Seres de hielo

Me dejaron salir al mundo, y allí estaban ellos: los seres de hielo.

Ahora eran dueños de todo, habían repoblado países, ciudades, con su civilización.

La disciplina fue su arma de destrucción (y construcción) masiva.

Ordenados como aquellos soldados de terracota, obedeciendo a sus creadores, maldecidos con el amargo don de la eternidad.

Tomad la tierra y sometedla, vivid para siempre.

Sed siempre fríos, incorruptibles, de estremecedora, inmaculada belleza.

Creí que al tacto se desbarataría su firmeza, pero no;

eran seres creados para durar (casi) siempre.

Seiscientos años, setecientos, de vida, sólo por haber obedecido, sólo por portarse bien.

Descansando en urnas aclimatadas, perfectos por siempre jamás, alimentados de agua y de vacío.

Existencias que, cuando finalmente, un lejano día, hayan terminado, será como si nunca hubieran sido, tan leve será su paso por este mundo que un día se les rindió.

Casi tan eviternos como el firmamento, tan gélidos como las hermosas estrellas.

Tan sólo una emoción vibra a veces bajo su férrea epidermis: la envidia que los enferma; el odio por nuestra libertad, nuestro derecho por nacimiento; la libertad de una vida breve y finita.

Seres de hielo que nos envidian y nos temen…

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El tema de la identidad en las novelas de Ruth Rendell

(En este artículo se desvelan partes importantes de las novelas ‘From Doon with death’, ‘A sleeping life’, ‘Some lie and some die’ y ‘Shake hands for ever’ (‘Juntos para siempre’).

Si toda obra de misterio es, forzosamente y por definición, un enigma y una reflexión en torno a la identidad, entonces debemos considerar a Ruth Rendell la autora de misterio que más se ha acercado al ideal del género. Sus obras son novelas de misterio por partida doble:

  1. por un lado, respetan el principio central de cualquier novela de misterio, según la cual una identidad queda bajo secreto hasta el final, y se plantea la novela como acertijo, desafío o juego con el lector; normalmente, se trata de la identidad del asesino, pero no siempre; la propia Rendell rompió barreras y reinventó varias veces el género, al desvelar de buen principio al lector la identidad del culpable, del malvado -hasta el punto de llegar a hacerlo en la frase inaugural de la novela-, mas haciendo pivotar el misterio sobre otro tipo de identidad: la naturaleza del motivo, la forma en que se cometió el crimen, o un misterio oculto bajo el misterio más evidente, por ejemplo, ¿de verdad fue la cosa como parece, o ha habido algo aún más siniestro detrás?, ¿el inspector Wexford es en verdad inteligente o sólo tiene golpes de suerte -y muchos, hay que reconocerlo?, ¿No es cierto que las novelas de Wexford son en realidad la historia de su aparente segundo, el retrógrado y estólido Michael Burden? Y preguntas todavía más complejas, de respuesta inexistente o impronunciable: ¿Es de justicia la manera en que concluye la historia? ¿Ha sido Rendell tan hábil como para hacerme simpatizar con el personaje más malvado de toda la novela, y alegrarme de que al final las cosas le salgan bien?
  2. Y por otra, reparamos en que muchas de sus novelas giran en torno al tema de la identidad. Se trata de un concepto de límites tan vastos, que da para escribir tantas novelas como hizo Ruth Rendell a lo largo de su vida: unas setenta novelas, además de varias decenas de relatos cortos y obras no detectivescas.

Para empezar, podemos hacerlo por su primera novela: From Doon with death (1964).doon No creo que se haya traducido al español, y, si no lo ha sido hasta ahora, con mucha menos razón lo será en adelante, ya que se trata de una novela que ha quedado superada por el paso del tiempo; sencillamente, el mundo que describe, sus secretos, el origen de gran parte de las neurosis y las infelicidades de los protagonistas, sus alambicados modos de vida, construidos sobre unos cimientos tan frágiles como sus personalidades, hoy en día son sólo un recuerdo, y, en muchos sentidos, no precisamente grato. Posiblemente, el misterio sobre el cual gira la novela no constituya tal a ojos de un lector de hoy en día; sin embargo, para entender el mundo de Rendell, sus temas principales, aquellos que la preocupaban no sólo como autora, sino como persona, resulta una lectura esencial.

En From Doon with death, una esposa y ama de casa de una pequeña ciudad inglesa aparece asesinada. Se trataba de una mujer que no llamaba la atención en ningún sentido, y, sin embargo, poco a poco aparecen pistas que dan a entender que el asesino es un amante despechado, alguien de gran cultura y de buena pluma, que le había mandado cartas apasionadas y poéticas. Iniciando una tónica que va a ser habitual a lo largo de la serie, Wexford seguirá el rastro de pistas que parecen sólidas pero que se revelarán como falsas, hasta que al final descubrirá la verdad -de forma poco clara para el lector, dicho sea de paso, si bien el lector dispone siempre de pistas y de insinuaciones diseminadas por el texto de forma sutil (en ocasiones, muy sutil, y también muy inteligente)-, con un impulso final que, según nos iremos acostumbrando a ver, puede venir de un suceso casual, de un comentario, de una epifanía a deshoras, de una observación de Burden o incluso de una lectura imprevista. En el caso de From Doon with death, esa verdad que a Wexford le cuesta tanto desvelar es que el misterioso amante -o amador, mejor dicho, ya que se trata de un amor no correspondido- de la víctima es una mujer. En toda una declaración de intenciones -ya que será un tema recurrente más adelante-, Rendell hace girar su primera novela en torno a la homosexualidad reprimida, mal entendida, marginada y obviada por parte de la sociedad, incluso en el caso de una persona que, como en el caso de la novela, es de buena familia, de clase alta, rica, con gran patrimonio personal y material, culta y respetada; y no sólo introduce ese tema en 1964, sino que además hace que lo encarne un personaje femenino, posicionándose ya -es mi parecer- con un discurso claramente feminista; pese a que la lesbiana del libro es una asesina, el personaje sirve igualmente para sacar el tema a la palestra. El crimen que comete no es un crimen sobre la homosexualidad, o no principalmente, sino un crimen de un amante despechado al objeto de su amor; el hecho de que el amante es rechazado en sus avances por el hecho de ser del mismo sexo que el amado contribuye a formar el caldo de cultivo que crea la decisión de cometer el crimen, pero no es decisivo; lo es el hecho -ofensa máxima- de que la amada, Margaret Parsons, comete el grave error de quedarse dormida de aburrimiento estando en compañía de la enamorada, a quien ve como nada más que una antigua compañera de internado de la que ha estado desconectada durante muchos años y que ahora acepta volver a ver porque le proporciona agasajos de gran valor. Este hecho crucial de la novela representa el choque de trenes entre ideal y realidad: la amante ha estado enamorada de la imagen mental de cierta persona, de quien sólo pide que le “permita amarla”, y ahora, al verse enfrentada al hecho de que su compañía sólo le provoca un insufrible tedio, la mata porque, por ese gran insulto, ella “tenía que morir”. Así, la pluma magistral y el ingenio de Ruth Rendell hace que una novela que en manos de cualquier otro autor probablemente habría caído en lo predecible, lo tópico y lo mediocre -un morboso asesinato cometido por una lesbiana frustrada- sea un tragicómico resumen de aquello que toda persona debe experimentar al menos una vez (y eso, con suerte): el destrozo de su idea de amor, que es una fragilísima burbuja de jabón que se rompe al menor contacto con la realidad. La mujer enamorada, de talante poético y dada a la ensoñación, ha idealizado a su amada, a quien no ha visto desde que eran jovencitas, y su ira asesina se despierta tan sólo cuando ella se le duerme de aburrimiento. (Incluso escribe un poema -lleno de despecho y sin el menor sentido del humor, ni ironía, ni siquiera tristeza- sobre este episodio decisivo.)

La identidad se convierte a partir de esa primera novela en un tema constante en la obra de Rendell. En sus primeras aventuras de Wexford, es precisamente la identidad aparente como opuesto a la identidad verdadera de la víctima o del asesino lo que desconcierta a la policía; y se trata de facetas de la identidad que pueden ser más o menos importantes, pero que podemos convenir en que no definen a la persona como es, no forman parte esencial de su persona: así, en otra novela, la víctima es una mujer que ha tenido que hacerse pasar por hombre ante toda la sociedad para poder dedicarse a su verdadera vocación, y es asesinada por una joven frustrada al descubrir el engaño; en una tercera, la identidad de la víctima es dada por sabida por Wexford, siendo así que la muerta no era quien él creía que era; en una más, un hombre furioso mata a una joven a quien otra persona ha enviado a casa de aquél para que se haga pasar por su exmujer; el hombre, presa de la ira al verse engañado, la mata en un frenesí de furia y de locura. Resumido en esas pocas palabras, el argumento de cada novela parece muy simple, incluso absurdo; sin embargo, en cada una de las ocasiones, es creíble. Y lo es porque cada persona lleva dentro de sí el germen de una confusión de esa misma clase; cada uno de nosotros, en algún momento de la vida, ha creído ser alguien que no era; cada uno ha actuado, ha aparentado ser alguien que los demás o que otra persona esperaba ver en nosotros, o alguien que nos convenía aparentar ser; hay quienes han acabado creyéndose el papel representado y viven presa de ese autoengaño, incapaces de liberarse; todos los días mueren personas a causa de esos engaños, o mueren sus almas, mueren por tanto en vida, por no lograr deshacer a tiempo ese espejismo.

Las novelas de Ruth Rendell muchas veces llevan a escena personajes tachados de locos, de desesperados; personajes con taras físicas o psicológicas o bien con rasgos que se perciben como taras, marginados por la sociedad o por sus propias familias, maltratados, criminalizados o bien empujados al límite. Las novelas de Rendell son sutiles, pero no son ambiguas; no se nos invita a comprender al criminal, aunque, a veces, sí a compadecerlo. Detrás de cada uno de los crímenes de los personajes de Rendell hay un porqué; puede que no sea justificable, ni siquiera que nos suscite lástima, pero sí es un porqué cuya lógica podemos comprender; y a menudo hunde sus raíces, no en el Pecado Original, sino en el Engaño Original: el de la identidad negada, rechazada, desconocida o autoimpuesta.

 

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Aquí

No ha habido mensaje, ni monedas de cuatro perras que me salieran al encuentro, señaladas por el sol tenue pero cómplice.

No ha habido parientes de pascuas a ramos que transmitieran recados que podían ser-podían no ser (según quién los recibiera).

Sólo un día hermoso, con mucha luz

(luz de noviembre, luz que pronto deja paso a la noche; tímido sol del corazón del otoño)

y -quién lo diría- un gran ambiente.

Entre velas y coronas, a ratos, parecía un jardín delicioso,

ideal para una merienda familiar y unos juegos en la hierba antes de ir a cenar.

Nada más.

Todo tan normal, tan de este lado, tan humano.

Bonito, pero vulgar y sin misterio.

Yo esperaba, quizás, otra cosa, pero este año sólo hubo eso.

Al volver sobre mis pasos, en un lugar cualquiera, lejos de allí, caminando sin rumbo fijo,

en el juego entre luces y sombras, creí ver, sin embargo, otra vez tu rostro.

Alguien se acercaba en la penumbra, alguien que caminaba como tú, que era igual que tú.

La luz me cegoó un instante; no podía ser, pero tal vez era.

El momento pasó, sólo fue un juego, una ilusión, un sueño en este día en el que los mundos se unen, las puertas se abren.

Allí… sólo están los recuerdos, los monumentos, las tumbas; pero, en realidad, no hay nadie.

No allí.

 

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La medicina

Al abrir la boca para volver a comer, sabía que estaba a punto de beber el trago más amargo.

y mientras sentía la hiel que bajaba por su garganta, pensó que nunca había sido tan feliz.

Junto con el alimento, se tragó su orgullo, su breve historia infatuada,

sus mentiras, el credo que se había repetido tantas noches y tantos días.

Cerró los ojos, recibió la medicina y dio gracias por ella,

y miró el mundo desde la altura donde estaba:

había llegado a algún lugar,

había llegado a su hogar.

Y pensó:

Caerse. Y seguir.

Fatigarse. Y seguir.

Sentir morir. Y seguir.

Y al final, llegar. Y encontrar con que no hay arriba nada diferente, nada especial.

Con que uno es sólo eso: uno más. Nadie especial.

Ni capitán, ni princesa. Sólo tú, sólo yo. Nacidos para morir, pero antes, para vivir.

Y seguir. Y llegar. Y vivir.

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Peces

Desde hoy, no estoy sola: tengo en casa tres peces.

Me paro a contemplarlos, ¡cómo nadan!, ¡qué bonitos son!

Dos son de un intenso naranja, otro es amarillo y negro.

Dan vueltas y vueltas en su pecera, pero sé que no buscan nada; no son como yo, no son como los seres humanos.

Tan sólo nadan, están ahí; respiran, comen, se mueven, viven hasta que mueren.

No saben que viven, pero son seres vivos, están conmigo, comparten mi espacio, lo llenan.

Hay quien dice que los peces son fríos, no transmiten nada, no puedes abrazarlos, no son terneras ni corderos, no son cachorros ni gatitos, tienen escamas, tienen ojos de pez, boquean, se escurren, no sonríen ni dan lametazos.

Yo también pensaba así; pero ahora sé que me equivocaba.

Ellos también se dejan sentir; cuando entro a la habitación del acuario, a pesar de no verlo, noto su presencia; es como una pequeña y silenciosa onda expansiva; explosiones diminutas de vida;

porque, sí, es la vida la que irradia de ellos, también;

y hace que me sienta menos sola en mi soledad.

Éstos son mis pececitos; ya me he encariñado con ellos, porque me hacen compañía; me recuerdan que estoy viva.

Y esto, creedme, es una gran cosa, sobre todo para alguien que no acostumbra sentirse así.

Cuidar de algo vivo es una cosa muy buena y bonita;

alimentar esa pequeña vida intrascendente pero válida en sí misma;

esa pequeña fuente de vida, como una batería con aletas, que me da un poco de vida también a mí;

porque cuidar de algo vivo es estimular la vida, sumergirte en ella, nadar en ella, respirar vida; mirar peces es mejor que mirar y repasar números todo el día hasta terminar siendo un número más, un significante sin significado, un símbolo, una entidad arbitraria, vaciada de contenido;

ahondar en la vida es lo contrario de ahondar en la muerte, o en la vida vivida a medias;

los peces me sujetan con sus agallas y me empujan fuera de este purgatorio

hacia el agua azul, pura y cristalina, donde se refleja la luz del sol.

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‘La torre negra’, de P.D. James

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La torre negra, que es en realidad la obra cumbre de P.D. James, quien es a su vez una de las autoras supremas de la novela de misterio, de todas las épocas, todas las lenguas y todos los subgéneros, no es ni tan conocida ni tan celebrada como, a mi juicio, debería ser. Quizá algún día lo sea.

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/la-torre-negra-de-p-d-james.html

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‘El juego de la luz’

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Louise Penny es una escritora singular. Me recuerda mucho a otra autora que estoy releyendo estos días, P.D. James. Ambas son como las dos caras de una moneda: totalmente opuestas en su visión de la vida y de las personas, pero siamesas en estilo, preocupaciones, cuidado por el detalle, inteligencia y sensibilidad. Donde P.D. James veía motivos para la desesperanza, Louise Penny ve motivos para la compasión y el perdón, para las segundas oportunidades. James no daba tregua a sus personajes y no sólo los retrataba cruelmente, sino que cercenaba poco a poco todas sus posibilidades de triunfar en la vida, contagiándonos gradualmente a los lectores ese sentir tan desilusionado y misantrópico. Penny, por el contrario, quiere ostensiblemente a sus creaciones, incluso a aquellas más carentes de valores y cualidades positivas que las hagan entrañables a ojos de los demás, ni que decir tiene que a los del lector, que no suele ser juez misericorde con aquello que lee.

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/el-juego-de-la-luz-de-louise-penny.html

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‘Los cinco y yo’

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¿Sería demasiado generosa si lo calificara de libro genial? ¿De libro que, suficientemente leído y justamente valorado, podría considerarse como revolucionario de la literatura española y, quizá, también de la universal? ¿Hace falta traer a colación la relación totalmente lícita entre entretenimiento y comercialidad, por un lado, y genialidad, por otro, suficientemente demostrada por El Quijote y por muchas otras joyas reconocidas y consagradas de la literatura, clásicos que en su día fueron, no best sellers (porque eran otros tiempos), pero sí lecturas populares y del gusto del gran público? ¿Por qué no puede Los cinco y yo ser perfectamente otro representante de ese fenómeno?

Reseña completa, aquí: https://www.librosyliteratura.es/los-cinco-antonio-orejudo.html

 

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Ni un besito

La vida es ese amante

galán, calavera, bien hablado y un poco osado

que te enamora como pocos y te hace daño como ninguno.

Consigue que le des su corazón, y entonces, es para siempre.

Cuando descubres su juego, piensas que eres joven, que lo olvidarás

pero al final, siempre vuelves, nunca lo puedes abandonar.

Y entonces, la vida, decimos, es ese aventurero gallardo y bizarro

que con un gesto de la mano te arranca las entrañas y después te regala rosas

para que te tapes el desgarrón con sus pétalos.

Y para cuando has valorado y calculado el alcance del desastre

ya te han pasado por encima los años, ya no hay tiempo para rectificar

y además, aunque pudieras, sabes que no lo harías, que siempre a él volverías.

La vida: ese asesino lento, que se toma su tiempo con avaricia

disfrutando mientras te hace pedazos y luego te presenta los restos mortales

en bandeja de plata.

Te hace trabajar como un esclavo, sufrir como un desaforado, llorar todas las lágrimas y alguna más

y al final, encima, se va y te deja para siempre sin mirar atrás,

cruelísimo enemigo.

Ya, mamma, me-w l-habibe
bais’e no más tornarade.
Gar ké faréyo, ya mamma:
¿No un bezyello lesarade?

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‘Corrupción policial’, de Don Winslow

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El referente que nos ofrece o propone Winslow es Denny Malone, quien, al comenzar la novela, que no la historia, está en la cárcel. Nos enteramos, acto seguido, de que es un superpoli caído en desgracia; otrora rey de las calles junto con su equipo, un cuerpo selecto de policías con licencia para todo con tal de hacer valer… ¿el qué? ¿La justicia? ¿El imperio de la ley? ¿O su propia ley, sea ésta cual sea? Lo que fuera que hacían valer se nos comienza a describir con pelos y señales, con vívidas escenas y frías pormenorizaciones de los actos que cometían los servidores mejor considerados y más temidos de la ley y del orden, y he aquí -es decir, en los primerísimos compases- donde el lector comienza a sentir que en esta novela va a quedar huérfano de referentes morales, de alter egos ficticios en los que encarnarse para elevarse sobre la sucia y deprimente realidad.

Leer la reseña completa aquí: https://www.librosyliteratura.es/corrupcion-policial-de-don-winslow.html

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