Archivo mensual: enero 1999

Viernes 22 de enero de 1999, 16:59

Las llantas han escrito su nombre en el alquitrán. En Oriente se hace de noche; desde Occidente empuja el aire azul, y la luna, que es su musa, amadrina la rebelión. Esta noche he besado otra vez a mis sueños. Eran los sueños de alguien más. Era el sueño de un nuevo ente cuyo nombre ya soñé. Aún se ve el sol de hoy en Oriente. Se va escondiendo. Parece que me lanzara guiños. Tal vez ha sido así siempre, pero entonces, ¿por qué antes no lo vi? Sólo hoy me he dado cuenta. Es la primera vez que veo tantas cosas… Los árboles no se me ocultan. Están vestidos de tilas y retoños de frutos. Por Occidente está entrando la legión de la Primavera. ¿Tan pronto es ya? Sí. Está amaneciendo…

Esta noche he vuelto a besar mis sueños. Los vi bien. Al despertar he vuelto a verlos. Cada minuto se visten de ropajes diferentes. Cambian de color, pero siempre son radiantes como unos ojos verdes que bailaran hasta el final de los tiempos, y aun hasta el final del final de los tiempos, hasta el sosiego y la quietud de la última marea estrellada.

Las ramas de los tilos filtran como cedazos celestiales los rayos del sol que ya se va a adormecer, poco a poco, con pereza, pero sin pararse, como si quisiera reponer fuerzas para estar mañana más galante. Y cómo acaricia mis sueños esta fuente de luz, cómo los ha ido alimentando todos estos años. Ha hecho eso por mí y yo no lo he sabido hasta hoy. Nunca me faltó un padre. El sol se convirtió en mi padre. Es un anciano alegre que mira el mundo con ternura, como a un bebé, pero sin condescendencia, porque quiere que ese bebé sea su sucesor, sea también, de alguna forma, lo que él ha llegado a ser. Y nosotros, aquí abajo, aquí dentro, bailamos, volamos, en las entrañas de nuestra macetita. No todos saben hacer bien la fotosíntesis de sus sueños. Algunos fabrican detritus en las usinas del pensamiento. No saben manejar la espada sino para matar, no saben que el acero sirve también para despejar maleza, para hacer frente común. Pero ya no malgasto mi tiempo en estudiar la vida de las cucarachas. Lo único más vano que la vida de las cucarachas es el tiempo que uno pierde estudiándolas.

Las ramas de los tilos estaban altas todos los días y todas las tardes que me dejé acariciar por las manos rugosas y protectoras, todo amor, de sus sombras. Quince años después, ahí están todavía esas manos. Me saludan cada mañana, pero yo casi nunca les he devuelto el saludo, porque he sido una ingrata. Esas manos no saben cuánto les debo, no saben cuánto las amo. Esas manos fueron las que me guiaron en mis primeros recorridos a pie, las que me ayudaron a incorporarme cada vez que mi inexperiencia me derribaba, y hoy, y siempre, porque el vigor es, junto con la eviternidad, un don divino a esas manos que tienen por misión proteger y sujetar, me mantendrán unida al vientre en el cual vine a la vida, vine para quedarme.

El vientre en el que respiré por primera vez es abrupto, intrincado como sólo lo que merece la pena lo es, impregnado de hojarasca en primavera, de aires de aliento cuando el invierno arrecia. El hálito apremiante, necesitado, deseado y deseante también, de esta madre que me lanzó a la vida es denso y puro, y siempre le gana la batalla al frío, aunque a veces nos parezca lo contrario, aunque casi siempre las victorias en estas guerras se me desvelen mucho tiempo después. Pero, ¿qué puede importar el tiempo transcurrido cuando se ha llegado al puerto amado, soñado, anhelado? Es como arena que se deshace bajo la potencia del sol. Nada significa. Es salitre que se dispersa entre la miríada de gotas disolventes, es materia inorgánica que flota, se desvanece, se desintegra, como los sufrimientos que han dejado de serlo porque sólo son recuerdos, como los amargores que se han convertido en miel porque sólo son enseñanzas útiles. Y sólo porque amo estas manos que de niña me acariciaron y apartaron los arbustos más frondosos para que mis ojos recibieran el primer beso lumínico, sólo por este amor, siempre estaré aquí.

Ayer oí por última vez el bordoneo de los cascos de los caballos negros. Estos caballos eran antes una recua salvaje, agresiva, que traía a lomos un cargamento de peste y vómito, de enfermedad y virulencia, de secuela que no se aspira a borrar, sino cuando menos a disimular. Tuve que capear muchos inviernos antes de que esas manos que me criaron y me acompañaron me demostraran que el amor significa firmeza, y que el crecimiento sólo es tal si lleva aparejada la valentía, ésa que endurece los gestos, que solidifica actuaciones, que afina el paso y que allana el suelo antes trufado de obstáculos y piedras. Entonces vi que el miedo se había convertido en mi aliado, que ahora era un acicate, un motor. Poco a poco domé a los caballos. Ayer los mandé a galopar más allá de todos los linderos, más allá de todos los horizontes, los insté a marcharse en busca de otros secarrales, les dije que no volvieran, y ellos me obedecieron.

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