La segunda vez

Romper… Huir, tal vez volar.

Pero volver, porque

Es difícil irse-para-siempre y no dejarse algo importante detrás de sí.

Algo como aquello, como eso otro, como tú.

Volver y encontrar que todo ha envejecido (también tú), y que el suelo es brea que arde, cenizas de un fuego que ya no existe pero que, sin embargo, quema

y ver que, a pesar de todo, ahí está el hambre, ahí está la soledad, ahí está la decadencia, ahí está todo lo perdido y jamás encontrado, y al final de la hilera, ahí está también la vieja esperanza con su mueca burlona.

Las maletas sin deshacer, bolsas tiradas en un rincón, souvenirs olvidados antes de ocupar su lugar en la vitrina, junto a los animales de porcelana y las pajaritas de papel,

volver a ocupar todos nuestro lugar, seguir con el drama, seguir con la representación, día y noche, una y otra vez, reaprendiendo nuestro diálogo, improvisando, haciendo como que cada vez sucede por primera vez,

agazaparte en un rincón, con las viejas ropas de camuflaje ya cedidas y deshilachadas, volver a adoptar otra vez la misma antigua pose, los huesos que crujen, el sabor herrumbroso de la sangre en la boca, qué familiar todo, qué conocido, qué pena más grande y más reconfortante, todo es tan tuyo, tan íntimamente tuyo,

y un día, otra vez la llamada, cuando todo estaba ya sabido, cuando era todo ya una pila de desperdicios perfumados, con jirones de color rosa, el viejo paraguas de niña arrojado encima de todo, como una flor insólita, bella a pesar de todo,

otra vez la llamada, sí, vente para aquí, conquista tu lugar, reclama tu imperio, sí, esto te pertenece, te lo has ganado todo, éste es el desenlace verdadero, ¿a que no lo esperabas?

Y piensas: la primera vez fue una broma, pero la segunda, la segunda…

Y gritas: la venganza será mía, la segunda será la vencida, la segunda vez será la de verdad.

Y me iré y no volveré más.

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El mapa

Nací en medio de un bosque del que no había aparente salida,

pedí a los dioses, a los tótems, puse nombres a las rocas, a las hojas, hablé con ellas

en medio de mi inmensa soledad.

Sin origen conocido ni lugar al que poder ir, el mundo era así, el mundo cabía en mi mano, el mundo me daba el día y me lo quitaba, la noche era infinita sobre mi cabeza.

Imagina ser lo único que conoces y, sin embargo, ser ese ser dividido, desconocido, al que temes y odias, del cual no puedes separarte; ser tu piel y tu sombra, ser una eterna interrogante, ser el misterio y lo desconocido, ser hijo de la muerte.

Temer, gritar de miedo, todos los días, no tener, anhelar, salir corriendo, volver a aquel lugar del que partiste.

Llamar a todo tu hogar y no encontrarlo en ninguno, decir que amas a todos y odiarte cada vez más por hacerlo; verdaderamente: nómada muy a tu pesar.

Siempre era la misma pregunta, siempre: ¿y ahora qué? ¿Y qué vendrá después? ¿Seré, al menos, siempre así? ¿Y quién, y cuándo? ¿Y si pudiera no ser yo, ser él, ser ella? ¿Podría entonces quizás alguien quererme de verdad? ¿Podría yo?

Pero ya dejé de ser joven, y ahora, extiendo las manos, las despliego: son como las alas de una mariposa vieja y cálida, y aún vibran emocionadas en contacto con el sol.

A fuerza de tiempo y de reír y sufrir, es verdad: no soy la misma, pero ya no deseo serlo.

Dejé de aferrarme, a mis harapos, al tiempo, a la inconsciencia; he dejado que el agua corra, sin intentar remansarla, pues era todo en vano.

Hay oquedades nuevas donde antes había lisura, hay depresiones donde antes todo era firmeza, ahora hay nuevas asperezas y nuevas suavidades, ya nada es como era;

pero en mis manos y en la piel doliente, en la memoria de mis ojos cansados, veo dibujado por fin el mapa, veo las coordenadas; mi corazón es la brújula,

y sí, un día moriré, un día todo acabará, un día…

pero no hoy. Hoy todavía estoy aquí, y me reconozco: el mapa de mis líneas y mis pequeñas derrotas marca la ruta hacia la salida (mi victoria final).

Y el agua que antes corría vigorosa ahora ella sola se para quieta, y se estanca, y descansa, y me permite verme.

Me río, no me queda más remedio. Pues claro que hay alguien, sí, claro que hay alguien más.

Ni intento por un momento explicarte este milagro que justifica toda mi vida, toda mi pena, inmensa, sí, pero nunca tanto como esta hermosura.

Por fin estoy sola, por fin estoy aquí, por fin me veo: sí, esta soy yo, soy verdaderamente yo, ésta soy yo, por fin, por fin.

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“La verdad de Alba”

Una noche los vi bailando de una manera especial. Muchas noches bailaban, pero aquella vez era diferente. Había nevado copiosamente, quizás era Navidad. O víspera de Navidad. Ellos parecían recién casados, o recién enamorados. Abrazados como si fueran uno, bailaban sobre la nieve. No se daban cuenta de lo fría que estaba. Ella iba descalza, sus pies eran tan blancos que brillaban, y llevaba flores en la mano; recordaba claramente los pétalos, nítidos contra su piel blanca. Él la abrazaba como si ella fuera su vida; quizás lo era.

Mi padre era el tronco, mi madre había sido la savia… o el agua.

Los primeros recuerdos de mi vida no indican que yo viniera de algún lugar, ni contradecían mi impresión de que mi vida había sido siempre tal como era entonces, y la de que iba a seguir siendo la misma para siempre.

Era una vida fuera de los límites de espacio y de tiempo.

He subido “La verdad de Alba”, aquí: LaVerdadDeAlba (1)

De antemano, gracias a quienes lo lean.

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Enfermedad

Hola, soy tu nueva enfermedad. Vamos a estar juntos mucho, mucho tiempo, nos conoceremos bien.

Aunque tú, para mí, no tienes secretos, ni yo debería tenerlos para ti, porque soy tan parte de ti como tu propia piel, como tu mente, como tu nombre.

Algunos me llaman de cierta manera, pero tú sabes que yo soy más que eso.

Vengo de tu pasado para dominar todo tu futuro:

soy el tiempo que desperdiciaste, aquel en que sufriste y te hiciste sufrir por muchas causas.

Soy el amor que la vida te arrancó de los brazos, y soy el dolor, hecho carne y sangre, que esa pérdida engendró.

Soy los azotes y los fustigamientos que padeciste de tu propia mano, y los golpes ajenos que no fuiste capaz de parar.

Soy el odio y el rencor que acumulaste contra quienes te hicieron tanto daño, haciendo que tu propio daño hacia ti fuera aún más grave, aún más letal.

Soy los fracasos por los que jamás te perdonaste, soy el documento de deuda que extendiste una vez al mundo, pensando, en tu inocencia, que alguna vez te la cobrarías.

Soy la sangre, el sudor y las lágrimas (sobre todo, las lágrimas).

Soy todos tus miedos convertidos en algo real que se puede observar, medir, cuantificar y diagnosticar.

Soy el agua furiosa que ha roto la presa que laboriosamente erigiste, y ahora se derrama por todo tu ser.

Soy aquello a lo que no pudiste poner nombre, aquello tan enorme y tan terrible que preferiste obviar hasta que ya no has podido fingir más.

El olvido al que te condenaron, el rincón en el que te ostracizaron, eso soy yo;

las enemigas que tuviste, sin merecerlo; la pena que produjeron los odios y los celos que despertaste en otros, eso soy yo;

tu propia mente revuelta contra sí misma, eso soy yo;

el grito de socorro de tu corazón hastiado, eso soy yo;

el tiempo de demasía soledad que no supiste comprender, ni tolerar, eso soy yo;

demasiada emoción solidificada, desencadenada, la mecha prendida, eso soy yo.

Aquellas lágrimas soy, con este llanto me riegas, sin saberlo ni quererlo.

Toda tu vida ha sido el prólogo a mi llegada, el preparativo de mi arribo, ¿es que no lo sabías? ¿O tal vez, en tu fuero interno, tal vez sí?

Soy lo que consigues por sentir demasiado, por sufrir demasiado.

Soy tu creación, la negra flor de tanto dolor.

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Irreversible

Ser niño es la única coartada ante esta trascendencia. Esta pertinaz irreversibilidad de todo, esta ausencia de alternativas.

Al mirar atrás todos vemos clara nuestra propia vida, los errores cometidos nos acusan, nos apuntan, se ríen de nosotros: ah, también aquello fue trascendente, también cada una de aquellas decisiones fue irreversible.

Es por eso.

Si decides dedicar tu vida al estudio de las lenguas y literaturas eslavas, no puedes luego hacer lo mismo con las románicas.

¡No hay tiempo!

¡Nunca hay tiempo suficiente!

Si uno abraza las leyes, no es posible desentenderse de eso después y hacerse, no sé, biólogo, ama de casa, astronauta, policía, periodista.

Ya es demasiado tarde.

Quizás es que era demasiado tarde ya cuando todavía parecía demasiado pronto.

Nunca es demasiado pronto; siempre es demasiado tarde.

Si te paras a pensarlo, has malgastado parte del tiempo que te quedaba.

Pero mirar atrás… ¡qué enorme tentación, y que enorme fracaso!

Mirar atrás… cuestionarse lo que uno hizo… hacerse preguntas que antes uno no habría podido jamás contestar… medir quien uno era con lo que uno ahora es… ¡ay!, eso es perderse para siempre.

No hay tiempo para nada; tampoco para la desesperanza; al final, todo acaba; qué más da…

Pero, mientras tanto… ¡ay!, mientras tanto…

Soñar con que uno es otra vez un niño… y nada importa, nada es irreversible, todo es intrascendente. Decisiones, opciones, alternativas… son sólo palabras, y ni siquiera palabras que uno conoce.

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Carefree

Desde este tren veo a la gente que pasa, sin que nadie me vea a mí.

¡Quién fuera como ellos, quién pudiera haber sido uno de ellos!

No hacen nada, no van a ninguna parte, no desean ni pretenden nada.

Comen un helado, acarician a los peces, se dan un baño, bailan un tango

y nada más, y todo eso, ya está.

Yo, heme aquí: el tren va cada vez más rápido, es el más veloz del mundo;

tanto, que va arrastrando mis contornos a su paso, desdibujando mi perfil, haciéndome irreconocible

incluso a mí misma.

Miro atrás constantemente, me voy convirtiendo cada vez más en estatua de sal

o, quizás, de hielo, ¿qué más da?

Sea como sea, pronto me quedaré quieta, pronto estaré calcinada, pronto no habrá ya nada

que me pueda hacer vivir.

O tal vez sí: tal vez siga caminando, al apearme de este tren; tal vez, pese a todo, lo consiga y sobreviva,

aferrándome a mi piel, a mis huesos, a lo que quedará de mi alma, de aquella estación número 93 a la que desearía poder volver (pues allí está mi casa), aun si para ello tuviera que morir un poco.

Mejor morir un poco y continuar adelante que no morir del todo por dentro y que nadie lo sepa, que nadie te llore, que ni yo misma pueda llorar.

Los miro ahora y me pregunto si quizás una vez fui un poco como ellos: sin pensar, tan sólo esperando pero sin esperar, tan sólo cerrando los ojos sin miedo a caer, sin temer el próximo paso. Tan alegremente perecedera, tan indiferente al futuro, tan inconsciente, feliz sin saber, esperándolo todo, mereciendo tanto.

Y cerrar los ojos, y despertar siempre con el corazón convertido en un pajarillo asustado, que golpea, golpea…

Con la poca corporeidad que todavía tengo, escribo y ruego, miro las horas que pasan, el tiempo no perdona, menos aún a mí.

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¿Puedes?

¿Puedes vivir como si hubieras acertado? ¿Vivir como si tus fracasos no existieran?

¿Puedes evadirte cada día? ¿Crear tantas fantasías como amaneceres te quedan, y que eso sea suficiente?

¿Puedes soportar la sensación de cerrar el puño y sentir que algo se escapa a manos llenas?

¿Puedes vivir con el vacío, la pérdida, el dolor, el arrepentimiento?

¿Puedes ser feliz en medio de los escombros de tu vida?

¿Puedes?

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“El caso Maurizius”, de Jakob Wassermann

el-caso-maurizius

Al lector se puede llegar por la mente, presentando un argumento y demostrándolo; pero se le gana, y se logra permanecer en su memoria, a través de la fuerza de una historia concreta, protagonizada por personajes auténticos y verosímiles. El caso Maurizius es una novela realista en tanto en cuanto hace una crítica feroz de la sociedad de la época del autor, insinuando claramente incluso pesadillas ideológicas que asolarían Europa en tan sólo unos años, poniendo en el centro de su diana el sistema judicial, las burocracias momificadoras donde a nadie ya importa ni el resultado, ni el sentido de su acción; el imperio de una ley que se ha convertido en el fin de los funcionarios de justicia, siendo totalmente irrelevantes conceptos como inocencia o justicia; además, mofándose de los falsos eruditos, a quienes retrata como charlatanes engatusadores de multitudes de burgueses acomodados que asisten a alardes de intelectualidad como quien acude a un espectáculo de variedades; de la mojigatería y de la aparente rectitud moral, del fuerte racismo y de los prejuicios de la sociedad acomodada de la época.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/el-caso-maurizius-de-jakob-wassermann.html

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Salas vacías

Ahora han pasado dos mil años, quizá diez mil. El edificio donde pasabas las horas sigue en pie.

Si alguien entrara allí donde tanta gente os reuníais, si se sentara allí a solas y cerrara los ojos, ¿crees que le llegaría aún algún eco de vuestras voces?

¿Quizá en forma de suave soplo en su piel, quizá como escalofrío que por un momento lo desconcierta?

¿Quedará algo de vosotros? Recuerda: estabais tan vivos, tan llenos de proyectos, de futuro, de ganas de hacer; tan satisfechos con lo celebrado, lo hablado, lo acordado; tan ahítos de nuevas ideas; tan colgados de vuestro conocimiento mutuo, de las nuevas amistades.

De tanta fuerza, de tanto entusiasmo, algo debe de quedar; no puede haberse extinguido todo; no puede, tanto, no ser nada, ¡no!

Y no han hecho falta diez mil años, ni siquiera diez, ni siquiera uno; era tan sólo ayer.

Sí, fue ayer cuando os despedisteis, cuando los pasillos se quedaron vacíos y en silencio, cuando se cerraron los postigos, cuando fuera ya no había niños. Se acabó el curso, hora de descansar. Qué hermosas palabras, qué sobrecogedor fue todo, qué maravilloso, ¿por qué sólo lo perecedero puede ser hermoso? ¿Por qué la dicha ha de irse siempre?

Si alguien entrara ahora y viera tu rostro, ¿podría decirte quién eres, quién eras? ¿Puedes tú?

Mañana vendrán otros a llenar esas salas, dirán otras o las mismas palabras, inundarán todo con su alegría, se volcarán en el cántaro vacío de tu vida hasta hacerlo rebosar. Y luego, lo vaciarán, vaciarán esas salas, así una y mil veces, así hasta el final. Y, luego, todo volverá a empezar.

¿Cuántas veces, así, hasta que ese cántaro ya no se vacíe? ¿Cuántas veces son necesarias hasta que ya nada te sea necesario?

Salas llenas, salas vacías; ayer, mañana; principio, fin, principio; vivir sin saber, vivir sin entender, preguntas que no se deben intentar responder.

Así es la vida, así es la vida.

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Camino retorcido

Y quién sabe ni sabrá nunca, aunque yo ya intuía; era un bello sueño, era un hermoso juego

jugar a adivinar destinos, y presentir y decir, y pronosticar y aventurar,

y regodearnos ya en la venganza, que sería nuestra, al prever un futuro de lo que ellos creían sinónimo de éxito:

el éxito equivalía a cualquier cosa, pero no aquí; a cualquier lugar, salvo éste.

Un lugar lejano, un lugar fuera de su vista, donde sólo podrían imaginarme de una forma: ahogada de triunfos, ahíta de victorias en todos los campos, asfixiada de estar en una cumbre tan alta.

No volvería aquí jamás, y ésa sería mi revancha sobre ellos: si me imaginaban, que me imaginaran como nunca ellos llegarían a ser.

Y es verdad que yo ya entonces me sentía volar cada vez que estaba sola, cada vez que veía sus espaldas alejándose, oía el eco de sus pasos, clavaba una vez más mi bandera defenestrada pero orgullosa; esa soledad me convencía de que aquél era mi destino, ¿qué otro podría ser?

Juro que me esforcé, y puedo decir que me gané todos los galones; puedo exhibir ahora los jirones podridos de la piel que me dejé, puedo enseñar las cenizas que atrapé de aquel lugar donde estuve -no me pidas que te lo describa, no me digas que te hable de él; sueño con él todas las noches, aunque de día sonría, aunque a ratos me olvide.

Juro que luché, pero no llegué al tramo final, me retiré antes de tiempo (quizás fue una retirada a tiempo, que, dicen, es victoria, ¿alguien sabe realmente nada excepto una vez sucedido todo? ¿No es la vida una pelea de miopes condenados a canjear juventud por una sabiduría que ya no sirve de nada?)

Sé que podría haber sido, sé que habría podido ser, tan sólo puedo fantasear con las cosas que habría hecho, con las personas que habría estado en mi mano llegar a ser -pues tenía la juventud, la mente y la infelicidad necesarias para conseguirlo.

Al hacerlo, habría dejado una parte de mí -la que entonces juzgaba menor, indigna, inservible, un apéndice gangrenado, una mancha que me afeaba.

Habría podido cortar las amarras, quemar los puentes, hundir los galeones

una vez con el pie en el otro lado, ¿qué habría importado?

Aun hoy hay veces, en mi duermevela, en que me veo allí, tan real como si hubiera llegado, tan verdaderamente como ve Dios las vidas sidas y por ser;

pero quizás todo eso haya sido sólo un sueño, tal vez el destino real era estar aquí, siempre aquí, contigo a mi lado; verte, tenerte, conocerte, quererte; de una manera tan dolorosa, pero tan verdadera, como la sangre que brotaba de aquellas heridas que me daban tanta loca felicidad, porque eran algo auténtico, lo único verdadero de tantas cosas falsas que tenía;

pero tú, tú

eres una verdad aun mayor, eres la única verdad de todas mis vidas

y para llegar a ti exigías un camino, sólo uno, retorcido y único; sólo recorriéndolo de principio a fin, surcando aguas pantanosas, en una noche eterna, sólo así se te podía alcanzar.

Por eso, pese a todo, sé que algo he conseguido, sé que en algo sí he triunfado;

¿cómo habría podido no tenerte? ¿cómo no habría vivido contigo?

¿De verdad sería eso posible?

¿O sólo una pesadilla, la única verdad de una vida engalanada pero fútil?

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