Sangre

Sin mentiras, ni lugar alguno donde esconderme, ahora que el frío absoluto me rodea

me visto con mi sangre, tu sangre, nuestra sangre,

lo único fiel y verdadero que siempre tuve.

Ahora sé la verdad, y la verdad me ha hecho libre;

ahora he vuelto, tras haberte negado tres veces, tras haber visto todo lo que he visto,

Amo mi castigo, amo mi dolor, porque ellos me han hecho otra vez pequeña y humilde,

Necesitaba quedarme sin nada para volver a tener hambre y sed de esta sangre

nuestro lazo, nuestra verdad, nuestro tesoro, nuestro refugio.

Porque de lo demás, bueno y malo, no queda ya nada; mis aciertos, mis errores, todos ellos son solo humo, palabras cuando más,

pero mi hogar está en esas cadenas de adn, en esa voz como la mía, en el aire que nos envuelve, en cómo puedo tenderte la mano en medio de la noche y fiar mi todo a tu guía, aun bordeando el abismo,

en el archipretérito que nos ha creado y que sabe todos los secretos,

como ramas divergentes que al final se vuelven a unir.

Por favor, no me hieras con esa tu dulzura, porque vas a hacerme llorar; me resulta difícil aceptar que nunca estuve sola.

Y a pesar de no recordarte, oíste mi voz, y viniste, para que fuéramos otra vez todos uno.

Ahora he oído tu corazón, cómo late dentro del mío.

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Bengala

La vida que he tenido me ha ido despojando

zarpazo a zarpazo

hasta de aquellos sueños que parecían más fuertes, más inviolables,

hasta de lo que creía maravilloso, eterno, sagrado,

casi hasta de lo realizable, de lo posible; por supuesto, de lo improbable.

Mi yo adolescente me mira desde el otro lado del tiempo

preguntándome en silencio con su mirada;

y yo, mirándome en el espejo, más vieja ahora que el mundo, ya sé todas las respuestas

inútiles, inservibles respuestas;

ya están resueltos los problemas, ahora que ya es tan tarde;

las palabras por las que habría dado mi vida (y quizás sí la di al final) son polvo, materia fosilizada,

aquello que tanto me importaba, que me rompió el corazón, que me hizo llorar

aquellos enigmas, hermosos como me parecían, vitales para mi supervivencia

aparecen ahora como lo que son; cadáveres putrefactos, sabandijas, telarañas,

basura cósmica cuyos restos el viento desdeñoso de mí aleja.

Todo lo he perdido; y lo que no, lo he abandonado,

todo menos lo único auténtico: mi deseo primitivo, lo que rogué que se me diera,

aquello que iba a ser toda mi vida:

mi pequeña y tenaz libertad,

una semillita todavía verde, brillando en el centro de mi palma.

Mi libertad es algo diminuto, hermoso como un botón de rosa,

lo único que tuve siempre verdadero, lo que me hizo ser yo, victoriosa o fracasada,

ser yo, regalo o decepción, o ambas cosas: ferozmente yo.

Yo pedí mi libertad, y fue lo único que Dios me concedió:

una limosna en mi mano, una bendición sobre mi frente.

un regalo sorpresa, una bengala que, en el momento menos pensado, como la primavera tras el Diluvio Universal

estalla

y todo lo ilumina.

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“Y de Yesterday”


No sabemos si Sue Grafton, al escribir Y de Yesterday, adivinaba ya que éste sería probablemente su último libro y que no llegaría a vivir para terminar su famoso abecedario del crimen. Quizá por eso podemos sentirnos libres de ver en esta su última obra signos de despedida y un cierto deseo de poner un punto final no sólo a esta colección, que ya ha subido a Grafton al olimpo de los autores de misterio de todas las épocas, sino a la obra de toda una vida.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/y-de-yesterday-de-sue-grafton.html

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Navidad

Os deseo a todos feliz Navidad.

Ese estado del alma que celebramos sólo una vez al año… pero que ahí está.

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La segunda vez

Romper… Huir, tal vez volar.

Pero volver, porque

Es difícil irse-para-siempre y no dejarse algo importante detrás de sí.

Algo como aquello, como eso otro, como tú.

Volver y encontrar que todo ha envejecido (también tú), y que el suelo es brea que arde, cenizas de un fuego que ya no existe pero que, sin embargo, quema

y ver que, a pesar de todo, ahí está el hambre, ahí está la soledad, ahí está la decadencia, ahí está todo lo perdido y jamás encontrado, y al final de la hilera, ahí está también la vieja esperanza con su mueca burlona.

Las maletas sin deshacer, bolsas tiradas en un rincón, souvenirs olvidados antes de ocupar su lugar en la vitrina, junto a los animales de porcelana y las pajaritas de papel,

volver a ocupar todos nuestro lugar, seguir con el drama, seguir con la representación, día y noche, una y otra vez, reaprendiendo nuestro diálogo, improvisando, haciendo como que cada vez sucede por primera vez,

agazaparte en un rincón, con las viejas ropas de camuflaje ya cedidas y deshilachadas, volver a adoptar otra vez la misma antigua pose, los huesos que crujen, el sabor herrumbroso de la sangre en la boca, qué familiar todo, qué conocido, qué pena más grande y más reconfortante, todo es tan tuyo, tan íntimamente tuyo,

y un día, otra vez la llamada, cuando todo estaba ya sabido, cuando era todo ya una pila de desperdicios perfumados, con jirones de color rosa, el viejo paraguas de niña arrojado encima de todo, como una flor insólita, bella a pesar de todo,

otra vez la llamada, sí, vente para aquí, conquista tu lugar, reclama tu imperio, sí, esto te pertenece, te lo has ganado todo, éste es el desenlace verdadero, ¿a que no lo esperabas?

Y piensas: la primera vez fue una broma, pero la segunda, la segunda…

Y gritas: la venganza será mía, la segunda será la vencida, la segunda vez será la de verdad.

Y me iré y no volveré más.

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El mapa

Nací en medio de un bosque del que no había aparente salida,

pedí a los dioses, a los tótems, puse nombres a las rocas, a las hojas, hablé con ellas

en medio de mi inmensa soledad.

Sin origen conocido ni lugar al que poder ir, el mundo era así, el mundo cabía en mi mano, el mundo me daba el día y me lo quitaba, la noche era infinita sobre mi cabeza.

Imagina ser lo único que conoces y, sin embargo, ser ese ser dividido, desconocido, al que temes y odias, del cual no puedes separarte; ser tu piel y tu sombra, ser una eterna interrogante, ser el misterio y lo desconocido, ser hijo de la muerte.

Temer, gritar de miedo, todos los días, no tener, anhelar, salir corriendo, volver a aquel lugar del que partiste.

Llamar a todo tu hogar y no encontrarlo en ninguno, decir que amas a todos y odiarte cada vez más por hacerlo; verdaderamente: nómada muy a tu pesar.

Siempre era la misma pregunta, siempre: ¿y ahora qué? ¿Y qué vendrá después? ¿Seré, al menos, siempre así? ¿Y quién, y cuándo? ¿Y si pudiera no ser yo, ser él, ser ella? ¿Podría entonces quizás alguien quererme de verdad? ¿Podría yo?

Pero ya dejé de ser joven, y ahora, extiendo las manos, las despliego: son como las alas de una mariposa vieja y cálida, y aún vibran emocionadas en contacto con el sol.

A fuerza de tiempo y de reír y sufrir, es verdad: no soy la misma, pero ya no deseo serlo.

Dejé de aferrarme, a mis harapos, al tiempo, a la inconsciencia; he dejado que el agua corra, sin intentar remansarla, pues era todo en vano.

Hay oquedades nuevas donde antes había lisura, hay depresiones donde antes todo era firmeza, ahora hay nuevas asperezas y nuevas suavidades, ya nada es como era;

pero en mis manos y en la piel doliente, en la memoria de mis ojos cansados, veo dibujado por fin el mapa, veo las coordenadas; mi corazón es la brújula,

y sí, un día moriré, un día todo acabará, un día…

pero no hoy. Hoy todavía estoy aquí, y me reconozco: el mapa de mis líneas y mis pequeñas derrotas marca la ruta hacia la salida (mi victoria final).

Y el agua que antes corría vigorosa ahora ella sola se para quieta, y se estanca, y descansa, y me permite verme.

Me río, no me queda más remedio. Pues claro que hay alguien, sí, claro que hay alguien más.

Ni intento por un momento explicarte este milagro que justifica toda mi vida, toda mi pena, inmensa, sí, pero nunca tanto como esta hermosura.

Por fin estoy sola, por fin estoy aquí, por fin me veo: sí, esta soy yo, soy verdaderamente yo, ésta soy yo, por fin, por fin.

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“La verdad de Alba”

Una noche los vi bailando de una manera especial. Muchas noches bailaban, pero aquella vez era diferente. Había nevado copiosamente, quizás era Navidad. O víspera de Navidad. Ellos parecían recién casados, o recién enamorados. Abrazados como si fueran uno, bailaban sobre la nieve. No se daban cuenta de lo fría que estaba. Ella iba descalza, sus pies eran tan blancos que brillaban, y llevaba flores en la mano; recordaba claramente los pétalos, nítidos contra su piel blanca. Él la abrazaba como si ella fuera su vida; quizás lo era.

Mi padre era el tronco, mi madre había sido la savia… o el agua.

Los primeros recuerdos de mi vida no indican que yo viniera de algún lugar, ni contradecían mi impresión de que mi vida había sido siempre tal como era entonces, y la de que iba a seguir siendo la misma para siempre.

Era una vida fuera de los límites de espacio y de tiempo.

He subido “La verdad de Alba”, aquí: LaVerdadDeAlba (1)

De antemano, gracias a quienes lo lean.

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Enfermedad

Hola, soy tu nueva enfermedad. Vamos a estar juntos mucho, mucho tiempo, nos conoceremos bien.

Aunque tú, para mí, no tienes secretos, ni yo debería tenerlos para ti, porque soy tan parte de ti como tu propia piel, como tu mente, como tu nombre.

Algunos me llaman de cierta manera, pero tú sabes que yo soy más que eso.

Vengo de tu pasado para dominar todo tu futuro:

soy el tiempo que desperdiciaste, aquel en que sufriste y te hiciste sufrir por muchas causas.

Soy el amor que la vida te arrancó de los brazos, y soy el dolor, hecho carne y sangre, que esa pérdida engendró.

Soy los azotes y los fustigamientos que padeciste de tu propia mano, y los golpes ajenos que no fuiste capaz de parar.

Soy el odio y el rencor que acumulaste contra quienes te hicieron tanto daño, haciendo que tu propio daño hacia ti fuera aún más grave, aún más letal.

Soy los fracasos por los que jamás te perdonaste, soy el documento de deuda que extendiste una vez al mundo, pensando, en tu inocencia, que alguna vez te la cobrarías.

Soy la sangre, el sudor y las lágrimas (sobre todo, las lágrimas).

Soy todos tus miedos convertidos en algo real que se puede observar, medir, cuantificar y diagnosticar.

Soy el agua furiosa que ha roto la presa que laboriosamente erigiste, y ahora se derrama por todo tu ser.

Soy aquello a lo que no pudiste poner nombre, aquello tan enorme y tan terrible que preferiste obviar hasta que ya no has podido fingir más.

El olvido al que te condenaron, el rincón en el que te ostracizaron, eso soy yo;

las enemigas que tuviste, sin merecerlo; la pena que produjeron los odios y los celos que despertaste en otros, eso soy yo;

tu propia mente revuelta contra sí misma, eso soy yo;

el grito de socorro de tu corazón hastiado, eso soy yo;

el tiempo de demasía soledad que no supiste comprender, ni tolerar, eso soy yo;

demasiada emoción solidificada, desencadenada, la mecha prendida, eso soy yo.

Aquellas lágrimas soy, con este llanto me riegas, sin saberlo ni quererlo.

Toda tu vida ha sido el prólogo a mi llegada, el preparativo de mi arribo, ¿es que no lo sabías? ¿O tal vez, en tu fuero interno, tal vez sí?

Soy lo que consigues por sentir demasiado, por sufrir demasiado.

Soy tu creación, la negra flor de tanto dolor.

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Irreversible

Ser niño es la única coartada ante esta trascendencia. Esta pertinaz irreversibilidad de todo, esta ausencia de alternativas.

Al mirar atrás todos vemos clara nuestra propia vida, los errores cometidos nos acusan, nos apuntan, se ríen de nosotros: ah, también aquello fue trascendente, también cada una de aquellas decisiones fue irreversible.

Es por eso.

Si decides dedicar tu vida al estudio de las lenguas y literaturas eslavas, no puedes luego hacer lo mismo con las románicas.

¡No hay tiempo!

¡Nunca hay tiempo suficiente!

Si uno abraza las leyes, no es posible desentenderse de eso después y hacerse, no sé, biólogo, ama de casa, astronauta, policía, periodista.

Ya es demasiado tarde.

Quizás es que era demasiado tarde ya cuando todavía parecía demasiado pronto.

Nunca es demasiado pronto; siempre es demasiado tarde.

Si te paras a pensarlo, has malgastado parte del tiempo que te quedaba.

Pero mirar atrás… ¡qué enorme tentación, y que enorme fracaso!

Mirar atrás… cuestionarse lo que uno hizo… hacerse preguntas que antes uno no habría podido jamás contestar… medir quien uno era con lo que uno ahora es… ¡ay!, eso es perderse para siempre.

No hay tiempo para nada; tampoco para la desesperanza; al final, todo acaba; qué más da…

Pero, mientras tanto… ¡ay!, mientras tanto…

Soñar con que uno es otra vez un niño… y nada importa, nada es irreversible, todo es intrascendente. Decisiones, opciones, alternativas… son sólo palabras, y ni siquiera palabras que uno conoce.

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Carefree

Desde este tren veo a la gente que pasa, sin que nadie me vea a mí.

¡Quién fuera como ellos, quién pudiera haber sido uno de ellos!

No hacen nada, no van a ninguna parte, no desean ni pretenden nada.

Comen un helado, acarician a los peces, se dan un baño, bailan un tango

y nada más, y todo eso, ya está.

Yo, heme aquí: el tren va cada vez más rápido, es el más veloz del mundo;

tanto, que va arrastrando mis contornos a su paso, desdibujando mi perfil, haciéndome irreconocible

incluso a mí misma.

Miro atrás constantemente, me voy convirtiendo cada vez más en estatua de sal

o, quizás, de hielo, ¿qué más da?

Sea como sea, pronto me quedaré quieta, pronto estaré calcinada, pronto no habrá ya nada

que me pueda hacer vivir.

O tal vez sí: tal vez siga caminando, al apearme de este tren; tal vez, pese a todo, lo consiga y sobreviva,

aferrándome a mi piel, a mis huesos, a lo que quedará de mi alma, de aquella estación número 93 a la que desearía poder volver (pues allí está mi casa), aun si para ello tuviera que morir un poco.

Mejor morir un poco y continuar adelante que no morir del todo por dentro y que nadie lo sepa, que nadie te llore, que ni yo misma pueda llorar.

Los miro ahora y me pregunto si quizás una vez fui un poco como ellos: sin pensar, tan sólo esperando pero sin esperar, tan sólo cerrando los ojos sin miedo a caer, sin temer el próximo paso. Tan alegremente perecedera, tan indiferente al futuro, tan inconsciente, feliz sin saber, esperándolo todo, mereciendo tanto.

Y cerrar los ojos, y despertar siempre con el corazón convertido en un pajarillo asustado, que golpea, golpea…

Con la poca corporeidad que todavía tengo, escribo y ruego, miro las horas que pasan, el tiempo no perdona, menos aún a mí.

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