La medicina

Al abrir la boca para volver a comer, sabía que estaba a punto de beber el trago más amargo.

y mientras sentía la hiel que bajaba por su garganta, pensó que nunca había sido tan feliz.

Junto con el alimento, se tragó su orgullo, su breve historia infatuada,

sus mentiras, el credo que se había repetido tantas noches y tantos días.

Cerró los ojos, recibió la medicina y dio gracias por ella,

y miró el mundo desde la altura donde estaba:

había llegado a algún lugar,

había llegado a su hogar.

Y pensó:

Caerse. Y seguir.

Fatigarse. Y seguir.

Sentir morir. Y seguir.

Y al final, llegar. Y encontrar con que no hay arriba nada diferente, nada especial.

Con que uno es sólo eso: uno más. Nadie especial.

Ni capitán, ni princesa. Sólo tú, sólo yo. Nacidos para morir, pero antes, para vivir.

Y seguir. Y llegar. Y vivir.

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Peces

Desde hoy, no estoy sola: tengo en casa tres peces.

Me paro a contemplarlos, ¡cómo nadan!, ¡qué bonitos son!

Dos son de un intenso naranja, otro es amarillo y negro.

Dan vueltas y vueltas en su pecera, pero sé que no buscan nada; no son como yo, no son como los seres humanos.

Tan sólo nadan, están ahí; respiran, comen, se mueven, viven hasta que mueren.

No saben que viven, pero son seres vivos, están conmigo, comparten mi espacio, lo llenan.

Hay quien dice que los peces son fríos, no transmiten nada, no puedes abrazarlos, no son terneras ni corderos, no son cachorros ni gatitos, tienen escamas, tienen ojos de pez, boquean, se escurren, no sonríen ni dan lametazos.

Yo también pensaba así; pero ahora sé que me equivocaba.

Ellos también se dejan sentir; cuando entro a la habitación del acuario, a pesar de no verlo, noto su presencia; es como una pequeña y silenciosa onda expansiva; explosiones diminutas de vida;

porque, sí, es la vida la que irradia de ellos, también;

y hace que me sienta menos sola en mi soledad.

Éstos son mis pececitos; ya me he encariñado con ellos, porque me hacen compañía; me recuerdan que estoy viva.

Y esto, creedme, es una gran cosa, sobre todo para alguien que no acostumbra sentirse así.

Cuidar de algo vivo es una cosa muy buena y bonita;

alimentar esa pequeña vida intrascendente pero válida en sí misma;

esa pequeña fuente de vida, como una batería con aletas, que me da un poco de vida también a mí;

porque cuidar de algo vivo es estimular la vida, sumergirte en ella, nadar en ella, respirar vida; mirar peces es mejor que mirar y repasar números todo el día hasta terminar siendo un número más, un significante sin significado, un símbolo, una entidad arbitraria, vaciada de contenido;

ahondar en la vida es lo contrario de ahondar en la muerte, o en la vida vivida a medias;

los peces me sujetan con sus agallas y me empujan fuera de este purgatorio

hacia el agua azul, pura y cristalina, donde se refleja la luz del sol.

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‘La torre negra’, de P.D. James

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La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/la-torre-negra-de-p-d-james.html

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‘El juego de la luz’

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Louise Penny es una escritora singular. Me recuerda mucho a otra autora que estoy releyendo estos días, P.D. James. Ambas son como las dos caras de una moneda: totalmente opuestas en su visión de la vida y de las personas, pero siamesas en estilo, preocupaciones, cuidado por el detalle, inteligencia y sensibilidad. Donde P.D. James veía motivos para la desesperanza, Louise Penny ve motivos para la compasión y el perdón, para las segundas oportunidades. James no daba tregua a sus personajes y no sólo los retrataba cruelmente, sino que cercenaba poco a poco todas sus posibilidades de triunfar en la vida, contagiándonos gradualmente a los lectores ese sentir tan desilusionado y misantrópico. Penny, por el contrario, quiere ostensiblemente a sus creaciones, incluso a aquellas más carentes de valores y cualidades positivas que las hagan entrañables a ojos de los demás, ni que decir tiene que a los del lector, que no suele ser juez misericorde con aquello que lee.

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/el-juego-de-la-luz-de-louise-penny.html

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‘Los cinco y yo’

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¿Sería demasiado generosa si lo calificara de libro genial? ¿De libro que, suficientemente leído y justamente valorado, podría considerarse como revolucionario de la literatura española y, quizá, también de la universal? ¿Hace falta traer a colación la relación totalmente lícita entre entretenimiento y comercialidad, por un lado, y genialidad, por otro, suficientemente demostrada por El Quijote y por muchas otras joyas reconocidas y consagradas de la literatura, clásicos que en su día fueron, no best sellers (porque eran otros tiempos), pero sí lecturas populares y del gusto del gran público? ¿Por qué no puede Los cinco y yo ser perfectamente otro representante de ese fenómeno?

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/los-cinco-antonio-orejudo.html

 

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Ni un besito

La vida es ese amante

galán, calavera, bien hablado y un poco osado

que te enamora como pocos y te hace daño como ninguno.

Consigue que le des su corazón, y entonces, es para siempre.

Cuando descubres su juego, piensas que eres joven, que lo olvidarás

pero al final, siempre vuelves, nunca lo puedes abandonar.

Y entonces, la vida, decimos, es ese aventurero gallardo y bizarro

que con un gesto de la mano te arranca las entrañas y después te regala rosas

para que te tapes el desgarrón con sus pétalos.

Y para cuando has valorado y calculado el alcance del desastre

ya te han pasado por encima los años, ya no hay tiempo para rectificar

y además, aunque pudieras, sabes que no lo harías, que siempre a él volverías.

La vida: ese asesino lento, que se toma su tiempo con avaricia

disfrutando mientras te hace pedazos y luego te presenta los restos mortales

en bandeja de plata.

Te hace trabajar como un esclavo, sufrir como un desaforado, llorar todas las lágrimas y alguna más

y al final, encima, se va y te deja para siempre sin mirar atrás,

cruelísimo enemigo.

Ya, mamma, me-w l-habibe
bais’e no más tornarade.
Gar ké faréyo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?

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‘Corrupción policial’, de Don Winslow

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El referente que nos ofrece o propone Winslow es Denny Malone, quien, al comenzar la novela, que no la historia, está en la cárcel. Nos enteramos, acto seguido, de que es un superpoli caído en desgracia; otrora rey de las calles junto con su equipo, un cuerpo selecto de policías con licencia para todo con tal de hacer valer… ¿el qué? ¿La justicia? ¿El imperio de la ley? ¿O su propia ley, sea ésta cual sea? Lo que fuera que hacían valer se nos comienza a describir con pelos y señales, con vívidas escenas y frías pormenorizaciones de los actos que cometían los servidores mejor considerados y más temidos de la ley y del orden, y he aquí -es decir, en los primerísimos compases- donde el lector comienza a sentir que en esta novela va a quedar huérfano de referentes morales, de alter egos ficticios en los que encarnarse para elevarse sobre la sucia y deprimente realidad.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/corrupcion-policial-de-don-winslow.html

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‘Muerte de un forense’, de P.D. James

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Con Adam Dalgliesh, que así se llama el detective fetiche de P.D. James, todavía pasa algo más, algo que ya lo sitúa totalmente fuera de todas las posibilidades previstas y ya cultivadas en cuanto a sabuesos de ficción se refiere: a la autora le importa muy poco cómo soluciona él sus casos y, en casi todas las ocasiones, por no decir en todas ellas, en cada novela protagonizada por Dalgliesh, éste llega a saber la verdad porque sí, por una intuición o iluminación repentina, sin que jamás el lector pueda seguir el hilo que lo ha llevado hasta aquélla.

Leer la reseña completa en https://www.librosyliteratura.es/muerte-de-un-forense-de-p-d-james.html

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Navidad todo el año

Aun siendo pleno verano,

así, en aquel lugar tan aislado, y con tantas luces encendidas,

creí que era Navidad, que era el día de Nochebuena.

Aunque, espera; no, no fue por la iluminación excesiva, ni el trasiego de tanta gente,

tampoco fue por tantas cosas que había a mi alrededor esperando a ser compradas.

Fue algo más misterioso, algo más inexplicable.

Confundí las vidas de los otros con la mía propia,

confundí el pasado con el futuro, olvidando del todo el presente;

por un momento quedé suspendida en una placentera nada, sin juzgar, sin pensar,

una niña eterna, una existencia sin edad.

De repente, por ese momento, no había preocupación ni ansiedad,

tampoco miedo, aprensión ni vergüenza,

dudas, desconfianza ni rencor.

Y, mucho menos, amargura, ira ni resentimiento.

Tan sólo algo que era yo, todo ojos, todo oídos, flotando en medio de la vida,

absorbiéndola toda sin pasarla por el filtro empobrecedor del juicio, de la opinión, del comentario, del prejuicio.

Seguramente es así como la vida es siempre para ti, en cada momento;

una maravilla constante, un asombro ininterrumpido.

Y quizá yo me sentí así porque por un segundo fui como tú;

porque cada segundo te veo venir hacia mí, con los ojos de mi mente:

tú, ese cabrito valiente;

tú, ese príncipe sin miedo

rebosante de amor por el mundo,

capaz de transformar un lunes cualquiera en el día de Navidad.

Como el sol al heliotropo, así te busqué;

como la catedral al silencio,

como la noche al sueño,

como la gasolina al fuego,

así te busco, así te amo.

 

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El verbo

Era un mes de julio, de un año en el que no había llovido, ni se esperaba que lo hiciera;

tocaba entonces que la luna, como mujer que es, sangrara, y que se vistiera de tristes azules;

no se la vería aunque fuera noche de cielo raso.

Tan sólo cabía una noche estrellada, un futuro estrellado.

Era el mes de julio en que todo parecía tocar a su fin;

una complicada tramoya que había aguantado hasta entonces

sin derrumbarse y descubrir aquello que disimulaba.

Todo amenazaba con caer con mucho ruido y mucha máquina,

llevándoselo todo a su paso.

Era el imperio del silencio, y sin embargo yo esperaba una cosa tan sólo.

La única cosa que podía impedir la ruina de todo:

esperaba el verbo

el verbo con que empezó todo,

el verbo que era al principio de todo y que podía regenerarlo todo.

Porque mi vida estaba a punto de terminar,

mi vida se había extinguido, se había marchado presta como un soplo, sin hacer ruido,

y yo ya no tenía más aire, me ahogaba,

cualquier cosa era mejor que otro año sin lluvia, sin vida, sin que nada siguiera sin florecer.

El dolor era mejor que aquel páramo, el dolor era mejor que aquella larguísima, indolora, insípida muerte.

Me marchaba ahora, para siempre, tan lejos, que iba a ser como si jamás hubiera tenido una vida, como si jamás hubiera tenido una patria.

Ni infancia, ni recuerdos, ni juventud, ni, alguna vez, algunos amigos que quizás me quisieron.

Aquel día de verano, yo sólo esperaba el verbo

que me liberara de aquella urdimbre de silencios y mentiras, que rompiera los falsos mantras que me enredaban, las quietudes y soledades que me hundían.

Muchos me vieron, alguno me recordó tal vez.

Y una palabra vuestra habría bastado para sanarme.

Pero ninguno dijo nada, ninguno miró dos veces.

Y así, todo terminó por fin.

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