Punto de fuga

Casi es de día; cierras los ojos y ves las farolas de la calle, mil veces vistas, su luz ambarina tiñendo de caramelo el agua de la lluvia

que cae.

Noches y más noches sin poder dormir; escuchando, espiando, fantaseando, pensando.

Desfilan delante de tus ojos, encarnados en humanoides, en fila india, todos tus miedos,

presentes, pasados y futuros.

With the lights out, they’re less dangerous.

Ahora no se trata solo de ti.

E imaginas que este momento se pudiera eternizar. Que la ciudad se pudiera conservar siempre así,

en este estado de duermevela, tan cálido, en el momento en que la mañana aún no ha roto

y todo es pura promisión, y no pasa nada por quedarte un rato más aquí tumbada.

Pero ahora no se trata sólo de ti. Tú eres sólo un figurante.

El protagonista es él, que duerme a tu lado, dulce y feliz.

Te dan ganas de agarrarte a este instante, de explotarlo, de salir volando.

Ven, mi amor, dejémoslo todo atrás.

Vamos a Canadá, a Australia; paraísos de libertad, cielos abiertos, nadie nos reconocerá jamás.

Vamos a Aruba, Barbados, Catay.

Alejémonos de todo.

En un barquito, alejémonos los dos.

Y tú, no cambies jamás;

te prometo que yo nunca me moriré.

Pero habla, dime tu respuesta ahora,

que el sol, celoso de nosotros, ya nos acecha.

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Mecenas

Poderoso señor, mi mecenas, mi benefactor, daos a conocer cuanto antes, por favor.

Cada vez se hace más patente la necesidad de vuestro amparo, de vuestra merced.

Compasivo y sensible caballero, entrad en mi vida, bendecidme con vuestra generosidad.

Yo os brindaré cuanto tengo: mi mucho o poco arte, mi conversación, mis canciones.

Cantaré y alabaré vuestro nombre del uno al otro confín, mientras tenga voz y pluma.

Ni en Roma, ni en Florencia, ni en el papado, ni en ningún imperio ni condado

habrá habido otro como vos; yo me aseguraré de que todos lo sepan.

Os lo suplico, buen señor, presentaos, elegidme; no os defraudaré.

Permitidme soltar la carga de este mundo hostil,

libradme, con vuestro gran poder, de tanta fealdad, de tanta vacuidad.

Dadme la oportunidad de ser libre, de vivir

sin cuidarme de tantas vulgaridades, de tantas mezquindades

sin tener que sacrificar mi tiempo de vida en nombre de tanta vileza.

Dadme la gracia de poder alzar mi voz, de cantar, de denunciar, de clamar, de elogiar,

viviendo la vida que siempre soñé, ensalzando la belleza, volando por encima de lo material, de lo vulgar, de aquello que no perdurará,

siendo dichosa en mi búsqueda de lo inmortal, de lo espiritual.

Venid, poderoso y gran señor mecenas, no me dejéis arrastrarme más.

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The one

Me viste, te conocí y me enamoré.

Me besaste por primera vez y ya no pensé en nada más.

Fue a los quince años de mi edad.

Me dijiste que no habría nadie más;

nadie más que tú.

Y tenías razón; yo no podía pensar en nadie más.

Sigue un día más, sigue sólo un día más. Olvida el resto.

Les enseñaremos quiénes somos; el mundo será nuestro.

Tu beso me clavó, me paralizó en el suelo; tu contacto me perdió.

Tu caricia en mi clavícula, apenas una brisa sobre mis costillas, tus labios en mis omóplatos, en mi esternón;en mis vértebras, afiladas como cuchillos, como las horas que pasaban sin sentir…

Cada vez más afiladas.

Sobre mi piel, las huellas de tus dedos: tatuajes de tu amor.

Masajeabas mis sienes, enmarcando mi cráneo de huesos blancos, puros; nuestra música sonaba; mi pensamiento se nublaba.

Atenazabas mi pelo, del que yo tan orgullosa estaba; hebras finísimas quedaban en tus manos: mi ofrenda.

Y tu verdad susurrada:

No hay nadie más. Baby, you’re the one.

Mi único deseo: complacerte.

Tardes enteras sin salir de mi habitación, las persianas echadas, fotos rotas en el suelo, un teléfono al que nadie contestó jamás.

Llamaban a mi puerta, yo prefería compartir contigo mi oscuridad por ti creada.

Tú eras mi único amor, yo era tu escultura, tu obra.

Así, otro día que se iba escurriendo lentamente; la vida que pasaba al otro lado de mi ventana.

Las persianas echadas, tu aliento sobre mi nuca, la dulzura de tus promesas, el odio que nos vivificaba. ¿Qué era, al lado de eso, todo lo demás? ¿Qué me podía importar?

Ahora ya no siento nada, pero todavía recuerdo el eco de tu voz, tu tacto frío, la vida que me quitabas, y yo que con alegría de fanática te la daba.

No hay nada más. Baby, you’re the one.

Lo que soy ahora, tú lo creaste; es todo por ti

todo es culpa tuya.

Fue a los quince años de mi edad.

 

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Un lugar propio

Toda mujer (o al menos ésta) necesita un lugar para ella, un lugar que sienta propio. Un lugar como una iglesia, aunque sea pequeñita y recóndita, aunque sólo le dé el sol en una esquina, pero donde ella, su alma, pueda resonar libremente.

Un lugar especial donde colocar, uno junto al otro, apretados, revueltos, sujetándose unos a otros, sus libros (¡tantos libros!), sus fotos (pocas fotos), algún objeto decorativo (bien elegido; no le gusta lo barroco), su orden, su desorden.

Un lugar que pueda llamar suyo, que pueda sentir suyo.

Yo todavía no lo he encontrado, me pregunto si algún día lo encontraré.

Tal vez sí, y entonces lo sabré (espero).

Tal vez no, y tendré que conformarme con vivir de prestado, con ocupar sitios que no son míos.

Es una solución como otra cualquiera.

Me conformo así, a estas alturas… con lo difícil que es vivir siendo poeta.

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‘Caída libre’ de Nina Sadowsky

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Caída libre es una de esas novelas de corte policíaco y criminal que se publican de refilón, en edición de bolsillo, sin grandes campañas de marketing que las avalen y las conviertan en “el thriller del año” (incluso estando a principios de año, como a veces sucede… Cosas de la mercadotecnia). Esto tiene su lado bueno, y es que se leen por genuina curiosidad, no por haber sido inducidos por la publicidad y las comparaciones con los fenómenos editoriales de otros años; y, al ser así, normalmente se han elegido por iniciativa propia, sin que nadie nos haya convencido de ello. Pero la ventaja más importante que ofrece esta discreción a la hora de aterrizar en las estanterías reales o virtuales de las librerías es que no existe ninguna expectativa hipertrofiada que nos haga esperar encontrarnos con el libro de nuestra vida.

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‘En busca de la paz’, de Osho

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Con los libros de Osho sucede una cosa curiosa, y es que, aunque todos vengan a decir exactamente lo mismo, cada uno de ellos se lee como si fuera totalmente distinto y original, y conserva la frescura de un mensaje nuevo. Quizá ello se deba a que, tanto en su momento como ahora, la sociedad occidental está necesitada y hambrienta de leves toques de atención, de señales en el camino que la ayuden a reconducir su atención hacia lo esencial, en lugar de hacia lo accidental, como hacemos por defecto. Tomemos como ejemplo este En busca de la paz que hoy nos ocupa.

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Cruzar el Amazonas

Eran un grupo feliz.

Uno leía un cómic, el otro leía ensayo.

La otra, un best-seller, una cuarta leía poesía.

Esto era ahora; la semana pasada leían otras cosas;

el del cómic estaba con una histórica,

el del ensayo alternaba entre dos novelas de moda,

la del best-seller se las veía con un clásico helénico,

la de la poesía acababa de terminar una colección de relatos.

Acababan de cruzar el Amazonas, rumbo a Eldorado.

Les habían dicho: “Aquí tenemos un tesoro:

si seguís leyendo, os lo daremos; no tenéis que hacer nada,

seguid haciendo lo que mejor sabéis hacer.”

Leer y pregonar lo que leían,

repartir amor por las letras,

infectados como estaban, soñaban con infectar al mundo entero

y además, ahora les pagaban por ello.

¡Cruzar el Rubicón, no; cruzar el Amazonas

es lo que era aquello!

Pero, hete aquí que, en llegando a la otra orilla,

los caballeros de la promisión, aquellos

altos y envarados dioses, los mandaron de vuelta,

con educación, pero sin respeto,

con buenas palabras, pero con un rictus en el rostro

que ni pudieron, ni intentaron siquiera disimular.

“No nos servís para nada; ni vosotros ni vuestros polvorientos libros.

La cultura suena muy bien, pero no vende,

y nosotros necesitamos dinero… más y más dinero.

Así que de lo dicho nada, olvidarlo, marcharos”.

Y cuando estaban dando la vuelta,

cabizbajos, derrotados,

ella se giró y les gritó:

“¡Se dice olvidadlo! ¡Se dice marchaos!

¡Se dice OLVIDADLO! ¡Se dice MARCHAOS!”

Cuentan que la tierra se abrió en dos y se los tragó.

(A los malhablados, está claro.)

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Juego estéril

Ahora que el tiempo se ha vuelto espeso,

emplea el suyo forzosamente ocioso en una práctica cuyo origen, si bien no recuerda, sabe de fijo que es inveterado:

fija su intensa mirada, aguda, con deliberada parsimonia

en un aspecto cualquiera de cualquier vivienda o edificio de su pequeña ciudad burguesa.

Visiones extremadamente tristes, a veces; siempre, de indiscutible belleza.

Su mirada (y su atención)

descansan ora en una fachada avejentada,

en un escudo de armas mutilado por dueños ignorantes,

ora en un alféizar con gato o con macetas de geranios,

o en una silla de mimbre abandonada en el rincón más lluvioso

de un balcón al que ya nunca nadie se asoma.

Deja

que sensaciones ocultas, como prestadas (o robadas) de alguien

le sugieran reflexiones, preguntas.

Que siempre acaban en una:

¿Sería yo otra persona si viviera ahí?

¿Me gustaría mi vida? ¿Me resultaría fácil y gustoso vivir?

Mientras imagina y fantasea con otras vidas imposibles de adivinar

se engaña, distrayéndose

de la pregunta que verdaderamente le interesa.

Espera

espera

espera

a que llegue -finalmente, ya era hora- el momento crucial

que valide toda su vida, ésta que ahora tan irreal le parece.

El instante en el cual algo de belleza y maravilla incomparables, deslumbrantes

barra toda la grisura y se pose sobre su cabeza,

el instante prometido, en el cual todo lo que esperaba le será otorgado.

Un instante que se desplaza

cada vez más

hacia un futuro -el suyo- cada vez más corto.

Por no desesperar ni llorar, ahora se ocupa

en este huero pasatiempo, en este

juego infinito

tan entretenido como vacuo.

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La elegida

A la luz tenue del quinqué, vedla aquí, remendando.

Tararea una canción; bajito; es de noche; el mundo duerme.

Diríais que está sola; sin amigos, sin amores. Una vida solitaria.

No os faltaría razón.

A pesar de ser aún joven, su horizonte empieza y termina en las fronteras que cercan cada día.

Sin planes, sin emociones, sin grandes expectativas.

Con su parte alícuota de problemas y quebraderos de cabeza.

Sin duda, no era ésta la vida que ella imaginaba tener;

su infancia cómoda y hermosa, las muchas cualidades que la adornaban, hacían prever otro destino

más majestuoso, de mayor relumbre, de mayor éxito social.

Ella habría podido lograrlo; estaba en sus manos, en su cerebro, en su rostro, en su cabeza.

Pero algo pasó, algo fue mal, los dioses estaban mirando para otro lado aquel día

y, de repente,

nada de aquello se cumplió.

Uno -o ella- podría preguntarse qué fue mal, qué salió tan rematadamente mal,

aferrarse a lo que pudo haber sido, a la fantasía de con quién ella debería estar y no está,

de dónde debería haber ido a parar, y no fue,

de qué debió haber sido, y ya nunca será.

El tiempo pasa deprisa, las horas pasan deprisa;

ya es de noche.

Cuando acabe de echar el remiendo, descansará un poco; luego leerá algo, cualquier cosa,

acabará de recoger, y pronto se tendrá que ir a acostar.

Cerca de ella, a sólo dos puertas, él duerme feliz.

Y ella, a pesar de todo, es feliz.

Su vida se cae a pedazos y es feliz: no podría serlo más.

Aunque nadie lo entienda, su misión se ha cumplido, y su tiempo aún no se ha agotado.

Se maravilla de despertar cada día, de ser hija de ese gran sol.

No te temo, invierno; no te temo, vejez; no te temo, soledad.

Tengo leña para llegar hasta la primavera; tengo mis libros; tengo mi mente; tengo a mi tesoro.

Nada me asusta, soy feliz para siempre jamás.

 

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Inmortal

Habían pasado

muchos, muchos años, con muchos, muchos lances y cambios.

Pero la cuestión es que este hombre era inmortal; ya nada le afectaba.

Había muerto muchas veces en la misma vida.

Había muerto de amor,

había muerto de horror,

había muerto de odio,

había muerto de rencor,

de curiosidad,

de ambición,

de deseo,

de avaricia,

de insatisfacción,

de plenitud.

Había muerto de tantas y tan diferentes formas,

que ahora ya una nueva impensable le era,

y de todas maneras, ¿qué importaba?

De aquellos momentos no guardaba ya el menor recuerdo,

ni siquiera un recuerdo del asombro o del dolor;

tan sólo conservaba el poso de la lección aprendida, de la sabiduría ganada.

Ahora era viejo, pero sus ojos brillaban con un inacabable fulgor.

Había muerto muchas veces; ahora ya era inmortal.

La vida entera lo esperaba;

el universo, la existencia y la dicha toda lo esperaban.

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