderían. Por eso, oficiosamente, el pez acabó en el estómago de Carla –vivo, eso era lo que le daba a todo el toque macabro–, y daba igual las veces que los muchachos repitieran su versión de los hechos.

Tampoco la veracidad era un valor que ocupara una posición preeminente en la escala de valores de Huntington–Whaley. Le habían enseñado a apreciar la apariencia de verdad, no la verdad en sí misma. Por eso, no empleó ni un minuto en escuchar lo que Carla intentó decirle. ¿Qué le importaba a él lo que hubiera sucedido en realidad entre aquellas cuatro paredes? Lo importante era lo que los demás habían visto y lo que habían creído que había pasado, que era, por tanto, lo que podían contar a los demás.

Por eso, ya tomada la decisión, fue a su despacho, cerró la puerta para impedir que su mujer lo molestara, y llamó por el interfono –que conectaba, como un hilo sonoro, todas las habitaciones de la casa– a su hija. Para su sorpresa, ésta contestó enseguida, y su voz denotaba más fastidio que angustia.

–¿Qué quieres ahora?

–Baja inmediatamente a mi despacho. Tenemos que hablar.

Y cortó la comunicación. ¡Vaya con la niña!, pensó. ¿Se estaba poniendo chula, tal vez, o sólo se lo había parecido a él?

Inmediatamente oyó el zumbido del sistema de comunicación interna. Pulsó el botón:

–Padre, no puedo bajar. Me encerraste antes de irte, ¿recuerdas? –dijo Carla con retintín.

Contrariado y sintiéndose ligeramente ridiculizado por aquella muchachita descerebrada, el señor Huntington–Whaley volvió a usar aquella especie de control remoto para ordenar a los criados que dejaran salir a Carla.

Fue Dolly quien cogió el recado. Carla estaba acurrucada en un rincón. Contrariamente a lo que se pudiera suponer, las persianas estaban levantadas hasta el tope, y por el resquicio de la ventana entraba el aire fresco del agradable anochecer otoñal. Carla no ofrecía el menor parecido con una enferma mental desesperada. Antes bien, parecía bastante segura de sí misma y llena de energía. Su atuendo era diferente de lo normal: llevaba unos pantalones de chándal y un jersey de Woodrow. Le estaban grandes, lo cual acentuaba el efecto de “deshabillé” buscado por ella. El pelo le caía desordenadamente sobre los hombros y la espalda.

–Mi carcelero te ha ordenado que me des un recreo, ¿no? Claro, sólo me quiere para soltarme sus discursos –dijo Carla en cuanto vio a la solícita criada.

–Señorita…

–Perdóname, Dolly. Tú no tienes la culpa de que mi padre sea… sea como es y haga las cosas que hace. No tienes por qué oír mis quejas. Eres una buena doncella.

–Yo… yo lo siento mucho por usted, señorita. Usted también es una buena ama. Y no creo ni una palabra de lo que rumorea la gente. La gente es muy mala, señorita, yo ya lo sé –continuó Dolly, ahora envalentonada–. En mi pueblo pasaba igual: una salía con un chico una noche, se iba a bailar con él, a pasear… y al día siguiente ya decían que estaba embarazada. ¡Algo vergonzoso! Pero yo sé que lo del pez tropical es un bulo, señorita. Igual que lo del pulpo. Y no entiendo por qué se ha formado este revuelo por un puñado de algas crudas… Como si ninguno de ellos hubiera comido tierra de las macetas cuando eran críos…

Carla sonrió, divertida ante las salidas de Dolly. Le palmeó el hombro y dijo:

–Muchas gracias, Dolly. Ahora tengo que irme… ¡el señor de la casa me ha dado audiencia!

Y bajó las escaleras a toda prisa.

En el despacho la esperaba un hombre de tez y expresión cenicientas. Carla se sentó delante de él, separada de él por la desproporcionada mesa de roble. No pudo evitar preguntarse si la evidente megalomanía que aquejaba a su padre pudiera ser la manera fácil de compensar carencias de tamaño de otro tipo. Se regodeó sádicamente en este pensamiento, y no pudo evitar que se le escapara una media sonrisita. Su padre reaccionó inmediatamente:

–¡No es momento para risitas! Lo que tengo que decirte te concierne. Y te digo de antemano que no tienes el menor margen de objeción respecto a lo que vamos a hablar.

–A lo que vas a hablar, quieres decir, ¿no?

–El doctor Travis ha hablado muy claro. No hace falta traer a colación una vez más la manera en que intentaste sabotear a esta familia, poniéndola en ridículo delante de la plana mayor de la esfera pública de este país. Ambos sabemos lo que sucedió allí, y espero que, aunque no ha tenido mayores consecuencias y has fracasado en tu intento, lo que hiciste pese en tu conciencia para siempre.

Dejó un silencio, tal como había anotado en su esquema previo. Hizo memoria para recordar el párrafo siguiente. Ah, sí.

–Pero lo que importa es que esos hechos están ahí, y sus consecuencias son éstas: irás a un internado de Boston. Ya está decidido, y tu plaza está reservada. Están esperándote. Prepararán tu equipaje este fin de semana, y te marcharás el lunes que viene. Habría querido que fuera antes, pero lamentablemente la gestión de la reserva de una habitación y una plaza para ti han ocasionado algunas molestias… En fin, querida Carla, vete despidiéndote de la vida privilegiada que has llevado hasta ahora y que a tantos desmanes te ha conducido. Espero por tu bien que te parezca una buena solución, porque no hay otra.

–¿Un internado? ¡Ya conozco esos sitios! ¡Son como cárceles! ¡Peores que un manicomio! No puedes obligarme a ir a un lugar así. ¡Todo el mundo está chalado allí!

–Recuerda que, según un diagnóstico elaborado por un reputado profesional de la psiquiatría, tú no estás menos loca que el más loco de los pacientes de un manicomio, Carla. Padeces un trastorno alimenticio, con ramalazos de esquizofrenia paranoide. No es extraño que te expreses en esos términos, puesto que tienes manía persecutoria… crees que todo el mundo conspira para destruirte. Es horrible sentirse víctima de una trama, ¿verdad, Carla? Es horrible ver que otro te pone las cosas difíciles. Y créeme que yo no he querido hacer esto; pero ya has ido demasiado lejos.

–¿Demasiado lejos? ¡Pero si no he hecho otra cosa que obedecer vuestras estúpidas órdenes durante toda mi vida! ¿Así me lo agradecéis?

–¡Ya basta! Bastante he hecho con concederte el derecho al pataleo. Tu tiempo se acabó. Ya puedes volver a tu cuarto y comerte la cena que te han preparado. Más vale que entres en el internado en buen estado de salud. Más que nada, porque, si ven que tu estado no es el adecuado, ellos se encargarán de hacerte entrar en vereda. Tienen sus propios métodos.

–¡Pues me escaparé! ¡Me iré con Scott!

Esto provocó la hilaridad de Huntington–Whaley.

–Me parece que no va a correr mejor suerte que tú, Carla. Marsalis, a propuesta mía, por cierto, ha tomado sus propias medidas. Te informo de que tu querido amigo y compañero de correrías zoófagas Scott Marsalis se marchará a una universidad alemana a principios de la quincena que viene. Y ahora, se acabó la audiencia.

El señor Huntington–Whaley pulsó el interfono y mandó a Pedro, uno de los criados, que acudiera al despacho para acompañar a la señorita a su cuarto.

Carla sintió deseos de seguir protestando, de profundizar en su tímido conato de rebelión; pero, al final, doce años de lavado de cerebro impusieron su tiranía y la obligaron a hacer un mutis silencioso y cabizbajo. Esta vez, ni siquiera recibió el consuelo de unas palabras de apoyo por parte del criado, que cumplió las órdenes y se marchó.

Sola en su habitación, Carla intentó llamar por su teléfono móvil, pero una voz femenina perfectamente tranquila le hizo saber que el número marcado no se encontraba disponible. Ella abrió la ventana y arrojó el teléfono a la calle. Luego volvió a adoptar la posición del loto, que le ayudaba a relajarse y a pensar.

Pero no podía pensar con lucidez, pues la ira entorpecía el discurso de su razonamiento. Tal vez, aquella emoción nueva para ella era el odio. Pero no, se resistía a aceptar que su corazón, que siempre había creído razonablemente bondadoso, pudiera ser víctima tan fácil del odio. No, debía de ser algo de menor intensidad. No tenía tantas razones para odiar a aquel hombre, se reprendió.

Y, sin embargo, deseaba…

¡Oh! De repente, algo mucho más concreto que toda aquella mezcolanza de sentimientos atrajo toda su atención.

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Talentos ocultos (I)

1. Carla, esa estúpida

Cinco, cuatro, tres, dos, uno, y…

Woodrow podía no echarle mucho entusiasmo a sus prácticas obligatorias de piano, pero no podía negársele la virtud de la puntualidad. Pero Carla no quiso echarle demasiadas flores: si lo hacía era seguramente bajo la filosofía de que, cuanto antes empezara, antes terminaría y podría seguir perdiendo su tiempo con cualquier banalidad más de su gusto.

La vida era injusta. Muy injusta. ¡Pensar que aquel señor piano, un modelo único en el mundo y que databa de 1848, remozado y afinado expresamente por los mejores maestros artesanos de Viena, estaba en manos de un perfecto zoquete como Woodrow! No era de extrañar que todas las notas sonasen como maullidos de gato escaldado: Woodrow no intentaba siquiera echarle un poco de inspiración a la cosa. Por la forma como sonaba, Carla podía adivinar que estaba aporreando las teclas como si fueran una de esas hamburguesas poco hechas que solía devorar el chaval. Y muy malo tenía uno que ser para no arrancarle ni una sola nota decente a aquel glorioso piano, que parecía un instrumento digno de ángeles más bien que de hombres.

Todos los días, a medida que el regio reloj del vestíbulo tañía las doce, Woodrow se sometía al calvario de sus prácticas de piano. Carla se debatía entre escuchar los quejidos de las cuerdas o esconderse en alguna topera de las que había en el jardín, en algún cubo de basura en el que no pudiera oír cómo eran perpetradas, una tras otra, algunas de las mejores composiciones musicales de todos los tiempos. Había algo deliciosamente sádico en escuchar el calvario de Woodrow, metáfora perfecta de cómo el hombre persigue y encuentra su propia perdición. En este caso, la perdición había sido el último capricho del chaval, emperrado en que le comprasen el mejor piano del mundo sólo porque sabía que Carla habría dado un brazo por tenerlo.

–Todo lo que tú quieres puedo conseguirlo yo –se había burlado Woodrow en son de desafío. En realidad, no le hacía falta desafiarla: ella no tenía armas con que combatir. Sabía que, cuando se trataba de recabar muestras de afecto paternales, para ella era una batalla perdida de antemano. Ella sólo era depositaria de la atención de su madrastra, quien, empeñada en tener una hija bonita y fotogénica, había elegido a Carla cuando el matrimonio fue a la caza y captura de niños por los orfelinatos de medio país. Carla era a la sazón el perfecto ejemplo de que la cara es espejo del alma: una dulce criatura de rubios cabellos y ojazos negros que todo lo escrutaban en busca de amor; regordeta y sana a pesar de los comistrajos del orfelinato; de risa fácil y sonrisa embelesadora a pesar de la espartana restricción de muestras de afecto de los funcionarios del asilo estatal. Claro, la dotación económica del Estado obligaba a restringir esfuerzos, y lo primero que se racionaba era precisamente lo que los niños más necesitaban.

Cuando el matrimonio Huntington–Whaley, eminente él, vistosa ella, apareció por la puerta del hospicio del sur de California donde Carla había vivido desde que era un bebé, la señora tenía claro que quería una niña; lo había discutido largamente con su marido, aduciendo que, como ya tenían un hijo, la niña sería el complemento perfecto para la foto familiar que habrían de difundir todos los medios de comunicación; además, la noticia de que los Huntington–Whaley, en los umbrales de emprender la carrera política del marido, acababan de rescatar de los arrabales a un bebé sentaría de maravilla al perfil público del emprendedor hombre, juzgado por muchos como frío y desprovisto de sentimientos, algo demoledor en un futuro candidato a la Presidencia. Claro que de esto nada sabía la pobre Carla, de cinco añitos de edad; si lo hubiera sabido, tal vez no habría respondido con tanto anhelo al calculado abrazo que la señora Huntington–Whaley le ofreció.

Ahora, doce años después, Carla seguía siendo el bebé hambriento que prácticamente nació en aquel olvidado orfelinato, que, por cierto, fue clausurado fulminantemente dos años después por tejemanejes en los que el nuevo padre había tenido mucho que ver; al parecer, había sido la tapadera para un turbio negocio de compraventa de bebés. De todo eso poco quedaba ya; ella sólo recordaba la espera, la consunción sentimental, la pena profunda de los seres profundamente diferentes a todos los demás. Woodrow jamás le permitió verlo como un hermano, y desde el primer día se encargó de remarcar los límites que la oficialidad jamás podría borrar. Cuando la niña de cinco años, con los ojos ebrios de maravillas que ansiaba acariciar, aunque sin ningún sentido de la posesión, entró en el cuarto de juegos, tan grande como todo el orfelinato, se encontró con Woodrow reafirmándose en su condición de rey de la casa, sentado en un improvisado pero bien calculado montón de juguetes, dominándolos y poseyéndolos todos igual que un señor feudal a sus siervos. Carla supo enseguida que Woodrow no amaba aquellos juguetes como ella se sentía capaz de amarlos, y que ni siquiera podría identificarlos o recordarlos si se le perdían, y que no lamentaría su estropicio; sin embargo, gozaba arrancándoselos a ella.

–Woodrow, no seas así. Comparte tus juguetes con tu nueva hermanita –apremió la madre.

Woodrow se puso a berrear.

–Déjalo, ya aprenderá. Ten en cuenta que es… que ha sido hijo único –intercedió el padre–. No querrás causarle otro trauma, después del choque de tener que aceptar a un nuevo miembro de la familia así, de repente.

–¿Y cómo se supone que han de aparecer los nuevos hermanitos, si no es así, de repente?

–Reconoce que esta adopción ha sido un tanto… apresurada. Teníamos que haber contado más con Woodrow, querida. A fin de cuentas, él es nuestro hijo.

–¡Muy bonito! ¡Así me agradeces que intente mejorar las cosas! Estamos trabajando por ti, Charles, no lo olvides. Tú eras el primero que quería un espaldarazo. No te quejes ahora. Vamos a ser una gran familia, Charles. Las desavenencias familiares se notan perfectamente en las fotos, por no hablar de las apariciones públicas y los programas de televisión…

–Sigo pensando que todo ha sido demasiado rápido. La campaña es a largo plazo, y Woodrow es demasiado pequeño para racionalizar adecuadamente tantos cambios.

Se explayaron un buen rato más, levantando las voces por turnos, como en una parodia de discusión; sin duda, debían de pensar que una familia con ascendientes de la aristocracia inglesa era indigna de protagonizar una escandalera. La cuestión es que, al final, Carla se quedó sin juguetes y Woodrow se erigió en el triunfador de la jornada y, a la postre, de lo sucesivo.

De los juguetes al piano vienés mediaba sólo un paso. Y era igual con todo. Al principio, Carla había sufrido un fuerte desengaño. Aquellos padres eran de plexiglás, preocupados solamente por su imagen pública. Y lo cierto es que consiguieron sus objetivos, al menos al principio, pues la llegada de Carla fue un estupendo imán para los medios de comunicación. Cada dos por tres daban ruedas de prensa, recepciones, mítines, apariciones ante públicos cada vez más afines al candidato de impecable perfil. Carla empezó a vestir un trajecito o gala en miniatura para cada ocasión, y a verse obligada a posar con su nueva familia para cientos de miles de fotografías que luego aparecían en Time, en Newsweek, en George. Los periodistas y la gente se quedaron prendados de la preciosa muñequita rubia de los Huntington–Whaley. Para ella, esto fue una bendición: creía que la actitud de Woodrow era por algo que ella había hecho mal, y que sus padres hacían caso omiso de ella por lo mismo, y que esto les reconciliaría con ella. Pero obró el efecto contrario, porque Woodrow, relegado al olvido público, se volvió loco de celos. Y ello reavivó la mecha de la disputa conyugal. De pronto, la elegante y discreta pareja de raíz aristocrática se convirtió en un par de verduleros disputando por cualquier nonada. Ya ni siquiera importaba que los hijos estuvieran incluidos en el lote de discusiones correspondiente a la semana: tenían su ración de disputa exactamente igual. Eso sí, de cara al exterior, seguían siendo una pareja impecable.

Hasta que comenzaron los “pequeños desajustes”.

2. La conspiración de los huerfanitos

Claro, el ambiente tenso de puertas adentro acabó pasando factura. Cada vez eran más frecuentes los comentarios sarcásticos de lo ojeroso y demacrado que estaba Charles Huntington–Whaley, el pequeño delfín del ejecutivo del Partido. ¿Qué pasa, Charles? ¿Demasiada responsabilidad que no te deja dormir?, le preguntaban sus amigos y encarnizados rivales, compañeros de cócteles y partidas de golf y también de maledicencias y complots de aquellos que no habían asistido ese día. Y Charles Huntington–Whaley negaba con la cabeza e impostaba una sonrisa, tal como le habían enseñado en su asesoría de imagen.

Pero, en privado, tenía que reconocer que estaba con los nervios destrozados. Y las veleidades de su hija no contribuyeron a ayudarlo.

Todo empezó en una recepción que ofreció David P. Marsalis II con motivo de su nombramiento como juez federal. Charles y él habían sido compañeros de estudios y estrellas paralelas en el deslumbrante pero limitado universo de la política. Marsalis tenía tres hijos, dos de ellos con una esposa diferente, ninguna de las cuales era su cónyuge actual; el tercero era adoptado. Había conseguido la custodia de todos, sabedor de que eso le haría aparecer como un padre devoto a ojos de la Nación. Los tres hermanos eran bastante seguidos, tanto como las infidelidades y divorcios de su padre: el mayor, David, tenía diecinueve años, los mismos que Woodrow, y, naturalmente, habían sido oficialmente nombrados “mejores amigos” desde el día en que se supo de los embarazos simultáneos de las madres. La segunda, Beth, era una muchachita un tanto estirada de dieciocho años. El benjamín, Scott, tenía la misma edad que Carla. Hacía tiempo que ella no lo había visto, pues los tres estudiaban en el Distrito Federal; lo recordaba como un niño pecoso y tímido. De los otros dos no recordaba apenas nada, salvo que les gustaba tirarle de las trenzas cuando jugaban –por decir algo– juntos.

En fin, aquélla prometía ser una velada protocolaria y muy, muy aburrida, la típica reunión social que cada uno aprovecha para montar un pequeño escaparate con su vida perfecta, su familia perfecta y su carrera no perfecta, pero en vías de serlo, porque para algo estaban allí… Venía a ser una especie de baile de fin de curso para los hijos de la clase política de América. Y para los hijos de los hijos, claro está; a fin de cuentas, ellos iban a ser el futuro capitán de barco de su país.

Por lo pronto, los capitanes actuales y los futuros estaban desahogándose cada uno en su coche:

–Mamá, quiero quitarme la corbata. ¡Me está demasiado prieta! –gritó Woodrow por enésima vez. Carla iba a su lado, por decir algo, porque estaba acurrucada junto a la ventanilla, para evitar recibir cualquier cachete –supuestamente involuntario– propinado por los brazos de Woodrow, que se movían como aspas.

–No. No te atrevas a quitártela, Woodrow. Te estiliza el cuello.

–¿Quieres decir que mi cuello no es lo bastante estilizado? ¿Eh, mamá?

–No, no he querido decir eso. No tergiverses mis palabras.

–¿Y si las corbatas sirven para estilizar, por qué Carla no lleva una corbata a modo de cinturón?

Ella le miró con asco. Pensó que era un imbécil, pero no pudo evitar mirarse la cintura con un poco de angustia.

Su madre también giró la cabeza para mirarla. Estaba muy seria.

–Carla, debes dejar de comer tantos bombones. No te hacen ningún bien.

–Vamos, madre… No como tantos.

–Sí, sí lo haces. Te estás poniendo… bien, un poco rellenita.

Woodrow ya no se acordaba más de su corbata. Ahora se estaba riendo como un crío de cinco años.

Carla tuvo ganas de gritar: “¡No, es mentira! ¡Estoy más delgada que nunca! ¡Soy delgada y no me he cortado la melena desde los cinco años, y me maquillo los ojos para que parezcan más grandes, y nunca he ido a un concierto de rock, y no tengo amigas normales, sólo porque tengo que ser como tú quieres que sea, y nunca estás satisfecha!” Pero, en vez de eso, sólo balbuceó:

–D… de acuerdo, madre. Haré lo que tú digas.

Luego, tuvo que apretar los labios para no romper a llorar. Miró hacia la calle, que estaba mojada; era noviembre. Faltaba un mes para la Navidad; por esas mismas fechas cumplía años. No le hacía ninguna ilusión. En realidad, pocas cosas le hacían ya ilusión.

Como siempre que se ponía melancólica o furiosa, Carla se concentró en el piano de Woodrow… bueno, en “mi piano”, pensó ella. Porque, en realidad, sentía que le pertenecía. Reprodujo mentalmente algunas de las melodías que amaba. Se imaginó a sí misma tocando aquel piano, acariciando sus teclas de marfil. Aquella idea la relajó inmediatamente. Ella podría hacer magia con aquel piano. Se sentía capaz de arrancarle la música más hermosa del mundo con sólo sentarse delante de él, poner las manos sobre las teclas y… y desearlo.

Era extraño. Muchas veces, se sentía rara. Había leído muchos libros, libros de todo tipo, y a veces lo achacaba a que todavía no había acabado de aceptar su propio cuerpo, su cuerpo nuevo, tan lleno de curvas y de baches, como una carretera secundaria. Rincones oscuros y peligrosos donde podían acechar seres misteriosos y malvados. Era un cuerpo que a veces la sorprendía con su belleza tierna y humilde, como una margarita; otras veces, sin embargo, lo sentía ajeno a ella, ingobernable como una barca a la deriva. Intuía que aquel cuerpo le hablaba en un lenguaje que ella conocía desde siempre, pero que todavía no sabía descifrar conscientemente. Y la música formaba parte de aquella comunicación. Carla sentía que, cuando escuchaba una música bella, que la estremecía, sintonizaba con su cuerpo y lo comprendía todo, de repente, y estaba en paz consigo misma.

Pero, la mayor parte del tiempo, no era así. Porque se miraba en el espejo y veía una construcción hecha por sus padres. El cabello rubio y largo hasta la cintura, los ojos maquillados de castaño, colorete en las mejillas, zapatos sin tacón, medias de colores mates. Odiaba aquella muñeca que le sonreía desde el espejo. No era ella. No, ésa no era ella.

Había tráfico y tardaron un poco en llegar a casa de los Marsalis. Pensando en los bombones que había comido aquella semana –¿de verdad habían sido tantos?, no se lo había parecido…–, Carla había perdido el apetito. Se sentía deprimida y aburrida de todo; ansiaba que todo terminara para volver a casa y dormir, dormir para siempre…

–Alegra esa cara, por favor, que va a haber mucha gente –la instó su madre cuando bajaron del coche y el mayordomo acudió a buscarlos con un enorme paraguas.

La fiesta todavía estaba en sus comienzos. La gente revoloteaba de un grupito a otro, saludándose, dándose besos de protocolo, preguntándose que qué tal como si a alguien le importara saber cómo estaba el otro. Había, con bandejas de canapés y bebidas, camareros vestidos para una recepción de alto nivel, ¡ni que aquello fuera una cumbre de jefes de Estado!, pensó Carla. Aunque luego cayó en la cuenta de que, más o menos, eso era. Uno de los camareros le ofreció champaña, y, aunque tenía diecisiete años, se sintió tentada de aceptar.

Pero luego se acordó de que había muchos ojos alrededor, muchos de ellos pertenecientes a gente “con malas intenciones”.

–No debes hacer nada que pueda comprometer la carrera de tu padre, Carla. Recuérdalo. Aunque creas que nadie te ve, créeme: siempre hay un ojo por ahí. Y donde hay un ojo, hay una boca dispuesta a decir cuanto sea necesario para hundir a tu padre. Él es un hombre brillante, y eso siempre crea envidias. Tenlo siempre presente antes de hacer cualquier cosa. Cual–quier–co–sa.

Así la había aleccionado su madre durante años, y Carla había sido una buenísima alumna.

–No, gracias. Soy menor –le dijo al camarero, con la sonrisa de buenecita que tantas veces había ensayado ante el espejo.

Miró a Woodrow, que enseguida se había unido a un grupo de chicos un poco mayores que él, y que se manejaban, aparentemente, con mucha desenvoltura, como si hubieran sido embajadores en medio mundo. El grupito estaba demasiado lejos como para que ella pudiera captar lo que decían, pero se estaban riendo a mandíbula batiente. Seguramente, estarían contando chistes asquerosos contra las mujeres, pensó Carla con reprobación. Entonces pensó en cuánto los despreciaba, a todos, incluido su hermano Woodrow, el mismo que ejecutaba –literalmente– piezas que, para ella, eran sagradas.

Los nuevos amigos de Woodrow tenían cada uno su copa en la mano. Seguro que la habían vaciado y vuelto a llenar varias veces, pensaba Carla. Woodrow también era demasiado joven para beber, pero su caso era diferente, porque era un chico y porque no era ella.

Era ella la que ocupaba la primera plana del escaparate de la boutique llamada familia Huntington–Whaley. Si, el día de mañana, Woodrow se decidiera –o le decidieran– a seguir la carrera política de su padre y la nación se volviera completamente loca y llegara a elegirlo como su presidente, y si algún periodista hurgaba en su pasado y descubría que había bebido ilegalmente, o incluso hecho cosas peores… bien, no pasaría nada; habría un acto de contrición retransmitido por todas las cadenas de televisión, y al día siguiente, las encuestas de popularidad le serían más favorables que nunca. En cambio, si a ella, la preciosa y perfecta Carla, la cazaban haciendo lo mismo, el oprobio caería sobre su familia para siempre.

Al poco rato, apareció otro camarero. Éste llevaba otro tipo de copas, como otro era, también, su contenido: inocentes batidos de vainilla.

–Esto sí puedo tomarlo, ¡muchas gracias! –le dijo al camarero, quien, poco acostumbrado a esas exquisiteces verbales, le sonrió con gratitud.

Estaba a punto de darle el primer sorbo, cuando apareció su madre, que parecía tener un radar para los dulces que atacaban a su hija. Se acercó a ella y le quitó disimuladamente la copa de las manos, diciéndole:

–Recuerda lo que hemos acordado en el coche. Mira a tu padre, lo contento que está. ¿Ves a los hombres con los que está hablando? Son gente importante. Los jefes del partido, Carla. Ellos pueden hacer que suba hasta el infinito… o que caiga para siempre. Y a ellos les gustas. Siempre les has gustado. Les gustan las niñas delgadas; procura recordarlo antes de llevarte algo a la boca.

–Sí, madre.

La señora Huntington–Whaley se marchó con la copa en la mano. Carla vio con amargura cómo le daba un sorbo.

–Ojalá te haga ardor de estómago –dijo para sus adentros.

–¿Así es como hablas de tus padres a sus espaldas? –contestó una voz desde detrás de ella.

Carla sintió como se le vaciaba el rostro de sangre. Y quiso sentir, pero no sintió, que el suelo de mármol recién pulido se abría para devorarla por siempre jamás. Le pareció estar viendo los titulares: “Hija de político en alza echa mal de ojo a sus padres”. Peor aún: “Político en alza no supo guiar a su hija, ¿sabría guiar a su país?”

–Por favor, no digas nada. Te daré lo que…

–¿Absolutamente cualquier cosa que yo quiera? –terminó por ella la voz.

Era una voz masculina, de hombre joven, bien timbrada. Hablaba con el aplomo de un orador nato, de los que no necesitan lecciones de declamación ni retórica para hablar ante un número indefinido de gente… y ganársela. El poseedor de aquella voz tenía el privilegio de poder decir lo que le viniera en gana, pues la gente lo aprobaría siempre; sólo hacía falta abrir un poco los oídos para notar su seguridad en sí mismo. Y aquélla era la cualidad que la gente anhelaba ver en sus líderes: seguridad. Porque la gente siente que puede confiar en las personas que irradian seguridad; aunque elijan el mal camino, sabrán liderar a su manada y, lo que es más importante, volver a ponerla en el bueno. Son líderes de cuna, una estirpe aparte.

–Absolutamente… –Se volvió. Ahora estaba delante de un muchacho de cara simpática, sonrisa amplia que dejaba ver una leve separación entre los incisivos, chispeantes ojos azules y calcetines desparejados. Carla pudo verlo porque el muchacho estaba sentado en el rellano de la escalera, con los pies colgando por entre los barrotes del pasamanos. Pasó un brazo por otra abertura y le ofreció la mano a Carla:

–¡No pongas esa cara, mujer! ¡Que era broma! No estás acostumbrada a hablar con tipos rudos y machistas como yo, ¿verdad? ¡Ja, ja, ja! Soy Scott.

–C… Carla Huntington–Whaley.

–Sí, ya lo sé. En cuanto he visto ese pelo rubio y esos ojazos negros, he dicho: zas, ésta tiene que ser la chica con el apellido más largo de la fiesta. Oye, siempre he tenido una curiosidad: ¿de verdad es ése vuestro apellido o se lo ha inventado tu padre para parecer inglés? Las veces que he hablado con tu madre me ha parecido incluso que hablaba con acento británico. No habrás estudiado en Oxbridge, ¿verdad?

Ahora Carla se rió.

–Querrás decir Oxford, o Cambridge…

–Bueno, qué más da. Todos esos sitios me parecen iguales. Mi padre quiere enviarme por allí cerca… a Alemania, cae por allí, ¿no? Oye, pues eso, que si has estudiado allí.

–No, a Dios gracias. Llegué un poco tarde para eso. Si hubiera llegado ahora, probablemente estaría allí… o puede que en un internado para chicas… ¡brrr! Bueno, sí, soy la chica con el apellido más largo, pero puedes llamarme sólo Carla.

–Muy bien… sólo Carla… Debería decir “encantado de conocerte”, pero la verdad es que ya nos conocemos de antes, ¿te acuerdas?

–Muy ligeramente. Tú llevabas gafas y tenías pecas, y ahora no tienes ninguna de las dos cosas. ¿Qué ha pasado? ¿Alguna mutación genética?

Scott sonrió y salió de su voluntario aprisionamiento. Ahora bajaba las escaleras como una persona civilizada. Carla pudo constatar que era más alto que los chicos de su edad, que era la misma que la de ella.

–Llámalo más bien una mutación quirúrgica.

–¡No me digas que llegaron al extremo de…!

–Dilo, dilo. Sí, señor, me operaron para quitarme dioptrías. Decían que lentillas no, que el flas de las cámaras les sacaba reflejos rojos cuando nos hacían fotografías para los periódicos. Y que las cámaras… te vas a reír… que las cámaras se reflejaban en ellas. De risa, ¿no? Y me pusieron a tratamiento con un dermatólogo para quitarme las pecas. Fíjate, fíjate, ¿las ves?

–No.

–Para que veas lo eficaces que son los tratamientos caros. Para que luego digan que con dinero no se puede conseguir cualquier cosa. ¡Ja, ja! El dinero todo lo compra. Bueno, casi todo –dijo, perdiendo por un segundo la sonrisa. Pero sólo fue eso, un segundo: inmediatamente después volvía a sonreír.

–Por lo que veo, no llegaron a operarte de los dientes…

–Lo dices por lo de esta separación, ¿no? –dijo Scott, señalándose los incisivos– Lo intentaron, pero a eso me negué en redondo. Les amenacé con romperme todos los dientes con un martillo si me obligaban. Entonces se lo pensaron mejor y decidieron que quedaba muy salado, que me daba un aire de eterno adolescente, y me dejaron en paz.

–Oye, pues es verdad. Pareces más joven que diecisiete años. Lo sé porque yo tengo los mismos.

–Pero los cumplo en diciembre.

–¿De verdad? ¿Qué día?

–El veinticinco.

–¡Qué casualidad! Yo el veintiséis. O sea, que eres un día mayor que yo.

–Fíjate cuántas coincidencias estamos descubriendo en los cinco minutos que llevamos charlando. No sólo resulta que podíamos haber sido casi, casi gemelos. También ocurre que nuestros padres son unos arribistas insoportables que nos han tomado por muñequitos de plastilina.

–Bueno, yo no he dicho eso…

–Mujer, y dale con la paranoia… Conmigo puedes hablar tranquilamente, yo no soy ningún ojo censor, ni mi boca va a hablar para decir maldades de tu padre…

–¡No me digas que te han machacado con ese discursito!

–Parece mentira que casi tengas dieciocho años, Carla. Ese discurso lo aprenden los del partido en los cursillos acelerados de educación a los hijos. Lo aprenden recitándolo todos juntos, en corro, mientras sacuden los brazos y las piernas y conectan con la armonía del universo. Es como un mantra tibetano, pero traído a Occidente, y más en concreto, a la clase política de Occidente, ¿comprendes la jugada? Lo aprenden así, y luego lo van transmitiendo de padres a hijos, por vía masculina, porque, por ahora, una mujer, a lo más que puede aspirar en política, es a ser congresista… y eso no es bastante logro para justificar el esfuerzo de hacerle aprender todos los discursos. Tienen uno para cada ocasión: para los hijos rebeldes, para los mansos, para las primeras esposas, para las segundas, para cuando sean congresistas, para cuando sean candidatos a la presidencia… ¡Lo tienen todo programado y previsto, querida niña!

Carla no supo si creerle o tomárselo a broma. Pero se había puesto tan serio al decirlo… Ella también se puso muy seria. De repente, Scott volvió a sonreír. Echó una ojeada en derredor, apreciativamente, como si estuviera sopesando el valor de la gente allí congregada. Dijo:

–¿Sabes qué? Me parece que tengo ganas de dejar de aburrirme. ¿Qué te parece si hacemos una cosa?

–Mis padres me han dicho que no haga nada que…

–… pueda comprometer o poner en apuros la imagen de tu padre. Bla, bla, bla. No olvides que yo también soy producto de la misma manipulación ideológica, aunque, afortunadamente, he sabido hacerme un relavado de cerebro que anulase el lavado anterior. Por suerte, no me cogieron a tiempo. Los hay que… ¡puf! Fíjate en aquel grupito.

–¿Quieres decir esos tipos jóvenes con pinta de estreñidos? No es casualidad que mi hermano sea el que tiene más cara de estreñido, además.

Scott se rió:

–Así me gusta, que te sueltes… Conmigo no tienes nada que temer, jugamos en el mismo equipo… Bueno, te decía que ésos, los estreñidos, tienen un presidente honorífico, y es mi hermano David. Un capullo integral, lo cojas por donde lo cojas. Es de los que se pasan el día hablando o tecleando por el móvil, haciendo como que tienen algo importante que decirle a alguien. Acaba de comprarse un “busca”, y le tiene dicho a su secretaria que le mande un aviso cada cuarto de hora o así… sólo para hacerse el importante.

–Tienes razón, es un capullo. Apuesto a que Woodrow está enamorándose de él. Porque Woodrow es un perfecto candidato al título al Mejor Aprendiz de Capullo del año.

–¿Realmente tienes ganas de estar al lado de toda esta gente? Yo, la verdad, en ocasiones así intento alejarme todo lo que pueda, no vaya a ser que todo esto sea contagioso.

–No lo quiera Dios…

–Pero, afortunadamente, Dios existe, porque en cada cosa mala hay al menos una cosa buena. Esta reunión, por ejemplo, tiene un aspecto muy positivo que salta a la vista.

–¿Cuál?

–Pues que hay mucha gente en ella. Lo cual nos deja vía libre para escaquearnos hábilmente. Y aquí viene a cuento la propuesta que tenía para ti… que es muy sencilla, ¿quieres ir a ver mi sala de juegos? Y cuando digo juegos, no me refiero a nada que no pueda ver o hacer un niño de cinco años –dijo Scott, riéndose.

Carla miró la reunión, que parecía estar siempre en un punto inercial, balanceándose pesadamente entre su disolución y el punto de cocción ideal, que desembocaría en que el anfitrión llamaría la atención de todos haciendo chocar una cucharilla contra el borde de una copa y anunciaría lo que todo el mundo ya sabía: su nombramiento como juez federal.

Lo cual quería decir que, de escapar, había que hacerlo antes de eso. De lo contrario, quedarían atrapados sin poder marcharse durante la media hora que durase el discurso, y también a continuación, cuando la atención de sus padres–celadores hubiera vuelto a despertar.

–Venga, vámonos. Vámonos antes de que mi conciencia se rebele.

Scott no se lo hizo repetir. Le dijo:

–Ve disimuladamente hacia el centro de la sala, pero no te pongas en medio; haz como si estuvieras picando algo.

–No puedo. La comida me da asco.

–Ya lo sé; a mí también –dijo Scott, y continuó como si esa coincidencia no tuviera nada de asombroso–. Pero tú disimula y tira el canapé al primer tiesto que se te cruce en el camino. Luego sigue caminando disimuladamente hacia la última puerta a la derecha… está un poco escondida detrás de un estor, pero tú sigue adelante, como si fueras al cuarto de baño. Entrarás en un pasillo. Vete hasta el fondo y entra por la puerta de la derecha. ¿Vale?

–Muy bien. Allá voy.

Y fue con el corazón en un puño. No sólo era el nerviosismo de ser pillada escaqueándose de la fiesta más importante de los últimos meses. Era también que caminaba hacia lo desconocido. Y sospechaba que lo que encontrara le iba a gustar.

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