¿Quién puede matar a un niño?

Ya no hay nada que se pueda censurar, pero tampoco nada que sea en verdad impresionante para el público. Ojeando la web de un medio de comunicación digital, veo una crítica de un estreno reciente. La película trata sobre posesiones, una familia aterrorizada, dos niños causantes o receptores del horror, tal vez ambas cosas. Leo la crítica, describe horrores que harán las delicias de los aficionados (entre los cuales una vez me conté; ya no).

Hoy, este tipo de escenas se emiten en los cines sin más prevención que una recomendación por edad; cualquier persona mayor de 18 años puede verlas sin más dificultad que la de pagar por la entrada. Además, estando en la sociedad de Internet, ya ni eso es óbice; cualquiera que tenga un móvil con conexión y ancho de banda suficiente podrá ver cualquier cosa que quiera, a despecho de su edad. Esto ya hace tiempo que viene sucediendo. Nos hemos acorazado, nos hemos hecho indiferentes a todo.

Esto me recuerda a una vieja película, concretamente de 1976. “¿Quién puede matar a un niño?”, se preguntaba en ella, ya desde el título, el genio vanguardista, adelantado e irónico de Narciso Ibáñez Serrador. Busco la película (en Wikipedia); dice que fue censurada durante décadas en varios países. Hoy, esa censura no serviría de nada, no tendría efecto práctico alguno; bueno, sí, en el peor de los casos sólo retrasaría un poco su visionado, además de acrecentar el número de espectadores.

El tema del niño malvado, incluso diabólico, no lo inventó, sin embargo, Ibáñez Serrador; para entonces ya había sido explorado en cine y televisión – ni que decir tiene que también en literatura -, siendo así que, al principio, causó sensación y debida impresión. Eran los tiempos de los niños con el poder de controlar voluntades ajenas e imponer la suya (algo que siempre ha sucedido en la realidad, sin necesidad de poderes extraños), semillas del diablo, niñas poseídas por el demonio, hermanos gemelos repartidos en los dos lados de la línea divisoria bien/mal, niños concebidos una noche de luna ominosa, niñas brujas (pero de verdad). Un personaje o una legión de ellos, todos el mismo, todos la misma metáfora: ¿estáis seguros de que un niño no puede hacer el mayor mal, el mal inimaginable? ¿Y si estuvierais equivocados? Esperad y veréis, no os confiéis tanto, no seáis tan soberbios, estúpidos adultos. Se había roto el gran tabú del imaginario colectivo adulto: los niños también eran capaces de hacer el mal, los niños también podían ser malvados, no había territorio intocable para el mal; el paraíso perdido no era tal, no había inocencia que no se pudiera mancillar.

Y, al fin y al cabo, eso estaba en el mundo real que las clases acomodadas, de vidas bien organizadas, de los países occidentales preferían ignorar: el acoso, el arrinconamiento de los semejantes por razones arbitrarias y, en realidad, inexistentes, el odio al rival, siempre han comenzado a manifestarse con toda su crudeza en la infancia. Sin embargo, había otro tabú aún más intocable, había otro dogma aún más sagrado: no se le podía hacer daño a un niño.

Ésa es la gran mentira que los monstruos de forma infantil de la ficción intentaban derribar. Si toda obra de terror medianamente buena no es otra cosa que una gran armazón de metáforas que tratan de denunciar algo de la realidad, entonces la figura del niño diabólico era la metáfora suprema, el gran dios de dedo acusatorio que la ficción terrorífica había creado. Ese monstruo, en realidad totalmente inofensivo, no era otra cosa que la denuncia a gritos de un hecho cierto y constatable en la realidad de cualquiera, cada día de su vida: los adultos siempre han hecho daño a los niños, y no hay mayor crimen que ése, porque

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.

Ya Jesús pedía la pena de muerte para quien escandalizara a  un niño, entendido como aquel que matara al niño o bien matara su inocencia, que es matar el alma del niño. Hoy hemos cometido ese crimen colectivo, ya que la infancia se ha acortado drásticamente; vivimos un tiempo en el que a un niño de 13 años ya se le llama “joven”, en el que los niños saben cada vez a menor edad qué es el sexo, y se comportan como adultos en miniatura, con la misma malicia, el cinismo, la adultez en la mirada, en los comportamientos, en las palabras. Toda la culpa es nuestra, como sociedad, como civilización que ha comodificado la infancia para el rédito económico, para la dominación, por el poder. Eso siempre debe asustarnos más, mucho más que el tráiler de la película de ficción más horripilante, aunque lo primero no nos haga cerrar los ojos y lo segundo, sí; aunque lo primero nos parezca ya tan cotidiano que no nos haga pestañear y lo segundo nos haga apartar la mirada.

Quien mata a un niño los mata a todos; quien es capaz de asesinar a un niño es capaz de cualquier cosa, pues mata su inocencia, mata toda su vida, sus opciones y elecciones, sus decisiones, su aprendizaje, su maduración, la magia de que es capaz, la posibilidad de convertirse en una persona buena que desencadene un pequeño cambio en su día a día. Mata a sus hijos, a sus nietos, sus éxitos y fracasos; y muere él mismo también; o es quizá ya un muerto en vida; un zombi contra un niño diabólico; un ser vacío, sin alma, sin capacidad de amar.

Es contra ese agujero negro del alma, contra esa maldad última, contra quien alzan su voz nuestros amigos los monstruos de ficción. Porque el ser de ficción más contrahecho que se pueda imaginar no es nada, es un chiste al lado del ser humano capaz de matar a un niño. Los monstruos de ficción intentan despertarnos, hacernos conscientes de lo que hemos hecho y estamos haciendo como sociedad que, al estar mirando demasiado tiempo al abismo, hemos acabado creyendo que éste nos mira; la sociedad que duerme el pesado sueño de la razón que produce monstruos, pero éstos de verdad.

Volvamos a la película de culto de Ibáñez Serrador, a la Benavís/Ta donde sus personajes adultos van a darse de bruces con la realidad que ellos han creado, con sus hijos reales y metafóricos. La película comienza con una secuencia de imágenes de filmaciones de la vida real, donde vemos niños víctimas de guerras y hambrunas (causadas por los adultos). Y luego, la pregunta: ¿Quién puede matar a un niño? La respuesta es: por desgracia, mucha gente.

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Agua

Yo era fuego cuando nací. Tú, sabiéndolo todo, me hiciste así.

Fui fuego durante muchos años, la mayor parte de mi vida. Años siendo fuego impetuoso, colérico, fuego bravo, desafiante; o fuego fatuo; pero, de cualquier forma y aun en los fracasos, no sabiendo ser otra cosa sino fuego.

Podía arrasar cualquier cosa con sólo tocarla; en cambio, era vulnerable; la tierra podía sofocarme, la lluvia podía ahogarme.

Mi leyenda era un reguero de cenizas y de humo, de restos de un incendio sin objeto, sin sentido.

Hasta que me lanzaste la vida, como una red, como una batalla. Y entonces me hiciste agua.

El fuego fogueado se convierte en agua: mansa, blanda, callada y poderosa; tranquila, transparente, adaptable;

me hiciste un ser de agua, me diste una nueva naturaleza, me obligaste a doblegarme y a ser como tú querías que fuera; como era preciso que fuera.

Me hiciste de agua para que me rindiera, para que abandonara la futil resistencia

y volviera mi mirada a ti, quien me creaste, quien todo lo has creado, que todo lo sabes, que has escrito nuestra historia de principio a final, que acunas el mundo en la cálida oquedad de tu regazo, que nos miras, en silencio compasivo, pareciendo que no intervienes.

Me creaste de una forma, pero me castigaste con la vida para que alcanzara mi verdadera naturaleza y te conociera,

verdaderamente te conociera.

Para que fuera invencible, tuve que ser derrotada mil veces; ahora sé que nada puede superarme.

Y no porque sea más fuerte, ni porque sea más sabia que mis enemigos,

sino porque he aprendido lo único que necesitaba saber: a estar quieta y, a tu lado, conocer que tú eres Dios.

 

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Teenager

Nunca sabrás cuántas cosas has dejado de aprender, sólo por culpa de no querer escuchar.

Ahí, amurallada en tu rincón, te veo y te oigo en tu obstinado silencio de tan fuerte voz, y pienso: es como si tuvieras otra vez quince años.

¡Qué triste ignorancia la del que se ha hecho mayor y finge que no ha crecido!

Por favor, por favor.

Dime ahora, pero sin ira y sin patalear, dime ahora qué es lo que tanto te asusta.

Dímelo y sincérate de una vez.

No te juraré que te vayas a sentir mucho mejor, pero por lo menos superaremos este deja vu.

Y ya sé que es duro crecer, pero, por Dios, nadie lo ha hecho tanto más difícil como tú.

Y ya sé que en tu mente tienes veinte años, pero tu cuerpo ya no te sigue como antes, ya no te obedece como antes.

Y ya sé que da ganas de llorar sentir cómo tu cuerpo es una creciente rebelión, que todo va cuesta arriba, que avanzar ya no es ganar sino batirse en retirada, cada día un poco más, pero, por Dios, créeme, no todo es malo, somos muchos a este lado.

No quieres dejarte llevar por las olas, morir ahogado es una muerte cruel; pero no requiere esfuerzo; es más fácil que luchar por mantener la cabeza sobre el agua, los ojos abiertos, la mente despierta.

Nadas en este mar de inconcreción, de incertidumbre, de inercia; pero a veces oyes a las familias, oyes trinar los pájaros, y te preguntas dónde te equivocaste, cuál fue exactamente el error, de entre tantos errores, que fue el imperdonable.

Quisieras reencarrilar el tren que se perdió; quisieras haberle dado unos guijarros al niño que salió de su casa; pero no lo hiciste. Entonces, él siguió andando por el camino que no era, hasta que se cruzó con el hombre.

Y recuerdas, y el recuerdo es repugnante, pero irresistible.

Y lloras, y odias tu autocompasión, pero, a la vez, es tu alimento.,

Mírate al espejo y empieza por ahí; ése es tu primer frente.

Tantos pensamientos que te atormentan, los recuerdos confusos del ayer, mitificados en tu mente; la memoria siempre es mejor cuando enumera las mentiras.

Vamos ahora, busca un enemigo, fustiga tu amargura y domestícala, arroja esa bola de fuego en cualquier dirección.

Ese es tu sino, tal vez sólo así eres feliz, busca un enemigo.

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Anfibio

Volver a casa: unas vacaciones. Y después, todo lo demás.

Sacar la cabeza del agua, una bocanada de aire, y luego, otra vez, esto: sentirte rodeado por todas partes; por fuera; por dentro. Hasta aprendiste a respirar bajo el agua. Y creíste que eso era vivir.

Salir a tierra: ya no es firme; ya no notas que te sostiene, sino que es correosa, huidiza; dirías que ya no puedes fiarte de ella; no puedes saber que te va a seguir sosteniendo.

Así son todas tus antiguas creencias: de cuando eras tan joven que podías tener fe en lo que quisieras, y más que en ninguna otra cosa, en tu propia vida; en que sería siempre como la vislumbrabas entonces. Y ¿por qué no creerlo? Entonces, era real.

Pero ahora eres tú quien sostiene la tierra.

Sentías todo su peso sobre tus hombros, pero en realidad, son tus pasos los que van construyendo el puente.

No hace falta que veas; la oscuridad es total, pero no guarda secretos; te lo digo yo, que la he visto.

Son tus pies los que sujetan esta precaria parcela de vida, y todo lo que ella alberga.

Tus lágrimas importan a Dios, y si no a Él, importan por sí mismas; por tu coraje; por atestiguar que viviste.

Sigue ahí, pequeño istmo de vida, uniendo mar y tierra, viviendo tu pequeña vida anfibia en la que crees que te limitas a flotar, en la que te preguntas por qué sigues vivo.

Sí; tu existencia es muy pequeña, y sin embargo todo un mundo depende de ella.

Pero cuánto pesa otra noche en vela…

Y qué joven eras hasta hace nada.

 

 

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Evasión

Cuando ya no hay nada a lo que asirte, dime cuál es ese lugar al que huyes.

Quizá sólo por un segundo, antes de volver a tu realidad;

pero ahí estás, ciertamente: en ese espacio que has recreado en tu mente,

recuperando olores, sonidos, sensaciones que viviste una vez y luego

atesoraste

con el aroma de tu infancia, o de tu primera juventud: los lugares a los que vuelven todos, esos paraísos perdidos y tan superpoblados.

Un momento que has visitado tantas veces, retocándolo y decorándolo tanto

que ya no distingues sueño de realidad.

Sabes por cierto que allí estuviste aquella vez, que viviste en tu realidad algo que no parecía real, tan alejado estaba de tu normalidad: huiste por unos momentos, un tiempo indeterminado, camuflándote de desconocido entre personas nuevas que no te pedirían cuentas.

Allí fuiste feliz durante un tiempo, pues confundiste la extrañeza con libertad. Nadie te conocía, nadie te amaba, y esa soledad quizá te dio alas, aunque luego desaparecerían como lágrimas bajo la lluvia.

Esta fantasía tuya es ahora más real que la realidad que en su día tal vez fue; y es tu patrimonio inalienable; es falsa, pero nadie te la puede quitar.

Pero esto son sólo suposiciones; tu verdad puede ser muy otra.

Son sólo cosas que imagino al ver tu mirada perdida, hurtada por unos segundos a esa máscara que te pones, por la cual te conocen todos.

Quisiera saber cuál es en verdad tu secreto; dime pues, ¿cuál es el lugar más feliz donde no has estado jamás?

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Tao

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Tu realidad tiene algo de fantasía.

Tu fantasía tiene algo de realidad.

Muéstrate tú ahora, en tu irrealidad, tal como eres o crees ser.

Sin pensar; estate aquí un segundo, luego da el paso, lánzate al vacío

corre el riesgo de que todo desaparezca a tu alrededor

sin intentar hacer pie.

Sé como serías si nada fuera real, si todo lo que sueñas fuera intensamente real.

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‘Sara, mi vida por 37 kilos’, de Jon Ugutz Zubizarreta

La novela es sincera y valiente al tratar los desórdenes alimentarios como lo que son: una enfermedad mental, no una moda, ni un “estilo de vida”, ni algo que se elige voluntariamente tanto al entrar como al salir de ellas, ni una “dieta llevada al extremo”; simplemente una enfermedad mental en todo lo que éstas tienen de feo, de aleatorio, de antirromántico, de mortal.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/sara-mi-vida-por-37-kilos-de-jon-ugutz-zubizarreta.html

Sara_mi_vida_por_37_kilos

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Indeterminismo

La belleza…

La belleza y la fealdad están en el interior.

Son invisibles a los ojos, sólo se pueden ver bien con el corazón.

Pero

con el tiempo, encuentran la manera de aflorar al exterior.

Así que

cuidado con cómo es tu jardín interior.

Si vivimos lo suficiente, nos convertimos en aquello que somos.

Belleza o fealdad en constante estado de evolución –

la floresta o el secarral que llevamos dentro se adueña de nuestro rostro.

Somos puro destino autoelegido a cada paso,

cincelando en el semblante su verdad sin concesiones.

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Enemigo

No más otra vez (ahora),

en este no-libro nuestro del olvido no vuelvo a evocarte.

Eres mi enemigo más querido, el más antiguo, el que mejor conozco.

Sin verte ni oírte, puedo describir cada día tuyo, puedo redactar tus diálogos, puedo decirte cómo te sientes cuando cierras esa puerta.

Y, aunque creo haberte perdonado, sin embargo no puedo dejar de dedicarte mi odio más elaborado, el más acendrado, el que ya forma parte de mí.

No tienes culpa de quién soy, pero por ti soy ésta y no otra, por ti hice mil locuras, por ti tomé mil decisiones. Soy un poco tu obra, tú eres un poco mi creador.

También eres mi gran descubridor, el que me abrió tantas puertas, el que me reveló tantas estancias de la vida. Por ti supe del desengaño, por tu boca escuché las mentiras; gracias a ti supe que el silencio no sólo es un refugio, también el arma de los cobardes, que con el silencio condenan, con el silencio acorralan, neutralizan y matan.

Mataste tantas cosas, tantas, en mí,

que me obligaste a buscar semillas de plantas nuevas, a cultivar flores maravillosas, nutridas de la luz de la luna y de la misterios oscuridad de los invernaderos.

¡Sí!, también esto a ti, en parte, te debo.

Por ti tuve que aprender a explorar, a soñar, a crear

en formas esquivas, torcidas, extrañas,

en formas que nadie a mi alrededor comprendía; y menos que nadie, tú,

mi querido enemigo,

tan abstruso, tan romo, tan miserable en tu pequeña y predecible maldad.

Tan sólo yo entiendo estas partituras, tan sólo yo puedo oír esta música y conmoverme con ella.

Y fuiste tú quien me empujaste a crearla

Porque era eso, o morir bajo tu pie.

Eso, o morir una muerte callada y anónima, una muerte aturdida y culpable, una muerte inmerecida.

De cuando en cuando, ahora, nos vemos, me pregunto si me recuerdas como quisiera que lo hicieras, si te he marcado como tú a mí.

No, estas palabras vuelven a no existir, tú no eres nadie, tan sólo mi maldito creador,

no eres nada, tan sólo mi íntimo recuerdo, mi cicatriz de la infancia, una herida que se cosió, una llaga curada que, sin embargo, a veces, como un pequeño corazón, late y se siente.

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Reseña de ‘Un bello misterio’, de Louise Penny

Es fascinante pensar que las obras de Mozart, los Beatles, Elvis, el rap, el rhythm and blues, Bach, el techno, TODO lo escrito jamás en la música ha sido posible gracias a un monje solitario que se sintió tocado por la inspiración divina para dejar constancia del canto de su monasterio. Todo gracias a aquel hombre solo, silencioso y creativo. Todo gracias a un introvertido. (Esto también aparece en esta novela, la cual les recomiendo).

Reseña en Libros y Literatura: https://www.librosyliteratura.es/un-bello-misterio-de-louise-penny.html

Un bello misterio_135X220

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