La habitación

Amor de mi vida, amor que todo lo ocupa, amor que me salvó, amor de mi corazón.

Te adoro, dame tu mano, cuídame siempre, déjame cuidarte.

Camina conmigo, regálame tu beso, regálame tu sonrisa,

sabe que soy feliz porque existes.

Pero mantente lejos, no entres en mi habitación, no me mires cuando escribo.

No juzgues lo que hago, finge por un momento

que no estoy.

Ámame cuando callo porque estaré como ausente, y auséntate tú también

al menos durante un rato.

Déjame hablar en mi idioma que nadie más entiende, no te rías,

no me hagas sentir como una chiquilla

(aunque en verdad siempre lo sea).

Si dibujo ahora mi frontera, por favor, no la franquees,

no borres mis trazos en la arena

porque esta cala es mía y en ella planto mi bandera.

Mi espacio, mi burbuja, mi país, mi hogar.

Aquí entretejo collares de conchas nacaradas,

aquí canto melodías soñadas en duermevela,

aquí entreabro la puerta que separa los dos mundos

y puedo atisbar adentro

y lo que aprendo nadie más lo sabe, lo que veo es para mí

sólo para mí.

El agua que bebo viene del manantial que yo he abierto,

con ella riego también mis flores,

mío, mío, todo es mío.

¿Entiendes, amor, que es aquí donde me crecen alas

y puedo volar?

Al principio de los tiempos, antes de que tú y yo naciéramos

cuando Dios nos concedió a cada uno un solo deseo

éste y no otro fue el mío:

mi aire, mi libertad, mi mundo

donde puedo leerme y aprender a quererme.

Perdóname, mi amor, si no soy como tú quisiste

pero sólo siendo como soy puedo de verdad amarte.

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Cruel y extraño

Extraño que te alejas,

ven,

no lo seas ya más.

Rompe mis anhelos,

franquea el umbral.

Esta canción ya tiene veinte años

y pronto tendrá otros veinte más.

Extraño equidistante, gravitatorio, centrífugo,

extraño que me espía por la espalda y me apuñala de frente,

extraño ectocéptico, intuido, vagamente ausente,

no tengas miedo, sino que hazme sólo este favor,

ven, ven, ¡por Tolstoi!

brindemos, no lo seamos ya más.

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‘Final de trayecto’, de Emmanuel Grand

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La gran diferencia entre el terror que cultiva King y el que elabora aquí Emmanuel Grand es que los monstruos de King son siempre de origen netamente humano; pocas veces se apoya en elementos folklóricos, en leyendas, en entidades que existen en contra del hombre, sino que crea sus horrores a partir del hombre. El monstruo de King es siempre una transposición de la materia oscura del alma y de la psique del hombre, y eso hace que, aparte de infundirnos mucho miedo, nada de lo humano le sea ajeno. El terror que nos ofrece Final de trayecto, por el contrario, es un terror que surge de fuera de los confines del hombre y al que éste se enfrenta.

Reseña completa aquí: http://www.librosyliteratura.es/final-de-trayecto.html

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Venganza

Por más que me robarais la alegría que me correspondía, no podréis robarme mi cárcel.

Allí, a pesar de vosotros, fui feliz.

Inmensamente feliz. Terriblemente feliz.

El lugar donde me encerrasteis yo lo hice mi hogar,

adorné los muros con flores, mis lágrimas se convirtieron en chispas

que iluminaban noche tras noche.

Para que vuestro muro de silencio y de odio no me aplastara,

yo le opuse un muro de lecturas y de fantasías.

Ensoñaciones a las que, andando el tiempo, aprendí a ponerles letra,

robando gravedad al silencio, rompiéndolo a fuerza de canciones.

Nunca me podréis quitar el tiempo que pasé conmigo,

la amiga fiel que descubrí en mí misma,

cómo aprendí -a la fuerza- a conocerme y a quererme.

Y nunca me podréis quitar el espacio de libertad que fui abriendo,

arrancando aire donde sólo había témpanos de hielo que ahogaban las briznas de tierna hierba,

oponiendo invierno contra la amenazante primavera.

Nunca sabréis el regalo que me hicisteis, pese a vuestra voluntad.

Con vuestros peores deseos me hice yo mi fortaleza

y, a pesar de todo, fui la más feliz de todas.

Erais la tijera que corta, y yo la cometa, que, a pesar de perder asidero, ganó el infinito.

Erais vosotros los terrones de tierra cayendo contra la tapa de un ataúd, y yo, el agua que va minando la dura piedra.

Erais el mar furioso, irracional, pero el mar quiere ser cielo,

y yo era ese cielo.

Erais la muerte, y yo

yo soy la voluntad eterna.

 

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‘Muerte en la rectoría’, de Michael Innes

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Si para algunos novelistas de misterio la clave de la resolución de éste se halla en la personalidad y en la vida de la víctima, en Muerte en la rectoría sucede justamente lo contrario. La figura de la víctima, el rector Umpleby, con excepción de algunas pinceladas que son, en realidad, de gran interés psicológico, queda bastante difusa.

El porqué debemos buscarlo en el estilo de Michael Innes, quien concebía sus novelas de misterio como un juego, un armazón perfectamente construido, un acertijo que proponía al lector.

Reseña en http://www.librosyliteratura.es/muerte-en-la-rectoria.html

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Sésamo

Ábrete, Sésamo, dame ahora tus tesoros.

Dame tus luces, tu aire fresco, tu música de pasos y voces, tu alegría.

Dame tu vida.

Sí, dame la vida que antes me negaste, cerrándote con siete candados.

Dame tu día, tú que antes sólo me dabas negrura y tormenta de noche.

Dame tus puertas abiertas, tus amplios ventanales, tus vericuetos.

Dame la llave de tus laberintos, desvélame todos tus secretos.

Dame el aire que transportará hasta mí el tañido de las campanas más alegres,

dame el perfume de las flores derramadas en los días de fiesta,

dame el desfile de rostros conocidos y extraños,

dame el ritual del paso del tiempo a distintos ritmos y cadencias,

dame las sensaciones mundanas tanto tiempo negadas.

Ahora que se ha levantado este castigo que nunca he merecido, ahora que soy libre,

he comprendido que sólo tú das la vida.

¡Ábrete, mundo, y sé mi destino!

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El precio

Tu vida transcurre ya en los márgenes, se alimenta de los resquicios de luz, de las gotas de humedad, de las migas que sobran.

Te aferras a los minutos sin salvoconducto, minutos que nadie quiso, y te cubres de esos harapos de tiempo como si fueran seda y raso de oriente.

Exprimes los minutos, los haces durar horas.

Ya no te sumerges en el sueño, sino que caes en él como en un lodazal. Arenas movedizas que te engullen y no te sueltan hasta un amanecer prematuro.

Deambulas por pasillos semiiluminados, buscando a tientas alimento para otros, aire para otros, vida para otros.

Eres una jardinera que cuida de una hermosa flor con espinas. Te arañas, pero no dices nada. Cubres tus rasguños y sonríes.

El espejo te devuelve la cara de otra persona.

Veo ahora en ella la anciana en la que me estoy convirtiendo.

La piel es más dura, la mirada más cansada, a veces sin color; el color se ha agotado.

Perder kilos, ganar canas, arrugas, ganar dolores que se repiten cada mañana.

Un cuerpo que ya se empieza a hacer notar. Un cuerpo-autopista, cuerpo-peaje. Un cuerpo-viaducto, instrumento, artefacto, quizás artefacto poético.

No ser ya protagonista de nada. Ser un accesorio; cuando mejor, un adorno.

Pero sonreír, sonreír mucho. Ahogar los ayes y seguir sonriendo.

Escribir en trocitos de papel desgarrado. Escribir en el reverso de las hojas. En las toallitas perfumadas, en los pañuelos de usar y tirar. Escribir con un ojo guiñado y el otro por guiñar. Escribir con la mano izquierda, sostenerlo con la derecha.

Acunarlo, acunarlo una vez más.

Darte cuenta de que la juventud es una etapa clausurada. Ya no hay tiempo, y, sobre todo, no hay excusas. Tampoco motivos.

Y no querer volver.

Desesperarte, también, por qué no decirlo.

Cerrar la puerta pero no poder estar nunca sola como solías estar.

Tu mundo ya no es solo tuyo, el reino tiene su nuevo heredero.

Darte cuenta de muchas cosas. De más cosas de las que nunca se escribió en todos los libros.

Estar aquí, estar ahora. Meditar. Advertir que te has convertido en yoguini, aunque tú no lo buscaras.

El precio de haberte tenido, el precio de tenerte.

El precio de ser tu madre.

Y saber que, aunque pudiera, no cambiaría nada.

Ser contigo, ser para siempre. Y basta.

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‘Todo lo que vino después’, de Gabriel Urza

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En Todo lo que vino después no hay, en principio, un ánimo especial por tratar el tema de la etnicidad y de la pertenencia a un lugar y, sin embargo, el puñado de personajes protagonistas (hay cierta coralidad en la novela, y ningún personaje destaca sobre el resto de manera clara) y sus historias tejen, entre todos, una narrativa dialéctica sobre aquel tema, ya que las circunstancias y los orígenes biológicos de los personajes son muy diferentes entre sí, aunque coincidan en algunos puntos de intersección, y sin embargo son los contrastes los que ponen mejor de manifiesto lo que cada uno de ellos representa.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/todo-lo-que-vino-despues.html

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‘Manual de autoayuda’, de Miguel Ángel Carmona del Barco

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Los relatos -las autobiografías, o los retazos de autobiografía- que componen Manual de autoayuda son momentos en la vida de sus narradores. Momentos decisivos, tal vez, o momentos iguales al inmediatamente anterior y al posterior, pero que por sí solos definen perfectamente y sin resquicios a sus protagonistas. Unas pocas páginas bastan para desnudar y ofrecer al observador el alma del personaje. Hay en todas esas vidas algo que -es claro- no funciona, pero ese algo no es necesariamente visto como un motivo de crisis o un problema que pide urgente solución, sino como algo que forma parte del paisaje habitual del personaje.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/manual-de-autoayuda.html

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‘X de rayos X’, de Sue Grafton

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Los libros de Kinsey Millhone son vintage. Y lo son no sólo porque discurran en los años 80 y nos hagan sonreír cada vez que tenemos que recordarnos a nosotros mismos que es normal que Kinsey tenga que buscar información en la biblioteca o preguntar a tres personas en lugar de googlear sencillamente el nombre del sujeto de interés, o que la veamos correr en busca de una cabina telefónica. No sólo porque sea una colección que está a punto de acabar. Sino, sobre todo, porque, más que libros, son ecos de un tiempo que terminó. Un tiempo en el que las novelas policiacas tenían ese toque doméstico, cercano, casi diríamos que amablemente banal, que nos permitían sentirlas no sólo como sano escapismo, sino como algo que nos concernía a cada uno de nosotros, algo cognoscible, algo que no nos era ajeno.

Reseña completa aquí: http://www.librosyliteratura.es/x-de-rayos-x.html

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