Carefree

Desde este tren veo a la gente que pasa, sin que nadie me vea a mí.

¡Quién fuera como ellos, quién pudiera haber sido uno de ellos!

No hacen nada, no van a ninguna parte, no desean ni pretenden nada.

Comen un helado, acarician a los peces, se dan un baño, bailan un tango

y nada más, y todo eso, ya está.

Yo, heme aquí: el tren va cada vez más rápido, es el más veloz del mundo;

tanto, que va arrastrando mis contornos a su paso, desdibujando mi perfil, haciéndome irreconocible

incluso a mí misma.

Miro atrás constantemente, me voy convirtiendo cada vez más en estatua de sal

o, quizás, de hielo, ¿qué más da?

Sea como sea, pronto me quedaré quieta, pronto estaré calcinada, pronto no habrá ya nada

que me pueda hacer vivir.

O tal vez sí: tal vez siga caminando, al apearme de este tren; tal vez, pese a todo, lo consiga y sobreviva,

aferrándome a mi piel, a mis huesos, a lo que quedará de mi alma, de aquella estación número 93 a la que desearía poder volver (pues allí está mi casa), aun si para ello tuviera que morir un poco.

Mejor morir un poco y continuar adelante que no morir del todo por dentro y que nadie lo sepa, que nadie te llore, que ni yo misma pueda llorar.

Los miro ahora y me pregunto si quizás una vez fui un poco como ellos: sin pensar, tan sólo esperando pero sin esperar, tan sólo cerrando los ojos sin miedo a caer, sin temer el próximo paso. Tan alegremente perecedera, tan indiferente al futuro, tan inconsciente, feliz sin saber, esperándolo todo, mereciendo tanto.

Y cerrar los ojos, y despertar siempre con el corazón convertido en un pajarillo asustado, que golpea, golpea…

Con la poca corporeidad que todavía tengo, escribo y ruego, miro las horas que pasan, el tiempo no perdona, menos aún a mí.

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¿Puedes?

¿Puedes vivir como si hubieras acertado? ¿Vivir como si tus fracasos no existieran?

¿Puedes evadirte cada día? ¿Crear tantas fantasías como amaneceres te quedan, y que eso sea suficiente?

¿Puedes soportar la sensación de cerrar el puño y sentir que algo se escapa a manos llenas?

¿Puedes vivir con el vacío, la pérdida, el dolor, el arrepentimiento?

¿Puedes ser feliz en medio de los escombros de tu vida?

¿Puedes?

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“El caso Maurizius”, de Jakob Wassermann

el-caso-maurizius

Al lector se puede llegar por la mente, presentando un argumento y demostrándolo; pero se le gana, y se logra permanecer en su memoria, a través de la fuerza de una historia concreta, protagonizada por personajes auténticos y verosímiles. El caso Maurizius es una novela realista en tanto en cuanto hace una crítica feroz de la sociedad de la época del autor, insinuando claramente incluso pesadillas ideológicas que asolarían Europa en tan sólo unos años, poniendo en el centro de su diana el sistema judicial, las burocracias momificadoras donde a nadie ya importa ni el resultado, ni el sentido de su acción; el imperio de una ley que se ha convertido en el fin de los funcionarios de justicia, siendo totalmente irrelevantes conceptos como inocencia o justicia; además, mofándose de los falsos eruditos, a quienes retrata como charlatanes engatusadores de multitudes de burgueses acomodados que asisten a alardes de intelectualidad como quien acude a un espectáculo de variedades; de la mojigatería y de la aparente rectitud moral, del fuerte racismo y de los prejuicios de la sociedad acomodada de la época.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/el-caso-maurizius-de-jakob-wassermann.html

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Salas vacías

Ahora han pasado dos mil años, quizá diez mil. El edificio donde pasabas las horas sigue en pie.

Si alguien entrara allí donde tanta gente os reuníais, si se sentara allí a solas y cerrara los ojos, ¿crees que le llegaría aún algún eco de vuestras voces?

¿Quizá en forma de suave soplo en su piel, quizá como escalofrío que por un momento lo desconcierta?

¿Quedará algo de vosotros? Recuerda: estabais tan vivos, tan llenos de proyectos, de futuro, de ganas de hacer; tan satisfechos con lo celebrado, lo hablado, lo acordado; tan ahítos de nuevas ideas; tan colgados de vuestro conocimiento mutuo, de las nuevas amistades.

De tanta fuerza, de tanto entusiasmo, algo debe de quedar; no puede haberse extinguido todo; no puede, tanto, no ser nada, ¡no!

Y no han hecho falta diez mil años, ni siquiera diez, ni siquiera uno; era tan sólo ayer.

Sí, fue ayer cuando os despedisteis, cuando los pasillos se quedaron vacíos y en silencio, cuando se cerraron los postigos, cuando fuera ya no había niños. Se acabó el curso, hora de descansar. Qué hermosas palabras, qué sobrecogedor fue todo, qué maravilloso, ¿por qué sólo lo perecedero puede ser hermoso? ¿Por qué la dicha ha de irse siempre?

Si alguien entrara ahora y viera tu rostro, ¿podría decirte quién eres, quién eras? ¿Puedes tú?

Mañana vendrán otros a llenar esas salas, dirán otras o las mismas palabras, inundarán todo con su alegría, se volcarán en el cántaro vacío de tu vida hasta hacerlo rebosar. Y luego, lo vaciarán, vaciarán esas salas, así una y mil veces, así hasta el final. Y, luego, todo volverá a empezar.

¿Cuántas veces, así, hasta que ese cántaro ya no se vacíe? ¿Cuántas veces son necesarias hasta que ya nada te sea necesario?

Salas llenas, salas vacías; ayer, mañana; principio, fin, principio; vivir sin saber, vivir sin entender, preguntas que no se deben intentar responder.

Así es la vida, así es la vida.

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Camino retorcido

Y quién sabe ni sabrá nunca, aunque yo ya intuía; era un bello sueño, era un hermoso juego

jugar a adivinar destinos, y presentir y decir, y pronosticar y aventurar,

y regodearnos ya en la venganza, que sería nuestra, al prever un futuro de lo que ellos creían sinónimo de éxito:

el éxito equivalía a cualquier cosa, pero no aquí; a cualquier lugar, salvo éste.

Un lugar lejano, un lugar fuera de su vista, donde sólo podrían imaginarme de una forma: ahogada de triunfos, ahíta de victorias en todos los campos, asfixiada de estar en una cumbre tan alta.

No volvería aquí jamás, y ésa sería mi revancha sobre ellos: si me imaginaban, que me imaginaran como nunca ellos llegarían a ser.

Y es verdad que yo ya entonces me sentía volar cada vez que estaba sola, cada vez que veía sus espaldas alejándose, oía el eco de sus pasos, clavaba una vez más mi bandera defenestrada pero orgullosa; esa soledad me convencía de que aquél era mi destino, ¿qué otro podría ser?

Juro que me esforcé, y puedo decir que me gané todos los galones; puedo exhibir ahora los jirones podridos de la piel que me dejé, puedo enseñar las cenizas que atrapé de aquel lugar donde estuve -no me pidas que te lo describa, no me digas que te hable de él; sueño con él todas las noches, aunque de día sonría, aunque a ratos me olvide.

Juro que luché, pero no llegué al tramo final, me retiré antes de tiempo (quizás fue una retirada a tiempo, que, dicen, es victoria, ¿alguien sabe realmente nada excepto una vez sucedido todo? ¿No es la vida una pelea de miopes condenados a canjear juventud por una sabiduría que ya no sirve de nada?)

Sé que podría haber sido, sé que habría podido ser, tan sólo puedo fantasear con las cosas que habría hecho, con las personas que habría estado en mi mano llegar a ser -pues tenía la juventud, la mente y la infelicidad necesarias para conseguirlo.

Al hacerlo, habría dejado una parte de mí -la que entonces juzgaba menor, indigna, inservible, un apéndice gangrenado, una mancha que me afeaba.

Habría podido cortar las amarras, quemar los puentes, hundir los galeones

una vez con el pie en el otro lado, ¿qué habría importado?

Aun hoy hay veces, en mi duermevela, en que me veo allí, tan real como si hubiera llegado, tan verdaderamente como ve Dios las vidas sidas y por ser;

pero quizás todo eso haya sido sólo un sueño, tal vez el destino real era estar aquí, siempre aquí, contigo a mi lado; verte, tenerte, conocerte, quererte; de una manera tan dolorosa, pero tan verdadera, como la sangre que brotaba de aquellas heridas que me daban tanta loca felicidad, porque eran algo auténtico, lo único verdadero de tantas cosas falsas que tenía;

pero tú, tú

eres una verdad aun mayor, eres la única verdad de todas mis vidas

y para llegar a ti exigías un camino, sólo uno, retorcido y único; sólo recorriéndolo de principio a fin, surcando aguas pantanosas, en una noche eterna, sólo así se te podía alcanzar.

Por eso, pese a todo, sé que algo he conseguido, sé que en algo sí he triunfado;

¿cómo habría podido no tenerte? ¿cómo no habría vivido contigo?

¿De verdad sería eso posible?

¿O sólo una pesadilla, la única verdad de una vida engalanada pero fútil?

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¿Quién puede matar a un niño?

Ya no hay nada que se pueda censurar, pero tampoco nada que sea en verdad impresionante para el público. Ojeando la web de un medio de comunicación digital, veo una crítica de un estreno reciente. La película trata sobre posesiones, una familia aterrorizada, dos niños causantes o receptores del horror, tal vez ambas cosas. Leo la crítica, describe horrores que harán las delicias de los aficionados (entre los cuales una vez me conté; ya no).

Hoy, este tipo de escenas se emiten en los cines sin más prevención que una recomendación por edad; cualquier persona mayor de 18 años puede verlas sin más dificultad que la de pagar por la entrada. Además, estando en la sociedad de Internet, ya ni eso es óbice; cualquiera que tenga un móvil con conexión y ancho de banda suficiente podrá ver cualquier cosa que quiera, a despecho de su edad. Esto ya hace tiempo que viene sucediendo. Nos hemos acorazado, nos hemos hecho indiferentes a todo.

Esto me recuerda a una vieja película, concretamente de 1976. “¿Quién puede matar a un niño?”, se preguntaba en ella, ya desde el título, el genio vanguardista, adelantado e irónico de Narciso Ibáñez Serrador. Busco la película (en Wikipedia); dice que fue censurada durante décadas en varios países. Hoy, esa censura no serviría de nada, no tendría efecto práctico alguno; bueno, sí, en el peor de los casos sólo retrasaría un poco su visionado, además de acrecentar el número de espectadores.

El tema del niño malvado, incluso diabólico, no lo inventó, sin embargo, Ibáñez Serrador; para entonces ya había sido explorado en cine y televisión – ni que decir tiene que también en literatura -, siendo así que, al principio, causó sensación y debida impresión. Eran los tiempos de los niños con el poder de controlar voluntades ajenas e imponer la suya (algo que siempre ha sucedido en la realidad, sin necesidad de poderes extraños), semillas del diablo, niñas poseídas por el demonio, hermanos gemelos repartidos en los dos lados de la línea divisoria bien/mal, niños concebidos una noche de luna ominosa, niñas brujas (pero de verdad). Un personaje o una legión de ellos, todos el mismo, todos la misma metáfora: ¿estáis seguros de que un niño no puede hacer el mayor mal, el mal inimaginable? ¿Y si estuvierais equivocados? Esperad y veréis, no os confiéis tanto, no seáis tan soberbios, estúpidos adultos. Se había roto el gran tabú del imaginario colectivo adulto: los niños también eran capaces de hacer el mal, los niños también podían ser malvados, no había territorio intocable para el mal; el paraíso perdido no era tal, no había inocencia que no se pudiera mancillar.

Y, al fin y al cabo, eso estaba en el mundo real que las clases acomodadas, de vidas bien organizadas, de los países occidentales preferían ignorar: el acoso, el arrinconamiento de los semejantes por razones arbitrarias y, en realidad, inexistentes, el odio al rival, siempre han comenzado a manifestarse con toda su crudeza en la infancia. Sin embargo, había otro tabú aún más intocable, había otro dogma aún más sagrado: no se le podía hacer daño a un niño.

Ésa es la gran mentira que los monstruos de forma infantil de la ficción intentaban derribar. Si toda obra de terror medianamente buena no es otra cosa que una gran armazón de metáforas que tratan de denunciar algo de la realidad, entonces la figura del niño diabólico era la metáfora suprema, el gran dios de dedo acusatorio que la ficción terrorífica había creado. Ese monstruo, en realidad totalmente inofensivo, no era otra cosa que la denuncia a gritos de un hecho cierto y constatable en la realidad de cualquiera, cada día de su vida: los adultos siempre han hecho daño a los niños, y no hay mayor crimen que ése, porque

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.

Ya Jesús pedía la pena de muerte para quien escandalizara a  un niño, entendido como aquel que matara al niño o bien matara su inocencia, que es matar el alma del niño. Hoy hemos cometido ese crimen colectivo, ya que la infancia se ha acortado drásticamente; vivimos un tiempo en el que a un niño de 13 años ya se le llama “joven”, en el que los niños saben cada vez a menor edad qué es el sexo, y se comportan como adultos en miniatura, con la misma malicia, el cinismo, la adultez en la mirada, en los comportamientos, en las palabras. Toda la culpa es nuestra, como sociedad, como civilización que ha comodificado la infancia para el rédito económico, para la dominación, por el poder. Eso siempre debe asustarnos más, mucho más que el tráiler de la película de ficción más horripilante, aunque lo primero no nos haga cerrar los ojos y lo segundo, sí; aunque lo primero nos parezca ya tan cotidiano que no nos haga pestañear y lo segundo nos haga apartar la mirada.

Quien mata a un niño los mata a todos; quien es capaz de asesinar a un niño es capaz de cualquier cosa, pues mata su inocencia, mata toda su vida, sus opciones y elecciones, sus decisiones, su aprendizaje, su maduración, la magia de que es capaz, la posibilidad de convertirse en una persona buena que desencadene un pequeño cambio en su día a día. Mata a sus hijos, a sus nietos, sus éxitos y fracasos; y muere él mismo también; o es quizá ya un muerto en vida; un zombi contra un niño diabólico; un ser vacío, sin alma, sin capacidad de amar.

Es contra ese agujero negro del alma, contra esa maldad última, contra quien alzan su voz nuestros amigos los monstruos de ficción. Porque el ser de ficción más contrahecho que se pueda imaginar no es nada, es un chiste al lado del ser humano capaz de matar a un niño. Los monstruos de ficción intentan despertarnos, hacernos conscientes de lo que hemos hecho y estamos haciendo como sociedad que, al estar mirando demasiado tiempo al abismo, hemos acabado creyendo que éste nos mira; la sociedad que duerme el pesado sueño de la razón que produce monstruos, pero éstos de verdad.

Volvamos a la película de culto de Ibáñez Serrador, a la Benavís/Ta donde sus personajes adultos van a darse de bruces con la realidad que ellos han creado, con sus hijos reales y metafóricos. La película comienza con una secuencia de imágenes de filmaciones de la vida real, donde vemos niños víctimas de guerras y hambrunas (causadas por los adultos). Y luego, la pregunta: ¿Quién puede matar a un niño? La respuesta es: por desgracia, mucha gente.

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Agua

Yo era fuego cuando nací. Tú, sabiéndolo todo, me hiciste así.

Fui fuego durante muchos años, la mayor parte de mi vida. Años siendo fuego impetuoso, colérico, fuego bravo, desafiante; o fuego fatuo; pero, de cualquier forma y aun en los fracasos, no sabiendo ser otra cosa sino fuego.

Podía arrasar cualquier cosa con sólo tocarla; en cambio, era vulnerable; la tierra podía sofocarme, la lluvia podía ahogarme.

Mi leyenda era un reguero de cenizas y de humo, de restos de un incendio sin objeto, sin sentido.

Hasta que me lanzaste la vida, como una red, como una batalla. Y entonces me hiciste agua.

El fuego fogueado se convierte en agua: mansa, blanda, callada y poderosa; tranquila, transparente, adaptable;

me hiciste un ser de agua, me diste una nueva naturaleza, me obligaste a doblegarme y a ser como tú querías que fuera; como era preciso que fuera.

Me hiciste de agua para que me rindiera, para que abandonara la futil resistencia

y volviera mi mirada a ti, quien me creaste, quien todo lo has creado, que todo lo sabes, que has escrito nuestra historia de principio a final, que acunas el mundo en la cálida oquedad de tu regazo, que nos miras, en silencio compasivo, pareciendo que no intervienes.

Me creaste de una forma, pero me castigaste con la vida para que alcanzara mi verdadera naturaleza y te conociera,

verdaderamente te conociera.

Para que fuera invencible, tuve que ser derrotada mil veces; ahora sé que nada puede superarme.

Y no porque sea más fuerte, ni porque sea más sabia que mis enemigos,

sino porque he aprendido lo único que necesitaba saber: a estar quieta y, a tu lado, conocer que tú eres Dios.

 

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Teenager

Nunca sabrás cuántas cosas has dejado de aprender, sólo por culpa de no querer escuchar.

Ahí, amurallada en tu rincón, te veo y te oigo en tu obstinado silencio de tan fuerte voz, y pienso: es como si tuvieras otra vez quince años.

¡Qué triste ignorancia la del que se ha hecho mayor y finge que no ha crecido!

Por favor, por favor.

Dime ahora, pero sin ira y sin patalear, dime ahora qué es lo que tanto te asusta.

Dímelo y sincérate de una vez.

No te juraré que te vayas a sentir mucho mejor, pero por lo menos superaremos este deja vu.

Y ya sé que es duro crecer, pero, por Dios, nadie lo ha hecho tanto más difícil como tú.

Y ya sé que en tu mente tienes veinte años, pero tu cuerpo ya no te sigue como antes, ya no te obedece como antes.

Y ya sé que da ganas de llorar sentir cómo tu cuerpo es una creciente rebelión, que todo va cuesta arriba, que avanzar ya no es ganar sino batirse en retirada, cada día un poco más, pero, por Dios, créeme, no todo es malo, somos muchos a este lado.

No quieres dejarte llevar por las olas, morir ahogado es una muerte cruel; pero no requiere esfuerzo; es más fácil que luchar por mantener la cabeza sobre el agua, los ojos abiertos, la mente despierta.

Nadas en este mar de inconcreción, de incertidumbre, de inercia; pero a veces oyes a las familias, oyes trinar los pájaros, y te preguntas dónde te equivocaste, cuál fue exactamente el error, de entre tantos errores, que fue el imperdonable.

Quisieras reencarrilar el tren que se perdió; quisieras haberle dado unos guijarros al niño que salió de su casa; pero no lo hiciste. Entonces, él siguió andando por el camino que no era, hasta que se cruzó con el hombre.

Y recuerdas, y el recuerdo es repugnante, pero irresistible.

Y lloras, y odias tu autocompasión, pero, a la vez, es tu alimento.,

Mírate al espejo y empieza por ahí; ése es tu primer frente.

Tantos pensamientos que te atormentan, los recuerdos confusos del ayer, mitificados en tu mente; la memoria siempre es mejor cuando enumera las mentiras.

Vamos ahora, busca un enemigo, fustiga tu amargura y domestícala, arroja esa bola de fuego en cualquier dirección.

Ese es tu sino, tal vez sólo así eres feliz, busca un enemigo.

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Anfibio

Volver a casa: unas vacaciones. Y después, todo lo demás.

Sacar la cabeza del agua, una bocanada de aire, y luego, otra vez, esto: sentirte rodeado por todas partes; por fuera; por dentro. Hasta aprendiste a respirar bajo el agua. Y creíste que eso era vivir.

Salir a tierra: ya no es firme; ya no notas que te sostiene, sino que es correosa, huidiza; dirías que ya no puedes fiarte de ella; no puedes saber que te va a seguir sosteniendo.

Así son todas tus antiguas creencias: de cuando eras tan joven que podías tener fe en lo que quisieras, y más que en ninguna otra cosa, en tu propia vida; en que sería siempre como la vislumbrabas entonces. Y ¿por qué no creerlo? Entonces, era real.

Pero ahora eres tú quien sostiene la tierra.

Sentías todo su peso sobre tus hombros, pero en realidad, son tus pasos los que van construyendo el puente.

No hace falta que veas; la oscuridad es total, pero no guarda secretos; te lo digo yo, que la he visto.

Son tus pies los que sujetan esta precaria parcela de vida, y todo lo que ella alberga.

Tus lágrimas importan a Dios, y si no a Él, importan por sí mismas; por tu coraje; por atestiguar que viviste.

Sigue ahí, pequeño istmo de vida, uniendo mar y tierra, viviendo tu pequeña vida anfibia en la que crees que te limitas a flotar, en la que te preguntas por qué sigues vivo.

Sí; tu existencia es muy pequeña, y sin embargo todo un mundo depende de ella.

Pero cuánto pesa otra noche en vela…

Y qué joven eras hasta hace nada.

 

 

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Evasión

Cuando ya no hay nada a lo que asirte, dime cuál es ese lugar al que huyes.

Quizá sólo por un segundo, antes de volver a tu realidad;

pero ahí estás, ciertamente: en ese espacio que has recreado en tu mente,

recuperando olores, sonidos, sensaciones que viviste una vez y luego

atesoraste

con el aroma de tu infancia, o de tu primera juventud: los lugares a los que vuelven todos, esos paraísos perdidos y tan superpoblados.

Un momento que has visitado tantas veces, retocándolo y decorándolo tanto

que ya no distingues sueño de realidad.

Sabes por cierto que allí estuviste aquella vez, que viviste en tu realidad algo que no parecía real, tan alejado estaba de tu normalidad: huiste por unos momentos, un tiempo indeterminado, camuflándote de desconocido entre personas nuevas que no te pedirían cuentas.

Allí fuiste feliz durante un tiempo, pues confundiste la extrañeza con libertad. Nadie te conocía, nadie te amaba, y esa soledad quizá te dio alas, aunque luego desaparecerían como lágrimas bajo la lluvia.

Esta fantasía tuya es ahora más real que la realidad que en su día tal vez fue; y es tu patrimonio inalienable; es falsa, pero nadie te la puede quitar.

Pero esto son sólo suposiciones; tu verdad puede ser muy otra.

Son sólo cosas que imagino al ver tu mirada perdida, hurtada por unos segundos a esa máscara que te pones, por la cual te conocen todos.

Quisiera saber cuál es en verdad tu secreto; dime pues, ¿cuál es el lugar más feliz donde no has estado jamás?

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