‘Manual de autoayuda’, de Miguel Ángel Carmona del Barco

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Los relatos -las autobiografías, o los retazos de autobiografía- que componen Manual de autoayuda son momentos en la vida de sus narradores. Momentos decisivos, tal vez, o momentos iguales al inmediatamente anterior y al posterior, pero que por sí solos definen perfectamente y sin resquicios a sus protagonistas. Unas pocas páginas bastan para desnudar y ofrecer al observador el alma del personaje. Hay en todas esas vidas algo que -es claro- no funciona, pero ese algo no es necesariamente visto como un motivo de crisis o un problema que pide urgente solución, sino como algo que forma parte del paisaje habitual del personaje.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/manual-de-autoayuda.html

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‘X de rayos X’, de Sue Grafton

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Los libros de Kinsey Millhone son vintage. Y lo son no sólo porque discurran en los años 80 y nos hagan sonreír cada vez que tenemos que recordarnos a nosotros mismos que es normal que Kinsey tenga que buscar información en la biblioteca o preguntar a tres personas en lugar de googlear sencillamente el nombre del sujeto de interés, o que la veamos correr en busca de una cabina telefónica. No sólo porque sea una colección que está a punto de acabar. Sino, sobre todo, porque, más que libros, son ecos de un tiempo que terminó. Un tiempo en el que las novelas policiacas tenían ese toque doméstico, cercano, casi diríamos que amablemente banal, que nos permitían sentirlas no sólo como sano escapismo, sino como algo que nos concernía a cada uno de nosotros, algo cognoscible, algo que no nos era ajeno.

Reseña completa aquí: http://www.librosyliteratura.es/x-de-rayos-x.html

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‘Mauthausen’

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Soy de la opinión de que todos los medios de comunicación de todo el mundo civilizado deberían publicar todos los días artículos y reportajes sobre lo que pasó en la etapa más negra, vergonzante y dolorosa de Europa y de todo Occidente: la oscura noche del nazismo, que llevó a la Segunda Guerra Mundial y que fue causante de la muerte de millones de personas, así como del sufrimiento de otros varios millones de ellas. Pronto no quedará ningún superviviente vivo, pero, afortunadamente, quedarán sus testimonios grabados y escritos. Uno de ellos es este libro, Mauthausen, que hoy comentamos.

Reseña completa, aquí: http://www.librosyliteratura.es/mauthausen.html

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‘La viuda’, de Fiona Barton

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La viuda es más sincera que La chica del tren, y más humana que Perdida. Y está mejor narrada que cualquiera de las dos. Porque atesora momentos de magia literaria, aquellos en los que, creyendo que teníamos caladísimo a tal o cual personaje, la autora nos demuestra que es ella quien más sabe. Y lo hace de una forma muy elegante: dejando caer información como gotas de sirimiri, de tal forma que, para cuando queremos darnos cuenta, somos nosotros los que estamos calados hasta los huesos, y ni nos hemos enterado.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/la-viuda.html

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De mentira

Tantos años, tantos años,

una mentira puede tener tantos años, ser casi más vieja que tú.

Tan hermosa, tan hermosa,

una mentira puede ser tan hermosa como tú siempre soñaste ser.

Una mentira hecha según tu sueño y aparente semejanza,

una mentira espontánea, no planeada; sucedió así; era una mentira ni buscada, ni deseada,

pero, sin embargo, nació y llegó para quedarse

contigo, siempre contigo

hasta convertirse ella en tu luz, tú en su sombra.

Germinó porque los elementos eran demasiado fuertes,

porque la tierra donde hundías tus raíces presionaba demasiado,

porque te faltaba el aire y la luz del sol, y en ese sótano de la naturaleza

sólo las mentiras podían prosperar.

Detrás de ella, sin embargo, hay algo que sigue vivo, hay algo que llora; algo que, a ratos, incluso canta porque es feliz.

Hay algo que iba a ser otra cosa que la que luego fue y que aún no sabe muy bien qué es.

Hay algo que quizá está metido en una caja, esperando como un gato, y cuando se abra

estará viviendo otra vida

en otro lugar

con otra gente

con un destino diferente.

O algo que, quizá, habría recorrido otro camino para acabar en el mismo sitio,

en el espacio luminoso que ocupa ahora esta mentira, desplazándola y reclamando para sí el espacio que lleva su nombre y que le corresponde desde el inicio de los tiempos,

invalidando la mentira, convirtiéndola en verdad, subrayándola y acentuándola con los bellos colores de la autenticidad.

Quizá todo habría sido diferente,

quizá nada habría sido diferente.

Lo importante no es saber la diferencia;

lo importante es no llorar por ella.

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‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé

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Historia dentro de otra historia dentro de lo universal, Últimas tardes con Teresa narra, es verdad, la historia de un amor imposible entre Teresa Serrat, niña bien de la burguesía empresarial catalana, y Manolo Reyes, llamado El Pijoaparte, un xarnego -como lo llaman las amistades de clase alta de Teresa- del Monte Carmelo. Una serie de azares y de casualidades forzadas en sus posibilidades por los propios protagonistas dará pie a la explosión de un amor de verano por el que lucharán los implicados contra el viento de la presión social y la marea de los contratiempos que les sobrevendrán, que no serán pocos ni inocentes.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/ultimas-tardes-con-teresa.html

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“Confianza”, de Osho

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Como sucede con tantos maestros espirituales, incluido Jesús de Nazaret y Buda, Osho muchas veces habla en koanes. O sea, dice cosas sin aparente sentido, frases que no se pueden inteligir mediante el intelecto; que no tienen ningún sentido lógico. Se trata de mensajes que, paradójicamente, tienen un sentido tan grande que dejan pequeño el lenguaje; la comprensión que se nos pide no proviene de la mente, sino del corazón, a la manera en que el Principito nos enseña que sólo se puede ver bien con los ojos del corazón.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/confianza.html

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Definición

La felicidad puede ser, y es, un sentimiento, una emoción, una vivencia, una experiencia, una meta, un sueño, una ilusión, una esperanza, una obsesión.

Pero creo, y ahora puedo decir que creo que sé, que sobre todas las cosas es una decisión.

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Afortunada

Seres densos como el plomo, de pasos pesados, susurros en la noche como la voz de una serpiente

que avisa de su presencia justo antes de saltar sobre el pajarillo.

Salieron a mi encuentro con cuentagotas, a solas o en manada, di que qué más da, el resultado fue el mismo.

Una serie de factores a un lado y una equis solitaria, marcando su posición, al otro.

Inevitable como el vacío espantoso del hueco del ascensor,

nauseabundo como el atropello que sucede a unos centímetros de ti sin que puedas evitarlo.

Así pasó todo, primero una vez y luego otra, parecían personas diferentes pero eran una y la misma.

Y ahora sé por qué viniste, y ahora sé por qué viniste a por mí.

Para endurecer mi piel, para enseñarme a devolver los golpes, para hacerme un escudo de mi silencio, una espada de mi mirada.

Para subir la cota del terror hasta un nivel en que ya nada ni nadie posterior lo pudiera superar ni aun rozar.

Todo lo demás: peccata minuta.

Todo lo demás: pelillos a la mar.

Todo lo demás: una chapa de consolación en las olimpíadas del horror.

Dejar hacer, dejar pasar, sin torcer el gesto, sin alterar mi aliento.

Dejar hacer, observar mientras pasa

la caravana de carros y carretas

sobre el puente de plata.

Ahora sé por qué viniste, ahora sé que no fue gratuito, ni un castigo por pura ojeriza.

I’m glad you came.

I’m glad you came.

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Soltarse

En Operación Triunfo, los monitores de canto solían aconsejarles a los vocalistas sin pulir que soltasen el aire de tal o cual manera. Y uno de los principios básicos para conseguir relajarse es aflojar, o, lo que es lo mismo, soltar. Soltar músculos, desfruncir ceños, deshacer gestos que hacemos sin pensar. Cuando lo hacemos de forma consciente, nos damos cuenta de la tensión en la que estábamos. Y es que agarrarse crea tensión. Vivimos agarrados y agarrotados. También a cosas más etéreas: por ejemplo, nos agarramos a momentos, a etapas, a hábitos, a cosas aprendidas que repetimos durante largo tiempo. No sabemos si son lo óptimo a lo que podemos aspirar, pero, por si acaso, nos agarramos a ello porque nos da miedo el cambio.

Soltarse requiere de gran valor.

La infancia es el paraíso perdido, en parte, porque los niños no se aferran nunca. No saben hacerlo y, si les explicáramos en qué consiste y por qué lo hacemos, seguramente no lo entenderían. Les parecería absurdo, porque en realidad lo es.

¿Querer seguir siendo siempre lo que somos ahora, hacer lo que hacemos, mantenernos en esta etapa? ¿Por qué? ¿Querer agarrarse al tiempo, parar el reloj, que nada cambie?

Si los niños supieran lo que es aferrarse, quizá intentarían aferrarse a su infancia. No pasar de la guardería, no salir nunca del ciclo de eterno ocio basado en jugar, comer y dormir. Aprenderían, pero lo aprendido no les serviría de nada, sería un acto vacío de significado, carente de emoción, porque jamás podrían acumular más saberes sobre esos primeros saberes y habilidades básicos de la vida, ya que serían siempre niños. Jamás conocerían la felicidad y la satisfacción personal que dan la autonomía, el proceso de maduración,el uso de razón, el don de la conciencia. No sabrían lo que es equivocarse ni tampoco acertar. Ellos seguirían siempre en ese eterno mes de agosto de la infancia, no exenta de llantos y de miedo, pero carente de profundidad, porque jamás serían conscientes de sí mismos.

Cuando nos aferramos a una etapa de la vida, cuando dejamos que nos supere la pena por la despedida y la melancolía del cierre de algo, actuamos así, retrocediendo un poco a esa seguridad ficticia, queriendo ser niños otra vez.

Tememos encontrarnos con lo que hay al otro lado de esa puerta que ahora vamos a abrir y ese umbral que ahora nos disponemos a cruzar. Nos sentimos cómodos con esta vieja bata y las pantuflas de siempre, con las cien palabras que conocemos, con las cinco melodías que sabemos cantar. El cambio nos produce miedo y cansancio. En realidad, en el fondo del miedo al cambio que experimentamos en la vida repta, susurrante, el miedo a la muerte, que es el cambio supremo. Y una de las razones que me hacen creer que la muerte no es el final de la vida, sino el gran cambio, es precisamente que la vida invierte un montón de tiempo y esfuerzo en entrenarnos para ese momento. No se prepara a alguien a conciencia para nada, para algo que no existe. Un campeón olímpico no se dedica en cuerpo y alma a su disciplina para luego no participar en el campeonato.

Puede que el amable lector sea un sentimental, como yo, y que le cueste despedirse de situaciones, lugares, costumbres o personas que no sólo forman parte de nuestra vida, sino que participan en su dotación de sentido: la relación con aquellas cosas a las que estamos acostumbrados nos define; somos -o creemos ser- aquello que hacemos, somos la persona con la cual los que nos rodean se relacionan, aquélla que ellos ven; somos las rutinas que seguimos; somos los papeles que esas rutinas nos adjudican y nos hacen asumir como nuestra propia piel. Aunque, en el fondo, seamos más que eso o, dicho de otro modo, no seamos nada de eso sino en apariencia. Me recuerdo llorando al comprender que salían de mi vida, para no volver, personas, instituciones, modos de hacer las cosas, maneras de vivir; y, al mismo tiempo, pocos de esos cambios me trajeron situaciones peores que aquella que dejaba; y, cuando el cambio me trajo un estilo de vida que yo no deseaba y que no disfruté, comprendo ahora que era totalmente necesario para convertirme en quien yo iba a ser cuando aquel trance pasara.

La vida es un cambio constante, como todos aprendemos cuando vamos creciendo. Madurez no es amar el momento del cambio, sino aceptarlo como parte connatural de la vida.

A pesar de que nos haga llorar.

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