Navidad todo el año

Aun siendo pleno verano,

así, en aquel lugar tan aislado, y con tantas luces encendidas,

creí que era Navidad, que era el día de Nochebuena.

Aunque, espera; no, no fue por la iluminación excesiva, ni el trasiego de tanta gente,

tampoco fue por tantas cosas que había a mi alrededor esperando a ser compradas.

Fue algo más misterioso, algo más inexplicable.

Confundí las vidas de los otros con la mía propia,

confundí el pasado con el futuro, olvidando del todo el presente;

por un momento quedé suspendida en una placentera nada, sin juzgar, sin pensar,

una niña eterna, una existencia sin edad.

De repente, por ese momento, no había preocupación ni ansiedad,

tampoco miedo, aprensión ni vergüenza,

dudas, desconfianza ni rencor.

Y, mucho menos, amargura, ira ni resentimiento.

Tan sólo algo que era yo, todo ojos, todo oídos, flotando en medio de la vida,

absorbiéndola toda sin pasarla por el filtro empobrecedor del juicio, de la opinión, del comentario, del prejuicio.

Seguramente es así como la vida es siempre para ti, en cada momento;

una maravilla constante, un asombro ininterrumpido.

Y quizá yo me sentí así porque por un segundo fui como tú;

porque cada segundo te veo venir hacia mí, con los ojos de mi mente:

tú, ese cabrito valiente;

tú, ese príncipe sin miedo

rebosante de amor por el mundo,

capaz de transformar un lunes cualquiera en el día de Navidad.

Como el sol al heliotropo, así te busqué;

como la catedral al silencio,

como la noche al sueño,

como la gasolina al fuego,

así te busco, así te amo.

 

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El verbo

Era un mes de julio, de un año en el que no había llovido, ni se esperaba que lo hiciera;

tocaba entonces que la luna, como mujer que es, sangrara, y que se vistiera de tristes azules;

no se la vería aunque fuera noche de cielo raso.

Tan sólo cabía una noche estrellada, un futuro estrellado.

Era el mes de julio en que todo parecía tocar a su fin;

una complicada tramoya que había aguantado hasta entonces

sin derrumbarse y descubrir aquello que disimulaba.

Todo amenazaba con caer con mucho ruido y mucha máquina,

llevándoselo todo a su paso.

Era el imperio del silencio, y sin embargo yo esperaba una cosa tan sólo.

La única cosa que podía impedir la ruina de todo:

esperaba el verbo

el verbo con que empezó todo,

el verbo que era al principio de todo y que podía regenerarlo todo.

Porque mi vida estaba a punto de terminar,

mi vida se había extinguido, se había marchado presta como un soplo, sin hacer ruido,

y yo ya no tenía más aire, me ahogaba,

cualquier cosa era mejor que otro año sin lluvia, sin vida, sin que nada siguiera sin florecer.

El dolor era mejor que aquel páramo, el dolor era mejor que aquella larguísima, indolora, insípida muerte.

Me marchaba ahora, para siempre, tan lejos, que iba a ser como si jamás hubiera tenido una vida, como si jamás hubiera tenido una patria.

Ni infancia, ni recuerdos, ni juventud, ni, alguna vez, algunos amigos que quizás me quisieron.

Aquel día de verano, yo sólo esperaba el verbo

que me liberara de aquella urdimbre de silencios y mentiras, que rompiera los falsos mantras que me enredaban, las quietudes y soledades que me hundían.

Muchos me vieron, alguno me recordó tal vez.

Y una palabra vuestra habría bastado para sanarme.

Pero ninguno dijo nada, ninguno miró dos veces.

Y así, todo terminó por fin.

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El parque

En este parque cabe todo el mundo.

Es así de grande; es como el cosmos en miniatura: los reflejos minúsculos de todo lo jamás creado están aquí.

Sale el sol y llegan los primeros pajarillos, los niños de vacaciones con sus abuelos, comparten entre todos los toboganes y los columpios, los balancines y el suelo acolchado donde unos caen, otros se posan y otros esperan.

Arrojan el tiempo a manos llenas encaramados a los árboles o subidos a los bancos, se quitan las zapatillas a patadas, tienen prisa por vivir, por saber más, por explorarlo todo.

Después llegan los que salen del cole, de todas las edades, empiezan a ocupar sus sitios, los intercambian a veces, pero también ellos son, ya, animales de costumbres.

Hay tilos que dejan su aroma, florecen, nos dicen que ya es verano; también ellos lo aprenderán, año tras año.

Ya saben que aquí hay sitio para todos, y para todo.

Hay sitio para la lluvia y el frío; el parque está desprotegido, pero las vistas son maravillosas; porque en ningún otro lugar de este país hay espacios abiertos como aquí.

Si miras arriba, se ve el cielo entero, con todos sus meteoros, aviones, artefactos, estrellas, iluminaciones.

Esto se puede hacer en primavera y en verano, claro está; también en esos días perezosos de otoño que es como si imitaran un poco la dulzura del junio tardío. Apenas rasca el frío, puede uno fingir que el día va a ser largo.

Es tan inmenso este país de juegos, que puede uno hacer estallar globos llenos de agua sin que a nadie más salpique. Y mojarse los pies (que ya hemos dicho que están descalzos).

Puede ir de paseo por el bosque, observar mariquitas (que de repente alzan un vuelo muy corto y que hacen cosquillas pero nada más), mariposas, pájaros; hasta un loro que se escapó una vez de su casa. Puede colgarse de las ramas de cualquier árbol, fingir que ahí arriba hay una casita de madera.

Uno nunca quiere irse de aquí.

Y cuando en esas tardes de canícula de repente se levanta un poco de aire fresco, y a la hora mágica en que esos árboles han extendido su carpa protectora de sombra por todo el parque, podrías jurar que no hay lugar más delicioso en el mundo entero.

Pero lo mejor es que aquí hay sitio para todos.

Hay sitio para los buenos amigos y los amigos de conveniencia que sólo te quieren por los juguetes que traes; hay sitio para los niños mayores, para los pequeños y para los bebés; para madres, padres, abuelos, abuelas, amigos, primos, toda la parentela y alguno más que por ahí pasaba; el sol sale para todos; también para los que no comparten, ni quieren hacerlo; se aprende aquí a respetar a todos pero a elegir a nuestros amigos.

Por eso uno quiere quedarse aquí para siempre. Montar una casita, una tienda de campaña, jugar con linternas a los misterios y a contar cuentos de miedo, dormir junto a los primeros amigos, empezar a aprender lo que es la vida.

Porque hay sitio para todos. También para mí.

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Ayer

Por si a alguien le parece lo contrario, el tiempo no ha pasado.

No parece que fuera ayer.

Porque es ahora mismo cuando me ha parecido notar el olor de aquel antiguo jabón

dulcemente esparcido por el aire, sin agobios ni ahogos,

que reinaba en las tardes de aquel verano perezoso

en que yo tenía dieciséis años, y algo estaba a punto de terminarse

pero yo era feliz.

Como el aroma de aquella santidad,

todo sedimenta,

todo queda

dentro, muy dentro de ti.

Y allí, nunca envejece, se convierte en el milagro que es.

Espera, porque me ha parecido ver

aquella misma luz de entonces

detrás de las suaves colinas, escondiéndose,

jugando con nosotros, acariciándonos,

expandiéndose tranquilamente hacia nuestro destino.

Espera, porque no parece que fuera ayer,

sino que fue ayer.

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Un agujero en la pared

I’m late / I’m late / For a very important date. / No time to say “Hello, Goodbye”. / I’m late, I’m late, I’m late.

 

Vi a alguien.

Un hombre (un muchacho)

de mi edad, que lleva muerto

ya más de un año.

Sin embargo, en mi sueño estaba vivo.

Custodiaba la entrada a un mundo mágico,

Al cual yo tenía que entrar para recuperar algo que había perdido.

Él me franqueó la entrada

(un burdo boquete en un muro de ladrillo)

con mucho sigilo y sin reparo alguno.

Yo le dije: Cuídate mucho.

El me miró con extrañeza (sin duda, no sabiendo que ya estaba muerto)

pero dijo que así lo haría.

El muchacho está (y estaba), ya lo dije, muerto;

pero, en aquel instante, sentí, sin duda

que podía (¡de verdad podía!) salvarlo.

Que había podido salvarlo, de alguna forma, de algún modo

que sólo Dios sabe y que yo no comprendo.

Lo llamé por aquel nombre suyo que casi no recordaba.

“Vuelve, casi no me ha dado tiempo de conocerte.

Vuelve, quiero que seamos amigos”.

Pero él tenía alguna misteriosa prisa,

o un plan mil veces mejor que estar aquí con nosotros.

Así que se escurrió por aquel agujero en la pared

dejándonos a todos atrás.

Qué maravillosas promisiones debe de haber al otro lado…

Algún día lo sabré.

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La vida verdadera

Se ha cometido un crimen, alguien mató tu inocencia;

su cadáver permanece incorrupto en tu interior,

su pequeño fantasma de enormes ojos azules camina a tu lado allí por donde vas.

Sus labios de niña murmuran una palabra:

¡Véngate!

y otra:

¡Recuerda!

Así pasan los días, y, aunque de eso hace ya muchos años, ella sigue ahí:

¡Véngate! ¡Recuerda!

Parece una niña vestida de rosa, y tú la quieres, pero su voz te atormenta.

Quieres dejarla atrás, abandonarla en cualquier esquina, llorar un poco y ¡basta!

Pero, a pesar de tus deseos, sientes que no tienes fuerzas;

toda una vida siendo víctima pesa más que el ansia de libertad.

Hay vida más allá, yo lo sé, he estado allí.

Más allá de las arenas movedizas de la lástima por uno mismo

(¡qué emoción más obscena!),

más allá de la úlcera que nunca termina de sangrar,

más allá todavía de la ira justiciera, de la justa sed de venganza,

hay un lugar donde puedes sentir algo diferente:

puedes sentir la libertad, puedes sentir la paz

de dejar de sentir todas aquellas emociones que te agitan, te invaden,

emociones que te mueven y te manipulan como a un títere.

Emociones que, aunque justificadas, te recuerdan día a día

que no, que todavía no ha terminado, que todavía vives en el pasado,

que suya es todavía la victoria.

Y te juro que el mundo sabe que no fue tu culpa,

el mundo sabe de tu ira,

el mundo sabe que no hiciste nada malo;

ahora te lo recuerdo yo a ti, por si acaso lo dudas

(no, no fue tu culpa; sí, fue horrible; no, no lo merecías);

y eso, y nada más.

Ella llorará y agitará los brazos, llamándote; no debes escuchar.

Tu sufrimiento es ahora un monstruo mayor que el odio que aquel día se llevó lo mejor de ti;

tu sufrimiento es tu veneno, tu dulce somnífero, lo que te ancla a tu niñez, el velo que cubre la vida verdadera, nublándola, alejándola de ti.

Hay vida más allá, y es tu vida,

vive como si nada hubiera pasado;

finge que nada ha pasado, y un día será verdad.

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Círculos en un árbol

Here I was born, and there I died. It was only a moment for you; you took no notice.

Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958)

 

Como soldaditos, cogidos de la mano, avanzamos

con una venda en los ojos, los que más; guiando el paso, ocultando el terror, unos pocos,

todos en pos de nuestro destino, algún día lo abrazaremos.

Somos ese círculo del tronco de este árbol milenario, ¿lo ves?

Aquí nacimos, todos juntos, en la misma camada, en el mismo nido;

tantos, que somos extraños los unos para los otros,

pero hermanos, sin saberlo.

Nos dicen que no tengamos miedo, que el paso debe ser firme.

Ocultamos nuestro dolor con el disfraz de la apostura,

adelante, sin vacilar, o vacilando, adelante,

todo esto también ha de pasar, y ahora lo sabemos.

Caminamos hacia nuestra pequeña parcela de eternidad,

un ejército, sí, de ángeles

que vendrá a buscarnos cuando llegue el momento.

Nos llevará hasta ellos y nos elevará una ola estelada de todo lo que habremos creado:

novelas, canciones, risas, lágrimas enjugadas, solaz, consuelo, alivio,

y la onda expansiva del siguiente círculo del árbol.

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Raza de malditos

Qué irónico, qué dudoso honor

constatar la pertenencia a esta raza de malditos,

darte cuenta cuando ya has vivido media vida preguntándote, esperando, soñando, creyendo

siempre en lo mejor para ti así como para el mundo,

y luego, a medida que llegaban los palos y que éstos ganaban en fuerza,

preguntándote, aturdido, ¿cómo? ¿por qué ha sucedido esto? ¿otra vez? ¿qué he hecho mal?

Construir un palacio en lo alto de una montaña, protegido por la selva negra,

clavar tu bandera orgullosa en sus torreones, y fingir luego que ese mundo por el que tanto esperabas

simplemente no existe;

ignorarlo como él te ha ignorado a ti

riéndose de tus anhelos,

rechazando una y otra vez todo lo que tú tenías que ofrecer:

tus dones, las historias que podías contar, una cada noche, para que todos pudieran conciliar el sueño y sentirse seguros.

Tú habías prometido estar ahí, defenderlos a todos con tus palabras, con tus canciones, con tu voz, con tu presencia,

habías prometido llenar de luz cada habitación, hasta expulsar de ella a la última mínima sombra.

Sin embargo, nadie quiso lo que tú ofrecías; a tus llamadas solo seguía el silencio,

y así,

poco a poco, el salón de baile se fue vaciando, el cerco a tu alrededor haciéndose cada vez mayor,

como si fueras sólo una piedra, y ellos, el agua cristalina,

como si tu presencia supurara humores y contagiara enfermedades:

la soledad, la visión, la música, la audición,

los secretos que habrás de llevarte contigo a la tumba, pues nadie los quiere.

Y aun hoy, aunque ya no los añoras, te preguntas por qué ellos son de risa tan fácil,

por qué son tan capaces de cerrar la puerta tras de sí,

qué pócima bebieron que los capacita para el olvido inmediato:

ahora te veo, ahora no te veo

y ya no te recuerdo, es como si nunca hubieras existido.

Quédate con todas tus extrañas palabras, con tus místicas melodías,

guárdate para ti el secreto del universo y de la vida,

no nos describas el rostro de Dios, sus ojos azules tan dulces,

nosotros preferimos estar aquí, bailar hasta el amanecer,

libar el néctar exquisito del olvido

que tú no conoces ni probarás jamás.

Vete, déjanos, vuelve con tu raza de malditos,

duerme el sueño eterno, vaga por los caminos,

aquí nadie te quiere ni te comprenderá jamás.

 

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El sueño olvidado

Y dime, por fin,

si es esto lo que querías, si es esto con lo que ocupabas

el vacío que se supone que debían llenar los sueños,

esas entelequias de las que todo el mundo habla,

esas fantasías de hermosos nombres y elocuentes descripciones.

Al oírles hablar, te preguntabas por el misterio de su exquisita pasión,

por la verdad que transpiraba de cada una de sus palabras.

Porque tú jamás sentiste tal cosa, ni usabas siquiera su mismo lenguaje.

No querías llegar a ninguna parte; querías que te dejaran estar donde querías estar.

No querías ser la primera, sólo querías estar sola y que te permitieran estarlo.

No querías una carrera ni una profesión de relumbrón, tan sólo ver cada día la puesta de sol,

y llegar arriba, para ti, significaba sentarte en la cumbre de la montaña mágica,

ver el cielo, el techo de tu mansión; ver el océano entero alfombrando los suelos,

verte rodeada del jardín de tus sueños.

No querías ser alguien, tan sólo ser tú.

Entendías la frase “morir por las estrellas”; las adorabas, eran tus únicas amigas:

te regalaban cada noche su aroma, la verdadera materia de los sueños, de la vida toda.

Eso era lo que deseabas; ése era tu único sueño, el deseo que formulaste antes de nacer:

estar aquí, ahora, ser tú, porque sabías que ser tú era serlo todo,

ser la vida entera, ser el universo, ser Dios.

Tu libertad lo era todo; pero, al contacto con el sucio mundo, lo olvidaste;

trocaste tu deseo verdadero por los deseos de otros;

dejaste que te imbuyeran su credo: que no importaba tu nombre, tu existencia, tus designios;

que sólo importaba llegar, estar delante, ganar.

Querías preguntarles: llegar ¿adónde? Ganar ¿el qué?

¿Llegar antes que el tiempo? ¿Ganar a la muerte? ¿Qué pretendéis? ¿Estáis locos?

Dime si es esto que ves lo que querías; díselo a quien dejaste atrás, a ti misma;

mira a quien entra aquí, ahora, en esta estación, tan lejos de tu casa,

¿es esta tu figura? ¿son éstas tus manos? ¿Por qué tiemblan?

¿Recuerdas cómo era todo cuando tú eras tú?

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El árbol milenario reinando en su bosque, que una vez yo vi.

El cielo sobre mi cabeza, tan arriba, como cuando nací;

y en él, mirándonos con el desdén de los seres del Olimpo,

Orión, Alioth, Mizar, Alkaid,

Pléyades, Einath, Híades,

Betelgeuse.

Nombres que digo y olvido, porque mi memoria de ellas no importa nada.

El océano, con sus incontables gotas que sigo intentando meter en el hoyo de la arena.

Con la cual se cuenta, segundo a segundo, mi vida que adelgaza, mi memoria que se engrosa,

y a la vez, se evapora.

Como agua en la atmósfera, como nubes que se forman, descargan y ya no están.

El canto cualquiera de cualquier ruiseñor, grabado en platino y enviado al espacio exterior.

Sólo sonidos, sin conexión con el cuerpo efímero. Sólo sonidos, sin conexión con el hermoso amanecer.

Y el sol, potente y siempre joven, hasta el fin de los tiempos.

Todas las cosas, éstas y muchas más, que continuarán sin mí, sin ninguno de nosotros.

Todas las cosas de cuya eternidad arranco un fragmento millonésimo y lo sujeto en mis manos, mirándolo sin saber qué hacer con él.

Así que lo arrojo al vacío de donde vino, como una sustancia extraterrestre que nos atrae pero nos repele.

Y abro los postigos, entra la luz eterna y fría, incorpórea, inclemente,

ilumina ahora las cosas finitas de cuyo calor y corporeidad ella se alimenta sin preguntar:

nuestra piel, el vello que se eriza, suave como la pelusa de un polluelo recién nacido.

Apenas una luz de color rosado, reverberando en las alas de esa mariposa

que nace y vive hoy, y cree que es para siempre.

Tu sonrisa

tu sonrisa.

Una ocurrencia graciosa que ya nunca recordaremos más.

Los ojos dulces y castaños de mi madre,

sus manos.

Tus manos.

Nuestra pequeña canción mientras paseamos.

La música festiva que nos llega desde lejos, desde muy lejos.

Los animales que pastan y casi, casi, nos saludan.

Ese hombre de blancos cabellos y andar aún juvenil,

esa chica de labios demasiado rojos, casi niña y pronto anciana,

un nuevo día que nace y -muy rápido- muere,

las cosas que nos decimos,

las cosas que nos contamos,

las cosas que compartimos para que todo sea más fácil,

para que el tiempo pese menos,

mientras, todos a una, como miembros de una manada, nos vamos acercando y acercando a…

Todas estas cosas que están aquí sólo mientras estoy yo, un poco más o un poco menos,

cosas breves y fugaces como estelas de cometas

que, como enloquecidos, brillan, dando todo de sí

porque sólo están aquí, ahora, en este momento.

Todas estas cosas que durarán casi lo mismo que mi vida,

y que son mis compañeras, mi bagaje e impedimenta, lo que doy y lo único que me llevo,

todas estas cosas tan efímeras son las cosas que yo amo

y por ellas daría -doy- toda mi vida.

 

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